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viernes, 13 de abril de 2012

En busca de la Misericordia





Dos hombres se encuentran en un bar de Flores, no precisamente porque hayan ido al encuentro, sino que sentados en distintas mesas, se encuentran enfrentados, podríamos decir que cara a cara. Quien llegó primero es Tito, que luce sonriente y parece muy amigo de todos aquí dentro, un habitué diríamos, él es joven y muy seguro, de esos hombres de palabra y unas fuertes convicciones, aun así, tiene un gran defecto, su debilidad por las mujeres, siendo éstas no sólo su madre y sus hermanas. A juzgar por su cara, hoy debe haber logrado una nueva conquista, además de su esposa claro, de quien sólo sabemos que es ama de casa. Enfrentado tiene al otro hombre, de quien no tenemos realmente mucha información pero al intentar describirlo podemos decir que se trata de un hombre grandote, ojos azules, de unos cincuenta años, lleva barba tipo candado, unas canas medio disfrazadas y esta un poco pasado de peso, y sí, eso se nota en lo que acaba de ordenar para desayunar, nadie se resiste a las delicias de éste lugar, de la confitería San José hablamos. Cada tanto sus miradas se cruzan, pero con indiferencia, es que al parecer no se conocen, cabe destacar que Tito lo anda mirando con cierta repulsión, el hombre es bastante ordenado y mañoso, amanerado quizá también, así y todo cada vez que ajusticia una media luna no puede evitar el enchastre: Dios, murmura Tito mientras esquiva la mirada hacia la plaza de Flores como evitando la escena.

Entre mensajes de texto y risas cómplices, mientras coquetea con los mozos, a Tito le suena el teléfono, entonces atiende sonriente. Casi al mismo tiempo suena el celular del otro hombre y con una pequeña mueca de placer atiende y murmura: Hola mi amor, se hace un silencio y Tito escucha que el hombre dice: “Como te extraño Ale, no te das una idea, ¿Ya estas sola?, ¿Puedo ir?”. A Tito le corrió un frío por la espalda, enfrente tenía otro cómplice de la maldad y que además de, al parecer, estar haciendo mal uso de la palabra Amor, pronunció el diminutivo que el usa para su mujer, “Ale”. Tito volvió a su conversación y cerró su fugitivo encuentro, sería en la plaza de la Misericordia. El otro hombre unos segundos mas tarde en tono firme dijo también: “Cuando yo asome por Pedernera viniendo desde Santander, en dirección a la calle Avelino Díaz, quiero verte ahí, en la puerta luciendo el vestido rojo que te regalé”. Imposible coincidencia, así cayó Tito desplomado en la silla. Recordó enseguida que esa mañana Ale lucía un hermoso vestido rojo, algo que nunca sucedía, la excusa fue que lo amaba y quiso sorprenderlo hasta con el desayuno en la cama, como el diablo te daría un beso para dejarte morir envenenado más tarde. 
Salió el hombre del Bar, salió Tito detrás, quiso frenarlo éste último pero entendió que sería como pisarse la sábana entre fantasmas. Por una vereda va Tito, por la otra va su cómplice, por así decirlo, ambos son asesinos que van a matar de Amor. Tito es un vencedor vencido y un despiadado que pronto querrá pedir piedad, el otro, a juzgar por su soledad, sólo pecará de justiciero haciendo sentir un poco más mujer a la que nunca Tito supo admirar.

Al llegar a la plaza, Tito se quedó solo, al parecer su nueva conquista no quiso sufrir por alguien que la había puesto en un segundo lugar. Por supuesto que volver a su casa lo seducía, pero ver a su princesa en manos de un verdadero príncipe lo dejaba sin aliento, así es que sentado allí y en soledad, lloró como nunca antes. Volvió otra vez a la plaza Flores, esta vez entró en la iglesia, sería para jurarse a si mismo, y ante dios, que nunca más engañaría a nadie, menos al amor de su vida, si es que al finalizar su castigo, el que paga con soledad, éste se hiciera presente algún día. 


Tito sabe que serán ahora, y definitivamente, más cientos que miles las angustias que quepan en su millar de desilusiones, por así decirlo y para ser matemáticamente correctos.


jueves, 12 de abril de 2012

Viaje a Luberio, Principado de Asturias


Dicen que la distancia es prima hermana del tiempo…
El paisaje no parece reparar en gastos hoy, va a toda prisa dibujando formas que endulcen mis ojos, utilizando la más alta gama de colores, luciendo sus campos que parecen alfombrados con los mejores tapices otorgando un estilo por momentos sobrio, pero en otros casi incaico, como hecho de vicuña o alpaca; delicias antiguas que aportan una apariencia rústica, fina y volviendo muy sofisticada la geografía.
A miles de kilómetros de tu tierra, sentirte parte del entorno y disfrutar cada segundo es un desafío que asusta de tan imponderable, pero este no era el caso. Las montañas se van cerrando y marcan el camino hacia un destino que ya promete más de lo que ilusiona. Si me hubieran dicho hace algunos meses atrás que viajaría al principado de Asturias, hubiera reído tanto que no tendría consuelo, pero ahora casi sin quererlo voy camino al paraíso; uno de los tantos que tiene la madre patria. Puntualmente el sitio al que me dirijo se llama Luberio, no se nada de él, pero él tampoco de mí y tendremos que conocernos al simple tacto. Estoy seguro que no voy a tardar en percibir los rincones más preciosos, el río más dulce, la montaña más alta; a pura hierba, y unas vistas panorámicas de esas que solo los pájaros guardan en sus retinas y nunca las comparten.
La ruta se hace más estrecha y al borde de los acantilados nos vamos abriendo paso y subiendo. Las poblaciones se van sucediendo unas a otras y los lugareños que miran con esa extraña sensación de que nunca te han visto pasar por aquí, y lo más curioso es que solo les vale mirarte el rostro un instante, no hace falta ver el coche ni su matricula, son esas destrezas propias de la gente que es gente, que sabe bastante del arte de vivir y que presta atención a los pequeños detalles de las personas, como son su fisonomía y sus gestos.
Mientras el Sol va cayendo a nuestros pies, por así decirlo, la Luna hace lo suyo asomando por otro costado y dándonos la bienvenida; ambos son fieles compañeros de esta naturaleza que sincronizados a la perfección hacen su trabajo a diario, uno da calor sin quemar a nadie y alumbra todos los rincones dando vida y esperanza, el otro resplandece más sobrio con una sombría luz plateada que además de romántica aporta seducción y abre el juego para los dueños de la noche, esos que siendo animales y no tanto, se van corriendo la voz y se congregan camino a las peñas. Algunos irán al corazón del monte en busca de su presa, otros en cambio irán a La Fonte Cheras en busca de diversión, a dejarlo todo.
Así las cosas ya estamos casi en Luberio, siguiendo el desvío, subiendo la carretera que invita llegar a toda prisa, mientras se deja sentir el calor de la peña. Ni bien llegar me sorprende una enorme puesta en escena que parece suspendida en medio de la montaña. La panorámica desde aquí es inevitablemente sofisticada, pueblos que parecen perdidos y solitarios pero que se roban todas la miradas porque no resignan ni un poco de su belleza, como poniéndose a tono con el paisaje. Luberio huele muy fresco, a hierba y animales sueltos, a dulzura que proviene de los arboles y plantas que abundan, como así también de su gente. A mis pies hay un peral que lleva demsiados años en esta cuesta dejando caer de tanto en tanto alguna fruta madura, es testigo de todo lo que aquí nace y de todo lo que muere. Me llaman la atención sus frutos porque aunque maduros, caen al suelo con mucha entereza, casi sin lastimarse y manteniendo siempre su estética tan esbelta.
Los abrazos y los besos no se hicieron esperar. La mesa esta servida y la carne que abunda nos espera acompañada de un rico vino casero. Vamos rodeando las mesas, nos apretamos unos con otros y a pura sonrisa y encanto arranca el banquete. Habrá que llenarse bien e hidratarse, pues nos espera una noche larga de música y baile, y como si no fuera suficiente, se repite al día siguiente. Dicen que lo bueno dura poco, pero aquí sucede muy curiosamente que el reloj se detiene y se crea una atmósfera que envuelve y hace eternas las sonrisas, los más ancianos pierden la noción del tiempo y confundidos entre el día y la noche se pierden entre la música sin preocupación, entendiendo tal vez que la fortuna de estar alegre y aplaudiendo no es cosa de todo el rato, sino más bien una cosa que solo puede durar un rato y en este caso, donde no hay tiempo que se perciba, mejor es disfrutar porque dormir y envejecer será para otra vida, no ésta, ni tampoco ahora.
La noche se va apagando y se va encendiendo el día, temprano en la mañana la gente se toma un descanso para recobrar fuerzas y volver por la tarde. Se van marchando a toda risa, todavía con alguna copa en la mano, la pista se vacía poco a poco pero no se pierde el ambiente festivo, solo se hace una pausa, porque todo volverá a empezar en breve.

Ya es Sábado y la fiesta se repite, hay que volver a darlo todo, con apenas un descanso, unas pocas horas de sueño liviano, todos vuelven a reunirse con la carcajada todavía dibujada, como impresa e indeleble. Repitiendo el camino que conduce al pueblo y habiendo llegado arriba, nos cruzamos con algunas figuras especiales de Luberio, como Esperanza, me llaman la atención sus manos que lucen curtidas de trabajar la tierra, y de atender los quehaceres del hogar cuando no había lujo ni comodidad. Toda la energía de un pueblo que se resiste a pasar desapercibido esta en la imponencia de su nombre; la esperanza nunca envidia la suerte, ni acude a la vergüenza, siempre enaltece el alma, dando brillo a todo aquel que la posee, porque es el mismísimo motor que nos eleva, el verdadero ser que nos gobierna y nos da vida.
El escenario es el mismo, la gente se duplica y se renueva, nos va tapando la noche una vez más, perdidos entre el ruido danzamos como locos. Mi corazón no sabe cómo, ni quiere saber cuando, pero aprendió a gritar de miedo cuando me ve volar tan alto, y yo que me dejo llevar y no reparo en la prisa que lleva mi locura, siempre sana y copiosa.
De a poco nos va tomando la madrugada de las manos, dejando caer algunos rayos de sol que entibian un poco la mirada y finalmente todos caemos en cuenta de que ha llegado el domingo, una vez más habrá que emprender la retirada, ya sin fuerzas pero alegres. Vamos dejando la pista, rendidos, camino a casa para un merecido descanso. Volveremos más tarde pero será solo para despedirnos, habrá que decir adiós a los que se quedan en Luberio para siempre y ellos cordialmente nos darán la bienvenida a los que partimos pensando en volver cuanto antes.
El Domingo por la tarde nos ha sorprendido otro banquete, antes de partir, hemos recorrido también unos hermoso poblados de montaña, en plena tierra de lobos y osos. Nos fuimos adentrando en las alturas para llevarnos cada postal en el recuerdo, beber agua de sus montañas, respirar aire puro, ese que los de la ciudad al respirarlo casi nos ahoga porque no lo sabemos apreciarlo. De regreso a Luberio nos toca la partida, ansiando volver y repetir.

Estoy parado al borde de un barranco y un guardarraíl me hace de apoyo, de frente toda la vista de los pueblos aledaños y las montañas, siempre quietas e imponentes. Mi mirada este perdida en el horizonte pero de repente reparo en que a mi pies esta el peral y vuelvo a observar detenidamente sus ramas y sus frutos, me giro para ver hacia atrás sobre mi hombro izquierdo, hay varios ancianos del pueblo que aguardan para despedirnos y se me viene a la mente una semejanza, que además de disparatada resulta convincente. Los ancianos aquí viven muchos años, quizá una media de noventa, su piel nunca se degrada y luce siempre entera, sus rostros no envejecen y lo más importante, sus almas son incorruptibles, siempre sanas y limpias, los acompañan hasta el ultimo de sus días, como queriendo sembrar el ejemplo de toda una vida entera dedicada al trabajo. Éste peral tiene frutos que aún maduros no caen, y al hacerlo se los ve enteros, su piel apenas parece haber madurado, no se rompen al caer y si uno las mira por dentro están íntegras; son por demás dulces y una vez en el suelo son el alimento de los más débiles, como convidando un poco de su sabiduría. A lo mejor, si prestáramos atención nacería una nueva leyenda en Luberio. Diría algo así como que por cada pera madura y entera que toca el suelo, hay en algún rincón del pueblo un alma que debe partir o que ya lo hizo, en paz, y luego de haber convidado de su sabiduría a todo aquel que la supo tomar.
Se me ocurre que hay que ser un poco más sabio y vivir disfrutando de cada día, aprendiendo a sobrevivir de mil maneras y sin prisa, teniendo siempre un fin que vaya dibujando una leyenda personal. No quisiera tener un alma vacía de esas que deben partir antes de tiempo porque se van quién sabe dónde ni para qué, quizá hacia arriba o tal vez hacia abajo pero siempre lejos. En cambio las otras se quedan casi terrenales, cuando vence su visa que les permite estar en tierra casi un siglo, y sirven al recuerdo como así también al ejemplo de todos los días.

Concluyo entonces, casi para mis adentros, que si la distancia es prima hermana del tiempo, y las almas parten antes o después según a donde deban ir; trataré de darle un sentido práctico a mi existir, para que aún luego de mi sueño eterno, quede viva una impronta, haciendo resonar mi carcajada y dejando mi sonrisa grabada en la retina de todo aquel que supo descubrir cada rincón de mi ser.