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sábado, 18 de junio de 2016

Perdidos en el vacío


La historia iba de ojos blancos en un fondo negro. No había más. Dieron un paso hacia adelante cada uno, y quedaron en evidencia, pues no había rostros, sólo dos miradas que no se veían. El fondo era un universo sin estrellas, una infinita galaxia que los sostenía ingrávidos. No había voces, pero se pensaban; pues no había figuras ni tacto que pusieran en relieve o personificaran al otro, y eso al ser humano lo angustia, es pura desazón. Y por ese desconcierto se les dio por pensar: ¿Será que estamos desnudos?.

Poco a poco se fueron acercando más y más, y se precibían al menos la respiración. Saberse ahora seres vivos les dio esperanza. De repente uno soltó un gemido sin voz, que fue sólo una respiración acelerada. El otro se contagió, y no supieron qué más hacer. Luz ya no había, por lo que instintivamente dejaron caer los párpados. La oscuridad los ocultó todavia más. De hecho desaparecieron. Y devorados, en medio de la nada, él sintió una profunda pena. Alguien lo abrasaba por detrás, oía una voz femenina que lo invitaba a relajarse. Pero nunca debía abrir los ojos. Sólo sabe que dio vueltas, que le hicieron el amor incontables veces, que lo insultaban mientras le mordían la oreja, y que salirse no quería. Pero la incertidumbre le dolía por alguna parte, y el deseo de no existir lo agotaba.

Ella le dio un beso y le mordió los labios. Luego lo empujó fuertemente y se reía, mientras le pedía que se fuera, que saliera de su vista, pues el juego había terminado. Él, aún indefenso y oculto, no pudo con tanta histeria, y apretó con fuerza los párpados como queriendo desaparecer. Deseando que de una vez por todas el sol saliera, para volver de nuevo a su rutina, donde tampoco existe, pero se sabe al menos de memoria, cómo lidiar con su soledad.