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viernes, 18 de abril de 2014

La rosa sin pétalos

La imagen era recurrente. Los hilos de baba derramados por el suelo, formando un camino que conducía prácticamente a cada rincón de la casa. Sobre el sofa descansaban algunos juegos de mesa, ya utilizados, como si hubieran sido la única atracción. La casa está vacía, se podría decir. Porque así se percibe, y porque los muebles a simple vista no son más que los elementales. Yo la percibía un tanto fría, debo decir, pero no supe bien porqué. Nada más entrar la oscuridad en los pasillos era alarmante, hasta por lo menos llegar al comedor. Una vez allí algo de luz devolvía la esperanza. Un dato no menos importante es que tampoco olía a nada particular, como incienso, perfume, comida, era absolutamente inodora. 

Los huéspedes reposan en sus trincheras, las habitaciones. Al caminar arrastraban los pies, y yo los pude oír, pero no ver. Quizá de allí vienen esos surcos de baba por los suelos, pero va a ser que no. En tal escenario yo me vi inmerso un día, y quien pudiera decirlo, que fueron hasta dos las veces que me adentré entre tales sombras.

La dueña de casa te recibe siempre sonriente. Esos pómulos están como sujetos con alfileres, pues no quiere soltarlos y dejar entre ver su seriedad. Esto sucede a veces por una cuestión de autodefensa, quien más sonríe y nunca llora, pues menos feliz es realmente. También podría ser un tanto más oscuro el asunto, como esas mujeres que te compran a sonrisas, te devoran a miradas, te funden a caricias muy sutiles; casi roces, y luego en la proximidad te piden distancia. El juego se repite, y los tontos que se prestan acaban mal. Una vez allí dentro, el menu para la cena es escueto, pues con todo lo anterior, el anfitrión logra perder el apetito y se rebaja a picar apenas algo, con una infusión de hierbas como postre. 

La noche avanza, no es ni muy temprano ni muy tarde, pero es el tiempo perfecto para retomar los juegos que reposan sobre el sofa. Con todos los huéspedes en sus trincheras, la dueña invita un coctel de juegos de estrategia acompañados por una cálida infusión, y la sonrisa casi pintada en su rostro hace las veces de anestesia, pues seguro dirás a todo que sí. Sabe muy bien qué fichas mover en cada juego, y con cada partida ganada te palmea en el brazo, o te acaricia sutilmente sin dejar de sonreír, pues por eso no te importaría continuar allí sentado. Así las cosas supe darme cuenta de la hora, se había hecho tarde, y ya no había forma de regresar a casa. Como buen anfitrión, ella te invita a dormir en el sofa, y tú que lo crees conveniente, pues aceptas. Visto desde ese punto de vista, lo bueno es que la noche sigue, tu esperanza aumenta y la sonrisa ya se te ha metido a hasta en los huesos. Para entonces la infusión ya te puso mimoso y vas configurando gestos que intentan socavar en su hermético papel, pero sin gloria te ves reculando, y nunca está realmente claro si a caso deberías dejar de intentarlo. Cada roce y cada sonrisa te devuelven la esperanza, pero todo está fríamente calculado, y al parecer a este tesoro no se lo conquista con ternura, sino más bien todo lo contrario. 

Recuperé entonces mi fuerza de voluntad y me pregunté: ¿Qué hago todavía aquí, dejando yo también mis hilos de baba por el suelo, mis esperanzas (que son las justas) y mi inteligencia, en unos juegos mediocres?. Decidí abruptamente terminar las sesiones de hipnosis que me tenían reposando embobado y curiosamente ella, no dudó en aceptar la propuesta. Inmediatamente se puso de pie, recogió algunas cosas que estaban tiradas por el suelo y sobre el sofa, y me trajo unos trapos para que pudiera cubrirme y dormir. Algunos almohadones también. 

Allí estaba yo reposando, en la inmensidad de un living-comedor que percibía todavía más frío. El silencio ensordecedor acaparaba todos mis sentidos, y yo me hacía más y más pequeño entre tanta calamidad. Eso sí, hay que destacar que mi sonrisa no se borraba, y no era de felicidad, sino más bien creo, era de esperanza. Fiel a mi costumbre divagué en pensamientos altruistas, cerrando suavemente los ojos. Entonces así, mi película era la que yo quería ver. Rememorando los minutos previos, donde jugábamos como niños, me vi de repente tomándole el rostro y mordiéndole la boca, pero siempre con sutileza. Luego me veía sentado sobre el sofa, mientras ella desparramaba los juegos por el suelo, haciendo lugar y entonces se sentaba sobre mí. Fundidos ahí estábamos entre risas, baba, transpiración y susurros veloces; casi gemidos. Caímos al suelo en una maniobra brusca, pero yo retomé el control del asunto y propuse una postura que no decepcionaba, también ella hizo lo suyo y acabamos dando vueltas por casi todo el comedor. Esa era mi película, sin duda altruista, histérica y sexualmente explícita. Pero era sólo eso, o lo que es lo mismo: la escenificación de mi fracaso, el consuelo de mi amargura. 

No podía dormir, así que me senté unos segundos en el sofa y miré a mi alrededor, no había nada ni nadie, pero yo no me sentía solo. Mi presentimiento era que otros tontos habían caído también en esta histeria, acabando como yo: durmiendo solos en ese inmenso agujero negro. Tenía, aún así, la esperanza de que al cerrar los ojos viniera entre las sombras tanteando, y me sorprendiera a mi lado, susurrándome para que le hiciera un lugar. Pero lo cierto es que ni bien cerré los ojos, sólo tuve frío e insomnio. Dormí a los saltos, y desperté temprano. Me fui como realmente había llegado, entre el frío, la oscuridad, mis babas por el suelo, sin ruidos y sin compañía, pero si que al menos por un rato, tuve una inmensa y falsa sonrisa dibujada en mi rostro.