Buscar por categoria

Mostrando entradas con la etiqueta el tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el tiempo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de septiembre de 2015

El Instante

- Mami, ¿Qué es un “instante”?

- Algo así como un momento.

- Y si son lo mismo, ¿Porqué existen los dos?

- Bueno, digamos que un instante dura sólo un momento. Un día, por ejemplo, es una sucesión de momentos.

- ¿Y los hay buenos y malos?

- Pues sí, como todo hijo, como todo.

- Cuando tú dices que tienes un mal día, ¿Es porque has tenido malos momentos?

- Claro, aunque a veces sólo basta con uno solo.

- Pero el día es mucho más largo que un momento, y después del malo puede venir otro bueno y así. ¿Porqué es que al final se te arruina el día?

- Pues por eso mismo, por vivir en el momento y no en el día.

- No entiendo.

- Ni yo hijo, ni yo lo entiendo.

domingo, 22 de marzo de 2015

El custodio de la miseria

Por el año 2001, Buenos Aires olía muy mal, todo era desgano y desesperanza, como en el resto de Argentina. Victor era por entonces un hombre conocido en el conurbano bonaerense, más precisamente en la ciudad de San Miguel. Vivía en una esquina, donde construyó una casa humilde, pero al menos de material. Detalle no menor en un barrio donde muchas eran sólo de chapas y retazos de madera o lo que pudiera servir para conformar una estructura lo más parecida posible a un hogar. La casa de Victor está muy bien ubicada, el frente da a una de las avenidas principales, de doble mano. Uno de los lados de la casa da a una calle de tierra que se adentra en uno de los barrios más olvidados, no hay salida, tanto si se sube o se baja por esa calle, sólo se ve pobreza y resignación. 

Natalia es una de las dos hijas que tiene Victor. Las hermanas son gemelas y la segunda se llama Romina, quien pasa gran parte de sus días en una silla, sentada. Patricia, su mujer, lleva la casa adelante como corresponde, es decir, está detrás de todos para que nadie se quede quieto y todos colaboren con los quehaceres del hogar. Natalia odia este ritmo al que es sometida, sobre todo porque siempre le toca extraer agua en diferentes cubos, desde la bomba que está en el patio. Primero uno para la cocina y se le agregaban unas gotas de lejía, ya que por esos días el cólera acechaba todavía estas tierras, y el agua era de pozo. Otro cubo iba a parar al baño, que se usaba para el inodoro, y otro más para llenar la ducha, ya que era un viejo sistema eléctrico que cargaba unos cinco litros, luego se enchufaba y se lo dejaba calentar por una media hora y había un pequeño grifo para ir dosificando el agua, pues si se la dejaba correr no llegabas ni a enjabonarte. Si era verano, por las tardes se usaba otro cubo para salpicar un poco el patio, pues era de tierra y con el calor y el polvo se hacía insufrible. Era una tarea muy precisa, no había que mojar y hacer barro, sino salpicar bastante para que la tierra estuviera un poco más firme; yo he tenido que hacerlo y he inundado varias veces el patio, llevándome unos cachetazos de Victor en la nuca. La vida aquí se hacía dura.

Este hombre serio que es Victor, y que ahora viste siempre de entre casa, ha sabido llevar un uniforme azul, accesorios para golpear o incluso dar muerte, a todo aquel que se resistiera a la autoridad, además de un sombrero bastante particular, pues es un policía retirado de la federal. Este tipo de policía tiene su jurisdicción en todo el país, pero patrullan la capital federal, lugar al que viajaba casi todos los días en tren. La casa de los Fernandez, así se apellida Victor, obtenía favores y cierto cuidado de la policía bonaerense, pues más de una vez Victor ha colaborado con ellos en algún atraco o persecución por el barrio. Y más de una vez le han baleado la casa por la noche para darle un buen susto y para que dejara de meterse donde no lo llamaban. 

Para ganarse la vida, pues la jubilación de Victor no alcanzaba, habían montado una compra y venta de todo tipo de cosas usadas, muebles, maderas, ventanas, puertas, y todo lo que pudiera ser comercializado. Pero además Victor había empezado a codearse con el intendente del partido político de turno en esa parte del conurbano. Básicamente oficiando de custodio para ciertos eventos de campaña o lugares estratégicos que eran debidamente cuidados. Uno de estos sitios fue una clínica privada, que a día de hoy no se sabe qué intereses tenía allí el intendente de turno, pero le tocaba algunos días por la mañana presentarse a Victor y cuidar la zona de administración, por orden directa del intendente. Aparentemente se manejaba allí mucho dinero, y en efectivo. Para él era rutina, una cosa muy relajada y menos expuesto que otro tipo de custodias a las que estaba acostumbrado, esas que eran en la calle a la intemperie, de pie más de seis horas y en lugares realmente difíciles. 

Era invierno, mes de Junio, pero no podría precisar el día, pues el suceso lo he enterrado lo suficiente como para no saber detalles. Victor se levantó cerca de las siete de la mañana y a las ocho y media se presentó en la clínica, como cada día, pero hoy requería más atención, era principio de mes y había pago a proveedores, por lo tanto se movía mucha gente y dinero durante la mañana. Victor vestía muy casual, pues la idea era que pareciera un cliente más de la clínica, mientras él observaba todo sin ser sospechado. Acostumbraba a llevar una pistola nueve milímetros, que es la reglamentaria de la policía, y nada más, no reforzaba con ninguna otra en ningún otro sitio, y ésta única la llevaba en la cintura. Alrededor de las once de la mañana Victor se alejó un momento de la administración y bajó un piso para tomarse un café, era lo habitual. Allí estuvo unos minutos hasta que vio gente bajar por las escaleras un tanto desesperados, a los gritos. Buscó en el montón a alguno de los empleados y pudo alcanzar a Irene:

- ¿Qué pasa Irene?

- Acaban de entrar dos tipos armados, con escopetas, fueron directo a la administración y agarraron a José, el tesorero.

- Quedate acá que voy a subir, ¿Llamaron a la policía?

- ¡No Victor! olvidate, no subas que no tenés nada que hacer ahí, vamos todos afuera y esperemos a la policía. - No terminó de decir esto Irene cuando sonó un disparo.

- Llevate la gente de acá urgente.- Le dijo Victor mientras se iba hacia la escalera con el arma empuñada en la mano derecha.

Subió lentamente, agazapado, y logró llegar al piso. Una vez allí se acercó a la recepción y se refugió, podía escuchar los gritos de los ladrones, pero no había violencia, sólo discutían. José hablaba apurado:

- ¡Apuren muchachos!, ¿Hablaron con el jefe? - 

- Sí, sí, olvidate, está todo arreglado, la zona está liberada. - Repetían los dos cacos casi al unísono. Luego uno de ellos se puso nervioso cuando calculó a ojo el dinero. - ¡Nos están acostando, esto no es lo que arreglamos, acá hay menos plata, esto no llega ni al millón de pesos.

- ¡Llevate lo que hay que después arreglamos!, salgo yo primero y digo que estaba escondido. - Replicó José mientras salía por el pasillo que lo llevaba hasta la recepción y la zona de ascensores.

Allí se encontró con Victor que le hizo una señal de silencio, pero José se puso pálido y de la desesperación al ser descubierto, lo delató:

- ¡Vamos para afuera, llegó la policía! - Gritó José bien fuerte para espantar a los cacos.

Victor se puso de pie y corrió con el arma en posición de tiro por el pasillo que lo llevaba a las oficinas, ni bien vio que se asomaba uno de los cacos disparó varias veces para intimidarlos y cuando se acercó a la puerta uno de ellos le disparó justo en el pecho. El arma era una Itaca, una escopeta de mucho calibre que destruye todo lo que tenga delante, y a tan corta distancia mucho más. Victor cayó al suelo como un saco y sangraba de todos lados, pues lo había perforado de lado a lado; la muerte fue instantánea. 

Victor era mi tío, hermano de mi madre. La noticia nos llegó unas horas después de lo sucedido, a través de Patricia, que estaba acongojada, pero no sorprendida. La mujer de un hombre de la fuerza sabe que esto puede suceder algún día. Afortunadamente todo quedó filmado. <>, le dijo Patricia a mi madre por teléfono y ésta estalló en llanto.

- ¿Y las nenas cómo están? - Preguntaba desesperada mi madre.

- Nati está entera, hasta se está encargando de todos los trámites, es de fierro. Romi pregunta por el papá, pero está tranquila. Habrá que avisarle a la vieja, ¡Pobre!.

- Sí, yo me encargo de mamá, consigo un auto y se lo digo en persona, está en Castelar. - Respondió mi madre acongojada, pero más calmada.

No quise ir a su funeral, pues no soportaba la situación, así es que me quedé con mi hija recién nacida, en casa. Desde que pasó todo esto no volví a saber más nada de ellos, pues perdimos el contacto y no era fácil localizar a mi tía y a mis primas; los echo de menos. Extraño mucho a Romina, con quien siempre tuvimos mucha conexión, a pesar de que ella prácticamente no hablaba, sólo balbuceaba o gritaba o hacía señas, tampoco caminaba, padecía un maldito síndrome de down que la obligaba a estar siempre sentada, en aparente calma, en supuesta compañía de todos nosotros. 

Jamás se hizo justicia, más nunca se sabrá la verdad. Fue una pelea entre bandos políticos y mi tío un tonto que pecó de héroe donde menos le convenía.

sábado, 9 de agosto de 2014

La marea verde

Me ha sucedido siempre, y esta vez se ha repetido. Largas caminatas por la noche, perdido entre la gente y las calles mojadas. Mi sombra oculta por momentos, como escapando de todos; también de mi. Aún así disfruto en soledad de todo lo que me rodea. Nadie podría jamás quitarme este tesoro que son mis ojos y más preciada aún es la forma con que miro y analizo todo a mi alrededor. Todo está ahí, en la noche, justo cuando muchos perdemos las inhibiciones y dejamos al desnudo todo lo que durante el día permanece oculto, destruyéndonos por dentro, pidiendo salir. 

Me freno en un cruce de calles y observo, hay una niña vestida con minifalda y tacones que llora desconsolada sentada en un umbral, sujetando con fuerza un vaso de plástico que parece sólo tener hielo. No voy a consolarla, tendrá que aprender sola a no creer en todo lo que ve, en todo lo que otros dicen. Pero justo en frente hay un joven, borracho, también sentado casi en el suelo, fastidioso y maldiciendo algo o alguien, su vaso está roto mientras él insiste en beber lo que aún queda. No derrama ni una lágrima, aunque que quisiera, pues sus gestos lo delatan. Tampoco voy a tenderle una mano, ya despertará mañana queriendo arrepentirse, si es que cabe. 

Sigo mi camino, que no está claro, pero no detengo mi marcha. Otra vez entre callejuelas y sombras, entre mujeres y hombres por el suelo, entre llantos y gritos de alegría, y de repente me encuentro yo en un sitio en el que merece la pena frenar, detenerme. Debería decir que vi luz y entré, pero no, no fue ese el caso. Al pasar por la puerta la luz fue lo de menos, pero el brillo lo fue todo. Un par de ojos verdes mirando hacia mi, invitaban a entrar, he hipnotizado me dejé llevar. Luego la sonrisa me invitó a permanecer adentro y no salir de allí a ninguna parte. Aún sin ganas de beber, bebía y mi cabeza viajaba de lado a lado en la barra con el ir y venir de esos ojos verdes; un poco tristes parecían a decir verdad. Por momentos me sentía estúpido, solo en la barra de un bar mirando de manera obsesiva a esa niña que iba y que venía, pero que también me sonreía. Más estúpido aún me vi, cuando ya pasadas dos horas no había hecho más que beber y observar, que sonreír y gesticular, siempre a la misma persona, ¿Y sabes qué? No le dije palabra alguna. 

En esas dos horas creé en mi cabeza mil conversaciones, donde ella muy interesada preguntaba todo de mi. Yo me veía animado y ella que se mostraba tan atrapada, pues me hacía sentir interesante. En esas charlas la esperé hasta que cerrara el bar, y ya fuera la tomé de la cintura y la besé; ella no se resistió.
Nos perdimos juntos en la noche, entre las sombras y los duendes, las farolas sin luz y las personas sin vida. Corrimos y saltamos por encima de todo lo que se nos cruzó en nuestro camino. Llegamos al parque y rodamos por el pasto como animales, abrazados el uno con el otro, bien fuerte, como sujetando y conteniendo todas nuestras miserias. El viento soplaba fuerte y unas nubes amenazaban con aguar la fiesta, pero allí nos quedamos, desafiando la naturaleza. Y así el aguacero se desplomó sobre nosotros, embarrándonos de amor y locura; permanecimos inmóviles.

Pero la realidad era otra, seguía allí sentado en la barra del bar, había volcado mi cerveza sobre la barra y me mojé todos los pantalones ¡Vaya papelón!. La volví a buscar con la mirada, y ella sonrió, yo también lo hice, pero no intercambiamos palabra alguna. Me sequé como pude y el dueño del bar me invitó a salir, estaban cerrando. Fue aquella la vez que más caro pagué por una fantasía que nunca sucedió más que en mi cabeza. Sencillamente podría haber fabulado en el sofa de mi casa, o en la ducha, o un mero sueño al dormir, pero no, siempre me faltaría ese par de ojos verdes que dieran la motivación a soñar, a no dormir. Son esos ojos y esos labios una condena sin objeción ni quejas, son también un error que algún día quisiera cometer. Me pregunto cuánto falta para hacerte realidad, si ya te he besado y desnudado con la mirada, y tu que no eres tonta, pues te has dejado y en más de una oportunidad. Ya no quiero que hablen nuestras miradas, ya no quiero que me acaricie sólo la brisa que dejas cuando pasas junto a mi en la barra del bar, quiero sencillamente hacer lo que imagino para mis adentros, transformarlo en hechos. Pero no puedo, o tal vez no quiero. Ya no quiero preguntarme cómo será esa voz que escondes tras tus labios, aunque yo la imagine dulce y tierna.

Ayer volví a repetir todo este ritual enfermo de conquista barata, pero tuvimos un avance. Nos hemos mirado ni bien he entrado en el bar y sus ojos brillaban más que de costumbre. Ella me saludó con alegría, me preguntó cómo estaba y por fin, después de tanto imaginarla, escuché su preciada voz; amable y complaciente. Estuve en la barra como de costumbre y bebí sin derramar una sola gota, pues ya no tuve esa necesidad de fabular como antes. Intercambiamos algunas palabras, me dejó entrever algunos detalles de su vida, pero a diferencia de las otras veces me retiré temprano y en partes satisfecho. No sé exactamente porqué, pero la histeria se había calmado. 

Ella sigue allí con su belleza intacta, y yo frecuento el sitio cada vez que puedo. Nos alegramos mutuamente de vernos y no escatimamos en sonrisas, como queriendo demostrarnos que el placer es mutuo. Seguiremos avanzando en esto que es una suerte de relación. Quizá terminaremos siendo amigos, o tal vez seguiré siendo un cliente más, pero en el fondo, debo confesar que me desespera saberlo cuanto antes. Sobre todo antes de que me decida a dejar de intentarlo y empezar a olvidarte, como otro de mis fracasos.


G.L.R
09-08-2014 - Barcelona - España

martes, 24 de junio de 2014

Dubicidio en el mar

Ayer sufrí en carne propia la expresión "Un mar de dudas". Porque yo era la duda, y estaba en el mar. Porque ella dudaba y también nadaba en el mismo mar. Ayer no pudimos encontrar una explicación racional a tanta pasión, seguramente porque eso no se explica, sino más bien se aplica. Cada beso salado y mojado era como un tequila, bien fuerte, pero sin embriagarnos. También ayer aprendí a flotar sin piernas ni brazos, porque cada beso, al cerrar los ojos, me hacía perder la percepción de la gravedad. 

Déjame que te diga que en cada sonrisa nerviosa, tus manos parecían temblar, pero aún así no me soltabas, y entre la ira y la duda me volvías a romper la boca de un beso. Pero me echabas y me sacabas, creyendo que era mejor retroceder. Si te hubieras visto los ojos vidriosos y la expresión de placer en tus labios, ¿Qué locura queríamos cometer?, ¿A caso hubo pecado?. Te voy a decir una cosa más, que sólo yo siento y pienso, cuando dos almas que son libres, chocan y se saludan, pues no habrá dios que les haga entender que su pasión es un delito, o que tocarse es un pecado, y mejor ni hablar del deseo. Esas voces que no son nuestras, siguen su diálogo a la distancia, sobre todo cuando dormimos. Nos susurran, nos provocan, nos miman en sueños eróticos o nos van dando flashes de todo lo que no quisimos ser. 

Ok, ahora bajemos y pongamos los pies sobre la tierra, digámoslo, no fuimos un plan perfecto. La histeria nos acabo ganando. Lo entendí tarde y de madrugada, casi cuando todo había empezado. Me di cuenta que la luna ya se iba, el sol se nos aparecía, mientras tu y yo no sabíamos qué hacer con tantas dudas. Divertido sí que lo fue, pero sigo pensando que de tanto nadar en ese mar de dudas, nos podríamos haber ahogado, todavía hoy, cuando todo ya ha pasado. 

Se suele decir que de la duda no se vuelve. Si te lanzan una bola, o bateas o la dejas pasar. Si un auto viene de frente y tu conduces, o lo esquivas o te estrellas, pero siempre, siempre, se toma una decisión u otra. ¿Sabes qué?, hemos desafiado a la ciencia, porque este “dubicidio” que hemos cometido, sí que tiene retorno, segundas oportunidades, o quizá más de dos. Por lo pronto, y ya para cerrar, voy a dejar que esos astros que ayer se me rieron en la cara, cuando yo subía y volaba de constelación en constelación, pues pongan las cosas en su lugar y traigan a nosotros nuevas oportunidades. Pero eso sí, esta vez sin dudas, sin “dubicidios”. Que sea lo que tenga que ser, pero sobre todas las cosas, que haya pasión y malas intenciones.


Ahora que estoy terminando, tengo mis serias dudas de si algo de lo que he contado más arriba ha existido realmente. Es lo que tienen los baños de luna en el mar. Te sumerges y te iluminas pero nunca sabes si al sacar la cabeza del agua, estarás en el mismo sitio, a la misma hora y con la misma gente. Yo por mi parte he amanecido despierto, y eso para mi, es un claro signo de desorientación y barbarie. Sobre todo porque inevitablemente, terminé solo y dormido en mi cama.

jueves, 2 de enero de 2014

Desplante al orgullo





El olor a desplante era tan pero tan fuerte, que acabó vomitando cordura y tragando orgullo. Se le hizo indulto la cobardía y el afán por ser discreto dio justo en su paladar; era el tiro de gracia.

domingo, 7 de julio de 2013

El loco y sus estrellas


Se siente fuera de sí, la Fe no lo convence, no sueña con nada, no analiza el ayer ni ve las sombras de un mañana; el hoy es ese bastardo que cuenta todavía menos. Salió corriendo al parque para tumbarse sobre el pasto al caer la tarde, ya con la última resolana, y entonces se encontró con una lluvia inesperada que lejos de negarla decidió quedarse allí tirado, tieso y encogiendo todo su cuerpo. Ahí se quedó sin esperar a nada ni nadie. Tiene los ojos cerrados, pues no quiere ni mirar cómo ni dónde está, sólo perderse en algún pensamiento que no lo frustre. Se empieza a ir, se aleja con el pensamiento que lo lleva hasta donde más le gustaría estar, allí está el mar tibio y la playa desierta para que pueda correr de punta a punta. Se revuelca por la arena y sonríe a carcajadas, se divierte, se deja arrastrar por la marea y vuelve así otra vez a tierra firme. No sabe si el tiempo que pierde lo mal gasta o simplemente no hay tiempo, la risa es intemporal pero no así la juventud. 

Ahora está de pie. Pasa su lengua por los labios para quitar la sal y la arena. Mira fijo el mar que lo tiene justo delante suyo, se frota las manos, sacude los pies mientras sonríe vagamente. Sale de repente corriendo enfurecido derecho al agua y con todas sus fuerzas se adentra y no se detiene, las olas no lo frenan y ha llegado lejos gracias a la marea baja, hasta que cae y desaparece de la superficie, se ve su mano girando en círculos, ese remolino lo ha tragado y se lo lleva hacia el fondo. Seguramente esté gritando, pidiendo ayuda desesperado, pero los pájaros vuelan rasante y lo miran sin importarles en  absoluto, los peces se alejan en cardumen porque ninguno quiere pasar por allí. Y sigue cayendo, ahora la caída es libre, a toda velocidad. Él abre los ojos, como así también comienza a pensar en el ayer, rememorando algunas cosas que había querido olvidar, el hoy también lo trajo a cuento, y era todavía más bastardo, el mañana en cambio ya era un deseo, un anhelo de poder moldearlo. El futuro supo ahora ganar terreno, pero sigue cayendo cada vez más rápido y no se ve el suelo, sólo luces y un bullicio que no para, al principio era lejano pero ahora es ensordecedor. Ve más y más luces, más y más bullicio, cierra nuevamente los ojos con todas sus fuerzas, pues el impacto era inminente, sintió una explosión en sus oídos y una fuerte luz que lo cegaba, aún con los ojos sellados por la fuerza y el miedo. La caída libre lo despojó de todo, ya ni ropa tenía puesta.

El primer golpe del impacto fue detrás de su cabeza, justo en la nuca, y rebotó por la espalda hasta la cintura y las piernas que lo sacudieron como un muñeco de trapo. Siente un fuerte ardor en los brazos y las piernas están inmóviles, mientras trata de moverse desesperadamente; no hay caso, los ojos están sellados, apenas entra luz y de la boca cae su baba en intentos de balbucear insultos que quedan en gemidos sin llanto. El presente es el villano, lo es hoy tanto como lo fue ayer y lo será mañana, porque en esa camilla lo tiene sujeto, cual loco envenenado que maniatado intenta escapar, preso de su elocuencia. Otra vez está ahí y no puede soltarse, otra vez se volvió loco por algo que es su derrota más larga, la inseguridad en si mismo. Volverá a salir si a caso, cuando este rato a la sombra lo devuelva de nuevo a su cordura, que no es tal cosa ni hay que exagerarla, pero le sirve para perderse en el montón, entre las gentes de este mundo, que si bien lo habita, no le suena para nada familiar.

El loco no mira atrás ni mira adelante, mira siempre hacia arriba, porque anhela las estrellas y se pregunta quién es ese que desinteresadamente los ilumina sin descanso, mientras que aquí debajo, en tierra firme, los estrellados cerrojan puertas, en cuartos sin luces y camas que devoran sueños.

G.L.R
08-07-2013
Cork, Irlanda





domingo, 12 de mayo de 2013

Encerrado en la conciencia



Llegó del trabajo como todos los días a la misma hora, pero a diferencia de los días anteriores, este se lo percibía molesto. Tenía un fastidio incesante, una amargura estúpida, injustificada. No quiso pensarlo en voz alta, pero era también un inconformismo irracional. Al entrar atinó a patear la puerta, pero al menos pudo razonar que de todos modos no iba a lograr abrirla. Dejó las cosas tiradas por el living, se fue a la cocina, luego al baño, se asomó al patio, entró de nuevo en la casa y ahora se quedó en la cocina tomando algo. Mira fijo a la ventana, y se amada pensativo, parece que va a estallar en un ataque de ira. Inhala y exhala fuertemente, como despojándose de todo el mal humor, pero como no ha llegado a ninguna conclusión, se vuelve al living y se pone a reposar en el sofá mirando el techo. De a poco se le fue relajando el cuerpo, alcanzo el sueño y quedando despatarrado entre almohadones. Su cabeza sigue deslumbrando hipótesis, buscando razones para tanto fastidio pero luego de unos minutos también se llama a silencio y se deja adentrar en el ensueño.
Lleva un buen rato dormido. Parece que no sueña nada, está tieso, pero en el rostro muestra preocupación. Se le mueven los párpados levemente, es como si parpadeara. 

La noche ya lo tiene todo cubierto mientras que él apenas lo percibe, reposa todavía allí pero medio enroscado, casi en posición fetal. Justo detrás de su cabeza está la puerta que lo lleva a la habitación; está cerrada tal cual la dejo antes de irse esta mañana. Hay un ruido que no cesa y no sabe de dónde viene, lo despierta poco a poco hasta comprobar que no era un sueño, ese ruido estaba dentro de la casa. Se sentó en el sofá sin entender absolutamente nada, estaba tratando de enfocar y entender dónde estaba. En el living la oscuridad era total, solo entraba el reflejo de la luna así que ni bien pudo reponerse un poco encendió la luz y recorrió parte de la casa, igual que cuando llegó esta tarde, primero el baño, luego el patio y terminó en la cocina bebiendo algo. 
El ruido seguía allí, venía de algún sitio dentro de la casa y solo quedaba mirar la habitación, pero no quiso ir. Se quedó vacilando un rato más y ya era claro que lo que podía percibirse era un llanto. Juntó coraje, y convencido de que nada había por allí, se acerco a la habitación. Miró fijo la puerta e intentó rápidamente abrirla, pero esta no se abrió, y el llanto se hizo eco más fuerte. Volvió a intentarlo con una expresión de sorpresa en su rostro, pero esta no se abrió nuevamente, estaba trabada desde adentro. Una vez más el eco del llanto retumbó entre las paredes de la habitación. 
Empezó a sudar, las manos estaban empapadas de transpiración, su corazón golpeaba en su pecho queriendo salir urgentemente de allí, pero ambos se quedaron en el lugar, él temblaba como una hoja. 
En un acto de desesperación miró por la cerradura y cuando pudo hacer foco se apartó de la puerta espantado. Rompió en llanto y se refugió debajo de la mesa como un niño, se tiraba del pelo y pellizcaba sus brazos para ver si se trataba de un sueño, confirmando que todo parecía estar sucediendo ahí y ahora. 
Recuperado del primer susto se acerco de nuevo a la puerta y observó por la cerradura tragando saliva lentamente; o lo que le quedaba en la boca que estaba seca y repleta de adrenalina. Hizo foco con un ojo y luego con el otro, porque no quería convencerse de lo que veía, era perturbador y si se trataba de un sueño mejor sería relajarse y esperar a despertar. La luz de la habitación estaba encendida, el cuarto absolutamente vacío y en uno de los rincones, de frente a la puerta, había un hombre que lo miraba fijo con ojos llorosos y la mirada perdida. Giraba la cabeza hacia la derecha, luego a la izquierda pero no le sacaba la mirada de encima. Estaba agazapado en un rincón, indefenso, abrazando sus piernas flexionadas, con ambos brazos. 
Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido fuera de un sueño, pero cada vez que intentaba comprobarlo todo a su alrededor era real. Dio varios golpes a la puerta intentando que le abran, volvía a mirar por la cerradura pero ese hombre estaba inmóvil. Luego empezó a gritar y del otro lado el llanto se hizo más y más fuerte también. Lo que estaba allí dentro era exactamente igual a él, un clon, su propio reflejo, y al darse cuenta del ruido que estaban haciendo quiso calmarse y también al otro detrás de la puerta. Si algún vecino llamaba a la policía lo que encontrarían sería difícil de explicar, así que hizo intentos inútiles por hablarle y calmarlo. De repente, el hombre dentro de la habitación se puso de pie y comenzó a caminar de una pared hacia la otra, sus manos en posición de rezo y la cabeza haciendo un movimiento de negación constantemente. Estaba completamente desnudo y tenía un aspecto bastante desmejorado, iba acelerando el paso y la histeria, pero al menos ahora sonreía entre lágrimas. De tanto en tanto se volteaba y lo miraba, le sonreía forzosamente, con cara de pena y ojos derramados. 

Se acercó entonces hasta la puerta y lo perdió de vista, solo lo sentía respirar, estaba cerca. Se escuchaba un ruido como si estuviera revolviendo un bolso y sacando cosas, y al cabo de unos minutos apareció caminando de nuevo hacia el frente, donde podía verlo. La sorpresa no fue grata y la histeria volvió a adueñarse de la situación, el hombre frente a él tenía un arma y apuntaba justo a su cien, gritos y llantos nuevamente empezaron a emerger. Golpeaba la puerta como loco, desesperado y le pedía que no lo hiciera, pero el otro hombre lo miraba fijamente y sonreía temblando. 
Luego de un buen rato de sufrir y gritar, su doble bajó el arma y se acercó a la puerta, de nuevo lo perdió de vista. Escuchó que arrancaba una hoja y se la pasó por debajo de la puerta, en la misma se podía leer <<Nos veremos en el pasado, ahí donde el presente nos parecía mejor y el futuro nos quedaba más a mano; o al menos tú te permitías soñarlo>>. Revoleó el papel a un costado y entre golpes y gritos le pidió que no lo hiciera, pero era inútil, el arma estaba ya en su boca y se veían los músculos tensarse en cada intento de disparo. Era realmente desesperante la idea de verse a si mismo morir tan tristemente, ejecutado por sus propias manos, yaciendo en el suelo su propio cuerpo, pero que no era realmente él. Y además ¿Qué diría cuando vinieran a sacarlos de ahí?, ¿Cómo iba a explicar que aún no sabia nada acerca de ese hombre?.
Se dejó caer al suelo y ya sin chances se subió al sofá, resignado a su destino; el de dentro de la habitación y el de aquí fuera. 
La luz de la luna le daba en el rostro, una brisa tibia entraba por algún sitio, pero lejos de mantener la calma, estos dos corazones gemelos se gritaban como locos, latido a latido y cada vez más fuerte. Cerró fuerte los ojos esperando el disparo, parecía que estaba al caer, pero antes otra nota se dejó entrever por debajo de la puerta y al recogerla decía <<No es preciso mantener en silencio tus dudas, temiendo que un viento fuerte las sacuda y acaben convirtiéndose en miedos, para que después cuando ya grandes e imponentes te empujen al fracaso. Tampoco se trata solo de ser visto, sino de ser descubierto. Yo a ti te descubrí y en tus esfuerzos por solo haberme visto se van endiosando tus dudas, que más que dudas son certezas y que al verse ignoradas todavía menos tienden a desaparecer>>.
Volvió al sofá y se recostó, todavía más resignado, quiso volver a la puerta e intentarlo, pero no tenía más resto, estaba desahuciado. Respiró hondo y dejó caer sus brazos, los ojos los mantuvo cerrados y tratando de pensar en otra cosa, mientras las lágrimas de confusión iban cayendo una a una por su mejilla, pasando por su garganta y perdiéndose antes de llegar al pecho. Allí se quedó inmóvil y la casa estaba en calma, no había ruidos, no se oían llantos ni nada, solo quedaba esperar el tiro de gracia, solo esperar. 
Los minutos fueron pasando y entre tanta calma se fue quedando dormido. Afortunadamente el sueño se hizo profundo, y otra vez yacía en el sofá desmayado. Ahora tampoco parecía estar soñando, solo dormía y sus párpados le temblaban un poco. Se le habían pegado las pestañas con las lágrimas secas, pero eso no lo perturbaba para nada. La brisa que entraba en la casa se hizo cada vez más intensa, la corriente de aire le volaba el flequillo, pero tampoco lo incomodaba, a pesar de que estaba un poco fresco y ya debía ser la medianoche. 

Lleva dormido unas horas, quizás dos o tres, y todo sigue igual, en calma, hasta que un fuerte estruendo lo despierta. Saltó del sofá confundido otra vez, desesperado recorrió la casa nuevamente, el mismo trayecto, los mismo sitios. Cuando recuperó la calma se dio cuenta que la puerta del patio trasero estaba abierta de par en par, la ventana del living también, lo mismo la puerta de la calle, el televisor encendido y emitiendo solo llovizna. Pudo percibir la correntada y el frío que ya empezaba a molestarle, pero todavía faltaba entrar en la habitación. Se acercó y parado frente a la puerta puso cara de sorpresa, frunciendo el ceño, buscando una explicación, pero que tampoco hacía falta. Dejó esbozar una sonrisa nerviosa y se acercó un poco más a la puerta, faltaba comprobar ahora si era posible abrirla. Sujetó fuerte el picaporte, lo deslizó hacia abajo suavemente y como quien lo hace a la cuenta de tres, empujó de golpe hacia adelante, con todo el peso de su cuerpo, entonces la puerta se abrió y por el envión que llevaba fue a parar sobre la cama. 
Hizo una inspección ocular muy rápida y todo estaba en su lugar, tal cual lo había dejado antes de irse a trabajar el día anterior, de nuevo se le escapó una sonrisa cómplice, luego el llanto y  una carcajada insólita después, que dejó escapar varias veces. Se levantó, cerró todas las ventanas y puertas, apagó el televisor que ya molestaba y decidió darse una ducha antes de dormir definitivamente. Afortunadamente había omitido un detalle, ninguna de las puertas, excepto la de la calle y el patio, tenían cerradura, tan solo un picaporte. El alma le volvió al cuerpo. 

Terminó de ducharse, luego se metió en la habitación y al entrar, sobre la cama, encontró dos papeles en los que nada podía leerse, la tinta estaba corrida como si hubieran salpicado la hoja con agua. Buscó en la mesa de luz algo para escribir y decidió recordar las frases, entonces en cada uno de ellos volvió a escribirlas, tal cual las recordaba; todavía le hacían eco en la cabeza. 

Por la mañana se despertó tarde y con prisa, pero no olvidó manotear ligeramente las notas. Quiso leerlas antes de salir, pero al desenvolverlas otra vez lo mismo, era imposible su lectura, ya no había texto sobre el papel, solo manchas. Al parecer  esas frases solo perduraban en su inconsciente.  

--------
G.L.R
Madrid - 03/06/2012




domingo, 30 de septiembre de 2012

¡Mis serias dudas!




Preciso mantener en silencio mis dudas, no vaya a ser cosa que un viento fuerte las sacuda y terminen por convertirse en miedos, para que después cuando grandes e imponentes me empujen al fracaso.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Bocanas y suspiros





Mi fe y la suerte en el amor, duran lo mismo que un suspiro, pero lo hacen con absoluta convicción. Son tibias bocanadas de aire sin aliento que regurgitan temores y condicionan mi ser; a lo mejor esto sí que me preocupa, aunque debo admitir que me atormenta.


sábado, 6 de agosto de 2011

Las manos del tiempo/The hands of time



…Juró que nunca mas dejaría en manos del destino todo aquello que fuera realizable solo con un poco de determinación; pero fallo en lo básico, dejó todo en manos del tiempo, que a veces no cura sino que sólo deja morir…

…Vowed that never again would leave in hands of destiny those situations which would be realizable only with a little of determination, but failed on the basics, left everything in the hands of time, sometimes it does not cure but only left things to die...