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domingo, 20 de abril de 2014

Una estratégia para mi desconsuelo

Hubo un tiempo, ya hace algunos años, en que tenía una rutina. Todos los Miércoles, y algunos Viernes, debía tomar un bus al salir del trabajo y viajar unos cuarenta minutos. Desafortunadamente, y como era costumbre en mi Buenos Aires querido, el viaje lo hacía en pésimas condiciones. Los buses o colectivos, como solemos llamarlos, suelen ir llenos al punto que no cabe un alfiler, pero aún así, y muy sorprendentemente, sigue subiendo gente en cada parada. Los conductores son audaces pilotos que pueden conducir semejante maquinaria, cargada con personas que van de pie, y en algunos casos sin sujetarse, pues la compresión los mantiene erguidos, y lo hacen a velocidades impensables. Cada curva es un desafío, intentando maniobras para no caerle encima al agraciado o agraciada que va sentado justo delante de uno. Ni hablemos del momento en que uno debe bajarse, y se encuentra a unos tres o cuatro metros de la puerta. Quizá alguien haga sonar el timbre y entonces el bus se detenga, pero los conductores suelen retomar la marcha con precisión quirúrgica, justo cuando el último pasajero en bajar apenas ha puesto un pie en al acera, por lo tanto, quien venga corriendo hacia la puerta, difícilmente lo logre, a menos que recurra a la estrategia de dar voces al chofer y lograr intimidarle, y así sí que frenaría nuevamente. Un patético escenario que se vive a diario, conformes pasan los años, los siglos, y es ya una marca registrada.

En medio de todo lo anteriormente descrito yo saqué un día a relucir toda mi imaginación, y le puse condimento a ese infierno de hacinamiento y barbarie, mientras iba de pie, siguiendo el vaivén del bus, y en un estado de absoluta somnolencia. Me monté mi propia obra y recluté cuidadosamente algunos actores. Empecé por personificar a mis mejores cualidades, sin modestias claro está, pues sino me valoro yo mismo, entonces quién. A cada una de ellas le puse un nombre, eligiendo los que me parecían más bonitos. Serían de hombre o de mujer según la imponencia de cada una; no supe al final si por cortesía o por sumisión, pero las más imponentes llevaron nombre de mujer y las menos resonantes uno de hombre. 

Acto seguido las fui nombrando una a una como para recordar y asimilarlas, y luego fui entablando breves conversaciones, cual loco conversa con su amigo invisible. Las consecuencia de tal fabulación no tardaron en notarse, me sentía rodeado pero no apretujado, de alguna manera había perdido la noción del resto del rebaño que me empujaba de un lado a otro, de los que me pisoteaban, del que empujaba para apresurarse a bajar del bus, etc. Era sólo yo y mi escenificación incongruente. 

Una vez terminadas las charlas individuales y ya habiendo amenizado bastante el ambiente, decidí hacer algunos planteamientos. Les pedí que me ayudaran a identificar a nuestros rivales, esos defectos o males que me aquejaban y buscar así vencerlos. Se armó el bullicio, todos ellos hablaban a la vez. La bondad decía, No siempre tiendes la mano con tanta calidez y lo calculas todo muy fríamente, quedando así expuesto a la maldad o cierta perversidad. Pude escuchar por ahí también cómo la sinceridad comentaba, No siempre aplicas tu lema sobre que una verdad a tiempo es mejor que una mentira a destiempo, además abusas del silencio, aún cuando tienes algo que comentar, eso podría dejarte expuesto a la mentira. Fui tomando nota como podía, a toda prisa y tratando de discernir lo que decían, entonces decidí poner fin al bullicio, Silencio, pongamos orden a todo esto, de a uno a la vez. Todos callaron menos el coraje que quedó hablando solo, Tú siempre confundes el coraje y la valentía con hacer las cosas sin pensar, ir por delante y empujando, pero eso no es coraje, más bien es imprudencia, cierta forma de cobardía que quieres tapar con bravura, pues quedas al final como un bárbaro que no piensa lo que hace, y que no mide lo que destruye cuando intentas salvarte a ti mismo, eso amigo mio, es de alguna manera egoísmo. 

Con esta última reflexión todos nos quedamos boquiabiertos. No por nada al coraje le había puesto nombre de mujer, se llamaba Rocío. intenté balbucear unas palabras como queriendo animar el debate nuevamente, pero fue inútil. 

El haber personificado estas hermosas cualidades que creía tener me había hecho recordar todo lo bueno que uno tiene, pero haberles dado voz me hizo también ver la otra cara de la moneda. El resultado era asombroso. Con mi ejército de buenas cualidades listo para la guerra, lo que quedaba era plantear una estrategia para empujar fuera esos defectos que parecían a veces ganar en número, y que asestaban siempre un solo golpe, pero era mortal. La sonrisa, que era también una de mis hermosas cualidades, cuando se dejaba ver, esbozó una estrategia, De ahora en más, lo que yo haría en tu lugar es cambiar cada insulto recibido por una sonrisa regalada, cada fracaso por más sonrisas y así acabaras contagiándote a ti mismo de optimismo. La guerra apenas había comenzado. El pesimismo se hizo presente, apareció con contundencia para afirmar, Tú no sirves para eso, a quién quieres convencer con una falsa sonrisa, quizá a los demás, pero nunca a ti mismo, olvida ya, sé más realista. Ese último golpe tuvo un efecto devastador en mí, y miré a los otros como esperando una ayuda, que me dieran letra. Entonces el optimismo, junto con la verdad, se unieron y contra atacaron, Tú calla, no sabes nada, basta mirar atrás y ver todo el camino recorrido, los logros obtenidos, la experiencia, la familia, los amigos, los obstáculos derribados y las experiencias vividas, para poder tener optimismo y seguir mirando hacia delante. Así se habla, me dije para mis adentros. Sonreí felizmente y me sentí orgulloso de mis muchachos, pero vino detrás un personaje indeseable.
A dónde crees que vas tú solo, sin nadie más que tu puta sombra siguiéndote detrás, y sólo porque no le queda más remedio, que sino se desprendería también de ti. Dijo la soledad, con ese tono chabacano, con todo ese aire frío, pero con absoluta sinceridad. Y siguió, Vas a decirme también que eres feliz andando solo por el mundo, sin una mujer que te consuele, sin esa compañera de ruta que no te diga qué hacer, pero que siga tus pasos o tú los de ella, y  dejen juntos una huella más firme por donde pasan, o me dirás que disfrutas tus días de soltero cuando en realidad te mueres por dentro, y cambiarías todo tu éxito profesional por una compañía. No esboces ni una palabra, esto está escrito y ya todo se ha dicho, tú serás por siempre un boludo muy triste que da muy buenos consejos, tú además eres alguien en quien algunos encuentran paz y otros un oráculo, y beben de ti lo que sirve para dejarte luego tirado, porque nadie quiere escuchar tu estupidez una y otra vez, ni si quiera tu mismo. 

Se hizo un silencio atroz, mi cara era la de un niño a punto de romper en llanto. Mi ejército de cualidades era ahora un ejército de dudas. Mi ser era todo un gran defecto. Mis intentos por encontrar una manera de equilibrar la balanza, haciendo que todo lo bueno tenga siempre más peso que lo malo, no habían funcionado. Me envolvía una sensación de abandono y sin argumentos con los cuales replicar semejante argumentación por parte de un ser tan bipolar como lo es la soledad. Alguien que sin duda es necesario en ciertas dosis, y que conviene tenerlo de aliado y no de enemigo. Estaría muy bien poder aprender a convivir con ella, pero es alguien que pretende siempre apoderarse de todo tu ser. 

Sentí que todo se oscureció y mi cuerpo se sacudió, rebotando a ambos lados. Me sujeté fuerte de los pasa manos y espabilé. El conductor había hecho una maniobra de las muchas que sucedían a lo largo de ese viaje, pero al estar ya derrotado mentalmente, pues al primer golpe volví en si. No pude continuar mi fábula y darle el final que yo quería. 

El recorrido terminó y al bajar del bus sentía que me había faltado algo, o alguien. Luego de caminar unas calles me di cuenta qué era. En esta fábula, afortunadamente, hubo alguien que no se hizo presente. O sí, pero nadie supo traerlo a cuento. Desde las sombras había comandado todo esto como el gran estratega. Puedo imaginarlo agazapado asestando golpes y escondiéndose nuevamente. Me pregunto qué hubiera pasado en caso de haberle puesto también un nombre, darle voz y darle voto, y combatirlo como a los otros. Quizá hubiera encontrado una alianza posible, se me ocurre a la primera una dosis de valentía, verdad y sonrisa. O tal vez más contundente una dosis de valentía, amor y bondad. No lo sé, lo que sí está claro es que este oso de color oscuro, cara triste pero con ojos desafiantes y unos encantos de adorar, es el mismísimo miedo. Que fíjate si será sabio, que supo permanecer oculto, incluso para mi imaginación, y cuando supe recordarlo ya era tarde. Le bastaron dos contra ataques mortales para sacarme de mis intentos por vencer al gran jefe. Ese dueño de muchos de los otros defectos; un comandante de infortunios. 

Pues hay que tener cuidado, porque esta es la más popular de las desventajas o debilidades que un hombre puede poseer, para convertirse luego, en su propio enemigo.

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viernes, 18 de abril de 2014

La rosa sin pétalos

La imagen era recurrente. Los hilos de baba derramados por el suelo, formando un camino que conducía prácticamente a cada rincón de la casa. Sobre el sofa descansaban algunos juegos de mesa, ya utilizados, como si hubieran sido la única atracción. La casa está vacía, se podría decir. Porque así se percibe, y porque los muebles a simple vista no son más que los elementales. Yo la percibía un tanto fría, debo decir, pero no supe bien porqué. Nada más entrar la oscuridad en los pasillos era alarmante, hasta por lo menos llegar al comedor. Una vez allí algo de luz devolvía la esperanza. Un dato no menos importante es que tampoco olía a nada particular, como incienso, perfume, comida, era absolutamente inodora. 

Los huéspedes reposan en sus trincheras, las habitaciones. Al caminar arrastraban los pies, y yo los pude oír, pero no ver. Quizá de allí vienen esos surcos de baba por los suelos, pero va a ser que no. En tal escenario yo me vi inmerso un día, y quien pudiera decirlo, que fueron hasta dos las veces que me adentré entre tales sombras.

La dueña de casa te recibe siempre sonriente. Esos pómulos están como sujetos con alfileres, pues no quiere soltarlos y dejar entre ver su seriedad. Esto sucede a veces por una cuestión de autodefensa, quien más sonríe y nunca llora, pues menos feliz es realmente. También podría ser un tanto más oscuro el asunto, como esas mujeres que te compran a sonrisas, te devoran a miradas, te funden a caricias muy sutiles; casi roces, y luego en la proximidad te piden distancia. El juego se repite, y los tontos que se prestan acaban mal. Una vez allí dentro, el menu para la cena es escueto, pues con todo lo anterior, el anfitrión logra perder el apetito y se rebaja a picar apenas algo, con una infusión de hierbas como postre. 

La noche avanza, no es ni muy temprano ni muy tarde, pero es el tiempo perfecto para retomar los juegos que reposan sobre el sofa. Con todos los huéspedes en sus trincheras, la dueña invita un coctel de juegos de estrategia acompañados por una cálida infusión, y la sonrisa casi pintada en su rostro hace las veces de anestesia, pues seguro dirás a todo que sí. Sabe muy bien qué fichas mover en cada juego, y con cada partida ganada te palmea en el brazo, o te acaricia sutilmente sin dejar de sonreír, pues por eso no te importaría continuar allí sentado. Así las cosas supe darme cuenta de la hora, se había hecho tarde, y ya no había forma de regresar a casa. Como buen anfitrión, ella te invita a dormir en el sofa, y tú que lo crees conveniente, pues aceptas. Visto desde ese punto de vista, lo bueno es que la noche sigue, tu esperanza aumenta y la sonrisa ya se te ha metido a hasta en los huesos. Para entonces la infusión ya te puso mimoso y vas configurando gestos que intentan socavar en su hermético papel, pero sin gloria te ves reculando, y nunca está realmente claro si a caso deberías dejar de intentarlo. Cada roce y cada sonrisa te devuelven la esperanza, pero todo está fríamente calculado, y al parecer a este tesoro no se lo conquista con ternura, sino más bien todo lo contrario. 

Recuperé entonces mi fuerza de voluntad y me pregunté: ¿Qué hago todavía aquí, dejando yo también mis hilos de baba por el suelo, mis esperanzas (que son las justas) y mi inteligencia, en unos juegos mediocres?. Decidí abruptamente terminar las sesiones de hipnosis que me tenían reposando embobado y curiosamente ella, no dudó en aceptar la propuesta. Inmediatamente se puso de pie, recogió algunas cosas que estaban tiradas por el suelo y sobre el sofa, y me trajo unos trapos para que pudiera cubrirme y dormir. Algunos almohadones también. 

Allí estaba yo reposando, en la inmensidad de un living-comedor que percibía todavía más frío. El silencio ensordecedor acaparaba todos mis sentidos, y yo me hacía más y más pequeño entre tanta calamidad. Eso sí, hay que destacar que mi sonrisa no se borraba, y no era de felicidad, sino más bien creo, era de esperanza. Fiel a mi costumbre divagué en pensamientos altruistas, cerrando suavemente los ojos. Entonces así, mi película era la que yo quería ver. Rememorando los minutos previos, donde jugábamos como niños, me vi de repente tomándole el rostro y mordiéndole la boca, pero siempre con sutileza. Luego me veía sentado sobre el sofa, mientras ella desparramaba los juegos por el suelo, haciendo lugar y entonces se sentaba sobre mí. Fundidos ahí estábamos entre risas, baba, transpiración y susurros veloces; casi gemidos. Caímos al suelo en una maniobra brusca, pero yo retomé el control del asunto y propuse una postura que no decepcionaba, también ella hizo lo suyo y acabamos dando vueltas por casi todo el comedor. Esa era mi película, sin duda altruista, histérica y sexualmente explícita. Pero era sólo eso, o lo que es lo mismo: la escenificación de mi fracaso, el consuelo de mi amargura. 

No podía dormir, así que me senté unos segundos en el sofa y miré a mi alrededor, no había nada ni nadie, pero yo no me sentía solo. Mi presentimiento era que otros tontos habían caído también en esta histeria, acabando como yo: durmiendo solos en ese inmenso agujero negro. Tenía, aún así, la esperanza de que al cerrar los ojos viniera entre las sombras tanteando, y me sorprendiera a mi lado, susurrándome para que le hiciera un lugar. Pero lo cierto es que ni bien cerré los ojos, sólo tuve frío e insomnio. Dormí a los saltos, y desperté temprano. Me fui como realmente había llegado, entre el frío, la oscuridad, mis babas por el suelo, sin ruidos y sin compañía, pero si que al menos por un rato, tuve una inmensa y falsa sonrisa dibujada en mi rostro.