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sábado, 18 de junio de 2016

Perdidos en el vacío


La historia iba de ojos blancos en un fondo negro. No había más. Dieron un paso hacia adelante cada uno, y quedaron en evidencia, pues no había rostros, sólo dos miradas que no se veían. El fondo era un universo sin estrellas, una infinita galaxia que los sostenía ingrávidos. No había voces, pero se pensaban; pues no había figuras ni tacto que pusieran en relieve o personificaran al otro, y eso al ser humano lo angustia, es pura desazón. Y por ese desconcierto se les dio por pensar: ¿Será que estamos desnudos?.

Poco a poco se fueron acercando más y más, y se precibían al menos la respiración. Saberse ahora seres vivos les dio esperanza. De repente uno soltó un gemido sin voz, que fue sólo una respiración acelerada. El otro se contagió, y no supieron qué más hacer. Luz ya no había, por lo que instintivamente dejaron caer los párpados. La oscuridad los ocultó todavia más. De hecho desaparecieron. Y devorados, en medio de la nada, él sintió una profunda pena. Alguien lo abrasaba por detrás, oía una voz femenina que lo invitaba a relajarse. Pero nunca debía abrir los ojos. Sólo sabe que dio vueltas, que le hicieron el amor incontables veces, que lo insultaban mientras le mordían la oreja, y que salirse no quería. Pero la incertidumbre le dolía por alguna parte, y el deseo de no existir lo agotaba.

Ella le dio un beso y le mordió los labios. Luego lo empujó fuertemente y se reía, mientras le pedía que se fuera, que saliera de su vista, pues el juego había terminado. Él, aún indefenso y oculto, no pudo con tanta histeria, y apretó con fuerza los párpados como queriendo desaparecer. Deseando que de una vez por todas el sol saliera, para volver de nuevo a su rutina, donde tampoco existe, pero se sabe al menos de memoria, cómo lidiar con su soledad.

viernes, 10 de junio de 2016

El sudor en los labios

El sol entra por la ventana y le entibia las piernas. Gabriel parece no tener reflejos, ni vida, ni motivaciones para siquiera mover un músculo. El ventanal empañado le ofrece una visión absurda y surrealista de la calle, aquella que conoce hace más de veinte años, pero que no frecuenta ya. Con el cuerpo inclinado sobre su hombro derecho, por momentos se babea y no repara en ello, pero la enfermera aparece de tanto en tanto para acomodarlo y limpiarle el rostro, porque entre la saliva y las lágrimas se ve un poco más patético. 

Gabriel yace postrado en una silla y nadie sabe en qué piensa cuando se ausenta, perdido en sus memorias, ya sin voz y quizás con llanto. No puede hablar ni mover las extremidades, pues depende siempre de alguien a su cuidado. Durante el día una enfermera le atiende, cuidando que al menos coma, y estando siempre lista para cuando hubiera hacer sus necesidades fisiológicas allí sentado. Por las tardes hace el relevo Miriam, quien fuera su mujer desde hace por lo menos quince años. Ella no tiene paciencia y al llegar demora a la enfermera todo el tiempo que sea necesario con tal de no tener que hacer nada más que llevarlo a la cama para dormir, así sin más, quedándose con algo de tiempo para sus cosas; siempre trasnochando.

Por las mañanas sucede lo mismo. Ella se levanta y hace sus cosas mientras espera que llegue la enfermera y se ocupe de Gabriel. No es capaz ni de llevarlo consigo a la cocina y tomar juntos el desayuno. Ella todo lo hace sola, no cuenta para nada con él. Pareciera culparlo de la vida que ella lleva, sintiéndose también postrada de alguna manera. Siempre encerrada entra la oficina y su casa, sin poder socializar como le gustaría. Muchas noches lo regaña, de camino al cuarto, haciéndole saber que su amargura es culpa de Gabriel. Pero él no puede reaccionar, y sólo deja caer alguna lágrima, que deberá evaporarse sola o ser absorbida, pues no habrá dedo ni mano que en gesto de consuelo se la enjugue. 

Pero hubo una mañana que fue diferente, una de esas que no sucedían hacía por lo menos diez años. En realidad Gabriel ya había notado la diferencia la noche anterior cuando Miriam le pidió a la enfermera que se fuera, para poder ocuparse ella misma de todo. Lo primero que hizo fue ayudarlo a cambiarse la ropa. Lo vistió con lo mejor que tenía él en el guardarropa. Le puso unos zapatos de color negro, que se los lustró para que brillen como nunca antes. Le hizo un peinado para el cual se tomó al menos media hora, pues Gabriel llevaba tiempo sin emprolijarse el pelo. Y luego se vistió ella, mientras Gabriel la esperaba en la cocina, sentado ya a la mesa; los ojos le brillaban y casi sonreía. Miriam se apareció de punta en blanco, con un vestido negro muy pegado al cuerpo, unos zapatos de tacos muy largos y un maquillaje muy sensual. Entró en la cocina lentamente, y lo miraba fijo, mientras se mordía los labios con cierto erotismo. Pasó por detrás de Gabriel y le acarició el rostro, luego se acercó a su oído y le dio un pequeño mordisco, como preparándolo para una noche en la que recordaría, después de tanto tiempo, lo que era una erección. Y Gabriel la tuvo en ese mismo instante, de hecho. 
Sirvió la comida y lo alimentó, compartieron el mismo plato, bocado a bocado y cuando ya no hubo más, ella recogió todo y lo llevó lentamente hacia el cuarto, taconeando paso a paso, generando un climax perfecto.
Lo tiró como pudo sobre la cama, le quitó la ropa y luego hizo ella lo mismo con la suya, pero lentamente, observándolo con sensualidad, mientras él quieto, boca arriba, sudaba y la miraba. Miriam se subió a la cama de un salto, y se sentó encima de su pelvis. Le hizo unas cuantas caricias, mientras le bailaba sensualmente al mover sus caderas. Apagó ella la luz, y Gabriel que llevaba años sin hablar, recordó que tenía aún las cuerdas vocales, pues gimió como hacía tiempo no lograba hacerlo; hasta juraría que pudo moverse.

Amaneció y Miriam se levantó, como siempre, a la misma hora, pero esta vez preparó un desayuno para dos. Se hizo cargo de Gabriel y lo acercó a la cocina para que degustara lo que había preparado. Un desayuno completo, de esos que ni ella sospechaba que era capaz de preparar. Lo alimentó, y sobre todo le dio de beber Té, al menos dos tazas bebió esa mañana, casi seguidas. Por momentos Gabriel se sentía un poco fastidioso, pues suele beber café y apenas una taza le alcanza. También se sentía lleno, pues Miriam lo había alimentado con cosas muy pesadas, y en cantidad. La enfermera ya debía haber llegado, pero no lo hizo. Todo hacía pensar que Miriam había planeado quedarse a solas con él, y al menos demorar a la enfermera unas horas.
Cuando terminaron de desayunar, Miriam lo llevó a Gabriel a su ventanal favorito, lo dejó allí solo junto a una pequeña mesa en la que había una taza de porcelana con café. Sólo eso, no había más. Se preparó para salir, aunque esta vez lo hacía más tarde, y antes de dejar la casa se acercó y lo besó en la frente. Fue un beso frío, que se mezcló con el sudor también fresco de Gabriel. Se alejó lentamente, de camino a la puerta, pero sus pasos no eran coherentes, y antes de llegar a la puerta tropezó y cayó desplomada al suelo. Casi al unísono, se escuchó detrás de Miriam el  ruido de la taza y la mesa golpeando el suelo, por el peso muerto de Gabriel que cayó repentinamente, dando de bruces también en el mismo suelo.

Si normalmente la enfermera llegaba a las nueve de la mañana, ese día lo hizo por lo menos a las once. Al abrir la puerta encontró el peor de los escenarios, donde el suicidio pasional era la mejor hipótesis. Desesperada llamó a la policía, y mientras esperaba, recorrió la casa sin salir del asombro y el miedo. Se sorprendió al ver la cantidad de comida que había, las tazas de Té, las marcas de rush rojo en una copa aún sin lavar y todo un desorden que no era normal. Se acercó a la nevera y vio que había una nota con la letra de Miriam que decía algo así como: Disculpa el desorden, no hice a tiempo de recoger. De todos modos, no volverá a suceder. Un beso, Miriam. 

Y el beso era literal, con la marca de rush en el papel. 

domingo, 22 de marzo de 2015

El custodio de la miseria

Por el año 2001, Buenos Aires olía muy mal, todo era desgano y desesperanza, como en el resto de Argentina. Victor era por entonces un hombre conocido en el conurbano bonaerense, más precisamente en la ciudad de San Miguel. Vivía en una esquina, donde construyó una casa humilde, pero al menos de material. Detalle no menor en un barrio donde muchas eran sólo de chapas y retazos de madera o lo que pudiera servir para conformar una estructura lo más parecida posible a un hogar. La casa de Victor está muy bien ubicada, el frente da a una de las avenidas principales, de doble mano. Uno de los lados de la casa da a una calle de tierra que se adentra en uno de los barrios más olvidados, no hay salida, tanto si se sube o se baja por esa calle, sólo se ve pobreza y resignación. 

Natalia es una de las dos hijas que tiene Victor. Las hermanas son gemelas y la segunda se llama Romina, quien pasa gran parte de sus días en una silla, sentada. Patricia, su mujer, lleva la casa adelante como corresponde, es decir, está detrás de todos para que nadie se quede quieto y todos colaboren con los quehaceres del hogar. Natalia odia este ritmo al que es sometida, sobre todo porque siempre le toca extraer agua en diferentes cubos, desde la bomba que está en el patio. Primero uno para la cocina y se le agregaban unas gotas de lejía, ya que por esos días el cólera acechaba todavía estas tierras, y el agua era de pozo. Otro cubo iba a parar al baño, que se usaba para el inodoro, y otro más para llenar la ducha, ya que era un viejo sistema eléctrico que cargaba unos cinco litros, luego se enchufaba y se lo dejaba calentar por una media hora y había un pequeño grifo para ir dosificando el agua, pues si se la dejaba correr no llegabas ni a enjabonarte. Si era verano, por las tardes se usaba otro cubo para salpicar un poco el patio, pues era de tierra y con el calor y el polvo se hacía insufrible. Era una tarea muy precisa, no había que mojar y hacer barro, sino salpicar bastante para que la tierra estuviera un poco más firme; yo he tenido que hacerlo y he inundado varias veces el patio, llevándome unos cachetazos de Victor en la nuca. La vida aquí se hacía dura.

Este hombre serio que es Victor, y que ahora viste siempre de entre casa, ha sabido llevar un uniforme azul, accesorios para golpear o incluso dar muerte, a todo aquel que se resistiera a la autoridad, además de un sombrero bastante particular, pues es un policía retirado de la federal. Este tipo de policía tiene su jurisdicción en todo el país, pero patrullan la capital federal, lugar al que viajaba casi todos los días en tren. La casa de los Fernandez, así se apellida Victor, obtenía favores y cierto cuidado de la policía bonaerense, pues más de una vez Victor ha colaborado con ellos en algún atraco o persecución por el barrio. Y más de una vez le han baleado la casa por la noche para darle un buen susto y para que dejara de meterse donde no lo llamaban. 

Para ganarse la vida, pues la jubilación de Victor no alcanzaba, habían montado una compra y venta de todo tipo de cosas usadas, muebles, maderas, ventanas, puertas, y todo lo que pudiera ser comercializado. Pero además Victor había empezado a codearse con el intendente del partido político de turno en esa parte del conurbano. Básicamente oficiando de custodio para ciertos eventos de campaña o lugares estratégicos que eran debidamente cuidados. Uno de estos sitios fue una clínica privada, que a día de hoy no se sabe qué intereses tenía allí el intendente de turno, pero le tocaba algunos días por la mañana presentarse a Victor y cuidar la zona de administración, por orden directa del intendente. Aparentemente se manejaba allí mucho dinero, y en efectivo. Para él era rutina, una cosa muy relajada y menos expuesto que otro tipo de custodias a las que estaba acostumbrado, esas que eran en la calle a la intemperie, de pie más de seis horas y en lugares realmente difíciles. 

Era invierno, mes de Junio, pero no podría precisar el día, pues el suceso lo he enterrado lo suficiente como para no saber detalles. Victor se levantó cerca de las siete de la mañana y a las ocho y media se presentó en la clínica, como cada día, pero hoy requería más atención, era principio de mes y había pago a proveedores, por lo tanto se movía mucha gente y dinero durante la mañana. Victor vestía muy casual, pues la idea era que pareciera un cliente más de la clínica, mientras él observaba todo sin ser sospechado. Acostumbraba a llevar una pistola nueve milímetros, que es la reglamentaria de la policía, y nada más, no reforzaba con ninguna otra en ningún otro sitio, y ésta única la llevaba en la cintura. Alrededor de las once de la mañana Victor se alejó un momento de la administración y bajó un piso para tomarse un café, era lo habitual. Allí estuvo unos minutos hasta que vio gente bajar por las escaleras un tanto desesperados, a los gritos. Buscó en el montón a alguno de los empleados y pudo alcanzar a Irene:

- ¿Qué pasa Irene?

- Acaban de entrar dos tipos armados, con escopetas, fueron directo a la administración y agarraron a José, el tesorero.

- Quedate acá que voy a subir, ¿Llamaron a la policía?

- ¡No Victor! olvidate, no subas que no tenés nada que hacer ahí, vamos todos afuera y esperemos a la policía. - No terminó de decir esto Irene cuando sonó un disparo.

- Llevate la gente de acá urgente.- Le dijo Victor mientras se iba hacia la escalera con el arma empuñada en la mano derecha.

Subió lentamente, agazapado, y logró llegar al piso. Una vez allí se acercó a la recepción y se refugió, podía escuchar los gritos de los ladrones, pero no había violencia, sólo discutían. José hablaba apurado:

- ¡Apuren muchachos!, ¿Hablaron con el jefe? - 

- Sí, sí, olvidate, está todo arreglado, la zona está liberada. - Repetían los dos cacos casi al unísono. Luego uno de ellos se puso nervioso cuando calculó a ojo el dinero. - ¡Nos están acostando, esto no es lo que arreglamos, acá hay menos plata, esto no llega ni al millón de pesos.

- ¡Llevate lo que hay que después arreglamos!, salgo yo primero y digo que estaba escondido. - Replicó José mientras salía por el pasillo que lo llevaba hasta la recepción y la zona de ascensores.

Allí se encontró con Victor que le hizo una señal de silencio, pero José se puso pálido y de la desesperación al ser descubierto, lo delató:

- ¡Vamos para afuera, llegó la policía! - Gritó José bien fuerte para espantar a los cacos.

Victor se puso de pie y corrió con el arma en posición de tiro por el pasillo que lo llevaba a las oficinas, ni bien vio que se asomaba uno de los cacos disparó varias veces para intimidarlos y cuando se acercó a la puerta uno de ellos le disparó justo en el pecho. El arma era una Itaca, una escopeta de mucho calibre que destruye todo lo que tenga delante, y a tan corta distancia mucho más. Victor cayó al suelo como un saco y sangraba de todos lados, pues lo había perforado de lado a lado; la muerte fue instantánea. 

Victor era mi tío, hermano de mi madre. La noticia nos llegó unas horas después de lo sucedido, a través de Patricia, que estaba acongojada, pero no sorprendida. La mujer de un hombre de la fuerza sabe que esto puede suceder algún día. Afortunadamente todo quedó filmado. <>, le dijo Patricia a mi madre por teléfono y ésta estalló en llanto.

- ¿Y las nenas cómo están? - Preguntaba desesperada mi madre.

- Nati está entera, hasta se está encargando de todos los trámites, es de fierro. Romi pregunta por el papá, pero está tranquila. Habrá que avisarle a la vieja, ¡Pobre!.

- Sí, yo me encargo de mamá, consigo un auto y se lo digo en persona, está en Castelar. - Respondió mi madre acongojada, pero más calmada.

No quise ir a su funeral, pues no soportaba la situación, así es que me quedé con mi hija recién nacida, en casa. Desde que pasó todo esto no volví a saber más nada de ellos, pues perdimos el contacto y no era fácil localizar a mi tía y a mis primas; los echo de menos. Extraño mucho a Romina, con quien siempre tuvimos mucha conexión, a pesar de que ella prácticamente no hablaba, sólo balbuceaba o gritaba o hacía señas, tampoco caminaba, padecía un maldito síndrome de down que la obligaba a estar siempre sentada, en aparente calma, en supuesta compañía de todos nosotros. 

Jamás se hizo justicia, más nunca se sabrá la verdad. Fue una pelea entre bandos políticos y mi tío un tonto que pecó de héroe donde menos le convenía.

sábado, 13 de septiembre de 2014

La sonrisa de ojos grises






Algunas veces sucede, que la sonrisa y la mirada, no trabajan en equipo. Pues la primera cuando es brillante y a carcajadas, le vende al resto nuestra mejor versión, mientras que la segunda permanece inexpresiva, sin percatarse de la estrategia, dejando al descubierto nuestro más profundo dolor.



Todavía hoy, en los rincones de mi mente frustrada, retumba su dulce voz pronunciando la frase que más estremeció mis carencias: -No me sigas a ninguna parte, tú te mereces algo mejor-. Y se marchó sin despedirse.

Sentados en la cama, aún sin ropa, buscamos nuestras prendas y sin decir nada nos fuimos vistiendo. Me puse de pie y le hice una caricia en la mejilla, ella sonrió relajada, con los ojos cerrados. Traje un poco de agua y los dos bebimos; estábamos todavía agitados, extasiados. Ni bien terminó de vestirse ella se puso de pie y yo la esperaba cerca de la puerta de entrada del apartamento. Se acercó y nos quedamos mirando fijamente a los ojos, ambos con una mueca de infortunio, más la mía era de pena. Abrí la puerta lentamente y mientras ella caminaba sigilosa hacia afuera yo la tomé del brazo y la besé fuertemente; ella también mordió mis labios. Se fue caminando por el pasillo armoniosamente, volteándose de tanto en tanto como quien no quiere retirarse y ser olvidado. Apenas si pudimos despedirnos con palabras, yo le dije -Adiós, espero verte pronto-. Pero lo que realmente se leía en mis ojos cansados e inundados de pena era -Adiós, espero verte mañana mismo, y pasado mañana, y todos los días que me vas a faltar-. Ella me respondió dulcemente y me dijo -Adiós, también espero verte pronto-. Y se perdió entre las sombras de un pasillo lúgubre, que no llegaría a oír mi llanto. Finalmente cerré la puerta y me quedé un momento apoyado sobre la misma. Sujetando mi frente, golpeé la pared dos veces y rompí en llanto como pocas veces recuerdo haberlo hecho. Apagué la única luz que había encendida y entré en el cuarto enjugándome las lágrimas, buscando en la oscuridad mi inocencia. Por momentos sonreía nervioso, como mirándome en el espejo y diciéndome a mi mismo ¿Qué haces?, no es para tanto, deja ya. Pero luego más y más llanto, hasta terminar recostado y envuelto en las sábanas. En apenas unos minutos, y mientras mordía y golpeaba la almohada,  caí rendido al sueño, ese que es propio del efecto de un sollozo incesante.

A Rachel la conocí un viernes a la noche, estando yo en un bar justo enfrente de mi casa. Recuerdo que estaba sentado en la barra y a mi lado había por lo menos tres sitio libres, y luego, un poco más allá algunas personas que bebían y sonreían, como ha de ser. La noche estaba tranquila, y eso hacía que yo pasara un tanto desapercibido. Si bien ir solo a los bares es mi rutina, a veces es un poco aburrido; desolador e incómodo. Bebía de mi cerveza bien fresca, pensativo, y en uno de esos sorbos cuando el vaso está medio vacío, sentí la obligación de voltear la cabeza justo sobre mi hombro izquierdo, mientras quitaba lentamente el vaso de mis labios. Entró y la observé mientras marchaba hacia la barra, como quien quiere ser visto pero no descubierto. Ella me sonrió tímidamente, y yo contesté con una mueca de sorpresa ayudada por una sonrisa también tímida. Así, rápidamente, le saqué una radiografía. Ojos celestes, rubia, piel morena, con una silueta elegante y con una sonrisa que era sencillamente radiante, una hermosura. No destacaba su ropa, más era un look casual, pero yo la vi como si estuviera vestida de gala. Tomó asiento en el último sitio libre que había a mi derecha, o sea que no se sentó a mi lado, sino algunos asientos más allá, como para dejar en claro la distancia. Cada tanto yo la miraba con picardía y veía que estaba sola. Ella miraba el móvil pero sin darle mucha importancia y en una de esas veces que la espié me hizo otra sonrisa tímida. Se me aceleró el corazón y bebí a toda velocidad, tragando fuertemente, como tomando coraje.

La miraba sin sacarle los ojos de encima, pues estaba ideando algo para decirle e invitarla a sentarse junto a mí y conversar. Algo tan tonto y simple como eso. En mi cabeza ensayaba variantes. Podía cambiar de sitio y ser muy obvio, quedando sentados uno inmediatamente al lado del otro, y ahí decir: ¡Hola! ¿Qué haces por aquí?, pero no, me sonaba estúpido. O podía hacerle un gesto como un saludo cuando me mirara y ver si así me decía algo que me diera lugar a entablar una conversación. Pero no, tampoco, muy flojo de ideas estaba ese día. La cosa es que el tiempo pasaba y yo corría el riesgo de que llegue más gente y otro haga lo que de momento llevaba yo media hora debatiendo. No me hubiera perdonado de ninguna manera volver a casa sin haberle dicho ni siquiera -Hola-. Comencé bajando un pie de la silla y medio incliné mi cuerpo hacia ella, pero las palabras no salían, y como no dijera algo iba a quedar muy mal, porque estaba retorcido entre cayéndome o queriendo salir para algún sitio caminando. Me eché unas buenas puteadas para mis adentros y me reté a dejar de vacilar y se lo solté. Con la voz medio endeble le pregunté si hablaba Español, a lo que ella respondió que no y enseguida contra ataqué en inglés, ¿Estás sola? ¿Quieres sentarte aquí a mi lado y tomamos algo?. Mi cuerpo temblaba como si estuviera por ir a la guerra. Mis manos intranquilas no sabían dónde meterse. Se acercó sonriendo y nos presentamos. Rachel era de California y estaba aquí trabajando de au pair. Casualmente vivía en el mismo edificio que yo. Charlamos un rato de los diferentes tipos de cerveza, pues bebía y bastante. Hablamos de las costumbres tanto de aquí como de su tierra, y cada tanto se hacían silencios que yo no lograba llenar más que bebiendo de prisa. Debo decir que yo me sentía realizado, había logrado un quiebre en mis frustradas aventuras de conquista. 

Rachel sonreía cada dos palabras, y yo me derretía mirándole los ojos, así de lejos, como a la distancia de un beso.

Esa noche no terminó allí, la llevé a otros dos sitios y en un momento intercambiamos nuestros números de móvil. Bebimos la última copa y nos fuimos a casa, juntos, pues vivíamos en el mismo edificio así es que seguimos charlando de camino a casa. Ella me comentó que quería ir a bailar al día siguiente, así que le pedí que no se lo piense y que me avisara, pues podríamos ir juntos. Al llegar al edificio abrí el portal y la acompañé hasta el primer piso, allí la despedí y fingiendo no esperar nada más allá de esa noche, le di dos besos prominentes, de esos que casi se rozan las narices al cambiar de mejilla, sujetándola delicadamente por la espalda.

El sábado me levanté reconfortado, me sentía liviano y no podía dejar de pensar en ese breve encuentro del día anterior. Miré en el móvil su número y tenía unas ganas enfermas de escribirle algo, pero ¿Qué iba a decirle?, hubiera cometido un error adolescente. Pero mis dudas surgían, ¿Me va a escribir más tarde para salir juntos?, ¿Me la cruzaré nuevamente en el bar?, en fin, no había lugar para más hipótesis así que comencé el día como pude. Hice mi rutina diaria, incluyendo una caminata por la playa, las compras, las cosas de la casa, pensar en ella, más cosas de la casa, más compras, pensar en ella y así sucesivamente durante todo el día. Hasta que llegó la noche. Luego de cenar algo liviano decidí bajar al bar de enfrente y tomarme algo como para ver si la noche se animaba o prometía algo. La suerte de ser habitué del bar es que al llegar todo es familiar, los empleados me saludan y enseguida tengo un sitio y una bebida a mi disposición. Ese día los empleados del bar me miraban con picardía y preguntaban por Rachel, creyendo que algo habría pasado, así que les di un resumen fugaz, como si realmente no me importara demasiado. Esa noche el bar estaba agitado, mucha gente, pero buena energía. Mientras yo estaba bebiendo en la barra, de tanto en tanto Johana, una de las camareras, pasaba y me daba charla. La realidad es que empecé a frecuentar ese bar por la camarera, pero nunca hemos avanzado mucho, y además creo que no habrá chance, pero es un tema que ya contaré en otra ocasión. Así pasaban las horas y mis tragos, hasta que Johana me invitó a una mesa donde estaban su hermana y unas amigas. Tomé asiento y me presenté, allí echamos unas risas, algunas cervezas, hasta que empecé a sentirme un poco fuera de contexto, pues no encajaba muy bien en las conversaciones. Entonces reparé en que era una hora prudente para contactar a Rachel y ver si quería ir a bailar. A esa hora me parecía conveniente escribirle y hacer la invitación, pues era lo normal luego de habérmelo sugerido ella el día anterior. Así fue entonces que le mandé un mensaje de texto, olvidando que en ese bar no suelo tener señal. Pero la respuesta llegó casi al instante. Casualidad o causalidad, mi mensaje había salido y el suyo había arribado a la perfección. Tal vez quisieron nuestros ángeles que esa noche nos diéramos una oportunidad.

Miré a todos en la mesa, la charla estaba animada, y me pareció un poco brusco marcharme así sin más, pero en el mensaje Rachel me decía que estaba sola en una disco, y yo me ofrecí a salir ya mismo al encuentro. Me excusé al baño, luego al volver pagué mis copas, y de pie, sin vacilar, miré a la mesa y dije -Adiós gente, gracias por todo, me tengo que marchar- y los besé en el aire con las manos. De camino a la disco me surgían dudas, miedos, preguntas. ¿Porqué se fue sola y no me escribió?, ¿A caso quedó con alguien que finalmente no fue?, ¿Será que estoy forzando algo que no debe ser?. No podía evitar pensar que quizá ella no había tenido el valor de decirme que no fuera, y que pudiera haberse resignado, terminando todo esto en un rotundo fracaso. Pero igualmente, y por primera vez en treinta y dos años, fui decidido al encuentro y a tratar de llevarme algo, aunque más no fuera una decepción

Llegué a la disco y entré embalado, sin dudar ni un segundo de lo que iba a hacer. Lo que vi era desolador. Rachel estaba sola, apenas éramos cuatro personas en la disco. Aún así me mostré animado y la saludé contento de verla; ella también parecía estarlo.

- ¿Porqué no me has dicho que venías?, te dije que no me importaba acompañarte.
- Bueno, simplemente busqué alguna disco y me vine, así sin más.- Como siempre, lo decía sonriendo y despreocupada.
- Ok, no te preocupes, ya estamos aquí, pero no creo que haya ambiente hasta dentro de una hora o así.
- No me importa, vine a bailar y eso es lo que haré.

Mientras yo iba por una copa, ella se levantó del asiento y se puso a bailar como loca, estaba en el medio de la pista sola y despreocupada. Allí dibujaba siluetas en el aire, y se acariciaba las curvas gozando como quien está poseído, en trance total. Me acerqué un poco para contemplarla mientras bebía un Gin Tonic muy seco, y la miraba desconsolado, como algo que uno no puede alcanzar. Éramos sin duda muy distintos en ese aspecto. Yo no soy de lucirme en las pistas, apenas si puedo marcar un ritmo, pero ella era la música en persona, y se inventaba los pasos de baile, aunque a veces si quiera fueran al compás. La miré siempre a la distancia, pensando que algo tenía que hacer, porque sino podría correr el riesgo de que alguien con verdaderos dotes para la danza se la llevara y bebiera de su sonrisa, pero no a la distancia de un beso como yo lo hacía, sino más bien besándole sus tímidas carcajadas. Encaré la pista y me puse a bailar, y para entonces ya más gente había llegado, así que mi monotonía en los pasos pasaba un poco desapercibida. Ella se frotaba la cabeza, la giraba, se acariciaba sensualmente y seguía gozando cada nota que sonaba, mientras yo la miraba y le sonreía.

Finalmente la disco se llenó y yo decidí ir por unas copas para animar un poco más la noche, pero al volver a la pista me llevé un susto. Estaba sujetando los dos vasos de plástico y ella dándolo todo con dos tipos que la rodeaban mientras se lucía danzando, como provocándolos. Pensé que ahora podría tener dos problemas, uno sería tener que tomarme dos copas yo solo y el segundo sería sufrir la humillación de verla salir de ahí con alguno de los dos. Pero no, en cambio ella me miró y sonrió incómoda. Tomó un poco de distancia de los hombres que la rodeaban, acercándose hacía mí para que le entregara la copa. Brindamos y seguimos bailando y bebiendo hasta que el sitio ya estaba un poco saturado y ella sugirió ir a otra disco que estaba apenas a unas calles, justo al salir de esta misma. Acepté y nos fuimos entusiasmados, pues la noche no quería terminarse y nosotros todavía menos.

El otro sitio era diminuto, realmente muy pequeño. Al entrar yo la tomé de la cintura con delicadeza y como era de esperar, ella sonrió con dulzura. Fuimos a la barra por unas cervezas y allí volví a sujetarla de la cintura y nuevamente me sonrió; mis ojos deben haber alumbrado la penumbra del lugar, porque ese rostro al sonreír me dejaba lleno de luz. Brindamos y ella sugirió incorporarnos a la pista, así que la guié sujetándola con todas mis intenciones al descubierto. Empezó nuevamente su danza alocada, su ritual sin lugar a la vergüenza, pues el sitio parecía sólo para ella. Yo intentaba acompañar y le sonreía, más no podía hacer, ya he dicho que mis habilidades para el baile son las justas. Pero de repente me animé y me solté un poco más, la canción que sonaba me dio alas para bailar pegados, y sin pensarlo la sujeté de la cadera y nos enredamos las piernas, moviéndonos ambos al compás, cada vez más y más sensuales. Yo logré olvidarme de la gente alrededor, ella llevaba rato en ese estado. Bailamos y sentí que debía besarla, y lo hice justo en su brazo, subiendo suavemente por su hombro, hasta que le besé el cuello con mis labios húmedos y sedientos por comerle la boca. Me sonrió nerviosa, se le notaba en los ojos el deseo, así que le di un poco de aire y al rato volví a repetir la secuencia, pero esta vez al llegar al cuello, con mi otra mano la tomé de la nuca con suavidad y fui subiendo con mis labios ahora temerosos hasta llegar a los suyos, ya entregados a mi asedio; nos besamos sin tregua. Había un final que estaba escrito y yo esa noche supe leerlo. Nos miramos fijamente, jadeando, y ambos entendimos que había llegado el momento.

Salimos rápidamente de la disco, con prisa y a los besos. Repetimos la misma secuencia del día anterior, pero esta vez íbamos abrazados de camino a casa. Llegamos al portal y yo abrí la puerta invitándola a pasar primero. Mientras esperábamos el ascensor no parábamos de besarnos, había mucha pasión en nuestros ojos. Nos metimos en el elevador y no podíamos despegarnos, estoy seguro que empañábamos los espejos para que nuestros reflejos no pudieran descifrarnos. Eran sólo dos pisos, pero duró una eternidad ese viaje. Al llegar intentaba abrir la puerta del apartamento, pero las manos me temblaban, ya no de miedo o timidez, sino del éxtasis y la lujuria. Finalmente entramos y encendí la luz del corredor que lleva a los cuartos de la casa. Ella enseguida se quitó los zapatos y yo me desprendí de los míos; también me quité la camiseta. Volvimos a fundirnos abrazados y nuestra saliva ya era espuma, pues esa rabia veníamos a matar. La puse contra la pared y ella enredó sus piernas en las mías, trepando lentamente hasta sujetarme por la cadera. Luego con los brazos me rodeaba el cuello, mirándome fijamente con malas intenciones. Yo la sujeté fuertemente de la cola, con ambas manos, y la pasión ardió en gemidos. Sus besos en mi cuello se mezclaban con los míos en el lóbulo de su oreja. No esperé un segundo más y tanteando la pared encontré el interruptor de la luz del pasillo. La apagué y a obscuras nos metimos en el cuarto. Caímos derribados en la cama y en menos de lo que podría un enamorado perder la razón, ya no teníamos la ropa puesta. Allí estábamos desnudos, despreocupados y sin complejos, y por alguna razón que quizá sea mística o de algunos de los sentidos, que más bien sería el sexto, esa noche presentí que no estábamos allí teniendo sexo como dos desconocidos. Esa noche habíamos hecho el amor.

Amanecí desnudo, con la mirada perdida en el techo. Mi sonrisa estaba como dibujada, no podía dejar de pensarla. Me volteé y me abracé a la almohada, que todavía tenía su sudor y su perfume. Allí me quedé reposando alegre y despreocupado, con los ojos cerrados, mientras rememoraba cada instante. Mi ánimo había encontrado la calma, ya no había porqué fluctuar, y de la soledad no había rastros en mi habitación, si quiera en los rincones de mi mente. Por ese cuarto había pasado un tornado de amor y sensualidad, todo estaba manchado, impregnado y dado vuelta. Me arrasó, pero al irse dejó esa calma, apaciguando mis demonios y devolviéndome algo que si no se tiene, pues no puede uno saberse vivo, ahora tenía ilusión, o quizá también, una inmensa incomprensión ilusoria.

Pensé en redactar aquí cada uno de los encuentros, más también todos mis momentos de incertidumbre cada vez que Rachel no respondía mis mensajes, cuando andaba perdida por el barrio haciendo amigos nuevos, pero no, no era necesario. 
Como toda historia, ésta también debía tener un final, y yo lo veía muy claro. Nos volvimos a ver exactamente dos veces más, al menos íntimamente, que luego hubo otros encuentros sólo de bar, charla y amigos. El último sábado que la vi ella me había invitado a pasar el día en la playa junto con el pequeño que tenía a su cuidado, de quien sé el nombre pero no soy capaz de escribirlo como es debido. Lo único que me alertó de la invitación fue que vendría también un amigo nuevo que había conocido hacía poco, mientras jugaba con un aro que hacía girar por todo su cuerpo mientras danzaba y daba saltos, que comentario aparte, lo hacía muy bien, con delicadeza y sensualidad. Pues eso me alertó porque en ingles cuando te dicen “My friend” es difícil saber el género, y tuve la cobardía de imaginar que Rachel sería capaz de sumar a la velada a un amigo del sexo masculino, con lo que eso supondría. No quería verme en medio de una competencia feroz por ver quién le robaría durante ese día la mayor cantidad de besos y toda su atención, pero al fin y al cabo qué me importaba si yo ya la había tenido entre mis brazos más de una noche. Igualmente preguntar para aclarar antes de aceptar la invitación me pareció indiscreto, por lo que fingiendo despreocupación acepté. Nos encontramos por la mañana en el portal del edificio y salimos los tres hacia la playa, era un día gris y claramente iba a llover, pero eso no nos detuvo. Al llegar a la playa había poca gente, así que pudimos escoger sitio y tumbarnos. Mientras el pequeño juega y corretea por la arena yo la miro a Rachel con mis ojos cansados, para regalarle luego una sonrisa cómplice, que como siempre, ella contestó con su escultural sonrisa tibia. No me acerqué demasiado, quería que no notara las ganas locas que sentía de abrasarla y hacer de ése día, otra velada romántica. 
La lluvia que amenazaba minutos antes, ya era una realidad, así que recogimos todo y nos fuimos debajo de una sombrilla, que si bien son para el sol, hacía las veces de paraguas a los que sin importar el clima, bajábamos a la playa. Era una llovizna débil y de hecho escampó pronto, pero seguíamos allí sentados en una tumbona enorme, ella sentada en el borde y yo justo detrás, observando su espalda, su cintura, sus curvas. No pude más y alzando mi mano derecha le acaricié el hombro, muy suavemente. Rachel se volteó, me miró e hizo esa sonrisa tierna y nerviosa como la de quien acepta el gesto, pero no lo puede corresponder. Continué bajando y le hice unas caricias en la espalda, que luego se sumaron a unos besos por el cuello, mientras ella seguía mirando el mar, y sugiero que no hablaba porque estaba perturbada, llena de pensamientos y controversias, tratando de entender cómo había ideado todo esto su destino, su suerte y mi más absoluto descaro a la hora de querer a un desconocido, como quien ama a la futura madre de sus hijos. Así como perdí el control de mis manos y los besos, también mi lengua desobedeció mi cerebro y se lanzó antes de que sonaran las alarmas que advertían acerca de no empezar a decir lo que aún no ha de suceder: la despedida. Se lo solté en voz baja, pero bien claro -No te vayas, quédate. Te voy a extrañar-, y reposé mi mejilla sobre su espalda. De alguna manera me daba vergüenza haber sido tan vulnerable. Rachel sonrió como siempre, pero aceptó el gesto -Yo también quisiera quedarme, Barcelona es muy bonito-. Y entendí enseguida que no debía insistir, pues no estábamos esperando la misma cosa. Evidentemente teníamos motivaciones diferentes para extrañar, y a un hombre que sabe leer los gestos, pues le sobran las palabras, mejor era tomar cierta distancia.

Ese día fue muy largo, pero hermoso. Después de almorzar nos fuimos a otra playa un poco más alejada, donde más tarde se uniría su amiga. Vale aclarar que ya no había dudas, su amiga era una chica que practicaba con el aro en el parque que ella solía frecuentar, y la idea era verse por allí para jugar un rato. Llegamos a la playa luego de caminar unos veinte minutos debajo de un sol que ahora sí se hacía presente y ardía sobre nuestras cabezas que fundían pensamientos sin cesar, porque en ese trayecto, se dijeron apenas algunas cosas, algún que otro comentario, pero ambos queríamos pensar y no decir; aunque luego yo también dijera algunas cosas sin pensar. Encontramos enseguida un sitio donde sentarnos, la playa estaba todavía vacía porque el sol apenas había asomado. No hicimos mucho a decir verdad, sino más bien nada. Sencillamente tomar sol, y yo me dediqué un buen rato a cuidar del niño y jugar con él. Fue una experiencia muy enriquecedora, aunque sólo haya durado un día. Estaba yo allí con la mujer de mis sueños, esa que tardaba en llegar y no veía ni en mis mejores sueños, y ademas el pequeño me adoraba y reía contento, hasta logré que se animara a meterse en el mar. Todos estábamos felices, idealmente relajados, no había preocupaciones ni tiempo, sólo disfrutar. Pero yo sabía que esto era sólo un día, y nunca dejé de sentirlo así, lamentablemente. Hubo algunos pasajes de ternura que hicieron que el tiempo se detenga y yo dudara de la realidad. Momentos en que Rachel y yo estuvimos recostados, yo en su falda y luego ella detrás mio abrazándome, contemplando juntos al mar; dicen que no se puede perder lo que uno no posee, pero yo sentía que la iba a perder. Nos encontró finalmente un atardecer fresco y decidimos emprender la vuelta a casa. Recogimos todo lentamente, sobre todo yo que no quería que esto terminara. Volvimos a casa caminando, era un largo trayecto, y yo insistí con la idea de salir esa noche a tomar algo si es que al final ella podía. Me dijo que sí, que me avisaría. Yo le recordé que en mi casa, aguardaba un regalo que había comprado especialmente para ella, se lo dije como con superación, pero me moría por dentro -Te he comprado un pequeño presente, una tontería, pero es un recuerdo para cuando ya no estés aquí-. Su contestación fue la misma sonrisa endeble de siempre, y yo llegué a pensar que no le interesaba en lo más mínimo. Es que hay una diferencia cultural que hasta ahora no he mencionado. Los latinos somos más pasionales, cariñosos, cercanos, pero en cambio los anglosajones no lo son tanto, o sólo en la medida justa, ni más, ni menos. Y fue con esa precisión que Rachel manejó todos nuestros encuentros, nuestra tan corta relación; con esa maldita precisión.

Entré en el apartamento contento. Me sentía satisfecho, pero aguardaba ansioso volver a verla. Sí, a pesar de haber pasado todo un día juntos, yo quería otra noche con Rachel, porque podría ser la última, y el amor cuando está necesitado no puede esperar, sale de casería y mata, mata todo lo que logra besar. Mi ansiedad era en parte justificada porque vernos era una cuestión de lotería, aunque algunas veces también creo que ha sido una cuestión de su voluntad. Por suerte no se hizo esperar, alrededor de una hora después de habernos despedido recibí un mensaje de texto, saldríamos por ahí a beber algo y luego a bailar. Me preparé tranquilo y luego me aseguré de que la casa estuviera en orden. Miré en el primer cajón de la cómoda que estaba en mi habitación para asegurarme que su regalo estaba allí y bien empaquetado. Todo estaba en su sitio y listo para recibirla, si es que finalmente lo lograba.
Nos encontramos más tarde en el portal, como siempre. De allí salimos hacia un bar del barrio pero al llegar, lamentablemente, todo estaba muy tranquilo, no había ambiente, por lo que sólo bebimos una copa y comimos algo ligero. Allí Rachel me mostró unas fotos de cuando modelaba, quedando yo con la boca abierta, era la frutilla del postre, debí imaginarlo, todo su potencial estaba a la vista. Decidimos luego probar suerte en otro sitio antes de ir definitivamente a la disco, pero este segundo bar estaba también un poco aburrido. De todos modos yo comencé a acercarme cariñosamente, tenía que lograr encender la llama nuevamente, pues quería que viniera a casa y darle su regalo, no podía esperar a ver su rostro de sorpresa. Nos fuimos finalmente a la disco, aunque yo advertí que era temprano, pero ambos estábamos cansados y no nos quedaban muchas fuerzas como para una noche muy larga. La disco en la que entramos no estaba vacía, sino que estaba desierta, éramos sólo cuatro allí dentro. Pensé que para ella no sería problema, ya la había visto danzar a solas, y no parecía importarle, pero sin embargo su cara era de decepción, y me comentó que el sitio estaba aburrido. Insistí con esperar un momento como para ver si comenzaba a llegar gente, mientras bebíamos una copa. Pero pasada ya casi una hora allí dentro, seguíamos solos. En ese instante ambos reparamos en que eran las fiestas de Gracia, otro barrio, y la mayoría se había trasladado para este otro sitio. Rachel bebió el último sorbo de su copa y comentó que quería irse a casa, estaba cansada, yo asentí y bebí de prisa, pero no sin antes pedirle que viniera a casa -Ven a casa, al menos para recoger tu regalo-. Aceptó y salimos de allí abrazados, yo la sujeté como quien no quiere dejar escapar su presa. Ella también así lo hizo, por suerte habíamos coincidido en la idea de pasar otra noche íntima, una que ojalá fuera mejor a las anteriores, si es que eso pudiera superarse. Reíamos a carcajadas por el camino, parecíamos despreocupados, y yo la miraba mientras me hablaba, pero no la oía, mi atención estaba puesta en una suerte de desesperación que me había entrado por rogarle que no se fuera. Le hubiera suplicado allí mismo que se quedara para ver todo lo que tenía para darle, sin reparar si quiera en que todavía éramos dos perfectos desconocidos. De esos que se saben muy bien químicamente, pero que aún no han podido ver lo que realmente hay debajo de la mirada del otro.

Llegamos al apartamento como siempre, pero esta vez en el trayecto desde el portal hasta el apartamento no hubo besos apasionados, ni un ascensor de espejos empañados, ni yo me demoré intentando colocar la llave en la cerradura durante dos minutos para abrir la puerta, no, esta vez llegamos apaciguados y conversando. Había una tensa calma que nos envolvía las miradas. Ni bien entramos a la casa ella se metió en mi cuarto y me esperaba sentada sobre la cama mientras yo traía un poco de agua. Cuando entré nos miramos y sonreíamos, me senté a su lado y la bese sutilmente, acariciándole la mejilla, ambos con los ojos cerrados. Cuando abrimos los ojos la miré fijamente y le dije -Espero que no te importe, pero tengo un regalo para ti, una tontería, pero quiero que tengas un recuerdo de mí-. Tomé una pequeña caja del cajón de la cómoda y se la puse en sus manos. Me puse de pie para ir al baño mientras ella intentaba romper el envoltorio. Al regresar al cuarto, todavía no lo había abierto -Adelante, no te demores, ábrelo-. Entonces muy despacio quitó la tapa de la pequeña caja  y allí sonrió sorprendida -No tenías que hacer esto, ¿Porqué?. Es hermoso-. El regalo era una delicada gargantilla de plata con un dije que decía "Love". Era esa mi declaración sin palabras, todo estaba en los hechos; juraría que ella jamás lo quiso ver, siquiera pensar. 
Se la coloqué en su cuello con cuidado y la miré a la misma distancia de siempre, la de un beso. Cerramos los ojos y fundimos nuestras bocas apasionados. Abrazados nos revolcamos por la cama y yo volví a encargarme de apagar la única luz que nos podía delatar. Esa noche me dio clases de lujuria, me mostró en hechos lo que era hacer verbo la carne; me advirtió que nada es para siempre.

Todavía agitados y sudados, intentando recuperar el aliento, ella reposa boca arriba y yo encima mirándola fijamente con los ojos entre abiertos. Junté dos bocanadas de aire y se lo solté:

- Rachel, creo que me estoy enamorando. Me iría contigo ahora mismo con tal de que este cuento no se termine.

Se hizo un silencio atroz, y ella me acarició el rostro. Yo había abierto los ojos para mirarla fijamente, y entonces pude ver que Rachel se había puesto a llorar. En silencio, como quien no quiere pero debe hacerlo. Con una voz temblorosa me dijo:

-No me sigas a ninguna parte, tú te mereces algo mejor.
-Me gustaría saber de tu propia boca porqué tu no eres ese algo que yo hoy veo como lo mejor que la vida me podría haber dado en los último nueve años.- Yo ya no estaba encima de ella, me había puesto de lado y la acariciaba con dulzura como para consolarla.
-Hace alrededor de nueve meses, alguien a quien yo amé con todo mi ser, me dejó abandonada, tirada, me hizo sentir que jamas me habían querido. Quedé Ahogada en una desilusión que todavía hoy hace que tenga miedo de amar o ser amada.
-Tranquila, continua.- Le enjugué las lágrimas de ambas mejillas.
-Ya terminé, esa es la historia, no hay más.
-Digo que continúes llorando. Parece que te hacía falta. Aquí tienes mi hombro para desahogarte. Según presiento, esa misión he venido a cumplir yo en tu vida, aunque más no sea.
-No era la respuesta que esperabas ¿Verdad?.
-Yo no esperaba ninguna respuesta, sólo quería sacarme las ganas de decirte lo que pensaba, más bien lo que sentía.- Debía fingir comprensión, más nunca dejar entrever que mis lágrimas iban trepando a mis ojos mucho más lentamente que las suyas, y mi voz se esforzaba por parecer inquebrantable.
-Lo siento.
-No tienes porqué decir eso, nuestra historia fue auténtica, impensable, sorpresiva. Jamás nos detuvimos a pensar ni mucho menos cuestionar nada, tan solo nos hemos dado cariño, y del bueno.

Luego de un buen rato nos pusimos de pie y ella me agradeció -Gracias, siento que he estado con un hombre. Hoy siento que he crecido, gracias nuevamente-. Y me besó fuertemente.

Desde ese día se me terminó el relato. Esa noche de alguna manera fue la última. Rachel no volvió a escribirme, ni a llamarme y hasta creo que no volvió a recordarme. Tomó distancia del asunto, lo enfrió y lo postergó al olvido de inmediato. Cuando hice un intento por contactarla, ella contestó amablemente, como haría con cualquier otro desconocido. Pero tan inmediatamente como le dijera de vernos, desaparecía, ya no había nadie del otro lado del teléfono por mas que yo insistiera. Ahí me cayó con fuerza la verdad y aplasto mi cabeza, dejándome inmerso en una realidad que no me gustaba. 

Una noche, más precisamente un jueves, nos vimos de casualidad cuando coincidimos en el mismo bar. Ella estaba con unos amigos cenando y yo solo. Me acerqué y la saludé con amabilidad y sorpresa, ella fingió el encanto y el mismo asombro, pero me retiré enseguida a mi sitio y los dejé que siguieran en su asunto. Más tarde me fui a casa y como a las dos horas volví a salir. Me fui al otro bar que frecuento, aquel que tiene la cerveza A.P.I que tanto le gustaba a Rachel, y con la suerte de que al entrar y sentarme en la barra reparé que justo enfrente estaba ella con sus amigos otra vez. No quise acercarme, ya estaba bien, mejor era empezar a despegarme sentimentalmente, pero mientras conversaba con mis amigos ella se acercó a la barra y me invitó a tomar asiento con ellos. Insistí en que no quería molestar, pero igualmente me pidió que me uniera a la mesa. Así lo hice y pasamos algunas horas donde ella y yo no intercambiamos más que vacíos comentarios, palabras sueltas. Hasta sentía ganas de irme a casa, porque no hacíamos más que mirarnos las caras, pero ya no nos veíamos. Más bien ella no quería hacerlo, pero me quedé porque era la última oportunidad   de poder estar cerca, aunque más no sea por un rato. 

Esa noche fue larga. Si bien sus amigos se fueron temprano, más tarde fuimos a una discoteca con una tercer persona que era su jefe. Pero ella me ignoraba como nunca antes. Nos volvimos de madrugada al apartamento y los acompañé al primer piso, donde ellos vivían. Me despedí y les deseé un buen viaje de retorno a casa. Todos nos mostramos encantados por habernos conocido y yo ofrecí mi colaboración siempre que quisieran volver. No esperaba ni quería creer que esa fuera realmente la despedida, pero lo cierto es que lo fue. 

Esa misma madrugada tuve un sueño que jamás se lo pude contar. En ese sueño estábamos ella y yo corriendo rápidamente, como escapando de algo o de alguien. No estábamos juntos, pero ambos corríamos en la misma dirección. Cuando de repente apareció allí delante una piscina en medio de un jardín lleno de flores. El ambiente olía a rosas y jazmines. De un extremo de la piscina me acercaba yo y del otro ella, y cuando llegamos al borde ambos saltamos con fuerza y en el aire nos fundimos en un abrazo, cayendo desplomados al agua, pero sin soltarnos. Nos hundíamos de prisa pero nunca tocábamos el fondo. De algún sitio salió una voz que nos susurró como al oído: -Había escuchado decir que el amor es oro en polvo, pero jamás lo había visto fundirse, mucho menos en un abrazo-. Y entonces todo se puso obscuro. 
Con los ojos entre abiertos y creyéndome todavía en el sueño, recuerdo que miré el techo y vi un gran disco dorado que sobresalía como en relieve, era como una medalla gigante, y en el centro se apreciaba perfectamente la imagen. Eran un hombre y una mujer que estaban de lado, abrazados y sin ropa. Cerré entonces los ojos nuevamente, con fuerza, y deseé con todo mi ser regresarla, aunque tan sólo fuera posible, en otro de mis sueños.


G.L.R 
Barcelona - 13/09/2014

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martes, 24 de junio de 2014

Dubicidio en el mar

Ayer sufrí en carne propia la expresión "Un mar de dudas". Porque yo era la duda, y estaba en el mar. Porque ella dudaba y también nadaba en el mismo mar. Ayer no pudimos encontrar una explicación racional a tanta pasión, seguramente porque eso no se explica, sino más bien se aplica. Cada beso salado y mojado era como un tequila, bien fuerte, pero sin embriagarnos. También ayer aprendí a flotar sin piernas ni brazos, porque cada beso, al cerrar los ojos, me hacía perder la percepción de la gravedad. 

Déjame que te diga que en cada sonrisa nerviosa, tus manos parecían temblar, pero aún así no me soltabas, y entre la ira y la duda me volvías a romper la boca de un beso. Pero me echabas y me sacabas, creyendo que era mejor retroceder. Si te hubieras visto los ojos vidriosos y la expresión de placer en tus labios, ¿Qué locura queríamos cometer?, ¿A caso hubo pecado?. Te voy a decir una cosa más, que sólo yo siento y pienso, cuando dos almas que son libres, chocan y se saludan, pues no habrá dios que les haga entender que su pasión es un delito, o que tocarse es un pecado, y mejor ni hablar del deseo. Esas voces que no son nuestras, siguen su diálogo a la distancia, sobre todo cuando dormimos. Nos susurran, nos provocan, nos miman en sueños eróticos o nos van dando flashes de todo lo que no quisimos ser. 

Ok, ahora bajemos y pongamos los pies sobre la tierra, digámoslo, no fuimos un plan perfecto. La histeria nos acabo ganando. Lo entendí tarde y de madrugada, casi cuando todo había empezado. Me di cuenta que la luna ya se iba, el sol se nos aparecía, mientras tu y yo no sabíamos qué hacer con tantas dudas. Divertido sí que lo fue, pero sigo pensando que de tanto nadar en ese mar de dudas, nos podríamos haber ahogado, todavía hoy, cuando todo ya ha pasado. 

Se suele decir que de la duda no se vuelve. Si te lanzan una bola, o bateas o la dejas pasar. Si un auto viene de frente y tu conduces, o lo esquivas o te estrellas, pero siempre, siempre, se toma una decisión u otra. ¿Sabes qué?, hemos desafiado a la ciencia, porque este “dubicidio” que hemos cometido, sí que tiene retorno, segundas oportunidades, o quizá más de dos. Por lo pronto, y ya para cerrar, voy a dejar que esos astros que ayer se me rieron en la cara, cuando yo subía y volaba de constelación en constelación, pues pongan las cosas en su lugar y traigan a nosotros nuevas oportunidades. Pero eso sí, esta vez sin dudas, sin “dubicidios”. Que sea lo que tenga que ser, pero sobre todas las cosas, que haya pasión y malas intenciones.


Ahora que estoy terminando, tengo mis serias dudas de si algo de lo que he contado más arriba ha existido realmente. Es lo que tienen los baños de luna en el mar. Te sumerges y te iluminas pero nunca sabes si al sacar la cabeza del agua, estarás en el mismo sitio, a la misma hora y con la misma gente. Yo por mi parte he amanecido despierto, y eso para mi, es un claro signo de desorientación y barbarie. Sobre todo porque inevitablemente, terminé solo y dormido en mi cama.

domingo, 20 de abril de 2014

Una estratégia para mi desconsuelo

Hubo un tiempo, ya hace algunos años, en que tenía una rutina. Todos los Miércoles, y algunos Viernes, debía tomar un bus al salir del trabajo y viajar unos cuarenta minutos. Desafortunadamente, y como era costumbre en mi Buenos Aires querido, el viaje lo hacía en pésimas condiciones. Los buses o colectivos, como solemos llamarlos, suelen ir llenos al punto que no cabe un alfiler, pero aún así, y muy sorprendentemente, sigue subiendo gente en cada parada. Los conductores son audaces pilotos que pueden conducir semejante maquinaria, cargada con personas que van de pie, y en algunos casos sin sujetarse, pues la compresión los mantiene erguidos, y lo hacen a velocidades impensables. Cada curva es un desafío, intentando maniobras para no caerle encima al agraciado o agraciada que va sentado justo delante de uno. Ni hablemos del momento en que uno debe bajarse, y se encuentra a unos tres o cuatro metros de la puerta. Quizá alguien haga sonar el timbre y entonces el bus se detenga, pero los conductores suelen retomar la marcha con precisión quirúrgica, justo cuando el último pasajero en bajar apenas ha puesto un pie en al acera, por lo tanto, quien venga corriendo hacia la puerta, difícilmente lo logre, a menos que recurra a la estrategia de dar voces al chofer y lograr intimidarle, y así sí que frenaría nuevamente. Un patético escenario que se vive a diario, conformes pasan los años, los siglos, y es ya una marca registrada.

En medio de todo lo anteriormente descrito yo saqué un día a relucir toda mi imaginación, y le puse condimento a ese infierno de hacinamiento y barbarie, mientras iba de pie, siguiendo el vaivén del bus, y en un estado de absoluta somnolencia. Me monté mi propia obra y recluté cuidadosamente algunos actores. Empecé por personificar a mis mejores cualidades, sin modestias claro está, pues sino me valoro yo mismo, entonces quién. A cada una de ellas le puse un nombre, eligiendo los que me parecían más bonitos. Serían de hombre o de mujer según la imponencia de cada una; no supe al final si por cortesía o por sumisión, pero las más imponentes llevaron nombre de mujer y las menos resonantes uno de hombre. 

Acto seguido las fui nombrando una a una como para recordar y asimilarlas, y luego fui entablando breves conversaciones, cual loco conversa con su amigo invisible. Las consecuencia de tal fabulación no tardaron en notarse, me sentía rodeado pero no apretujado, de alguna manera había perdido la noción del resto del rebaño que me empujaba de un lado a otro, de los que me pisoteaban, del que empujaba para apresurarse a bajar del bus, etc. Era sólo yo y mi escenificación incongruente. 

Una vez terminadas las charlas individuales y ya habiendo amenizado bastante el ambiente, decidí hacer algunos planteamientos. Les pedí que me ayudaran a identificar a nuestros rivales, esos defectos o males que me aquejaban y buscar así vencerlos. Se armó el bullicio, todos ellos hablaban a la vez. La bondad decía, No siempre tiendes la mano con tanta calidez y lo calculas todo muy fríamente, quedando así expuesto a la maldad o cierta perversidad. Pude escuchar por ahí también cómo la sinceridad comentaba, No siempre aplicas tu lema sobre que una verdad a tiempo es mejor que una mentira a destiempo, además abusas del silencio, aún cuando tienes algo que comentar, eso podría dejarte expuesto a la mentira. Fui tomando nota como podía, a toda prisa y tratando de discernir lo que decían, entonces decidí poner fin al bullicio, Silencio, pongamos orden a todo esto, de a uno a la vez. Todos callaron menos el coraje que quedó hablando solo, Tú siempre confundes el coraje y la valentía con hacer las cosas sin pensar, ir por delante y empujando, pero eso no es coraje, más bien es imprudencia, cierta forma de cobardía que quieres tapar con bravura, pues quedas al final como un bárbaro que no piensa lo que hace, y que no mide lo que destruye cuando intentas salvarte a ti mismo, eso amigo mio, es de alguna manera egoísmo. 

Con esta última reflexión todos nos quedamos boquiabiertos. No por nada al coraje le había puesto nombre de mujer, se llamaba Rocío. intenté balbucear unas palabras como queriendo animar el debate nuevamente, pero fue inútil. 

El haber personificado estas hermosas cualidades que creía tener me había hecho recordar todo lo bueno que uno tiene, pero haberles dado voz me hizo también ver la otra cara de la moneda. El resultado era asombroso. Con mi ejército de buenas cualidades listo para la guerra, lo que quedaba era plantear una estrategia para empujar fuera esos defectos que parecían a veces ganar en número, y que asestaban siempre un solo golpe, pero era mortal. La sonrisa, que era también una de mis hermosas cualidades, cuando se dejaba ver, esbozó una estrategia, De ahora en más, lo que yo haría en tu lugar es cambiar cada insulto recibido por una sonrisa regalada, cada fracaso por más sonrisas y así acabaras contagiándote a ti mismo de optimismo. La guerra apenas había comenzado. El pesimismo se hizo presente, apareció con contundencia para afirmar, Tú no sirves para eso, a quién quieres convencer con una falsa sonrisa, quizá a los demás, pero nunca a ti mismo, olvida ya, sé más realista. Ese último golpe tuvo un efecto devastador en mí, y miré a los otros como esperando una ayuda, que me dieran letra. Entonces el optimismo, junto con la verdad, se unieron y contra atacaron, Tú calla, no sabes nada, basta mirar atrás y ver todo el camino recorrido, los logros obtenidos, la experiencia, la familia, los amigos, los obstáculos derribados y las experiencias vividas, para poder tener optimismo y seguir mirando hacia delante. Así se habla, me dije para mis adentros. Sonreí felizmente y me sentí orgulloso de mis muchachos, pero vino detrás un personaje indeseable.
A dónde crees que vas tú solo, sin nadie más que tu puta sombra siguiéndote detrás, y sólo porque no le queda más remedio, que sino se desprendería también de ti. Dijo la soledad, con ese tono chabacano, con todo ese aire frío, pero con absoluta sinceridad. Y siguió, Vas a decirme también que eres feliz andando solo por el mundo, sin una mujer que te consuele, sin esa compañera de ruta que no te diga qué hacer, pero que siga tus pasos o tú los de ella, y  dejen juntos una huella más firme por donde pasan, o me dirás que disfrutas tus días de soltero cuando en realidad te mueres por dentro, y cambiarías todo tu éxito profesional por una compañía. No esboces ni una palabra, esto está escrito y ya todo se ha dicho, tú serás por siempre un boludo muy triste que da muy buenos consejos, tú además eres alguien en quien algunos encuentran paz y otros un oráculo, y beben de ti lo que sirve para dejarte luego tirado, porque nadie quiere escuchar tu estupidez una y otra vez, ni si quiera tu mismo. 

Se hizo un silencio atroz, mi cara era la de un niño a punto de romper en llanto. Mi ejército de cualidades era ahora un ejército de dudas. Mi ser era todo un gran defecto. Mis intentos por encontrar una manera de equilibrar la balanza, haciendo que todo lo bueno tenga siempre más peso que lo malo, no habían funcionado. Me envolvía una sensación de abandono y sin argumentos con los cuales replicar semejante argumentación por parte de un ser tan bipolar como lo es la soledad. Alguien que sin duda es necesario en ciertas dosis, y que conviene tenerlo de aliado y no de enemigo. Estaría muy bien poder aprender a convivir con ella, pero es alguien que pretende siempre apoderarse de todo tu ser. 

Sentí que todo se oscureció y mi cuerpo se sacudió, rebotando a ambos lados. Me sujeté fuerte de los pasa manos y espabilé. El conductor había hecho una maniobra de las muchas que sucedían a lo largo de ese viaje, pero al estar ya derrotado mentalmente, pues al primer golpe volví en si. No pude continuar mi fábula y darle el final que yo quería. 

El recorrido terminó y al bajar del bus sentía que me había faltado algo, o alguien. Luego de caminar unas calles me di cuenta qué era. En esta fábula, afortunadamente, hubo alguien que no se hizo presente. O sí, pero nadie supo traerlo a cuento. Desde las sombras había comandado todo esto como el gran estratega. Puedo imaginarlo agazapado asestando golpes y escondiéndose nuevamente. Me pregunto qué hubiera pasado en caso de haberle puesto también un nombre, darle voz y darle voto, y combatirlo como a los otros. Quizá hubiera encontrado una alianza posible, se me ocurre a la primera una dosis de valentía, verdad y sonrisa. O tal vez más contundente una dosis de valentía, amor y bondad. No lo sé, lo que sí está claro es que este oso de color oscuro, cara triste pero con ojos desafiantes y unos encantos de adorar, es el mismísimo miedo. Que fíjate si será sabio, que supo permanecer oculto, incluso para mi imaginación, y cuando supe recordarlo ya era tarde. Le bastaron dos contra ataques mortales para sacarme de mis intentos por vencer al gran jefe. Ese dueño de muchos de los otros defectos; un comandante de infortunios. 

Pues hay que tener cuidado, porque esta es la más popular de las desventajas o debilidades que un hombre puede poseer, para convertirse luego, en su propio enemigo.

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jueves, 2 de enero de 2014

Desplante al orgullo





El olor a desplante era tan pero tan fuerte, que acabó vomitando cordura y tragando orgullo. Se le hizo indulto la cobardía y el afán por ser discreto dio justo en su paladar; era el tiro de gracia.

domingo, 12 de mayo de 2013

Encerrado en la conciencia



Llegó del trabajo como todos los días a la misma hora, pero a diferencia de los días anteriores, este se lo percibía molesto. Tenía un fastidio incesante, una amargura estúpida, injustificada. No quiso pensarlo en voz alta, pero era también un inconformismo irracional. Al entrar atinó a patear la puerta, pero al menos pudo razonar que de todos modos no iba a lograr abrirla. Dejó las cosas tiradas por el living, se fue a la cocina, luego al baño, se asomó al patio, entró de nuevo en la casa y ahora se quedó en la cocina tomando algo. Mira fijo a la ventana, y se amada pensativo, parece que va a estallar en un ataque de ira. Inhala y exhala fuertemente, como despojándose de todo el mal humor, pero como no ha llegado a ninguna conclusión, se vuelve al living y se pone a reposar en el sofá mirando el techo. De a poco se le fue relajando el cuerpo, alcanzo el sueño y quedando despatarrado entre almohadones. Su cabeza sigue deslumbrando hipótesis, buscando razones para tanto fastidio pero luego de unos minutos también se llama a silencio y se deja adentrar en el ensueño.
Lleva un buen rato dormido. Parece que no sueña nada, está tieso, pero en el rostro muestra preocupación. Se le mueven los párpados levemente, es como si parpadeara. 

La noche ya lo tiene todo cubierto mientras que él apenas lo percibe, reposa todavía allí pero medio enroscado, casi en posición fetal. Justo detrás de su cabeza está la puerta que lo lleva a la habitación; está cerrada tal cual la dejo antes de irse esta mañana. Hay un ruido que no cesa y no sabe de dónde viene, lo despierta poco a poco hasta comprobar que no era un sueño, ese ruido estaba dentro de la casa. Se sentó en el sofá sin entender absolutamente nada, estaba tratando de enfocar y entender dónde estaba. En el living la oscuridad era total, solo entraba el reflejo de la luna así que ni bien pudo reponerse un poco encendió la luz y recorrió parte de la casa, igual que cuando llegó esta tarde, primero el baño, luego el patio y terminó en la cocina bebiendo algo. 
El ruido seguía allí, venía de algún sitio dentro de la casa y solo quedaba mirar la habitación, pero no quiso ir. Se quedó vacilando un rato más y ya era claro que lo que podía percibirse era un llanto. Juntó coraje, y convencido de que nada había por allí, se acerco a la habitación. Miró fijo la puerta e intentó rápidamente abrirla, pero esta no se abrió, y el llanto se hizo eco más fuerte. Volvió a intentarlo con una expresión de sorpresa en su rostro, pero esta no se abrió nuevamente, estaba trabada desde adentro. Una vez más el eco del llanto retumbó entre las paredes de la habitación. 
Empezó a sudar, las manos estaban empapadas de transpiración, su corazón golpeaba en su pecho queriendo salir urgentemente de allí, pero ambos se quedaron en el lugar, él temblaba como una hoja. 
En un acto de desesperación miró por la cerradura y cuando pudo hacer foco se apartó de la puerta espantado. Rompió en llanto y se refugió debajo de la mesa como un niño, se tiraba del pelo y pellizcaba sus brazos para ver si se trataba de un sueño, confirmando que todo parecía estar sucediendo ahí y ahora. 
Recuperado del primer susto se acerco de nuevo a la puerta y observó por la cerradura tragando saliva lentamente; o lo que le quedaba en la boca que estaba seca y repleta de adrenalina. Hizo foco con un ojo y luego con el otro, porque no quería convencerse de lo que veía, era perturbador y si se trataba de un sueño mejor sería relajarse y esperar a despertar. La luz de la habitación estaba encendida, el cuarto absolutamente vacío y en uno de los rincones, de frente a la puerta, había un hombre que lo miraba fijo con ojos llorosos y la mirada perdida. Giraba la cabeza hacia la derecha, luego a la izquierda pero no le sacaba la mirada de encima. Estaba agazapado en un rincón, indefenso, abrazando sus piernas flexionadas, con ambos brazos. 
Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido fuera de un sueño, pero cada vez que intentaba comprobarlo todo a su alrededor era real. Dio varios golpes a la puerta intentando que le abran, volvía a mirar por la cerradura pero ese hombre estaba inmóvil. Luego empezó a gritar y del otro lado el llanto se hizo más y más fuerte también. Lo que estaba allí dentro era exactamente igual a él, un clon, su propio reflejo, y al darse cuenta del ruido que estaban haciendo quiso calmarse y también al otro detrás de la puerta. Si algún vecino llamaba a la policía lo que encontrarían sería difícil de explicar, así que hizo intentos inútiles por hablarle y calmarlo. De repente, el hombre dentro de la habitación se puso de pie y comenzó a caminar de una pared hacia la otra, sus manos en posición de rezo y la cabeza haciendo un movimiento de negación constantemente. Estaba completamente desnudo y tenía un aspecto bastante desmejorado, iba acelerando el paso y la histeria, pero al menos ahora sonreía entre lágrimas. De tanto en tanto se volteaba y lo miraba, le sonreía forzosamente, con cara de pena y ojos derramados. 

Se acercó entonces hasta la puerta y lo perdió de vista, solo lo sentía respirar, estaba cerca. Se escuchaba un ruido como si estuviera revolviendo un bolso y sacando cosas, y al cabo de unos minutos apareció caminando de nuevo hacia el frente, donde podía verlo. La sorpresa no fue grata y la histeria volvió a adueñarse de la situación, el hombre frente a él tenía un arma y apuntaba justo a su cien, gritos y llantos nuevamente empezaron a emerger. Golpeaba la puerta como loco, desesperado y le pedía que no lo hiciera, pero el otro hombre lo miraba fijamente y sonreía temblando. 
Luego de un buen rato de sufrir y gritar, su doble bajó el arma y se acercó a la puerta, de nuevo lo perdió de vista. Escuchó que arrancaba una hoja y se la pasó por debajo de la puerta, en la misma se podía leer <<Nos veremos en el pasado, ahí donde el presente nos parecía mejor y el futuro nos quedaba más a mano; o al menos tú te permitías soñarlo>>. Revoleó el papel a un costado y entre golpes y gritos le pidió que no lo hiciera, pero era inútil, el arma estaba ya en su boca y se veían los músculos tensarse en cada intento de disparo. Era realmente desesperante la idea de verse a si mismo morir tan tristemente, ejecutado por sus propias manos, yaciendo en el suelo su propio cuerpo, pero que no era realmente él. Y además ¿Qué diría cuando vinieran a sacarlos de ahí?, ¿Cómo iba a explicar que aún no sabia nada acerca de ese hombre?.
Se dejó caer al suelo y ya sin chances se subió al sofá, resignado a su destino; el de dentro de la habitación y el de aquí fuera. 
La luz de la luna le daba en el rostro, una brisa tibia entraba por algún sitio, pero lejos de mantener la calma, estos dos corazones gemelos se gritaban como locos, latido a latido y cada vez más fuerte. Cerró fuerte los ojos esperando el disparo, parecía que estaba al caer, pero antes otra nota se dejó entrever por debajo de la puerta y al recogerla decía <<No es preciso mantener en silencio tus dudas, temiendo que un viento fuerte las sacuda y acaben convirtiéndose en miedos, para que después cuando ya grandes e imponentes te empujen al fracaso. Tampoco se trata solo de ser visto, sino de ser descubierto. Yo a ti te descubrí y en tus esfuerzos por solo haberme visto se van endiosando tus dudas, que más que dudas son certezas y que al verse ignoradas todavía menos tienden a desaparecer>>.
Volvió al sofá y se recostó, todavía más resignado, quiso volver a la puerta e intentarlo, pero no tenía más resto, estaba desahuciado. Respiró hondo y dejó caer sus brazos, los ojos los mantuvo cerrados y tratando de pensar en otra cosa, mientras las lágrimas de confusión iban cayendo una a una por su mejilla, pasando por su garganta y perdiéndose antes de llegar al pecho. Allí se quedó inmóvil y la casa estaba en calma, no había ruidos, no se oían llantos ni nada, solo quedaba esperar el tiro de gracia, solo esperar. 
Los minutos fueron pasando y entre tanta calma se fue quedando dormido. Afortunadamente el sueño se hizo profundo, y otra vez yacía en el sofá desmayado. Ahora tampoco parecía estar soñando, solo dormía y sus párpados le temblaban un poco. Se le habían pegado las pestañas con las lágrimas secas, pero eso no lo perturbaba para nada. La brisa que entraba en la casa se hizo cada vez más intensa, la corriente de aire le volaba el flequillo, pero tampoco lo incomodaba, a pesar de que estaba un poco fresco y ya debía ser la medianoche. 

Lleva dormido unas horas, quizás dos o tres, y todo sigue igual, en calma, hasta que un fuerte estruendo lo despierta. Saltó del sofá confundido otra vez, desesperado recorrió la casa nuevamente, el mismo trayecto, los mismo sitios. Cuando recuperó la calma se dio cuenta que la puerta del patio trasero estaba abierta de par en par, la ventana del living también, lo mismo la puerta de la calle, el televisor encendido y emitiendo solo llovizna. Pudo percibir la correntada y el frío que ya empezaba a molestarle, pero todavía faltaba entrar en la habitación. Se acercó y parado frente a la puerta puso cara de sorpresa, frunciendo el ceño, buscando una explicación, pero que tampoco hacía falta. Dejó esbozar una sonrisa nerviosa y se acercó un poco más a la puerta, faltaba comprobar ahora si era posible abrirla. Sujetó fuerte el picaporte, lo deslizó hacia abajo suavemente y como quien lo hace a la cuenta de tres, empujó de golpe hacia adelante, con todo el peso de su cuerpo, entonces la puerta se abrió y por el envión que llevaba fue a parar sobre la cama. 
Hizo una inspección ocular muy rápida y todo estaba en su lugar, tal cual lo había dejado antes de irse a trabajar el día anterior, de nuevo se le escapó una sonrisa cómplice, luego el llanto y  una carcajada insólita después, que dejó escapar varias veces. Se levantó, cerró todas las ventanas y puertas, apagó el televisor que ya molestaba y decidió darse una ducha antes de dormir definitivamente. Afortunadamente había omitido un detalle, ninguna de las puertas, excepto la de la calle y el patio, tenían cerradura, tan solo un picaporte. El alma le volvió al cuerpo. 

Terminó de ducharse, luego se metió en la habitación y al entrar, sobre la cama, encontró dos papeles en los que nada podía leerse, la tinta estaba corrida como si hubieran salpicado la hoja con agua. Buscó en la mesa de luz algo para escribir y decidió recordar las frases, entonces en cada uno de ellos volvió a escribirlas, tal cual las recordaba; todavía le hacían eco en la cabeza. 

Por la mañana se despertó tarde y con prisa, pero no olvidó manotear ligeramente las notas. Quiso leerlas antes de salir, pero al desenvolverlas otra vez lo mismo, era imposible su lectura, ya no había texto sobre el papel, solo manchas. Al parecer  esas frases solo perduraban en su inconsciente.  

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G.L.R
Madrid - 03/06/2012