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miércoles, 27 de noviembre de 2013

El amigo invisible


Estoy sentado en la terraza de un bar, debajo de un sol radiante de invierno. La mesa está fría y yo tengo los brazos apoyados sobre la superficie de metal, mirando hacia abajo. Observo cuidadosamente mis manos. Me acaricio las palmas, los nudillos, las arrugas, las uñas -o lo que queda de ellas, pues me las suelo morder-. Espero allí sentado a la mujer que no va a venir, pero en cambio vendrá otra, que aún sabiendo que el deseo no es mutuo, insiste en esta rutina de Domingo. Yo no dejo de mirar en mis manos el paso del tiempo, pues hoy tengo un día melancólico. Desde que enviudé he hecho todo lo posible para no estar solo, siempre en pareja, aunque eso haya significado muchas veces estar mal acompañado. Pero no me importaba, yo quería tener alguien en casa con quien pelear, dormir, cenar, desayunar, caminar, y recuperar increíblemente así, las ganas de estar solo. Sí, es un poco histérico, pero a muchos nos sucede que algunas veces sólo salimos y socializamos por el mero hecho de recuperar las ganas de estar en soledad.

Habiendo sobrepasado ya mis setenta años me estoy planteando seriamente el acto heroico de madurar de una vez y aprender a no depender más de nadie, al menos animicamente. En este último tiempo me he descubierto muy independiente, he sentido ganas de hacer cosas en soledad, sin ataduras. Es curioso realmente, pues me ha llegado tarde, pero ha llegado al fin y no quiero desoír a mis deseos esta vez.
Alcé la vista un momento y vi que ya se acercaba Graciela. Venía hablando por el móvil en voz alta, como siempre. Gesticulaba como dando órdenes y llevaba un sombrero de paja que se iba acomodando cada dos pasos, no vaya a ser que se le volara. Sus gafas eran oscuras, o más bien diría tornasoladas , y muy grandes; apenas si se le veía la nariz. Ni que decir del maquillaje que llevaba puesto, estaba literalmente pintada como una puerta; expresión que se suele utilizar cuando alguien se pinta en demasía y con colores fuertes, o sea, como un payaso.
En un acto de cobardía me levanté de la mesa y me di a la fuga por una de las calles laterales, pero ella advirtió la situación y corrió tras de mi. Aún estaba al teléfono cuando me alcanzó, terminó la llamada sin despedirse y se quitó el sombrero, no así las gafas, pues el sol estaba bravo. Hizo una exclamación de cansancio, exhaló una bocanada de aire y advirtió que no me había saludado:

- ¡Hola! ¿Cómo estás Daniel?, ¿A dónde te ibas?, ¿Y esa cara depresiva a qué se debe?, ¡No me amargues el Domingo por favor te lo pido! - Ella siempre tan sutil para dejarme mal parado. 

- En primer lugar, ¡Hola! Graciela. Segundo, ¿Es necesario que me hables así? me gustaría que mostraras un poco más de interés en mi persona - Mi tono era de absoluta calma, pero los labios me temblaron y la voz se me quebraba. Volví a agachar la vista, no quería mirarla a los ojos.

- ¡Dejame de joder, por favor! Pidamos un café o algo para beber y así mientras te voy contando unas cositas. Ven, volvamos al bar.

- Yo no quiero beber nada, cuéntamelo aquí en la acera y sé breve.

- Pero por favor Daniel, no seas ridículo y vamos al bar hombre. 

Yo no podía verme, pero mi cara estoy seguro que no era la mejor. Me sentía triste, incómodo y además estaba disperso; en fin, ya no quería estar allí. Pero Graciela sólo quería hablar y contar sus aventuras en la atelier, lugar del cual nunca me sentí parte, es más jamás pisé ese sitio a pesar de su insistencia. Yo soy de clase obrera, lo más parecido al arte que he hecho en mi vida ha sido lijar y pintar un mueble. Efectivamente, y gracias a mi cobardía, volvimos al bar y tomamos asiento. Yo permanecí mirando hacia mis manos y jugaba con ellas, las acariciaba y pensaba. Pensaba en cuántas cosas había hecho con esas manos, pero también me preguntaba ¿Alguna de ellas ha sido útil?, estaba siendo muy duro conmigo mismo hoy. Me fui tanto con mis pensamientos que olvidé a Graciela, ella ya había ordenado un café con leche y un cruasán. Su pedido había llegado a la mesa y ella indignada con mi indiferencia golpeó la mesa y me tomó de las manos para separarlas:

- Daniel, ¿Quieres dejar de mirar hacia tus manos y prestarme atención?, hace unos minutos que te hablo y ni me miras, espero que al menos me estés oyendo.

- Disculpa, ¿Qué me decías?, estoy un poco ido hoy - Claramente no tenía la menor idea de qué me había dicho y estaba a punto de levantarme e irme nuevamente.

- ¡Ah!, o sea que no has oído nada de lo que te he dicho, pues venga empiezo otra vez y escucha con atención, ¡O fíngela al menos!, ¿No crees? - Básicamente me estaba pidiendo que aunque no me interese lo más mínimo estar allí sentado, y mucho menos escucharle, pues que lo hiciera parecer, pero tal cosa me era imposible.

- Sí claro, venga, continua, seguro era algo que sucedió con las chicas de la atelier - Se lo dije irónicamente, con sarcasmo y ya no me importaba su indignación.

Graciela continuó hablando sola por los siguientes veinte minutos y yo volví a mi posición indiferente. Me fui con el pensamiento y como era recurrente en estos estados de ánimo, se me vino a la cabeza Esther, la mujer de quien enviudé. En estos casos Esther era el opuesto a Graciela, para empezar llegaba antes que yo a los encuentros, me esperaba con paciencia y siempre me sonreía. Luego me ordenaba algo para beber, pues me conocía de sobra y me pedía mientras tanto que le contara cómo había sido mi día. Aunque yo no quisiera hablar, ella siempre hallaba un modo para que fluyera la conversación. Divagué tanto con el pensamiento que la traje a la mesa y se sentó a mi lado:

- Daniel, ¿Porqué te mientes así?, no necesitas de nadie para ser feliz - Esther me hablaba y era como un susurro muy dulce que me acongojaba.

- Lo sé cariño, pero no soy capas de revertir esta situación, ¿Cómo hago ahora para decirle que no quiero verla más?, Graciela es capas de atarme a la pata de la cama para que no me escape, y yo un cobarde que se dejaría. No puedo.

- Venga ya hombre, ella es simplemente una mujer, mírala a los ojos ahora mismo y dile que te vas y que si a caso luego le llamas para explicarle el asunto, pero que necesitas estar solo. Sabrá entenderlo, y además no querrá quedarse donde no la necesitan.

- Es que no la conoces, puedes odiarla y ella estará sentada allí tratando de que oigas sus estúpidas historias, sólo quiere alguien que finja prestar atención, y ha dado con este perfecto idiota que soy yo. Además, ¿Qué sucede si ya no vuelve y yo me siento muy solo nuevamente?, no sé Esther, me da miedo.

- Lo único que estás haciendo Daniel, es dilatar tu felicidad, toma las riendas de tu vida y haz algo por ti y sólo para ti. Sé más egoísta, que ya estás mayor y si no te apuras te vendrás para este lado. Mira, yo creo que tú problema se reduce a una frase que yo solía decir.

- ¿Cuál?, eso de que uno busca lo que necesita, pero no encuentra lo que busca…bueno…creo que no la recuerdo muy bien, ¿Me la repites?.

- ¡Claro!, a eso iba: “Uno busca algunas veces lo que necesita, donde sabe que no lo va a encontrar, por las dudas que luego no sepa qué hacer con lo que habría de conseguir”.

- ¿Tú crees que me quedo con Graciela por no hacer frente a lo otro, a mi soledad?.

- ¡Exacto!, levanta ese culo de la silla y vete caminando, olvida a Graciela, ella encontrará algún otro, o pagará un psicólogo que de seguro la escuchará atentamente.

- Gracias cariño, como verás no puedo borrarte de mi mente. Ni lo pretendo tampoco.

Ahora era yo quien golpeaba la mesa y tomaba a Graciela de las manos. La miré fijo a los ojos, o bueno a sus ridículas gafas, y se lo largué:

- Me voy a levantar de esta mesa y me iré, no me sigas, pues ya luego te llamaré. quiero estar solo, no me encuentro bien - Mi voz sonaba todavía cobarde, un tono muy endeble y muy poco convincente.

- ¡Si, claro!, y se supone que yo te diré que sí, y me quedaré aquí sentada, o mi iré a casa, esperando tu llamado - Ese tono irónico me daba rabia, y además volvía a tomar ella el control del asunto, pero tuve un arrebato de valentía.

- Pues haz lo que tú quieras, pero déjame en paz - Golpee la mesa y me puse de pie.

Salí nuevamente caminando por la calle lateral y luego de unos metros la tenía nuevamente detrás de mi a los gritos. Justo en ese sitio estaba lleno de tiendas y me dio mucha vergüenza, por lo que bajé la marcha y la esperé. Estaba a unos diez metros y venía taconeando, agitada, tratando de acomodarse las gafas que se le caían y el sombrero que se le volaba. Mientras esperaba cruzado de brazos, Esther me susurró nuevamente:

- Daniel, ¿Qué diablos haces?, vete ya y no te dejes convencer.

- Pero ¿No ves que esto está lleno de Tiendas y de gente?, yo vivo aquí, es mi barrio, ¿Qué dirán de mi?.

- Eso a ti no te importa, desapareces por unas semanas, y de paso, empiezas así tu retiro en soledad y haciendo lo que te salga de tus…

- Bueno, bueno, veo que te has alterado cariño. Déjame decirle algo para que se vaya y ya.

- Pues sí, me alteras porque sé lo que estás pensando, le vas a decir una mentira para ganar tiempo y eso hará que te llame mañana nuevamente y así volvemos a empezar. Pues no, vete ya.

Esther me convenció, así que me di vuelta y comencé a irme, pero Graciela me había alcanzado y me tomó por detrás, de la chaqueta.

- Espera Daniel, ¿A dónde vas?, déjame ir contigo, que no sabes ni qué hacer cuando estás solo, venga ya - Me indignó tal comentario, tratándome como un inútil. Hice una pausa mirándola a los ojos con enfado y entonces se lo solté.

- ¿Pero tú qué te has creído?, no necesito de tu estúpida compañía, ¿Y sabes qué?, puedes irte a la mierda, a la mismísima mierda Graciela. Tú y todas tus putas historias de la atelier. Yo me voy y no quiero volver a saber de ti, ¡Adiós! - Me di media vuelta y arranqué, estaba lleno de orgullo, jamás me había sentido tan pleno. Por una vez en la vida hacía lo correcto, y sólo pensando en mi. Con una sonrisa de oreja a oreja comenté en voz alta:

- ¿Has visto Esther?, lo he logrado, muchas gracias cariño, ¿Qué sería de mi sin ti? - Lo dije mirando al cielo, justo cuando pasaba por la tienda de José, que me conoce de toda la vida.

- ¡Oye Daniel!, ¿Estás bien?, ¿Qué haces hablando solo?, tu señora está allí llorando desconsolada - Me dijo José sorprendido, y seguramente esperando que yo hiciera algo por Graciela.

- Pues hazme un favor José, acércate a ella y dale una mano. Sólo necesita que la escuchen, tú dile que se calme y te cuente lo que le sucedió y luego te recomiendo que cierres la tienda, pues te tendrá todo el día con historias de aquí y de allí. Tú finge en todo momento que conoces a las personas que te nombrará y sobre todo finge atención - José se quedó helado, jamás me había visto así, yo tenía fama de tipo dócil, callado y sobre todo amable. Esto era toda una excepción a la regla.

Seguí mi camino a casa, pero antes me di la vuelta para ver cómo José me había hecho caso y la tomaba a Graciela del brazo para levantarla del suelo. La imagen era patética, lloraba desconsolada, pero nunca se le terminaron de caer ni el sombrero ni las gafas, aunque José se las quitó amablemente y le dio un pañuelo para que secara sus lágrimas. Graciela tenía la cara como un bricolaje, con todo el maquillaje corrido y el pelo revuelto. Me reí a carcajadas y seguí mi camino, no sentí piedad ni remordimiento, más bien una gran satisfacción por haberme hecho respetar. Llegué a mi casa y me tiré sobre el sofá, me sentía como un chico de veinte años, lleno de energía y sobre todo, libre. Jamás había experimentado la sensación que produce una buena salud mental. Cuando te liberas de las culpas y los remordimientos es como si tu cerebro liberará al resto de tu cuerpo, y sientes que comienza una sanación natural producto de una mente libre.

El teléfono sonó varias veces pero no quise atender. Luego revisé los mensajes y era Graciela, pues sus mensajes de voz no se hicieron esperar: “No puedes hacerme esto Daniel, ¿Quién te has creído?, responde este llamado si no quieres que vaya a buscarte”, “Daniel, estás agotando mi paciencia, anda ya, llámame”, “Dani, cariño, ¿Podemos hablar un poco más calmados?”, “Ok Dani, veo que no vas a atender, ya ni sé si estás en la ciudad, dejaré de insistir”, “Daniel, sé que estás ahí, atiende ya que me han pasado cosas y te las quiero contar”. Y así los mensajes iban y venían durante toda la semana. Cada vez que llamaba, Esther y yo nos poníamos a escuchar los mensajes. Nos mirábamos con picardía y sonreíamos a carcajadas, como dos niños haciendo travesuras. Yo era libre, o mejor dicho siempre lo había sido, pero ahora realmente lo vivía.

Aunque hube mantener mis dudas siempre en silencio, el imaginario de Esther les ponía voz y me obligaba a enfrentarme a ellas. Pero esto no sucedió antes de los setenta y tantos años; edad en la cual volví a ser un niño, y en una de esas regresiones recuperé la figura del amigo invisible. Una estrategia más que válida para no sentirme solo; para no silenciar mis miedos.


G.L.R - Barcelona, 26-11-2013

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