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domingo, 22 de marzo de 2015

El custodio de la miseria

Por el año 2001, Buenos Aires olía muy mal, todo era desgano y desesperanza, como en el resto de Argentina. Victor era por entonces un hombre conocido en el conurbano bonaerense, más precisamente en la ciudad de San Miguel. Vivía en una esquina, donde construyó una casa humilde, pero al menos de material. Detalle no menor en un barrio donde muchas eran sólo de chapas y retazos de madera o lo que pudiera servir para conformar una estructura lo más parecida posible a un hogar. La casa de Victor está muy bien ubicada, el frente da a una de las avenidas principales, de doble mano. Uno de los lados de la casa da a una calle de tierra que se adentra en uno de los barrios más olvidados, no hay salida, tanto si se sube o se baja por esa calle, sólo se ve pobreza y resignación. 

Natalia es una de las dos hijas que tiene Victor. Las hermanas son gemelas y la segunda se llama Romina, quien pasa gran parte de sus días en una silla, sentada. Patricia, su mujer, lleva la casa adelante como corresponde, es decir, está detrás de todos para que nadie se quede quieto y todos colaboren con los quehaceres del hogar. Natalia odia este ritmo al que es sometida, sobre todo porque siempre le toca extraer agua en diferentes cubos, desde la bomba que está en el patio. Primero uno para la cocina y se le agregaban unas gotas de lejía, ya que por esos días el cólera acechaba todavía estas tierras, y el agua era de pozo. Otro cubo iba a parar al baño, que se usaba para el inodoro, y otro más para llenar la ducha, ya que era un viejo sistema eléctrico que cargaba unos cinco litros, luego se enchufaba y se lo dejaba calentar por una media hora y había un pequeño grifo para ir dosificando el agua, pues si se la dejaba correr no llegabas ni a enjabonarte. Si era verano, por las tardes se usaba otro cubo para salpicar un poco el patio, pues era de tierra y con el calor y el polvo se hacía insufrible. Era una tarea muy precisa, no había que mojar y hacer barro, sino salpicar bastante para que la tierra estuviera un poco más firme; yo he tenido que hacerlo y he inundado varias veces el patio, llevándome unos cachetazos de Victor en la nuca. La vida aquí se hacía dura.

Este hombre serio que es Victor, y que ahora viste siempre de entre casa, ha sabido llevar un uniforme azul, accesorios para golpear o incluso dar muerte, a todo aquel que se resistiera a la autoridad, además de un sombrero bastante particular, pues es un policía retirado de la federal. Este tipo de policía tiene su jurisdicción en todo el país, pero patrullan la capital federal, lugar al que viajaba casi todos los días en tren. La casa de los Fernandez, así se apellida Victor, obtenía favores y cierto cuidado de la policía bonaerense, pues más de una vez Victor ha colaborado con ellos en algún atraco o persecución por el barrio. Y más de una vez le han baleado la casa por la noche para darle un buen susto y para que dejara de meterse donde no lo llamaban. 

Para ganarse la vida, pues la jubilación de Victor no alcanzaba, habían montado una compra y venta de todo tipo de cosas usadas, muebles, maderas, ventanas, puertas, y todo lo que pudiera ser comercializado. Pero además Victor había empezado a codearse con el intendente del partido político de turno en esa parte del conurbano. Básicamente oficiando de custodio para ciertos eventos de campaña o lugares estratégicos que eran debidamente cuidados. Uno de estos sitios fue una clínica privada, que a día de hoy no se sabe qué intereses tenía allí el intendente de turno, pero le tocaba algunos días por la mañana presentarse a Victor y cuidar la zona de administración, por orden directa del intendente. Aparentemente se manejaba allí mucho dinero, y en efectivo. Para él era rutina, una cosa muy relajada y menos expuesto que otro tipo de custodias a las que estaba acostumbrado, esas que eran en la calle a la intemperie, de pie más de seis horas y en lugares realmente difíciles. 

Era invierno, mes de Junio, pero no podría precisar el día, pues el suceso lo he enterrado lo suficiente como para no saber detalles. Victor se levantó cerca de las siete de la mañana y a las ocho y media se presentó en la clínica, como cada día, pero hoy requería más atención, era principio de mes y había pago a proveedores, por lo tanto se movía mucha gente y dinero durante la mañana. Victor vestía muy casual, pues la idea era que pareciera un cliente más de la clínica, mientras él observaba todo sin ser sospechado. Acostumbraba a llevar una pistola nueve milímetros, que es la reglamentaria de la policía, y nada más, no reforzaba con ninguna otra en ningún otro sitio, y ésta única la llevaba en la cintura. Alrededor de las once de la mañana Victor se alejó un momento de la administración y bajó un piso para tomarse un café, era lo habitual. Allí estuvo unos minutos hasta que vio gente bajar por las escaleras un tanto desesperados, a los gritos. Buscó en el montón a alguno de los empleados y pudo alcanzar a Irene:

- ¿Qué pasa Irene?

- Acaban de entrar dos tipos armados, con escopetas, fueron directo a la administración y agarraron a José, el tesorero.

- Quedate acá que voy a subir, ¿Llamaron a la policía?

- ¡No Victor! olvidate, no subas que no tenés nada que hacer ahí, vamos todos afuera y esperemos a la policía. - No terminó de decir esto Irene cuando sonó un disparo.

- Llevate la gente de acá urgente.- Le dijo Victor mientras se iba hacia la escalera con el arma empuñada en la mano derecha.

Subió lentamente, agazapado, y logró llegar al piso. Una vez allí se acercó a la recepción y se refugió, podía escuchar los gritos de los ladrones, pero no había violencia, sólo discutían. José hablaba apurado:

- ¡Apuren muchachos!, ¿Hablaron con el jefe? - 

- Sí, sí, olvidate, está todo arreglado, la zona está liberada. - Repetían los dos cacos casi al unísono. Luego uno de ellos se puso nervioso cuando calculó a ojo el dinero. - ¡Nos están acostando, esto no es lo que arreglamos, acá hay menos plata, esto no llega ni al millón de pesos.

- ¡Llevate lo que hay que después arreglamos!, salgo yo primero y digo que estaba escondido. - Replicó José mientras salía por el pasillo que lo llevaba hasta la recepción y la zona de ascensores.

Allí se encontró con Victor que le hizo una señal de silencio, pero José se puso pálido y de la desesperación al ser descubierto, lo delató:

- ¡Vamos para afuera, llegó la policía! - Gritó José bien fuerte para espantar a los cacos.

Victor se puso de pie y corrió con el arma en posición de tiro por el pasillo que lo llevaba a las oficinas, ni bien vio que se asomaba uno de los cacos disparó varias veces para intimidarlos y cuando se acercó a la puerta uno de ellos le disparó justo en el pecho. El arma era una Itaca, una escopeta de mucho calibre que destruye todo lo que tenga delante, y a tan corta distancia mucho más. Victor cayó al suelo como un saco y sangraba de todos lados, pues lo había perforado de lado a lado; la muerte fue instantánea. 

Victor era mi tío, hermano de mi madre. La noticia nos llegó unas horas después de lo sucedido, a través de Patricia, que estaba acongojada, pero no sorprendida. La mujer de un hombre de la fuerza sabe que esto puede suceder algún día. Afortunadamente todo quedó filmado. <>, le dijo Patricia a mi madre por teléfono y ésta estalló en llanto.

- ¿Y las nenas cómo están? - Preguntaba desesperada mi madre.

- Nati está entera, hasta se está encargando de todos los trámites, es de fierro. Romi pregunta por el papá, pero está tranquila. Habrá que avisarle a la vieja, ¡Pobre!.

- Sí, yo me encargo de mamá, consigo un auto y se lo digo en persona, está en Castelar. - Respondió mi madre acongojada, pero más calmada.

No quise ir a su funeral, pues no soportaba la situación, así es que me quedé con mi hija recién nacida, en casa. Desde que pasó todo esto no volví a saber más nada de ellos, pues perdimos el contacto y no era fácil localizar a mi tía y a mis primas; los echo de menos. Extraño mucho a Romina, con quien siempre tuvimos mucha conexión, a pesar de que ella prácticamente no hablaba, sólo balbuceaba o gritaba o hacía señas, tampoco caminaba, padecía un maldito síndrome de down que la obligaba a estar siempre sentada, en aparente calma, en supuesta compañía de todos nosotros. 

Jamás se hizo justicia, más nunca se sabrá la verdad. Fue una pelea entre bandos políticos y mi tío un tonto que pecó de héroe donde menos le convenía.