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jueves, 21 de abril de 2011

Inutilmente Libre




Llegaba un día como hoy, y de manera inevitable, el festejo de su década numero treinta. Una edad para nada despreciable y que comienza a marcar un camino ya no tanto de aprendizaje, sino de enseñanza, de dar a otros las lecciones de vida hasta aquí aprendidas, es una década para entretenerse a su vez con los mas jóvenes, cuando todavía intenta descubrir sensaciones y fingir así el descubrirlas a la par, encontrar de tanto en tanto también, alguno que aun siendo joven nos de una lección, un escarmiento, para recordar que no hemos venido al mundo para dominar a nada ni nadie, y por ultimo llegaran los otros, ésos también de nuestra década pero que adolecen al hablar, al vivir, al sentir, pero mucho mas al amar. Estos últimos engañan con la apariencia de la edad y suelen lastimar con la inadmisible cobardía del que se baja a mitad de camino, porque siente miedo y mucho vértigo al verse creciendo, porque ve morir también la libertad inútil de la que gozan los infelices.
Valentina esto lo entiende todo, lo sabe a la perfección, pero aun así aguardan en sus ojos, siempre dispuestas a huir, sus lagrimas. Esta es la imagen más pura de la mujer que sufre y encima muestra su dolor. Ella sabe mucho del Amor, mas también del desamor, conoce la cura para el engaño, aunque no exista tal cosa, pero si unas cuantas distracciones, sabe de locura, porque así vive despierta y nunca niega su imperfección.
Hoy se ha encontrado de golpe y casi sin aviso, en manos de la seducción, seduciendo ella y siendo seducida a la vez, brillante esta toda su sonrisa y el alma se le escapa como corriendo inquieta de rincón en rincón. Se la oye venir, es una dulzura, un carnaval al ritmo del taconeo y unos repiques que salen de su pecho, de su corazón loco que aumenta y se amplifica para que todos lo escuchen, y te remata luego con una carcajada para besarte al instante y desearte un muy buen día.
Algo mas le sucede, cuando el día termina y el sueño obliga a descansar, haciendo la noche lo suyo inundando los rincones de oscuridad si que quede nadie a salvo.
Los ojos se le cierran, los pensamientos se le vienen, atraídos por la razón que acarrea consigo una brutal sinceridad, a veces en recuerdos y otras tantas en malos sueños, también llamados pesadillas.
Su hombre lleva un poco de ventaja, pero es de su misma década, aun así se nota que no ha vivido, se resiste al paso del tiempo, pero peor aun, se resiste a madurar. Por momentos él quiere atesorarla, pero muchas otras veces la deja ir. Él sabe que podría ser feliz y no la quiere lastimar, porque ser feliz, para un cobarde como éste, significa abusar del tiempo y tener para siempre su inútil libertad.
Ella sabe todo, porque siente la ausencia, quiere un poco mas de lo que queda, porque quita un poco la sed y otro tanto la deja con hambre. La piel es todo, creía ella, olvidando que el corazón esta debajo y junto con el alma no se dejan ver.
Como ya lo veía en sus pesadillas, él le pidió bajarse, admitiendo de manera implícita y con rodeos, todo su miedo y su cobardía, ella asintió conforme, dolida por dentro pero complaciente por fuera.
Valentina también sabe ahora, que a los treinta todavía se aprende, que hay cosas que se sienten y presienten pero el corazón no deja ver con claridad. Deberá soportar ahora todo su desprecio, porque el tipo lleva una inmensa confusión sobre sí mismo y elige entonces evitarla, porque no vaya a ser cosa que todavía ose envidiarla y acabe enloqueciendo por una insoportable admiración.