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jueves, 5 de diciembre de 2013

La niña blanca y morada


Esta carta que imaginé y que sin querer se me ha volcado en un papel, sé que nunca te ha llegado, yo así lo quise, o quizá no me quedaba otra opción.

La niña blanca y morada tenía los ojos más brillosos que había visto alguna vez, no sólo por el color claro sino porque junto con la sonrisa resaltaban un rostro delicado, suave y juvenil.
A ti niña, te vi sonreír. Cosa más hermosa si la hay, un gesto que no abunda. Cuando tomé tu mano noté que eras aún más vulnerable que tus palabras, las cuales la madrugada y la embriaguez habían desnudado. Esos finos dedos sabían acariciar y junto con los brazos eran capaces de abrazar muy fuerte, con sinceridad. 

Entre tantas palabras de elogio que nos dimos uno al otro algo salió mal, alguna de ellas nos ha hecho pensar unas horas después, pasada la embriaguez, que nada era para tanto. Tal vez había ideado en mi cabeza una mujer tallada a mano y bajada desde el cielo para mi; nada más lejano había existido. A ti quizá te invadió la duda, la mala fortuna de no contar con una vulnerable necesidad de ser contenida, más nunca atrapada, encerrada. El miedo a que coartaran tu libertad pesaba en tus elecciones. Dicen que los niños y los borrachos no mienten, tú y yo aquella noche tampoco. Dicen también que uno recibe en proporción de lo que da, pues no lo tengo claro, yo en cambio me he quedado con las manos vacías, pero tengo un buen recuerdo.

Sé muy bien de mis urgencias, he pecado de sincero y sin darme cuenta me he desnudado aún sin haber llegado antes a la cama. La vida me ha dejado sólo varias veces y de tanta peregrinación, debo confesar, me pesaba un poco el alma. Tonto de mí que solté parte de la carga a la primera mujer que supo darme caricias y abrir un poco los oídos para mí. Sé también que asusta tanta complejidad, soy esto en lo que me he convertido pero tengo mucho para dar. Ahora el tema es seguir buscando quien pueda ayudarme a soportar parte de la carga, cierto lastre que ya iré soltando y se perderá, estoy seguro que así será. 

Princesa longeva en tu juventud. Con esa figura atlética todas estas piruetas a las que te tiene obligada la vida, te resultarán hasta divertidas, sobre todo si sigues sonriendo de ese modo. Te espera un futuro hermoso, no hay que ser adivino para saberlo. Siempre me han dicho que si eres bueno, donde quiera que vayas, siempre encontrarás un padre y una madre. A ti no te faltará de nada, pues sabes de sobra ganártelo. Tu luz va llenando los espacios vacíos que hay en ciertas gentes, yo supe de ello. Tú no lo sabes, ni lo presientes, es todo natural. Sigue siendo flexible y nunca dejes de ser libre, pero no pienses que la libertad es no tener ataduras, hay un equilibrio como en todo  y tienes mucho para dar, que muchos otros quieren tomar. 

Niña blanca y morada, te dejo en manos de tu suerte, que espero no sea como la mía, en lo que al amor respecta. Se me ocurre decirte gracias, yo al menos he disfrutado. Sé que nos vamos a volver a ver, pues lo bueno siempre queda y uno luego lo extraña. Espero encontrarme cerca y mucho más aún deseo que se te escape un abrazo de aquellos, los que yo ahora recuerdo. Aún mejor sería si alguno de esos besos revive en mi boca y entonces a mordiscos nos damos la bienvenida, pero déjalo ahí de momento, estoy volando demasiado alto otra vez. 


Princesita, como siempre digo: ¡Sé feliz y que no duela!. Intentaré ya no soñarte, que luego no duermes y de enterarte vendrías de nuevo a mí, qué cosa más hermosa sería eso, pero una vez más, estoy volando muy alto. Te dejo un beso en el alma, de esos que no se borran, aunque la memoria así lo quiera.

G.L.R - 05-12-2013, Barcelona

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El amigo invisible


Estoy sentado en la terraza de un bar, debajo de un sol radiante de invierno. La mesa está fría y yo tengo los brazos apoyados sobre la superficie de metal, mirando hacia abajo. Observo cuidadosamente mis manos. Me acaricio las palmas, los nudillos, las arrugas, las uñas -o lo que queda de ellas, pues me las suelo morder-. Espero allí sentado a la mujer que no va a venir, pero en cambio vendrá otra, que aún sabiendo que el deseo no es mutuo, insiste en esta rutina de Domingo. Yo no dejo de mirar en mis manos el paso del tiempo, pues hoy tengo un día melancólico. Desde que enviudé he hecho todo lo posible para no estar solo, siempre en pareja, aunque eso haya significado muchas veces estar mal acompañado. Pero no me importaba, yo quería tener alguien en casa con quien pelear, dormir, cenar, desayunar, caminar, y recuperar increíblemente así, las ganas de estar solo. Sí, es un poco histérico, pero a muchos nos sucede que algunas veces sólo salimos y socializamos por el mero hecho de recuperar las ganas de estar en soledad.

Habiendo sobrepasado ya mis setenta años me estoy planteando seriamente el acto heroico de madurar de una vez y aprender a no depender más de nadie, al menos animicamente. En este último tiempo me he descubierto muy independiente, he sentido ganas de hacer cosas en soledad, sin ataduras. Es curioso realmente, pues me ha llegado tarde, pero ha llegado al fin y no quiero desoír a mis deseos esta vez.
Alcé la vista un momento y vi que ya se acercaba Graciela. Venía hablando por el móvil en voz alta, como siempre. Gesticulaba como dando órdenes y llevaba un sombrero de paja que se iba acomodando cada dos pasos, no vaya a ser que se le volara. Sus gafas eran oscuras, o más bien diría tornasoladas , y muy grandes; apenas si se le veía la nariz. Ni que decir del maquillaje que llevaba puesto, estaba literalmente pintada como una puerta; expresión que se suele utilizar cuando alguien se pinta en demasía y con colores fuertes, o sea, como un payaso.
En un acto de cobardía me levanté de la mesa y me di a la fuga por una de las calles laterales, pero ella advirtió la situación y corrió tras de mi. Aún estaba al teléfono cuando me alcanzó, terminó la llamada sin despedirse y se quitó el sombrero, no así las gafas, pues el sol estaba bravo. Hizo una exclamación de cansancio, exhaló una bocanada de aire y advirtió que no me había saludado:

- ¡Hola! ¿Cómo estás Daniel?, ¿A dónde te ibas?, ¿Y esa cara depresiva a qué se debe?, ¡No me amargues el Domingo por favor te lo pido! - Ella siempre tan sutil para dejarme mal parado. 

- En primer lugar, ¡Hola! Graciela. Segundo, ¿Es necesario que me hables así? me gustaría que mostraras un poco más de interés en mi persona - Mi tono era de absoluta calma, pero los labios me temblaron y la voz se me quebraba. Volví a agachar la vista, no quería mirarla a los ojos.

- ¡Dejame de joder, por favor! Pidamos un café o algo para beber y así mientras te voy contando unas cositas. Ven, volvamos al bar.

- Yo no quiero beber nada, cuéntamelo aquí en la acera y sé breve.

- Pero por favor Daniel, no seas ridículo y vamos al bar hombre. 

Yo no podía verme, pero mi cara estoy seguro que no era la mejor. Me sentía triste, incómodo y además estaba disperso; en fin, ya no quería estar allí. Pero Graciela sólo quería hablar y contar sus aventuras en la atelier, lugar del cual nunca me sentí parte, es más jamás pisé ese sitio a pesar de su insistencia. Yo soy de clase obrera, lo más parecido al arte que he hecho en mi vida ha sido lijar y pintar un mueble. Efectivamente, y gracias a mi cobardía, volvimos al bar y tomamos asiento. Yo permanecí mirando hacia mis manos y jugaba con ellas, las acariciaba y pensaba. Pensaba en cuántas cosas había hecho con esas manos, pero también me preguntaba ¿Alguna de ellas ha sido útil?, estaba siendo muy duro conmigo mismo hoy. Me fui tanto con mis pensamientos que olvidé a Graciela, ella ya había ordenado un café con leche y un cruasán. Su pedido había llegado a la mesa y ella indignada con mi indiferencia golpeó la mesa y me tomó de las manos para separarlas:

- Daniel, ¿Quieres dejar de mirar hacia tus manos y prestarme atención?, hace unos minutos que te hablo y ni me miras, espero que al menos me estés oyendo.

- Disculpa, ¿Qué me decías?, estoy un poco ido hoy - Claramente no tenía la menor idea de qué me había dicho y estaba a punto de levantarme e irme nuevamente.

- ¡Ah!, o sea que no has oído nada de lo que te he dicho, pues venga empiezo otra vez y escucha con atención, ¡O fíngela al menos!, ¿No crees? - Básicamente me estaba pidiendo que aunque no me interese lo más mínimo estar allí sentado, y mucho menos escucharle, pues que lo hiciera parecer, pero tal cosa me era imposible.

- Sí claro, venga, continua, seguro era algo que sucedió con las chicas de la atelier - Se lo dije irónicamente, con sarcasmo y ya no me importaba su indignación.

Graciela continuó hablando sola por los siguientes veinte minutos y yo volví a mi posición indiferente. Me fui con el pensamiento y como era recurrente en estos estados de ánimo, se me vino a la cabeza Esther, la mujer de quien enviudé. En estos casos Esther era el opuesto a Graciela, para empezar llegaba antes que yo a los encuentros, me esperaba con paciencia y siempre me sonreía. Luego me ordenaba algo para beber, pues me conocía de sobra y me pedía mientras tanto que le contara cómo había sido mi día. Aunque yo no quisiera hablar, ella siempre hallaba un modo para que fluyera la conversación. Divagué tanto con el pensamiento que la traje a la mesa y se sentó a mi lado:

- Daniel, ¿Porqué te mientes así?, no necesitas de nadie para ser feliz - Esther me hablaba y era como un susurro muy dulce que me acongojaba.

- Lo sé cariño, pero no soy capas de revertir esta situación, ¿Cómo hago ahora para decirle que no quiero verla más?, Graciela es capas de atarme a la pata de la cama para que no me escape, y yo un cobarde que se dejaría. No puedo.

- Venga ya hombre, ella es simplemente una mujer, mírala a los ojos ahora mismo y dile que te vas y que si a caso luego le llamas para explicarle el asunto, pero que necesitas estar solo. Sabrá entenderlo, y además no querrá quedarse donde no la necesitan.

- Es que no la conoces, puedes odiarla y ella estará sentada allí tratando de que oigas sus estúpidas historias, sólo quiere alguien que finja prestar atención, y ha dado con este perfecto idiota que soy yo. Además, ¿Qué sucede si ya no vuelve y yo me siento muy solo nuevamente?, no sé Esther, me da miedo.

- Lo único que estás haciendo Daniel, es dilatar tu felicidad, toma las riendas de tu vida y haz algo por ti y sólo para ti. Sé más egoísta, que ya estás mayor y si no te apuras te vendrás para este lado. Mira, yo creo que tú problema se reduce a una frase que yo solía decir.

- ¿Cuál?, eso de que uno busca lo que necesita, pero no encuentra lo que busca…bueno…creo que no la recuerdo muy bien, ¿Me la repites?.

- ¡Claro!, a eso iba: “Uno busca algunas veces lo que necesita, donde sabe que no lo va a encontrar, por las dudas que luego no sepa qué hacer con lo que habría de conseguir”.

- ¿Tú crees que me quedo con Graciela por no hacer frente a lo otro, a mi soledad?.

- ¡Exacto!, levanta ese culo de la silla y vete caminando, olvida a Graciela, ella encontrará algún otro, o pagará un psicólogo que de seguro la escuchará atentamente.

- Gracias cariño, como verás no puedo borrarte de mi mente. Ni lo pretendo tampoco.

Ahora era yo quien golpeaba la mesa y tomaba a Graciela de las manos. La miré fijo a los ojos, o bueno a sus ridículas gafas, y se lo largué:

- Me voy a levantar de esta mesa y me iré, no me sigas, pues ya luego te llamaré. quiero estar solo, no me encuentro bien - Mi voz sonaba todavía cobarde, un tono muy endeble y muy poco convincente.

- ¡Si, claro!, y se supone que yo te diré que sí, y me quedaré aquí sentada, o mi iré a casa, esperando tu llamado - Ese tono irónico me daba rabia, y además volvía a tomar ella el control del asunto, pero tuve un arrebato de valentía.

- Pues haz lo que tú quieras, pero déjame en paz - Golpee la mesa y me puse de pie.

Salí nuevamente caminando por la calle lateral y luego de unos metros la tenía nuevamente detrás de mi a los gritos. Justo en ese sitio estaba lleno de tiendas y me dio mucha vergüenza, por lo que bajé la marcha y la esperé. Estaba a unos diez metros y venía taconeando, agitada, tratando de acomodarse las gafas que se le caían y el sombrero que se le volaba. Mientras esperaba cruzado de brazos, Esther me susurró nuevamente:

- Daniel, ¿Qué diablos haces?, vete ya y no te dejes convencer.

- Pero ¿No ves que esto está lleno de Tiendas y de gente?, yo vivo aquí, es mi barrio, ¿Qué dirán de mi?.

- Eso a ti no te importa, desapareces por unas semanas, y de paso, empiezas así tu retiro en soledad y haciendo lo que te salga de tus…

- Bueno, bueno, veo que te has alterado cariño. Déjame decirle algo para que se vaya y ya.

- Pues sí, me alteras porque sé lo que estás pensando, le vas a decir una mentira para ganar tiempo y eso hará que te llame mañana nuevamente y así volvemos a empezar. Pues no, vete ya.

Esther me convenció, así que me di vuelta y comencé a irme, pero Graciela me había alcanzado y me tomó por detrás, de la chaqueta.

- Espera Daniel, ¿A dónde vas?, déjame ir contigo, que no sabes ni qué hacer cuando estás solo, venga ya - Me indignó tal comentario, tratándome como un inútil. Hice una pausa mirándola a los ojos con enfado y entonces se lo solté.

- ¿Pero tú qué te has creído?, no necesito de tu estúpida compañía, ¿Y sabes qué?, puedes irte a la mierda, a la mismísima mierda Graciela. Tú y todas tus putas historias de la atelier. Yo me voy y no quiero volver a saber de ti, ¡Adiós! - Me di media vuelta y arranqué, estaba lleno de orgullo, jamás me había sentido tan pleno. Por una vez en la vida hacía lo correcto, y sólo pensando en mi. Con una sonrisa de oreja a oreja comenté en voz alta:

- ¿Has visto Esther?, lo he logrado, muchas gracias cariño, ¿Qué sería de mi sin ti? - Lo dije mirando al cielo, justo cuando pasaba por la tienda de José, que me conoce de toda la vida.

- ¡Oye Daniel!, ¿Estás bien?, ¿Qué haces hablando solo?, tu señora está allí llorando desconsolada - Me dijo José sorprendido, y seguramente esperando que yo hiciera algo por Graciela.

- Pues hazme un favor José, acércate a ella y dale una mano. Sólo necesita que la escuchen, tú dile que se calme y te cuente lo que le sucedió y luego te recomiendo que cierres la tienda, pues te tendrá todo el día con historias de aquí y de allí. Tú finge en todo momento que conoces a las personas que te nombrará y sobre todo finge atención - José se quedó helado, jamás me había visto así, yo tenía fama de tipo dócil, callado y sobre todo amable. Esto era toda una excepción a la regla.

Seguí mi camino a casa, pero antes me di la vuelta para ver cómo José me había hecho caso y la tomaba a Graciela del brazo para levantarla del suelo. La imagen era patética, lloraba desconsolada, pero nunca se le terminaron de caer ni el sombrero ni las gafas, aunque José se las quitó amablemente y le dio un pañuelo para que secara sus lágrimas. Graciela tenía la cara como un bricolaje, con todo el maquillaje corrido y el pelo revuelto. Me reí a carcajadas y seguí mi camino, no sentí piedad ni remordimiento, más bien una gran satisfacción por haberme hecho respetar. Llegué a mi casa y me tiré sobre el sofá, me sentía como un chico de veinte años, lleno de energía y sobre todo, libre. Jamás había experimentado la sensación que produce una buena salud mental. Cuando te liberas de las culpas y los remordimientos es como si tu cerebro liberará al resto de tu cuerpo, y sientes que comienza una sanación natural producto de una mente libre.

El teléfono sonó varias veces pero no quise atender. Luego revisé los mensajes y era Graciela, pues sus mensajes de voz no se hicieron esperar: “No puedes hacerme esto Daniel, ¿Quién te has creído?, responde este llamado si no quieres que vaya a buscarte”, “Daniel, estás agotando mi paciencia, anda ya, llámame”, “Dani, cariño, ¿Podemos hablar un poco más calmados?”, “Ok Dani, veo que no vas a atender, ya ni sé si estás en la ciudad, dejaré de insistir”, “Daniel, sé que estás ahí, atiende ya que me han pasado cosas y te las quiero contar”. Y así los mensajes iban y venían durante toda la semana. Cada vez que llamaba, Esther y yo nos poníamos a escuchar los mensajes. Nos mirábamos con picardía y sonreíamos a carcajadas, como dos niños haciendo travesuras. Yo era libre, o mejor dicho siempre lo había sido, pero ahora realmente lo vivía.

Aunque hube mantener mis dudas siempre en silencio, el imaginario de Esther les ponía voz y me obligaba a enfrentarme a ellas. Pero esto no sucedió antes de los setenta y tantos años; edad en la cual volví a ser un niño, y en una de esas regresiones recuperé la figura del amigo invisible. Una estrategia más que válida para no sentirme solo; para no silenciar mis miedos.


G.L.R - Barcelona, 26-11-2013

Todos los derechos reservados

sábado, 9 de noviembre de 2013

La mansión de los locos

  • ¡Hola! A ver, permiso. Háganme un lugar que tengo que conversar con él, por favor - Dijo Amalia ni bien llegó a la sala.
  • Sí, ven, ponte junto a mi - Le dijo Silvia, su compañera de toda la vida.
  • ¿A ti te parece que tenga que venir yo para hablar de lo nuestro? ¿Te parece que tenga que hacer semejante recorrido para ponerme patética contando nuestras aventuras y desventuras delante de todos, aquí mismo? - Le decía Amalia a su marido, que siempre le era indiferente.
  • Bueno, tampoco es para que ahora vengas a echar en cara las cosas, cálmate un poco - Le decía Silvia, mientras la tomaba por la espalda, como consolándola.
  • Claro, ahora resulta que yo soy la loca, la que viene aquí solamente a montar un absurdo y desafortunado acto de incomprensión. ¿Mírame a los ojos Alfonso cuando te hablo? - Amalia era la víctima, pero eso no le importaba, quería la atención de Alfonso, que no parecía reparar en su presencia.
  • Bueno nena, ¿Porqué no te sientas y te relajas un poco? - Decía Silvia intentando manejar la situación.
  • Yo no sé porqué se me ponen todos en contra. Alfonso, treinta años de casados y jamas me trajiste ni un ramo de gladiolos. De bombones ni hablemos, creo que no sabes ni cómo se piden. El sexo en nuestra pareja fue lo más parecido a una película de terror de bajo coste. Y podría seguir enumerando Alfonso, pero no, ¿para qué? Si ni siquiera me miras. No entiendo para qué me avisan que me quieres ver, si al final no me hablas.
  • ¿No te parece que ya está bien Amalia? La gente se siente incómoda - Silvia tenía una inagotable paciencia y una gran comprensión, pero todo tiene sus límites.
  • Silvia, te lo digo a vos que me das más bola que él, ¿Sabes qué extraño? Extraño cuando íbamos en auto a recorrer otros lugares, otras provincias. Eran unas vacaciones largas, él conducía contento, a pesar de que a veces lo hacía por más de quinientos kilómetros sin interrupción. Ahí sí que la cosa funcionaba, me sentía amada, contenida, cuidada. Estaba embobada con eso del amor para toda la vida. Si existía tal cosa, estaba claro que me había llegado a mi también y parecía inagotable ¡Vaya ilusa! - El tono de Amalia era de añoranza, sentía un fuerte anhelo por volver el tiempo atrás.
  • Claro, me imagino, debió de ser precioso todo eso. Tienes que quedarte con ese recuerdo y ya, déjalo al pobre en sus cosas y pasa página amor mio - Silvia ponía las cosas en su lugar dulcemente, una vez más, pero no le faltaban ganas de sacudirle y traerla a la realidad de una vez por todas.
  • ¿Me estás pidiendo que me olvide de todo? ¿Y entonces para qué me hizo venir aquí? ¿O a caso te olvidas que me metió los cuernos ni más ni menos que con mi hermana cuando llevábamos tres años de casados?, y yo lo superé, claro que lo hice, si estaba más enamorada que de mi misma, pensando en la estupidez de que a lo mejor él no quería hacerlo. ¡Dime algo Alfonso, por favor!. Toda la vida así, callado y mirando para otro lado, mientras yo la loca de mierda que no hace más que montar escenas y advertirte las cosas. Si por ti fuera no verías un tren que te viene de frente Alfonso. Si has vivido todo este tiempo es gracias a mi, ni tu familia te quiere. ¿Dónde están? ¡No los veo aquí eh! - Amalia se estaba quebrando, desconsolada e inadvertida de que allí la gente se estaba yendo, de hecho habían quedado sólo ella y Silvia.
  • Escúchame, ¿Porqué no vienes conmigo y tomas un poco de aire cariño? Además es hora de irse, déjalo ir a él también en paz.

Se hizo un silencio de unos segundos, esos tan incómodos que parecen horas, y donde uno podría cortar el aire con una tijera. 

  • ¿Me pides que lo deje ir? ¡Ja! Una vez más, como toda la vida, siempre ausente. Sin arreglar nada el tipo sale siempre campante de todas las discusiones. Pero está bien, tienes razón Silvia. Igualmente yo lo amo eh, no vayas a confundirte. Este descargo lo hago porque es injusto que después de tantos años, después de cargar yo con todo al hombro, el señor me deje sola y se largue así sin más. Intentaba buscar una explicación pero es inútil, siempre lo fue - Amalia se veía un poco más relajada, ya se disponía a irse. Aunque antes no pudo con su genio y mientras posaba su mano sobre la de Alfonso dijo: - ¡Este hombre está helado! Silvia, hazme el favor de acercarme una manta, por el amor de dios. Siempre igual, siempre lo mismo.
  • Amalia, por favor, terminemos esto de una vez,  apártate del cajón que deben cerrarlo, el entierro es ahora mismo y la gente está esperando allí fuera - Silvia se puso firme y logró así ponerla en su sitio; Amalia se largó a llorar desconsolada. - Tranquila cariño, ve con los doctores que te han traído y vuelve a la clínica a descansar. No quise ser tan dura, pero tienes que poner los pies sobre la tierra por un rato amor mio.

Amalia  alzó un poco la cabeza, levantó una de sus cejas y la miró fijo a Silvia, ajustando la expresión con una leve mueca que le daba aires de superación, para decirle luego: 

  • ¿Te refieres a mi guardaespaldas y mi asistente? - Amalia fabulaba nuevamente y Silvia suspiraba resignada.
  • Sí, claro, de ellos hablo - Silvia decidió ser cómplice una vez más de semejante disparate.
  • Quizá te confundas, de aquí nos vamos a mi mansión. Si vieras la cantidad de gente que tengo trabajando allí, todos vestidos de blanco y siguiendo mis órdenes como corresponde. La mayoría están un poco mayores ha decir verdad, pero serviciales como a mi me gusta. Lo malo es cuando pasan cosas como lo de Ramona, ¿Te conté? - Dijo Amalia mientras se enjugaba las lágrimas y otra vez hacía una mueca de audacia y superación.
  • No cariño, no me lo has contado, pero ya habrá tiempo para juntarnos a charlar - Le dijo Silvia acariciando su espalda y sintiendo pena por Amalia.
  • Déjame que te cuente, Ramona era una de las más antiguas de mi servidumbre, unos ochenta y cinco años, muy adorable. Y podes creer que no va y se me muere en casa mientras dormíamos todos. No sabes qué tristeza, pero bueno cosas que pasan. Igualmente yo digo no, ir a morirte así sin avisar y encima en verano que te devoran los mosquitos querida, ¡Qué desagradable Silvia!. Imagínate que me levanté, todos estaban alborotados, y para mal de males nadie había ido por el periódico. Vamos que a la pobre yo la quería, pero vaya putada lo que me hizo ¡eh! - Amalia se veía ya recuperada y con ánimos de seguir charlando como si estuviera con sus amigas a la hora del Té. Su bipolaridad estaba potenciada a estas alturas y el sarcasmo ya era natural en ella, no como antes que al menos estaba lúcida para introducirlo inteligentemente.

Silvia se contenía las ganas de sacudirla y darle cachetazos para que espabilara, pero sabía que era inútil. Sabía también del pasado de Amalia, la esclerosis múltiple, las esquizofrenias, pastillas de todos los colores y tamaños que tomó toda su vida, automedicándose. Los innumerables intentos de suicidio desde que tenía apenas dieciséis años y todo ese cóctel derivó en Amalia, terminando la pobre internada en un neuropsiquiatrico, lugar del cual supo sacar rédito, convirtiéndolo en su mansión. Quizá era esto un anhelo de toda su vida, tal vez un deseo incumplido o meramente imaginación. Quizás haya sido Amalia un genio incomprendido, una mente brillante, de esas que acaban siempre mal, como escapando de toda realidad, porque allí en su mundo se vive mejor, un mundo que llevan tan adentro de si mismos que a veces por explorarlo, muchos acaban pasándose para el otro sitio definitivamente, y allí se quedan. 

Silvia la tomó a Amalia de un brazo y las dos salieron del tanatorio, y una vez en la calle ambas se despidieron, pues no había tal entierro sino cremación y Amalia no debía saberlo. La habían convencido de que Alfonso de allí se iría a la casa de Silvia, donde había pasado sus últimos años, desde que habían internado a Amalia.  
  
  • Silvia, por favor, dile a Alfonso que se lo piense y vuelva a casa, tenemos lugar de sobra para hospedarle. Y tu, intenta venir a verme más seguido, prometo no hacerte trabajar. Además, si no te apuras acabaré pronto tan patética como mi querida Ramona - Le dijo Amalia con una leve sonrisa mientras se subía en su limusina blanca y daba órdenes a su chofer, escoltada y ayudada por su asistente y su guardaespaldas.

Silvia la siguió con la mirada perdida, conteniendo el llanto producto de la tristeza que le daba verla así, tan ajena a la realidad. Sacó de su bolsillo la foto de Alfonso y la besó, se la puso en el pecho y la apretó bien fuerte, como queriendo ser correspondida por su compañero de aventuras y travesuras. A su hermana la quiere con el alma, y Silvia sabe que es un ingrediente más en ese cóctel que ha llevado a Amalia a vivir enajenada de todo lo que la rodea.


domingo, 8 de septiembre de 2013

La miel en sus ojos

No había ojos más temibles, ni corazón más sincero. Tal contradicción en semejante criatura me hacía pensar que ciertas cosas son como son, sólo porque deben cumplir un propósito.

Me subí al metro en la estación Prosperidad, él subió en la estación Esperanza. Llevaba una caja de cartón entre los brazos y la sostuvo hasta que pudo sentarse. Se percibía un aire extraño en el vagón, pero yo iba distraído. Aún así noté cierto revuelo, la gente se movía, murmuraba, comentaban, había gente que se sonrojaba, otros miraban con desprecio, y otros tantos cambiaban de sitio irrespetuosamente.

Como decía, yo iba distraído escuchando música, pero lo que veía me hizo detener y prestar atención. Alcé un momento la vista y lo miré, él no vaciló y como si supiera lo que iba a hacer, también me miró, fijo y sin pestañar, mientras se podía ver como seguía trabajando lo que tenía entre las manos. Fue un cruce de miradas que para mi al menos, duró una eternidad, aunque fueron solo segundos. Cuando le sonreí él hizo lo mismo, respondiendo fielmente a la cortesía. Su manejo en el arte de las expresiones era exquisito, en cuestión de milésimas de segundo respondió a mi sonrisa cambiando las facciones, paso de parecer un asesino serial a un dulce pasajero que regalaba sonrisas. En cuanto le quité la vista se puso inmediatamente a trabajar otra vez, mientras murmuraba palabras indescifrables.

Enfrente suyo tenía dos señoras mayores de edad que amagaban con bajar, tal vez dudando de cuál era la estación correcta, y él las miraba, les sonreía y les decía "Esperen, no se vayan, aún no he terminado" Y ellas respondían con una mueca, casi una sonrisa, absolutamente desconcertadas. Entre las piernas tenía la caja y sobre ella montones de tiras de papel que iba entrelazando y armando una figura. Tijera en mano, un poco de pegamento y todo un arte para poder trabajar mientras el metro se movía, y con el vagón lleno de gente. Se apuró y lo logró, las señoras se ponían de pie cuando él las interceptó en la puerta y les dijo "Tengan un buen día, este regalo es para ustedes" Les entregó una rosa de papel a cada una y ellas entre la sorpresa y el apuro aceptaron el regalo, aunque una de las señoras no lo miró a los ojos y sólo dijo Gracias, la otra en cambio sí lo miro y le hizo una sonrisa tierna. Él insistió en ser correspondido y tomó del brazo a la señora que no lo había mirado a los ojos, ante la sorpresa y el miedo de todos, entonces le volvió a decir "Es un regalo para usted, que tenga un buen día". La señora no tuvo más remedio y mirándolo fijo agradeció, y hasta se la vio sonreír. Él volvió a tomar asiento y ya en posición correcta siguió trabajando, esta vez ya más relajado, pues por momentos miraba al rededor y saludaba a la gente, conversaba y preguntaba "¿Quieres una flor?" Pero la gente no sabía qué decir, el ofrecimiento era puramente tierno, pero la mirada daba cierto escalofrío.

Todo sucedía entre estación y estación, parecía apurarse para acabar su trabajo antes de la siguiente y en el trayecto seleccionaba con la mirada al beneficiado. Parte del cortejo era explicar que eso era una flor, que podía hacerse de varios colores combinados y preguntaba siempre si estaba quedando bien. Había una madre y sus dos niños sentados a su lado y él muy amablemente saludó a los pequeños y les explico cómo hacer una rosa de papel, pero ellos no entendían y no le prestaron mucha atención. Él creyó que lo estaba haciendo mal y entonces comenzó a arruinar parte del trabajo que ya casi tenía terminado y tomó nuevos retazos de papel para empezar nuevamente, pero alguien lo detuvo. Una chica que iba de pie le puso una mano sobre su brazo y le pidió que no continuara rompiendo lo que ya tenía casi hecho, y le pidió que se la regalara tal cual estaba. Primero se negó y con una sonrisa forzada le dijo que él no podía hacer eso, y que entonces debía ella esperar a la siguiente rosa, pero ella le dijo:

- Necesito esa en particular, pues colecciono rosas de papel y esa en particular estaba especialmente terminada como para ser parte de mi museo.

- ¿Tienes un museo y quieres poner allí mi rosa?

- Sí, claro, tengo allí muchas más que me han regalado, pero sólo las más especiales como la tuya van a parar allí.

- Pero yo soy el único que hace rosas en el metro y las regala.

- Exacto, y es por eso que quiero que me la regales, así, tal cual está.

- Perfecto, aquí la tienes. Con cuidado, el pegamento todavía está fresco.

Se quedó más que contento, no entraba en su camisa de lo ancho que estaba. Otra vez me miró y lucia una sonrisa espléndida, no podía contener su alegría, me dijo "Tengo que continuar, tengo que mejorar la calidad y un día hasta les voy a poner perfume, ¿Tú que crees?" Asentí con respeto y muy sonriente, no era para menos.

El tren se detuvo un largo rato en una de las estaciones y él pudo trabajar con más tiempo, así que decidió añadir y mezclar papeles de diferentes colores, parecía que planeaba algo grande. Estaba muy concentrado y en parte apurado por acabar antes de la siguiente estación. Cuando pudo tomarse un respiro hizo una observación de todo el vagón y su cara se transformaba, lo empecé a notar preocupado y desolado, como buscando algo o alguien que parecía no estar allí. Se puso de pie y se asomó afuera, primero desde una puerta y luego desde la otra. Para mi sorpresa se me acercó y me dijo:

- ¿No la has visto? Estaba aquí sentada y me sonreía.

- Disculpa pero no la he visto.

- Oh! Era hermosa, todavía siento su perfume, está aquí, tiene que estar aquí.

- ¿Cómo era? Yo no recuerdo que hubiera ninguna mujer allí sentada.

- Sí, había una, sólo sé que era una mujer. No, no, era la mujer – Poniendo énfasis en resaltar que era la más importante de todas.

- Pues no creo poder ayudarte.

- Tú no entiendes, esa flor gigante y llena de colores era para ella, ahora no sé que voy a hacer. No se pudo haber ido, ¿Porqué lo hizo? – Se lo notaba acongojado y desconsolado, así que decidí interceder.

- No te hagas problema, ¿Has terminado la flor?

- Sí, sólo me falta pegar unos extremos y ya estaría.

- Perfecto, hazlo y dámela a mi, yo voy a buscarla y te prometo que se la voy a entregar de tu parte.

- Pero no vas a poder encontrarla, ni siquiera la conoces.

- No, pero creo recordar que la persona que tú dices suele viajar siempre en este metro, así es que la volveré a cruzar.

- No, deja, en ese caso se la daré yo, tengo miedo que se enamore de ti y no te crea que la rosa la he hecho yo.

- Eso no va a suceder, pero si así lo quieres está bien. Sólo ten paciencia y entonces llegará tu momento.

- Gracias, muchas gracias!

Logré calmarlo, y tomó asiento nuevamente. Se puso a trabajar sin descanso hasta la otra estación, que para mi sorpresa era la última, allí bajaba. Antes de arribar se puso de pie y saludó a todos los que lo rodeaban, mientras sacaba de sus bolsillos unas pequeñas rosas blancas que regalaba a mujeres y niños. Casi todos aceptaban el obsequio pero otros sólo tenían miedo y lo ignoraban, pero él igualmente les dejaba una flor. Tomó la caja y desde que estuvo de pie hasta que el metro frenó en la estación, me estuvo mirando fijo y sonriente. Para mi era incómodo, pero no podía parecer descortes, así que respondía con muecas de gracia. Cuando el metro hubo detenerse, desde la puerta se despidió de mi. Me dijo con ojos tristes "Al regresar, no te detengas en esta estación, sigue a donde quiera que vayas". Dado que para él era su trabajo, seguramente lo cruzaría al volver, por la tarde, y como no tenía necesidad de parar en esa estación, pues sólo asentí conforme.

Cuando observé atentamente, había dejado un camino de rosas desperdigadas desde su asiento hasta la puerta, rosas que al parecer nadie quiso guardar y simplemente las arrojaron al suelo, o tal vez él había armado semejante puesta en escena. Lo cierto era que la gente no quería ni pisarlas.

Era una manera extraña de empezar el día, pero el metro de Madrid tiene estas cosas. La gente de todo tipo, todos zombis a esas horas yendo a la oficina. Esa rutina agobiante que sufrimos pero que no queremos cambiar, pues es al menos algo seguro. En particular con este muchacho me sucedió que no pude salir de mi letargo y ser más participativo en su juego, en su inocente manera de querer regalar algo a esta gente que nada parece importarle, mucho menos un loco amable que desubicado saluda con una sonrisa y encima te desea un buen día. Yo quería sentarme junto a él y contagiarme de tanta inocencia, pero a veces me sucede que pierdo el silencio, pero no encuentro las palabras, y entonces de nada sirve la intención.

Por la tarde me llegó la hora de volver a casa y todavía recordaba lo que había sucedido esa mañana, me resonaban en la cabeza sus palabras, su advertencia de no bajarme en esa estación, que no me detenga y siga mi camino. Tomé el metro a la misma hora de casi todos los días, también atestado de gente como casi todos los días. Pero ya acostumbrado no prestaba atención a nada ni nadie, sólo iba escuchando mi música o algunas veces leyendo algún libro. Un presentimiento me invadía y el metro se acercaba a la estación Arturo Soria donde él se había bajado, donde yo no debía detenerme y por curiosidad quería hacerlo, a decir verdad. Traté de no enroscarme demasiado en el tema pero llegando a la estación, justo en la anterior mejor dicho, una voz anunciaba en el megáfono que el metro con destino a Argüelles no se detendría en la estación Arturo Soria, y así lo repitió al menos tres veces. Dadas las circunstancias, fuera el motivo que fuera, ya no iba a poder bajarme allí, así que volví a mi distracción.

Al otro día por la mañana, mientras desayunaba escucho una noticia sobre el metro de Madrid. La estación Arturo Soria seguía interrumpida y comentaban que allí se encontraba la policía trabajando. Al parecer habían encontrado algo en las vías. Pude leer más tarde que una persona denunció que desde la estación se podía observar algo que parecía ser un cuerpo, y que la silueta era la de alguien ahorcado. El escalofriante relato alertó a la policía y habían suspendido el servicio. Uno de los policías relataba, aunque con cara de asombro y muecas de imperfecta sonrisa, que se adentraron en las vías, lo más rápido posible y que cuando llegaron al lugar se quedaron todos completamente helados. Eso efectivamente parecía un cuerpo y en efecto lo era, por lo que dieron aviso a los forenses para que se acercaran lo más rápido posible y removieran el cuerpo de allí. Éstos arribaron con prisa y al acercarse notaron un charco justo debajo del cuerpo, no parecía agua, era más bien pegajoso. Comenzaron los trabajos para removerlo de allí y uno de los forenses describía en la nota que entre la oscuridad se podía ver un rostro mojado, y algo todavía más inusual, lleno de abejas que rondaban por ahí dificultando el trabajo. Uno de los médicos no tardó en darse cuenta, lo que tenía el cuerpo mojado, era miel, bajando desde su cabeza, rodando por sus mejillas, el pecho y continuaba sin detenerse hasta los pies descalzos, chorreando luego por sus dedos gordos del pie.

Estaban todos atónitos ante semejante escenario inusual, pero cuanto antes tenían que removerlo y comenzar con las pericias. Entre todos lo sujetaron, uno hizo maniobras para remover la soga del cuello y en uno de esos esfuerzos sintió que algo se desprendió, era la cabeza. Mientras esta caía al suelo con la mirada de todos absolutamente asustados, lo que vino luego era todavía más desconcertante, pues no comenzó a salir sangre, sino pequeñas flores de papel que volaban por los aires como expulsadas a presión. El cuerpo entonces perdió peso y se les escurrió de entre las manos, la cabeza que había rodado por el suelo no era más que una máscara indescifrable y la miel hacía surcos entre las vías y se perdía.

Nadie allí pudo mover un músculo por unos minutos, entre el miedo y la sensación de sentirse estúpidos. Se preguntaban unos a otros si a caso nadie se dio cuenta que eso no era real, pero el otros insistían en que sí lo era, absolutamente, pero ya no había más que hacer y se fueron retirando uno a uno de la escena. El último alzó una de las flores del suelo, la miraba curiosamente y pudo ver una leyenda que asomaba, así que deshizo la flor intentando descubrir la frase completa. Allí dentro la encontró, aunque un poco borrosa por la melaza y el polvo, se llegaba a descifrar lo siguiente:

Un día mi corazón, repleto de dulzura aún sin contemplar, sabrá reventar de furia y mi cuerpo roto y cansado ya no tendrá sangre, sólo dulzura. Intacta y cultivada, aún sin haber sido saboreada, si quiera correspondida. Explotaré de amor y mi risa se irá en un llanto, que tampoco nadie va a escuchar.

Él supo ver su mágico destino, se encontraron mutuamente y se correspondieron, porque esto era quizá cierto, y absolutamente irreversible. Yo tomé nota, y saqué también mis propias conclusiones. Si no ha nacido quien vea en tus ojos la dulzura que desborda, entonces traga tu saliva cuidadosamente, relámete y prepara tu corazón para una tormenta intensa. Día a día, otra tras hora, empalagado hasta las muelas, con todo lo que te rodea indiferente, mientras tú evitas inmolarte pero nadie sabrá nunca bien porqué.


domingo, 7 de julio de 2013

El loco y sus estrellas


Se siente fuera de sí, la Fe no lo convence, no sueña con nada, no analiza el ayer ni ve las sombras de un mañana; el hoy es ese bastardo que cuenta todavía menos. Salió corriendo al parque para tumbarse sobre el pasto al caer la tarde, ya con la última resolana, y entonces se encontró con una lluvia inesperada que lejos de negarla decidió quedarse allí tirado, tieso y encogiendo todo su cuerpo. Ahí se quedó sin esperar a nada ni nadie. Tiene los ojos cerrados, pues no quiere ni mirar cómo ni dónde está, sólo perderse en algún pensamiento que no lo frustre. Se empieza a ir, se aleja con el pensamiento que lo lleva hasta donde más le gustaría estar, allí está el mar tibio y la playa desierta para que pueda correr de punta a punta. Se revuelca por la arena y sonríe a carcajadas, se divierte, se deja arrastrar por la marea y vuelve así otra vez a tierra firme. No sabe si el tiempo que pierde lo mal gasta o simplemente no hay tiempo, la risa es intemporal pero no así la juventud. 

Ahora está de pie. Pasa su lengua por los labios para quitar la sal y la arena. Mira fijo el mar que lo tiene justo delante suyo, se frota las manos, sacude los pies mientras sonríe vagamente. Sale de repente corriendo enfurecido derecho al agua y con todas sus fuerzas se adentra y no se detiene, las olas no lo frenan y ha llegado lejos gracias a la marea baja, hasta que cae y desaparece de la superficie, se ve su mano girando en círculos, ese remolino lo ha tragado y se lo lleva hacia el fondo. Seguramente esté gritando, pidiendo ayuda desesperado, pero los pájaros vuelan rasante y lo miran sin importarles en  absoluto, los peces se alejan en cardumen porque ninguno quiere pasar por allí. Y sigue cayendo, ahora la caída es libre, a toda velocidad. Él abre los ojos, como así también comienza a pensar en el ayer, rememorando algunas cosas que había querido olvidar, el hoy también lo trajo a cuento, y era todavía más bastardo, el mañana en cambio ya era un deseo, un anhelo de poder moldearlo. El futuro supo ahora ganar terreno, pero sigue cayendo cada vez más rápido y no se ve el suelo, sólo luces y un bullicio que no para, al principio era lejano pero ahora es ensordecedor. Ve más y más luces, más y más bullicio, cierra nuevamente los ojos con todas sus fuerzas, pues el impacto era inminente, sintió una explosión en sus oídos y una fuerte luz que lo cegaba, aún con los ojos sellados por la fuerza y el miedo. La caída libre lo despojó de todo, ya ni ropa tenía puesta.

El primer golpe del impacto fue detrás de su cabeza, justo en la nuca, y rebotó por la espalda hasta la cintura y las piernas que lo sacudieron como un muñeco de trapo. Siente un fuerte ardor en los brazos y las piernas están inmóviles, mientras trata de moverse desesperadamente; no hay caso, los ojos están sellados, apenas entra luz y de la boca cae su baba en intentos de balbucear insultos que quedan en gemidos sin llanto. El presente es el villano, lo es hoy tanto como lo fue ayer y lo será mañana, porque en esa camilla lo tiene sujeto, cual loco envenenado que maniatado intenta escapar, preso de su elocuencia. Otra vez está ahí y no puede soltarse, otra vez se volvió loco por algo que es su derrota más larga, la inseguridad en si mismo. Volverá a salir si a caso, cuando este rato a la sombra lo devuelva de nuevo a su cordura, que no es tal cosa ni hay que exagerarla, pero le sirve para perderse en el montón, entre las gentes de este mundo, que si bien lo habita, no le suena para nada familiar.

El loco no mira atrás ni mira adelante, mira siempre hacia arriba, porque anhela las estrellas y se pregunta quién es ese que desinteresadamente los ilumina sin descanso, mientras que aquí debajo, en tierra firme, los estrellados cerrojan puertas, en cuartos sin luces y camas que devoran sueños.

G.L.R
08-07-2013
Cork, Irlanda





domingo, 12 de mayo de 2013

Lágrimas de plata


Ella sabe de lágrimas y decepciones, es verdad. Yo también sé que puedo ser su hombro, aplastando su mejilla, enjugando sus lágrimas y besando su frente. Puedo inclusive cerrar mis brazos como pinzas, que aprietan fuerte los suyos y exprimen miserias, dejando caer gemidos, deseando que todo pase, queriendo ser el remedio, de forma que mi pálido rostro pudiera darle placer, y entonces frenaría instantaneamente para mirarme con deseo. Quizá probaría morderme el cuello con dulzura para luego subir despacio y terminar bebiendo juntos de la sal sobre mis labios. 

Pero no, en cambio la miro absorto, y hago una pose que pudiera interpretarse como la de quien escucha y presta atención, me presumo relajado para no levantar sospecha de aquello que no se ve; la procesión es por dentro. Entonces hizo un chasquido con la lengua y se mordió el labio inferior, se levantó de la silla y caminó hacia mí con una sonrisa cómplice. Sentada a mi lado me apretó bien fuerte, me besó la frente y enjugó mis lágrimas, haciéndome sentir muy obvio, también estúpido. No dijo palabra alguna, sobraban los detalles, y las declaraciones no tenían cabida. Dormimos juntos entre pinzas, sal, decepciones y tristezas desordenadas. Yo, afortunadamente, desperté de nuevo en mi pasado, la pesadilla había acabado, y ella quién sabe dónde -todavía la estoy buscando- ni siquiera pude saber con exactitud cuánto tiempo estuvo aquí, pero fue lo suficiente como para demoler mis defensas, dejarme inútil. Me dio una lección silenciosa y me devolvió la duda, el deseo desesperado de encontrarme libre, de ser un buen anfitrión en la antesala de mi porvenir aunque éste llegue vacío o resulte incomprensible. Sólo puedo desearte suerte, que tus nuevos aires de plata sean cromos en sonrisas, y por favor, no te engañes queriendo buscar suerte donde cabe sólo razonar y ver despierto cuan imprudente fue ese hombre con tus vísceras a flor de labio, que recorren ahora kilómetros de amor para sanar sus incongruencias. Pero, me pregunto, ¿Quién te ha visto desparramada aunque de pie y te atendió en silencio, sin preguntar nada, queriéndote sólo a la distancia de un paso, de un grito, de un llanto?, sólo yo y mis más sinceras fantasías. 

Dedicado a dos posibles almas en algún rincón de la ciudad de La Plata, que quizá, acaben existiendo cuando ponga aquí el punto final.


Madrid - 24/09/2012
G.LR

Encerrado en la conciencia



Llegó del trabajo como todos los días a la misma hora, pero a diferencia de los días anteriores, este se lo percibía molesto. Tenía un fastidio incesante, una amargura estúpida, injustificada. No quiso pensarlo en voz alta, pero era también un inconformismo irracional. Al entrar atinó a patear la puerta, pero al menos pudo razonar que de todos modos no iba a lograr abrirla. Dejó las cosas tiradas por el living, se fue a la cocina, luego al baño, se asomó al patio, entró de nuevo en la casa y ahora se quedó en la cocina tomando algo. Mira fijo a la ventana, y se amada pensativo, parece que va a estallar en un ataque de ira. Inhala y exhala fuertemente, como despojándose de todo el mal humor, pero como no ha llegado a ninguna conclusión, se vuelve al living y se pone a reposar en el sofá mirando el techo. De a poco se le fue relajando el cuerpo, alcanzo el sueño y quedando despatarrado entre almohadones. Su cabeza sigue deslumbrando hipótesis, buscando razones para tanto fastidio pero luego de unos minutos también se llama a silencio y se deja adentrar en el ensueño.
Lleva un buen rato dormido. Parece que no sueña nada, está tieso, pero en el rostro muestra preocupación. Se le mueven los párpados levemente, es como si parpadeara. 

La noche ya lo tiene todo cubierto mientras que él apenas lo percibe, reposa todavía allí pero medio enroscado, casi en posición fetal. Justo detrás de su cabeza está la puerta que lo lleva a la habitación; está cerrada tal cual la dejo antes de irse esta mañana. Hay un ruido que no cesa y no sabe de dónde viene, lo despierta poco a poco hasta comprobar que no era un sueño, ese ruido estaba dentro de la casa. Se sentó en el sofá sin entender absolutamente nada, estaba tratando de enfocar y entender dónde estaba. En el living la oscuridad era total, solo entraba el reflejo de la luna así que ni bien pudo reponerse un poco encendió la luz y recorrió parte de la casa, igual que cuando llegó esta tarde, primero el baño, luego el patio y terminó en la cocina bebiendo algo. 
El ruido seguía allí, venía de algún sitio dentro de la casa y solo quedaba mirar la habitación, pero no quiso ir. Se quedó vacilando un rato más y ya era claro que lo que podía percibirse era un llanto. Juntó coraje, y convencido de que nada había por allí, se acerco a la habitación. Miró fijo la puerta e intentó rápidamente abrirla, pero esta no se abrió, y el llanto se hizo eco más fuerte. Volvió a intentarlo con una expresión de sorpresa en su rostro, pero esta no se abrió nuevamente, estaba trabada desde adentro. Una vez más el eco del llanto retumbó entre las paredes de la habitación. 
Empezó a sudar, las manos estaban empapadas de transpiración, su corazón golpeaba en su pecho queriendo salir urgentemente de allí, pero ambos se quedaron en el lugar, él temblaba como una hoja. 
En un acto de desesperación miró por la cerradura y cuando pudo hacer foco se apartó de la puerta espantado. Rompió en llanto y se refugió debajo de la mesa como un niño, se tiraba del pelo y pellizcaba sus brazos para ver si se trataba de un sueño, confirmando que todo parecía estar sucediendo ahí y ahora. 
Recuperado del primer susto se acerco de nuevo a la puerta y observó por la cerradura tragando saliva lentamente; o lo que le quedaba en la boca que estaba seca y repleta de adrenalina. Hizo foco con un ojo y luego con el otro, porque no quería convencerse de lo que veía, era perturbador y si se trataba de un sueño mejor sería relajarse y esperar a despertar. La luz de la habitación estaba encendida, el cuarto absolutamente vacío y en uno de los rincones, de frente a la puerta, había un hombre que lo miraba fijo con ojos llorosos y la mirada perdida. Giraba la cabeza hacia la derecha, luego a la izquierda pero no le sacaba la mirada de encima. Estaba agazapado en un rincón, indefenso, abrazando sus piernas flexionadas, con ambos brazos. 
Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido fuera de un sueño, pero cada vez que intentaba comprobarlo todo a su alrededor era real. Dio varios golpes a la puerta intentando que le abran, volvía a mirar por la cerradura pero ese hombre estaba inmóvil. Luego empezó a gritar y del otro lado el llanto se hizo más y más fuerte también. Lo que estaba allí dentro era exactamente igual a él, un clon, su propio reflejo, y al darse cuenta del ruido que estaban haciendo quiso calmarse y también al otro detrás de la puerta. Si algún vecino llamaba a la policía lo que encontrarían sería difícil de explicar, así que hizo intentos inútiles por hablarle y calmarlo. De repente, el hombre dentro de la habitación se puso de pie y comenzó a caminar de una pared hacia la otra, sus manos en posición de rezo y la cabeza haciendo un movimiento de negación constantemente. Estaba completamente desnudo y tenía un aspecto bastante desmejorado, iba acelerando el paso y la histeria, pero al menos ahora sonreía entre lágrimas. De tanto en tanto se volteaba y lo miraba, le sonreía forzosamente, con cara de pena y ojos derramados. 

Se acercó entonces hasta la puerta y lo perdió de vista, solo lo sentía respirar, estaba cerca. Se escuchaba un ruido como si estuviera revolviendo un bolso y sacando cosas, y al cabo de unos minutos apareció caminando de nuevo hacia el frente, donde podía verlo. La sorpresa no fue grata y la histeria volvió a adueñarse de la situación, el hombre frente a él tenía un arma y apuntaba justo a su cien, gritos y llantos nuevamente empezaron a emerger. Golpeaba la puerta como loco, desesperado y le pedía que no lo hiciera, pero el otro hombre lo miraba fijamente y sonreía temblando. 
Luego de un buen rato de sufrir y gritar, su doble bajó el arma y se acercó a la puerta, de nuevo lo perdió de vista. Escuchó que arrancaba una hoja y se la pasó por debajo de la puerta, en la misma se podía leer <<Nos veremos en el pasado, ahí donde el presente nos parecía mejor y el futuro nos quedaba más a mano; o al menos tú te permitías soñarlo>>. Revoleó el papel a un costado y entre golpes y gritos le pidió que no lo hiciera, pero era inútil, el arma estaba ya en su boca y se veían los músculos tensarse en cada intento de disparo. Era realmente desesperante la idea de verse a si mismo morir tan tristemente, ejecutado por sus propias manos, yaciendo en el suelo su propio cuerpo, pero que no era realmente él. Y además ¿Qué diría cuando vinieran a sacarlos de ahí?, ¿Cómo iba a explicar que aún no sabia nada acerca de ese hombre?.
Se dejó caer al suelo y ya sin chances se subió al sofá, resignado a su destino; el de dentro de la habitación y el de aquí fuera. 
La luz de la luna le daba en el rostro, una brisa tibia entraba por algún sitio, pero lejos de mantener la calma, estos dos corazones gemelos se gritaban como locos, latido a latido y cada vez más fuerte. Cerró fuerte los ojos esperando el disparo, parecía que estaba al caer, pero antes otra nota se dejó entrever por debajo de la puerta y al recogerla decía <<No es preciso mantener en silencio tus dudas, temiendo que un viento fuerte las sacuda y acaben convirtiéndose en miedos, para que después cuando ya grandes e imponentes te empujen al fracaso. Tampoco se trata solo de ser visto, sino de ser descubierto. Yo a ti te descubrí y en tus esfuerzos por solo haberme visto se van endiosando tus dudas, que más que dudas son certezas y que al verse ignoradas todavía menos tienden a desaparecer>>.
Volvió al sofá y se recostó, todavía más resignado, quiso volver a la puerta e intentarlo, pero no tenía más resto, estaba desahuciado. Respiró hondo y dejó caer sus brazos, los ojos los mantuvo cerrados y tratando de pensar en otra cosa, mientras las lágrimas de confusión iban cayendo una a una por su mejilla, pasando por su garganta y perdiéndose antes de llegar al pecho. Allí se quedó inmóvil y la casa estaba en calma, no había ruidos, no se oían llantos ni nada, solo quedaba esperar el tiro de gracia, solo esperar. 
Los minutos fueron pasando y entre tanta calma se fue quedando dormido. Afortunadamente el sueño se hizo profundo, y otra vez yacía en el sofá desmayado. Ahora tampoco parecía estar soñando, solo dormía y sus párpados le temblaban un poco. Se le habían pegado las pestañas con las lágrimas secas, pero eso no lo perturbaba para nada. La brisa que entraba en la casa se hizo cada vez más intensa, la corriente de aire le volaba el flequillo, pero tampoco lo incomodaba, a pesar de que estaba un poco fresco y ya debía ser la medianoche. 

Lleva dormido unas horas, quizás dos o tres, y todo sigue igual, en calma, hasta que un fuerte estruendo lo despierta. Saltó del sofá confundido otra vez, desesperado recorrió la casa nuevamente, el mismo trayecto, los mismo sitios. Cuando recuperó la calma se dio cuenta que la puerta del patio trasero estaba abierta de par en par, la ventana del living también, lo mismo la puerta de la calle, el televisor encendido y emitiendo solo llovizna. Pudo percibir la correntada y el frío que ya empezaba a molestarle, pero todavía faltaba entrar en la habitación. Se acercó y parado frente a la puerta puso cara de sorpresa, frunciendo el ceño, buscando una explicación, pero que tampoco hacía falta. Dejó esbozar una sonrisa nerviosa y se acercó un poco más a la puerta, faltaba comprobar ahora si era posible abrirla. Sujetó fuerte el picaporte, lo deslizó hacia abajo suavemente y como quien lo hace a la cuenta de tres, empujó de golpe hacia adelante, con todo el peso de su cuerpo, entonces la puerta se abrió y por el envión que llevaba fue a parar sobre la cama. 
Hizo una inspección ocular muy rápida y todo estaba en su lugar, tal cual lo había dejado antes de irse a trabajar el día anterior, de nuevo se le escapó una sonrisa cómplice, luego el llanto y  una carcajada insólita después, que dejó escapar varias veces. Se levantó, cerró todas las ventanas y puertas, apagó el televisor que ya molestaba y decidió darse una ducha antes de dormir definitivamente. Afortunadamente había omitido un detalle, ninguna de las puertas, excepto la de la calle y el patio, tenían cerradura, tan solo un picaporte. El alma le volvió al cuerpo. 

Terminó de ducharse, luego se metió en la habitación y al entrar, sobre la cama, encontró dos papeles en los que nada podía leerse, la tinta estaba corrida como si hubieran salpicado la hoja con agua. Buscó en la mesa de luz algo para escribir y decidió recordar las frases, entonces en cada uno de ellos volvió a escribirlas, tal cual las recordaba; todavía le hacían eco en la cabeza. 

Por la mañana se despertó tarde y con prisa, pero no olvidó manotear ligeramente las notas. Quiso leerlas antes de salir, pero al desenvolverlas otra vez lo mismo, era imposible su lectura, ya no había texto sobre el papel, solo manchas. Al parecer  esas frases solo perduraban en su inconsciente.  

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G.L.R
Madrid - 03/06/2012




jueves, 3 de enero de 2013

Un sueño inocente





Se helaron mis huesos con esa voz oculta en un silencio ausente que me hizo admirar perpetuo e inocente tu más estúpida mueca de dolor. Dragones y furia, máscaras de seres góticos y un ambiente tristemente oscuro. El más allá es una fábula mía, nunca tuya. El hoy será en sí mismo una mentira porque el mañana sabe que nunca llegará. El ayer no quiso mostrarse, se perdió en la bruma, se agotó de no existir. Basta ya, déjame solo de repente; aún taciturno sé llegar a casa. Te recomendaría alejarte cuando estupendamente debajo de la cama vomito mis secretos; también me rompo en pedazos. Aún así no me sueltes la mano, y espérate al mejor momento para recoger mis vísceras.