Buscar por categoria

jueves, 5 de diciembre de 2013

La niña blanca y morada


Esta carta que imaginé y que sin querer se me ha volcado en un papel, sé que nunca te ha llegado, yo así lo quise, o quizá no me quedaba otra opción.

La niña blanca y morada tenía los ojos más brillosos que había visto alguna vez, no sólo por el color claro sino porque junto con la sonrisa resaltaban un rostro delicado, suave y juvenil.
A ti niña, te vi sonreír. Cosa más hermosa si la hay, un gesto que no abunda. Cuando tomé tu mano noté que eras aún más vulnerable que tus palabras, las cuales la madrugada y la embriaguez habían desnudado. Esos finos dedos sabían acariciar y junto con los brazos eran capaces de abrazar muy fuerte, con sinceridad. 

Entre tantas palabras de elogio que nos dimos uno al otro algo salió mal, alguna de ellas nos ha hecho pensar unas horas después, pasada la embriaguez, que nada era para tanto. Tal vez había ideado en mi cabeza una mujer tallada a mano y bajada desde el cielo para mi; nada más lejano había existido. A ti quizá te invadió la duda, la mala fortuna de no contar con una vulnerable necesidad de ser contenida, más nunca atrapada, encerrada. El miedo a que coartaran tu libertad pesaba en tus elecciones. Dicen que los niños y los borrachos no mienten, tú y yo aquella noche tampoco. Dicen también que uno recibe en proporción de lo que da, pues no lo tengo claro, yo en cambio me he quedado con las manos vacías, pero tengo un buen recuerdo.

Sé muy bien de mis urgencias, he pecado de sincero y sin darme cuenta me he desnudado aún sin haber llegado antes a la cama. La vida me ha dejado sólo varias veces y de tanta peregrinación, debo confesar, me pesaba un poco el alma. Tonto de mí que solté parte de la carga a la primera mujer que supo darme caricias y abrir un poco los oídos para mí. Sé también que asusta tanta complejidad, soy esto en lo que me he convertido pero tengo mucho para dar. Ahora el tema es seguir buscando quien pueda ayudarme a soportar parte de la carga, cierto lastre que ya iré soltando y se perderá, estoy seguro que así será. 

Princesa longeva en tu juventud. Con esa figura atlética todas estas piruetas a las que te tiene obligada la vida, te resultarán hasta divertidas, sobre todo si sigues sonriendo de ese modo. Te espera un futuro hermoso, no hay que ser adivino para saberlo. Siempre me han dicho que si eres bueno, donde quiera que vayas, siempre encontrarás un padre y una madre. A ti no te faltará de nada, pues sabes de sobra ganártelo. Tu luz va llenando los espacios vacíos que hay en ciertas gentes, yo supe de ello. Tú no lo sabes, ni lo presientes, es todo natural. Sigue siendo flexible y nunca dejes de ser libre, pero no pienses que la libertad es no tener ataduras, hay un equilibrio como en todo  y tienes mucho para dar, que muchos otros quieren tomar. 

Niña blanca y morada, te dejo en manos de tu suerte, que espero no sea como la mía, en lo que al amor respecta. Se me ocurre decirte gracias, yo al menos he disfrutado. Sé que nos vamos a volver a ver, pues lo bueno siempre queda y uno luego lo extraña. Espero encontrarme cerca y mucho más aún deseo que se te escape un abrazo de aquellos, los que yo ahora recuerdo. Aún mejor sería si alguno de esos besos revive en mi boca y entonces a mordiscos nos damos la bienvenida, pero déjalo ahí de momento, estoy volando demasiado alto otra vez. 


Princesita, como siempre digo: ¡Sé feliz y que no duela!. Intentaré ya no soñarte, que luego no duermes y de enterarte vendrías de nuevo a mí, qué cosa más hermosa sería eso, pero una vez más, estoy volando muy alto. Te dejo un beso en el alma, de esos que no se borran, aunque la memoria así lo quiera.

G.L.R - 05-12-2013, Barcelona