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sábado, 9 de agosto de 2014

La marea verde

Me ha sucedido siempre, y esta vez se ha repetido. Largas caminatas por la noche, perdido entre la gente y las calles mojadas. Mi sombra oculta por momentos, como escapando de todos; también de mi. Aún así disfruto en soledad de todo lo que me rodea. Nadie podría jamás quitarme este tesoro que son mis ojos y más preciada aún es la forma con que miro y analizo todo a mi alrededor. Todo está ahí, en la noche, justo cuando muchos perdemos las inhibiciones y dejamos al desnudo todo lo que durante el día permanece oculto, destruyéndonos por dentro, pidiendo salir. 

Me freno en un cruce de calles y observo, hay una niña vestida con minifalda y tacones que llora desconsolada sentada en un umbral, sujetando con fuerza un vaso de plástico que parece sólo tener hielo. No voy a consolarla, tendrá que aprender sola a no creer en todo lo que ve, en todo lo que otros dicen. Pero justo en frente hay un joven, borracho, también sentado casi en el suelo, fastidioso y maldiciendo algo o alguien, su vaso está roto mientras él insiste en beber lo que aún queda. No derrama ni una lágrima, aunque que quisiera, pues sus gestos lo delatan. Tampoco voy a tenderle una mano, ya despertará mañana queriendo arrepentirse, si es que cabe. 

Sigo mi camino, que no está claro, pero no detengo mi marcha. Otra vez entre callejuelas y sombras, entre mujeres y hombres por el suelo, entre llantos y gritos de alegría, y de repente me encuentro yo en un sitio en el que merece la pena frenar, detenerme. Debería decir que vi luz y entré, pero no, no fue ese el caso. Al pasar por la puerta la luz fue lo de menos, pero el brillo lo fue todo. Un par de ojos verdes mirando hacia mi, invitaban a entrar, he hipnotizado me dejé llevar. Luego la sonrisa me invitó a permanecer adentro y no salir de allí a ninguna parte. Aún sin ganas de beber, bebía y mi cabeza viajaba de lado a lado en la barra con el ir y venir de esos ojos verdes; un poco tristes parecían a decir verdad. Por momentos me sentía estúpido, solo en la barra de un bar mirando de manera obsesiva a esa niña que iba y que venía, pero que también me sonreía. Más estúpido aún me vi, cuando ya pasadas dos horas no había hecho más que beber y observar, que sonreír y gesticular, siempre a la misma persona, ¿Y sabes qué? No le dije palabra alguna. 

En esas dos horas creé en mi cabeza mil conversaciones, donde ella muy interesada preguntaba todo de mi. Yo me veía animado y ella que se mostraba tan atrapada, pues me hacía sentir interesante. En esas charlas la esperé hasta que cerrara el bar, y ya fuera la tomé de la cintura y la besé; ella no se resistió.
Nos perdimos juntos en la noche, entre las sombras y los duendes, las farolas sin luz y las personas sin vida. Corrimos y saltamos por encima de todo lo que se nos cruzó en nuestro camino. Llegamos al parque y rodamos por el pasto como animales, abrazados el uno con el otro, bien fuerte, como sujetando y conteniendo todas nuestras miserias. El viento soplaba fuerte y unas nubes amenazaban con aguar la fiesta, pero allí nos quedamos, desafiando la naturaleza. Y así el aguacero se desplomó sobre nosotros, embarrándonos de amor y locura; permanecimos inmóviles.

Pero la realidad era otra, seguía allí sentado en la barra del bar, había volcado mi cerveza sobre la barra y me mojé todos los pantalones ¡Vaya papelón!. La volví a buscar con la mirada, y ella sonrió, yo también lo hice, pero no intercambiamos palabra alguna. Me sequé como pude y el dueño del bar me invitó a salir, estaban cerrando. Fue aquella la vez que más caro pagué por una fantasía que nunca sucedió más que en mi cabeza. Sencillamente podría haber fabulado en el sofa de mi casa, o en la ducha, o un mero sueño al dormir, pero no, siempre me faltaría ese par de ojos verdes que dieran la motivación a soñar, a no dormir. Son esos ojos y esos labios una condena sin objeción ni quejas, son también un error que algún día quisiera cometer. Me pregunto cuánto falta para hacerte realidad, si ya te he besado y desnudado con la mirada, y tu que no eres tonta, pues te has dejado y en más de una oportunidad. Ya no quiero que hablen nuestras miradas, ya no quiero que me acaricie sólo la brisa que dejas cuando pasas junto a mi en la barra del bar, quiero sencillamente hacer lo que imagino para mis adentros, transformarlo en hechos. Pero no puedo, o tal vez no quiero. Ya no quiero preguntarme cómo será esa voz que escondes tras tus labios, aunque yo la imagine dulce y tierna.

Ayer volví a repetir todo este ritual enfermo de conquista barata, pero tuvimos un avance. Nos hemos mirado ni bien he entrado en el bar y sus ojos brillaban más que de costumbre. Ella me saludó con alegría, me preguntó cómo estaba y por fin, después de tanto imaginarla, escuché su preciada voz; amable y complaciente. Estuve en la barra como de costumbre y bebí sin derramar una sola gota, pues ya no tuve esa necesidad de fabular como antes. Intercambiamos algunas palabras, me dejó entrever algunos detalles de su vida, pero a diferencia de las otras veces me retiré temprano y en partes satisfecho. No sé exactamente porqué, pero la histeria se había calmado. 

Ella sigue allí con su belleza intacta, y yo frecuento el sitio cada vez que puedo. Nos alegramos mutuamente de vernos y no escatimamos en sonrisas, como queriendo demostrarnos que el placer es mutuo. Seguiremos avanzando en esto que es una suerte de relación. Quizá terminaremos siendo amigos, o tal vez seguiré siendo un cliente más, pero en el fondo, debo confesar que me desespera saberlo cuanto antes. Sobre todo antes de que me decida a dejar de intentarlo y empezar a olvidarte, como otro de mis fracasos.


G.L.R
09-08-2014 - Barcelona - España

sábado, 9 de noviembre de 2013

La mansión de los locos

  • ¡Hola! A ver, permiso. Háganme un lugar que tengo que conversar con él, por favor - Dijo Amalia ni bien llegó a la sala.
  • Sí, ven, ponte junto a mi - Le dijo Silvia, su compañera de toda la vida.
  • ¿A ti te parece que tenga que venir yo para hablar de lo nuestro? ¿Te parece que tenga que hacer semejante recorrido para ponerme patética contando nuestras aventuras y desventuras delante de todos, aquí mismo? - Le decía Amalia a su marido, que siempre le era indiferente.
  • Bueno, tampoco es para que ahora vengas a echar en cara las cosas, cálmate un poco - Le decía Silvia, mientras la tomaba por la espalda, como consolándola.
  • Claro, ahora resulta que yo soy la loca, la que viene aquí solamente a montar un absurdo y desafortunado acto de incomprensión. ¿Mírame a los ojos Alfonso cuando te hablo? - Amalia era la víctima, pero eso no le importaba, quería la atención de Alfonso, que no parecía reparar en su presencia.
  • Bueno nena, ¿Porqué no te sientas y te relajas un poco? - Decía Silvia intentando manejar la situación.
  • Yo no sé porqué se me ponen todos en contra. Alfonso, treinta años de casados y jamas me trajiste ni un ramo de gladiolos. De bombones ni hablemos, creo que no sabes ni cómo se piden. El sexo en nuestra pareja fue lo más parecido a una película de terror de bajo coste. Y podría seguir enumerando Alfonso, pero no, ¿para qué? Si ni siquiera me miras. No entiendo para qué me avisan que me quieres ver, si al final no me hablas.
  • ¿No te parece que ya está bien Amalia? La gente se siente incómoda - Silvia tenía una inagotable paciencia y una gran comprensión, pero todo tiene sus límites.
  • Silvia, te lo digo a vos que me das más bola que él, ¿Sabes qué extraño? Extraño cuando íbamos en auto a recorrer otros lugares, otras provincias. Eran unas vacaciones largas, él conducía contento, a pesar de que a veces lo hacía por más de quinientos kilómetros sin interrupción. Ahí sí que la cosa funcionaba, me sentía amada, contenida, cuidada. Estaba embobada con eso del amor para toda la vida. Si existía tal cosa, estaba claro que me había llegado a mi también y parecía inagotable ¡Vaya ilusa! - El tono de Amalia era de añoranza, sentía un fuerte anhelo por volver el tiempo atrás.
  • Claro, me imagino, debió de ser precioso todo eso. Tienes que quedarte con ese recuerdo y ya, déjalo al pobre en sus cosas y pasa página amor mio - Silvia ponía las cosas en su lugar dulcemente, una vez más, pero no le faltaban ganas de sacudirle y traerla a la realidad de una vez por todas.
  • ¿Me estás pidiendo que me olvide de todo? ¿Y entonces para qué me hizo venir aquí? ¿O a caso te olvidas que me metió los cuernos ni más ni menos que con mi hermana cuando llevábamos tres años de casados?, y yo lo superé, claro que lo hice, si estaba más enamorada que de mi misma, pensando en la estupidez de que a lo mejor él no quería hacerlo. ¡Dime algo Alfonso, por favor!. Toda la vida así, callado y mirando para otro lado, mientras yo la loca de mierda que no hace más que montar escenas y advertirte las cosas. Si por ti fuera no verías un tren que te viene de frente Alfonso. Si has vivido todo este tiempo es gracias a mi, ni tu familia te quiere. ¿Dónde están? ¡No los veo aquí eh! - Amalia se estaba quebrando, desconsolada e inadvertida de que allí la gente se estaba yendo, de hecho habían quedado sólo ella y Silvia.
  • Escúchame, ¿Porqué no vienes conmigo y tomas un poco de aire cariño? Además es hora de irse, déjalo ir a él también en paz.

Se hizo un silencio de unos segundos, esos tan incómodos que parecen horas, y donde uno podría cortar el aire con una tijera. 

  • ¿Me pides que lo deje ir? ¡Ja! Una vez más, como toda la vida, siempre ausente. Sin arreglar nada el tipo sale siempre campante de todas las discusiones. Pero está bien, tienes razón Silvia. Igualmente yo lo amo eh, no vayas a confundirte. Este descargo lo hago porque es injusto que después de tantos años, después de cargar yo con todo al hombro, el señor me deje sola y se largue así sin más. Intentaba buscar una explicación pero es inútil, siempre lo fue - Amalia se veía un poco más relajada, ya se disponía a irse. Aunque antes no pudo con su genio y mientras posaba su mano sobre la de Alfonso dijo: - ¡Este hombre está helado! Silvia, hazme el favor de acercarme una manta, por el amor de dios. Siempre igual, siempre lo mismo.
  • Amalia, por favor, terminemos esto de una vez,  apártate del cajón que deben cerrarlo, el entierro es ahora mismo y la gente está esperando allí fuera - Silvia se puso firme y logró así ponerla en su sitio; Amalia se largó a llorar desconsolada. - Tranquila cariño, ve con los doctores que te han traído y vuelve a la clínica a descansar. No quise ser tan dura, pero tienes que poner los pies sobre la tierra por un rato amor mio.

Amalia  alzó un poco la cabeza, levantó una de sus cejas y la miró fijo a Silvia, ajustando la expresión con una leve mueca que le daba aires de superación, para decirle luego: 

  • ¿Te refieres a mi guardaespaldas y mi asistente? - Amalia fabulaba nuevamente y Silvia suspiraba resignada.
  • Sí, claro, de ellos hablo - Silvia decidió ser cómplice una vez más de semejante disparate.
  • Quizá te confundas, de aquí nos vamos a mi mansión. Si vieras la cantidad de gente que tengo trabajando allí, todos vestidos de blanco y siguiendo mis órdenes como corresponde. La mayoría están un poco mayores ha decir verdad, pero serviciales como a mi me gusta. Lo malo es cuando pasan cosas como lo de Ramona, ¿Te conté? - Dijo Amalia mientras se enjugaba las lágrimas y otra vez hacía una mueca de audacia y superación.
  • No cariño, no me lo has contado, pero ya habrá tiempo para juntarnos a charlar - Le dijo Silvia acariciando su espalda y sintiendo pena por Amalia.
  • Déjame que te cuente, Ramona era una de las más antiguas de mi servidumbre, unos ochenta y cinco años, muy adorable. Y podes creer que no va y se me muere en casa mientras dormíamos todos. No sabes qué tristeza, pero bueno cosas que pasan. Igualmente yo digo no, ir a morirte así sin avisar y encima en verano que te devoran los mosquitos querida, ¡Qué desagradable Silvia!. Imagínate que me levanté, todos estaban alborotados, y para mal de males nadie había ido por el periódico. Vamos que a la pobre yo la quería, pero vaya putada lo que me hizo ¡eh! - Amalia se veía ya recuperada y con ánimos de seguir charlando como si estuviera con sus amigas a la hora del Té. Su bipolaridad estaba potenciada a estas alturas y el sarcasmo ya era natural en ella, no como antes que al menos estaba lúcida para introducirlo inteligentemente.

Silvia se contenía las ganas de sacudirla y darle cachetazos para que espabilara, pero sabía que era inútil. Sabía también del pasado de Amalia, la esclerosis múltiple, las esquizofrenias, pastillas de todos los colores y tamaños que tomó toda su vida, automedicándose. Los innumerables intentos de suicidio desde que tenía apenas dieciséis años y todo ese cóctel derivó en Amalia, terminando la pobre internada en un neuropsiquiatrico, lugar del cual supo sacar rédito, convirtiéndolo en su mansión. Quizá era esto un anhelo de toda su vida, tal vez un deseo incumplido o meramente imaginación. Quizás haya sido Amalia un genio incomprendido, una mente brillante, de esas que acaban siempre mal, como escapando de toda realidad, porque allí en su mundo se vive mejor, un mundo que llevan tan adentro de si mismos que a veces por explorarlo, muchos acaban pasándose para el otro sitio definitivamente, y allí se quedan. 

Silvia la tomó a Amalia de un brazo y las dos salieron del tanatorio, y una vez en la calle ambas se despidieron, pues no había tal entierro sino cremación y Amalia no debía saberlo. La habían convencido de que Alfonso de allí se iría a la casa de Silvia, donde había pasado sus últimos años, desde que habían internado a Amalia.  
  
  • Silvia, por favor, dile a Alfonso que se lo piense y vuelva a casa, tenemos lugar de sobra para hospedarle. Y tu, intenta venir a verme más seguido, prometo no hacerte trabajar. Además, si no te apuras acabaré pronto tan patética como mi querida Ramona - Le dijo Amalia con una leve sonrisa mientras se subía en su limusina blanca y daba órdenes a su chofer, escoltada y ayudada por su asistente y su guardaespaldas.

Silvia la siguió con la mirada perdida, conteniendo el llanto producto de la tristeza que le daba verla así, tan ajena a la realidad. Sacó de su bolsillo la foto de Alfonso y la besó, se la puso en el pecho y la apretó bien fuerte, como queriendo ser correspondida por su compañero de aventuras y travesuras. A su hermana la quiere con el alma, y Silvia sabe que es un ingrediente más en ese cóctel que ha llevado a Amalia a vivir enajenada de todo lo que la rodea.


domingo, 30 de septiembre de 2012

¡Mis serias dudas!




Preciso mantener en silencio mis dudas, no vaya a ser cosa que un viento fuerte las sacuda y terminen por convertirse en miedos, para que después cuando grandes e imponentes me empujen al fracaso.

domingo, 16 de octubre de 2011