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domingo, 8 de septiembre de 2013

La miel en sus ojos

No había ojos más temibles, ni corazón más sincero. Tal contradicción en semejante criatura me hacía pensar que ciertas cosas son como son, sólo porque deben cumplir un propósito.

Me subí al metro en la estación Prosperidad, él subió en la estación Esperanza. Llevaba una caja de cartón entre los brazos y la sostuvo hasta que pudo sentarse. Se percibía un aire extraño en el vagón, pero yo iba distraído. Aún así noté cierto revuelo, la gente se movía, murmuraba, comentaban, había gente que se sonrojaba, otros miraban con desprecio, y otros tantos cambiaban de sitio irrespetuosamente.

Como decía, yo iba distraído escuchando música, pero lo que veía me hizo detener y prestar atención. Alcé un momento la vista y lo miré, él no vaciló y como si supiera lo que iba a hacer, también me miró, fijo y sin pestañar, mientras se podía ver como seguía trabajando lo que tenía entre las manos. Fue un cruce de miradas que para mi al menos, duró una eternidad, aunque fueron solo segundos. Cuando le sonreí él hizo lo mismo, respondiendo fielmente a la cortesía. Su manejo en el arte de las expresiones era exquisito, en cuestión de milésimas de segundo respondió a mi sonrisa cambiando las facciones, paso de parecer un asesino serial a un dulce pasajero que regalaba sonrisas. En cuanto le quité la vista se puso inmediatamente a trabajar otra vez, mientras murmuraba palabras indescifrables.

Enfrente suyo tenía dos señoras mayores de edad que amagaban con bajar, tal vez dudando de cuál era la estación correcta, y él las miraba, les sonreía y les decía "Esperen, no se vayan, aún no he terminado" Y ellas respondían con una mueca, casi una sonrisa, absolutamente desconcertadas. Entre las piernas tenía la caja y sobre ella montones de tiras de papel que iba entrelazando y armando una figura. Tijera en mano, un poco de pegamento y todo un arte para poder trabajar mientras el metro se movía, y con el vagón lleno de gente. Se apuró y lo logró, las señoras se ponían de pie cuando él las interceptó en la puerta y les dijo "Tengan un buen día, este regalo es para ustedes" Les entregó una rosa de papel a cada una y ellas entre la sorpresa y el apuro aceptaron el regalo, aunque una de las señoras no lo miró a los ojos y sólo dijo Gracias, la otra en cambio sí lo miro y le hizo una sonrisa tierna. Él insistió en ser correspondido y tomó del brazo a la señora que no lo había mirado a los ojos, ante la sorpresa y el miedo de todos, entonces le volvió a decir "Es un regalo para usted, que tenga un buen día". La señora no tuvo más remedio y mirándolo fijo agradeció, y hasta se la vio sonreír. Él volvió a tomar asiento y ya en posición correcta siguió trabajando, esta vez ya más relajado, pues por momentos miraba al rededor y saludaba a la gente, conversaba y preguntaba "¿Quieres una flor?" Pero la gente no sabía qué decir, el ofrecimiento era puramente tierno, pero la mirada daba cierto escalofrío.

Todo sucedía entre estación y estación, parecía apurarse para acabar su trabajo antes de la siguiente y en el trayecto seleccionaba con la mirada al beneficiado. Parte del cortejo era explicar que eso era una flor, que podía hacerse de varios colores combinados y preguntaba siempre si estaba quedando bien. Había una madre y sus dos niños sentados a su lado y él muy amablemente saludó a los pequeños y les explico cómo hacer una rosa de papel, pero ellos no entendían y no le prestaron mucha atención. Él creyó que lo estaba haciendo mal y entonces comenzó a arruinar parte del trabajo que ya casi tenía terminado y tomó nuevos retazos de papel para empezar nuevamente, pero alguien lo detuvo. Una chica que iba de pie le puso una mano sobre su brazo y le pidió que no continuara rompiendo lo que ya tenía casi hecho, y le pidió que se la regalara tal cual estaba. Primero se negó y con una sonrisa forzada le dijo que él no podía hacer eso, y que entonces debía ella esperar a la siguiente rosa, pero ella le dijo:

- Necesito esa en particular, pues colecciono rosas de papel y esa en particular estaba especialmente terminada como para ser parte de mi museo.

- ¿Tienes un museo y quieres poner allí mi rosa?

- Sí, claro, tengo allí muchas más que me han regalado, pero sólo las más especiales como la tuya van a parar allí.

- Pero yo soy el único que hace rosas en el metro y las regala.

- Exacto, y es por eso que quiero que me la regales, así, tal cual está.

- Perfecto, aquí la tienes. Con cuidado, el pegamento todavía está fresco.

Se quedó más que contento, no entraba en su camisa de lo ancho que estaba. Otra vez me miró y lucia una sonrisa espléndida, no podía contener su alegría, me dijo "Tengo que continuar, tengo que mejorar la calidad y un día hasta les voy a poner perfume, ¿Tú que crees?" Asentí con respeto y muy sonriente, no era para menos.

El tren se detuvo un largo rato en una de las estaciones y él pudo trabajar con más tiempo, así que decidió añadir y mezclar papeles de diferentes colores, parecía que planeaba algo grande. Estaba muy concentrado y en parte apurado por acabar antes de la siguiente estación. Cuando pudo tomarse un respiro hizo una observación de todo el vagón y su cara se transformaba, lo empecé a notar preocupado y desolado, como buscando algo o alguien que parecía no estar allí. Se puso de pie y se asomó afuera, primero desde una puerta y luego desde la otra. Para mi sorpresa se me acercó y me dijo:

- ¿No la has visto? Estaba aquí sentada y me sonreía.

- Disculpa pero no la he visto.

- Oh! Era hermosa, todavía siento su perfume, está aquí, tiene que estar aquí.

- ¿Cómo era? Yo no recuerdo que hubiera ninguna mujer allí sentada.

- Sí, había una, sólo sé que era una mujer. No, no, era la mujer – Poniendo énfasis en resaltar que era la más importante de todas.

- Pues no creo poder ayudarte.

- Tú no entiendes, esa flor gigante y llena de colores era para ella, ahora no sé que voy a hacer. No se pudo haber ido, ¿Porqué lo hizo? – Se lo notaba acongojado y desconsolado, así que decidí interceder.

- No te hagas problema, ¿Has terminado la flor?

- Sí, sólo me falta pegar unos extremos y ya estaría.

- Perfecto, hazlo y dámela a mi, yo voy a buscarla y te prometo que se la voy a entregar de tu parte.

- Pero no vas a poder encontrarla, ni siquiera la conoces.

- No, pero creo recordar que la persona que tú dices suele viajar siempre en este metro, así es que la volveré a cruzar.

- No, deja, en ese caso se la daré yo, tengo miedo que se enamore de ti y no te crea que la rosa la he hecho yo.

- Eso no va a suceder, pero si así lo quieres está bien. Sólo ten paciencia y entonces llegará tu momento.

- Gracias, muchas gracias!

Logré calmarlo, y tomó asiento nuevamente. Se puso a trabajar sin descanso hasta la otra estación, que para mi sorpresa era la última, allí bajaba. Antes de arribar se puso de pie y saludó a todos los que lo rodeaban, mientras sacaba de sus bolsillos unas pequeñas rosas blancas que regalaba a mujeres y niños. Casi todos aceptaban el obsequio pero otros sólo tenían miedo y lo ignoraban, pero él igualmente les dejaba una flor. Tomó la caja y desde que estuvo de pie hasta que el metro frenó en la estación, me estuvo mirando fijo y sonriente. Para mi era incómodo, pero no podía parecer descortes, así que respondía con muecas de gracia. Cuando el metro hubo detenerse, desde la puerta se despidió de mi. Me dijo con ojos tristes "Al regresar, no te detengas en esta estación, sigue a donde quiera que vayas". Dado que para él era su trabajo, seguramente lo cruzaría al volver, por la tarde, y como no tenía necesidad de parar en esa estación, pues sólo asentí conforme.

Cuando observé atentamente, había dejado un camino de rosas desperdigadas desde su asiento hasta la puerta, rosas que al parecer nadie quiso guardar y simplemente las arrojaron al suelo, o tal vez él había armado semejante puesta en escena. Lo cierto era que la gente no quería ni pisarlas.

Era una manera extraña de empezar el día, pero el metro de Madrid tiene estas cosas. La gente de todo tipo, todos zombis a esas horas yendo a la oficina. Esa rutina agobiante que sufrimos pero que no queremos cambiar, pues es al menos algo seguro. En particular con este muchacho me sucedió que no pude salir de mi letargo y ser más participativo en su juego, en su inocente manera de querer regalar algo a esta gente que nada parece importarle, mucho menos un loco amable que desubicado saluda con una sonrisa y encima te desea un buen día. Yo quería sentarme junto a él y contagiarme de tanta inocencia, pero a veces me sucede que pierdo el silencio, pero no encuentro las palabras, y entonces de nada sirve la intención.

Por la tarde me llegó la hora de volver a casa y todavía recordaba lo que había sucedido esa mañana, me resonaban en la cabeza sus palabras, su advertencia de no bajarme en esa estación, que no me detenga y siga mi camino. Tomé el metro a la misma hora de casi todos los días, también atestado de gente como casi todos los días. Pero ya acostumbrado no prestaba atención a nada ni nadie, sólo iba escuchando mi música o algunas veces leyendo algún libro. Un presentimiento me invadía y el metro se acercaba a la estación Arturo Soria donde él se había bajado, donde yo no debía detenerme y por curiosidad quería hacerlo, a decir verdad. Traté de no enroscarme demasiado en el tema pero llegando a la estación, justo en la anterior mejor dicho, una voz anunciaba en el megáfono que el metro con destino a Argüelles no se detendría en la estación Arturo Soria, y así lo repitió al menos tres veces. Dadas las circunstancias, fuera el motivo que fuera, ya no iba a poder bajarme allí, así que volví a mi distracción.

Al otro día por la mañana, mientras desayunaba escucho una noticia sobre el metro de Madrid. La estación Arturo Soria seguía interrumpida y comentaban que allí se encontraba la policía trabajando. Al parecer habían encontrado algo en las vías. Pude leer más tarde que una persona denunció que desde la estación se podía observar algo que parecía ser un cuerpo, y que la silueta era la de alguien ahorcado. El escalofriante relato alertó a la policía y habían suspendido el servicio. Uno de los policías relataba, aunque con cara de asombro y muecas de imperfecta sonrisa, que se adentraron en las vías, lo más rápido posible y que cuando llegaron al lugar se quedaron todos completamente helados. Eso efectivamente parecía un cuerpo y en efecto lo era, por lo que dieron aviso a los forenses para que se acercaran lo más rápido posible y removieran el cuerpo de allí. Éstos arribaron con prisa y al acercarse notaron un charco justo debajo del cuerpo, no parecía agua, era más bien pegajoso. Comenzaron los trabajos para removerlo de allí y uno de los forenses describía en la nota que entre la oscuridad se podía ver un rostro mojado, y algo todavía más inusual, lleno de abejas que rondaban por ahí dificultando el trabajo. Uno de los médicos no tardó en darse cuenta, lo que tenía el cuerpo mojado, era miel, bajando desde su cabeza, rodando por sus mejillas, el pecho y continuaba sin detenerse hasta los pies descalzos, chorreando luego por sus dedos gordos del pie.

Estaban todos atónitos ante semejante escenario inusual, pero cuanto antes tenían que removerlo y comenzar con las pericias. Entre todos lo sujetaron, uno hizo maniobras para remover la soga del cuello y en uno de esos esfuerzos sintió que algo se desprendió, era la cabeza. Mientras esta caía al suelo con la mirada de todos absolutamente asustados, lo que vino luego era todavía más desconcertante, pues no comenzó a salir sangre, sino pequeñas flores de papel que volaban por los aires como expulsadas a presión. El cuerpo entonces perdió peso y se les escurrió de entre las manos, la cabeza que había rodado por el suelo no era más que una máscara indescifrable y la miel hacía surcos entre las vías y se perdía.

Nadie allí pudo mover un músculo por unos minutos, entre el miedo y la sensación de sentirse estúpidos. Se preguntaban unos a otros si a caso nadie se dio cuenta que eso no era real, pero el otros insistían en que sí lo era, absolutamente, pero ya no había más que hacer y se fueron retirando uno a uno de la escena. El último alzó una de las flores del suelo, la miraba curiosamente y pudo ver una leyenda que asomaba, así que deshizo la flor intentando descubrir la frase completa. Allí dentro la encontró, aunque un poco borrosa por la melaza y el polvo, se llegaba a descifrar lo siguiente:

Un día mi corazón, repleto de dulzura aún sin contemplar, sabrá reventar de furia y mi cuerpo roto y cansado ya no tendrá sangre, sólo dulzura. Intacta y cultivada, aún sin haber sido saboreada, si quiera correspondida. Explotaré de amor y mi risa se irá en un llanto, que tampoco nadie va a escuchar.

Él supo ver su mágico destino, se encontraron mutuamente y se correspondieron, porque esto era quizá cierto, y absolutamente irreversible. Yo tomé nota, y saqué también mis propias conclusiones. Si no ha nacido quien vea en tus ojos la dulzura que desborda, entonces traga tu saliva cuidadosamente, relámete y prepara tu corazón para una tormenta intensa. Día a día, otra tras hora, empalagado hasta las muelas, con todo lo que te rodea indiferente, mientras tú evitas inmolarte pero nadie sabrá nunca bien porqué.