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sábado, 18 de junio de 2016

Perdidos en el vacío


La historia iba de ojos blancos en un fondo negro. No había más. Dieron un paso hacia adelante cada uno, y quedaron en evidencia, pues no había rostros, sólo dos miradas que no se veían. El fondo era un universo sin estrellas, una infinita galaxia que los sostenía ingrávidos. No había voces, pero se pensaban; pues no había figuras ni tacto que pusieran en relieve o personificaran al otro, y eso al ser humano lo angustia, es pura desazón. Y por ese desconcierto se les dio por pensar: ¿Será que estamos desnudos?.

Poco a poco se fueron acercando más y más, y se precibían al menos la respiración. Saberse ahora seres vivos les dio esperanza. De repente uno soltó un gemido sin voz, que fue sólo una respiración acelerada. El otro se contagió, y no supieron qué más hacer. Luz ya no había, por lo que instintivamente dejaron caer los párpados. La oscuridad los ocultó todavia más. De hecho desaparecieron. Y devorados, en medio de la nada, él sintió una profunda pena. Alguien lo abrasaba por detrás, oía una voz femenina que lo invitaba a relajarse. Pero nunca debía abrir los ojos. Sólo sabe que dio vueltas, que le hicieron el amor incontables veces, que lo insultaban mientras le mordían la oreja, y que salirse no quería. Pero la incertidumbre le dolía por alguna parte, y el deseo de no existir lo agotaba.

Ella le dio un beso y le mordió los labios. Luego lo empujó fuertemente y se reía, mientras le pedía que se fuera, que saliera de su vista, pues el juego había terminado. Él, aún indefenso y oculto, no pudo con tanta histeria, y apretó con fuerza los párpados como queriendo desaparecer. Deseando que de una vez por todas el sol saliera, para volver de nuevo a su rutina, donde tampoco existe, pero se sabe al menos de memoria, cómo lidiar con su soledad.

sábado, 16 de enero de 2016

Lo frágil de la locura

Lo frágil de la locura, es esa luz incandescente que mal utilizada no hace más que cegarnos. Se suda el polvo en un baño de ausencias, y se despoja uno entonces de las dudas que algunas veces, la poca voluntad nos da.
Nunca se va quien dice adiós, más aún se ausenta y desaparece quien queriendo estar, es convidado con un viejo dolor.

domingo, 22 de marzo de 2015

El custodio de la miseria

Por el año 2001, Buenos Aires olía muy mal, todo era desgano y desesperanza, como en el resto de Argentina. Victor era por entonces un hombre conocido en el conurbano bonaerense, más precisamente en la ciudad de San Miguel. Vivía en una esquina, donde construyó una casa humilde, pero al menos de material. Detalle no menor en un barrio donde muchas eran sólo de chapas y retazos de madera o lo que pudiera servir para conformar una estructura lo más parecida posible a un hogar. La casa de Victor está muy bien ubicada, el frente da a una de las avenidas principales, de doble mano. Uno de los lados de la casa da a una calle de tierra que se adentra en uno de los barrios más olvidados, no hay salida, tanto si se sube o se baja por esa calle, sólo se ve pobreza y resignación. 

Natalia es una de las dos hijas que tiene Victor. Las hermanas son gemelas y la segunda se llama Romina, quien pasa gran parte de sus días en una silla, sentada. Patricia, su mujer, lleva la casa adelante como corresponde, es decir, está detrás de todos para que nadie se quede quieto y todos colaboren con los quehaceres del hogar. Natalia odia este ritmo al que es sometida, sobre todo porque siempre le toca extraer agua en diferentes cubos, desde la bomba que está en el patio. Primero uno para la cocina y se le agregaban unas gotas de lejía, ya que por esos días el cólera acechaba todavía estas tierras, y el agua era de pozo. Otro cubo iba a parar al baño, que se usaba para el inodoro, y otro más para llenar la ducha, ya que era un viejo sistema eléctrico que cargaba unos cinco litros, luego se enchufaba y se lo dejaba calentar por una media hora y había un pequeño grifo para ir dosificando el agua, pues si se la dejaba correr no llegabas ni a enjabonarte. Si era verano, por las tardes se usaba otro cubo para salpicar un poco el patio, pues era de tierra y con el calor y el polvo se hacía insufrible. Era una tarea muy precisa, no había que mojar y hacer barro, sino salpicar bastante para que la tierra estuviera un poco más firme; yo he tenido que hacerlo y he inundado varias veces el patio, llevándome unos cachetazos de Victor en la nuca. La vida aquí se hacía dura.

Este hombre serio que es Victor, y que ahora viste siempre de entre casa, ha sabido llevar un uniforme azul, accesorios para golpear o incluso dar muerte, a todo aquel que se resistiera a la autoridad, además de un sombrero bastante particular, pues es un policía retirado de la federal. Este tipo de policía tiene su jurisdicción en todo el país, pero patrullan la capital federal, lugar al que viajaba casi todos los días en tren. La casa de los Fernandez, así se apellida Victor, obtenía favores y cierto cuidado de la policía bonaerense, pues más de una vez Victor ha colaborado con ellos en algún atraco o persecución por el barrio. Y más de una vez le han baleado la casa por la noche para darle un buen susto y para que dejara de meterse donde no lo llamaban. 

Para ganarse la vida, pues la jubilación de Victor no alcanzaba, habían montado una compra y venta de todo tipo de cosas usadas, muebles, maderas, ventanas, puertas, y todo lo que pudiera ser comercializado. Pero además Victor había empezado a codearse con el intendente del partido político de turno en esa parte del conurbano. Básicamente oficiando de custodio para ciertos eventos de campaña o lugares estratégicos que eran debidamente cuidados. Uno de estos sitios fue una clínica privada, que a día de hoy no se sabe qué intereses tenía allí el intendente de turno, pero le tocaba algunos días por la mañana presentarse a Victor y cuidar la zona de administración, por orden directa del intendente. Aparentemente se manejaba allí mucho dinero, y en efectivo. Para él era rutina, una cosa muy relajada y menos expuesto que otro tipo de custodias a las que estaba acostumbrado, esas que eran en la calle a la intemperie, de pie más de seis horas y en lugares realmente difíciles. 

Era invierno, mes de Junio, pero no podría precisar el día, pues el suceso lo he enterrado lo suficiente como para no saber detalles. Victor se levantó cerca de las siete de la mañana y a las ocho y media se presentó en la clínica, como cada día, pero hoy requería más atención, era principio de mes y había pago a proveedores, por lo tanto se movía mucha gente y dinero durante la mañana. Victor vestía muy casual, pues la idea era que pareciera un cliente más de la clínica, mientras él observaba todo sin ser sospechado. Acostumbraba a llevar una pistola nueve milímetros, que es la reglamentaria de la policía, y nada más, no reforzaba con ninguna otra en ningún otro sitio, y ésta única la llevaba en la cintura. Alrededor de las once de la mañana Victor se alejó un momento de la administración y bajó un piso para tomarse un café, era lo habitual. Allí estuvo unos minutos hasta que vio gente bajar por las escaleras un tanto desesperados, a los gritos. Buscó en el montón a alguno de los empleados y pudo alcanzar a Irene:

- ¿Qué pasa Irene?

- Acaban de entrar dos tipos armados, con escopetas, fueron directo a la administración y agarraron a José, el tesorero.

- Quedate acá que voy a subir, ¿Llamaron a la policía?

- ¡No Victor! olvidate, no subas que no tenés nada que hacer ahí, vamos todos afuera y esperemos a la policía. - No terminó de decir esto Irene cuando sonó un disparo.

- Llevate la gente de acá urgente.- Le dijo Victor mientras se iba hacia la escalera con el arma empuñada en la mano derecha.

Subió lentamente, agazapado, y logró llegar al piso. Una vez allí se acercó a la recepción y se refugió, podía escuchar los gritos de los ladrones, pero no había violencia, sólo discutían. José hablaba apurado:

- ¡Apuren muchachos!, ¿Hablaron con el jefe? - 

- Sí, sí, olvidate, está todo arreglado, la zona está liberada. - Repetían los dos cacos casi al unísono. Luego uno de ellos se puso nervioso cuando calculó a ojo el dinero. - ¡Nos están acostando, esto no es lo que arreglamos, acá hay menos plata, esto no llega ni al millón de pesos.

- ¡Llevate lo que hay que después arreglamos!, salgo yo primero y digo que estaba escondido. - Replicó José mientras salía por el pasillo que lo llevaba hasta la recepción y la zona de ascensores.

Allí se encontró con Victor que le hizo una señal de silencio, pero José se puso pálido y de la desesperación al ser descubierto, lo delató:

- ¡Vamos para afuera, llegó la policía! - Gritó José bien fuerte para espantar a los cacos.

Victor se puso de pie y corrió con el arma en posición de tiro por el pasillo que lo llevaba a las oficinas, ni bien vio que se asomaba uno de los cacos disparó varias veces para intimidarlos y cuando se acercó a la puerta uno de ellos le disparó justo en el pecho. El arma era una Itaca, una escopeta de mucho calibre que destruye todo lo que tenga delante, y a tan corta distancia mucho más. Victor cayó al suelo como un saco y sangraba de todos lados, pues lo había perforado de lado a lado; la muerte fue instantánea. 

Victor era mi tío, hermano de mi madre. La noticia nos llegó unas horas después de lo sucedido, a través de Patricia, que estaba acongojada, pero no sorprendida. La mujer de un hombre de la fuerza sabe que esto puede suceder algún día. Afortunadamente todo quedó filmado. <>, le dijo Patricia a mi madre por teléfono y ésta estalló en llanto.

- ¿Y las nenas cómo están? - Preguntaba desesperada mi madre.

- Nati está entera, hasta se está encargando de todos los trámites, es de fierro. Romi pregunta por el papá, pero está tranquila. Habrá que avisarle a la vieja, ¡Pobre!.

- Sí, yo me encargo de mamá, consigo un auto y se lo digo en persona, está en Castelar. - Respondió mi madre acongojada, pero más calmada.

No quise ir a su funeral, pues no soportaba la situación, así es que me quedé con mi hija recién nacida, en casa. Desde que pasó todo esto no volví a saber más nada de ellos, pues perdimos el contacto y no era fácil localizar a mi tía y a mis primas; los echo de menos. Extraño mucho a Romina, con quien siempre tuvimos mucha conexión, a pesar de que ella prácticamente no hablaba, sólo balbuceaba o gritaba o hacía señas, tampoco caminaba, padecía un maldito síndrome de down que la obligaba a estar siempre sentada, en aparente calma, en supuesta compañía de todos nosotros. 

Jamás se hizo justicia, más nunca se sabrá la verdad. Fue una pelea entre bandos políticos y mi tío un tonto que pecó de héroe donde menos le convenía.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Sobrevolando la gota en un frio diluvio

Llevaba tiempo observándola, y no era sólo por el ímpetu de su mirada, ni la bravura que parecía emanar de sus ojos azules. Tampoco me llamaba la atención el andar, siempre apurada y ocupada. Su silueta era esbelta, y de estatura más bien baja. El pelo rubio y rabioso le daba personalidad, porque combinado con todo lo anterior, hacían su mirada aún más felina. Su acento al hablar castellano tenía aún resabios de su Polonia natal. Debo admitir que los labios me tentaban, no eran carnosos, pero tenían sensualidad; también ayudados por todo lo anteriormente descrito. 

Le pude ver y descubrir casi todo lo que no me quizo mostrar, incluida su desconfianza y su miedo a la hora de amar . Pero yo quería saber más. O más bien pretendía adentrarme en sus fibras más íntimas para saber cómo sabía esa especie de diosa del amor mitológica que en mi mente había creado. Pero también es cierto que no daba aires de mujer dulce, o romántica, ni tampoco bien predispuesta a la conquista. Y aún así, yo llevaba tiempo observándola.

El hombre solo, y que además es soltero de larga data, sabe esperar. Mentira, no le queda más remedio que esperar. Y para graficarlo aún más, quien no domina el arte de la conquista, está literalmente condenado a la espera. Yo observaba y esperaba, hasta que en una de esas pocas veces que cruzamos palabra alguna, logré captar su interés. Bueno, o quizá lo fingía muy bien. Era una mujer que en medio de una conversación, podía darse la vuelta y alejarse cuando uno aún estaba  terminando de decir una frase que ella no iba a oír, pero que por costumbre, ya sea buena o mala, necesitamos concluir lo dicho, y entonces continuamos hablando, mientras el otro se aleja indiferente. 

Es cierto también que en esa larga espera hubo olvido, o resignación. No todo fue esperar y no ver. Buscar y no encontrar. Dar y no recibir. Hablar y no ser escuchado, más también ignorado. De hecho ya había empezado mi proceso de indiferencia absoluta, casi diría que el interés ya lo había perdido, cuando de repente la tuve esa noche a la distancia en que el aliento empaña las retinas de dos mal intencionados que están cara a cara, a punto de arrugarse las narices. Ya ves, el amor tiene esa desgraciada suerte de conquista. Quien es ignorado busca incansablemente llamar la atención, mientras que quien es pretendido y cortejado busca, estúpidamente, ser un poco más ignorado.

Fue exactamente un Viernes por la noche cuando coincidí en una fiesta con Augustyna. Había terminado de trabajar y me acerqué a la fiesta sin grandes expectativas, planeando la retirada más temprano que tarde. Esa noche ella era la organizadora del evento, pues era en la misma oficina que solemos coincidir todos los días. Por tanto y en cuanto, aún menos había puesto mi atención en Augustyna. Pero entrada la noche, cuando el alcohol ya nos empezaba a aflojar un poco a todos, y momento en el cual se suponía que me iría, ella tuvo algunos gestos que supe entender como un frío e intrigante intento de conquista, de acercamiento. Así fue que le seguí la corriente, por lo tanto no me fui en ese preciso instante, y seguí agregando algunas copitas más. Embriagado y distendido, me sumé al grupo que bailaba allí fuera en la terraza. La observé a Augustyna que estaba bailando, mi mirada era sugerente, y cuando ella me sonrió, lentamente la tomé de la mano y comenzamos a dibujar unos pasos de baile. No estoy seguro si nos coordinábamos, sinceramente, pero yo sentía que la llevaba y la traía, y ella gozaba. Disfrutaba de bailar abrazados y bien pegados, de mirarnos fijamente, estáticos, esperando que alguno diera el paso y sugiriera algo más. Pero yo no lo hice, no estaba seguro de la expresión en sus ojos y su media sonrisa. Me daba la impresión de que me observaba con desconfianza, me hacía sentir que justamente ese paso, era el que no debía dar. Pero también es cierto que es normal en mí imaginarlo todo al revés.

La canción terminó y ella aplaudió, esbozando un aullido que festejaba lo bien que lo habíamos hecho. Yo sonreí tibiamente y ella comenzó a charlar:

- Oye, qué bien ha estado ¿Verdad?.

- Pues sí, nunca imaginé que las Polacas eran tan sexis bailando - Sonreímos los dos nerviosos, y yo le acaricié la mejilla derecha.

- No sabes lo que me ha pasado - Continuó ella, con cara de preocupación o sorpresa, no estoy seguro. - Había aquí en la fiesta un tipo, un Mexicano, lo había invitado yo, pero de repente vuelvo del baño y resulta que se ha ido, así sin avisar.- Concluyó la frase alzando las manos y los hombros, como desconcertada.

- ¿Y qué más te da? Mucha gente se ha ido, es tarde y es normal, ¿Porqué te importa tanto que se haya ido?.- La miré fijamente, esperando que me dijera la verdad, y así lo hizo, no dudó.

- Pues resulta que a ese tipo lo conocí hace poco, nos caímos muy bien, luego tuvimos sexo, sólo una noche, y fue el mejor sexo en mucho tiempo. Me hacía ilusión que volviera a suceder, pero con esto que ha hecho, pues ya no sé si quiero verlo otra vez. Pensar que me tenía aquí, regalada, para lo que él quisiera, y sin embargo se fue sin saludar si quiera ¿Qué le sucede a los hombres? - La tomé de los hombros; ella aún sonreía.

- No sé qué le sucede a los otros hombres, ni a éste en particular, pero a mi me sucede que llevo un tiempo observándote y creo que tú también a mí. Olvídate ya del Mexicano y vente conmigo, vamos por ahí a divertirnos - Se quedó muda y me miraba fijamente a los ojos. Volteaba la cabeza y me volvía a mirar, parecía que quería decir algo que no le salía, o no sabía cómo suavizarlo.

- Tú tienes algo que me gusta, es cierto, eres todo ternura, delicadeza, pero no lo sé, no lo sé... - Se mordía los labios y bajaba la cabeza. Todo era duda en sus ojos.

- No dudes más y diviértete, nos vamos por ahí y ya habrá tiempo para arrepentimientos, si es que cabe.

- Sí pero... - Hizo una pausa, luego me miró sonriendo.- ¡Venga ya! en media hora nos vamos tú y yo a mi casa - La tomé de ambas mejillas y la besé con calma, tiernamente, y ella se dejó, pero pronto me apartó, como si no quisiera nada romántico. Su frialdad volvió a dejarse entrever.

Como habíamos acordado, en más o menos media hora comenzamos a recoger algunas cosas y nos preparamos para salir. Ella iba y venía de la cocina a la terraza, y en uno de esos viajes me preguntó preocupada por su móvil, Lo perdí, no sé donde está. Me dijo con cara de susto. Tampoco sé desde cuándo no lo tengo encima, es que voy un poco borracha, Tranquila, intenta recordar cuándo fue la última vez que lo usaste, No puedo, tengo problemas para recordar, tengo esto que...bueno en fin que no recuerdo algunas cosas, ¿Problemas de memoria? Algo así como Asperger, Sí exacto, eso tengo, Asperger. Yo no sabía muy bien de qué iba eso, pero el móvil apareció y ella recogió varias cosas que puso apuradamente bajo mi brazo izquierdo y dijo: ¡Vámonos!.
Salimos como si estuviéramos huyendo. Saludamos al resto desde la puerta de salida y mientras bajábamos por el ascensor ella me miraba con los ojos bien abiertos, seria, desconfiada. Por favor, deja de mirarme así y relaja, somos grandes, vamos a disfrutar. Le dije sonriendo, mientras le acariciaba el pelo y ella cerraba levemente los ojos. 

Si bien los dos sabíamos que íbamos de camino a algo inevitable, jamás pude sentirme seguro, es decir con la certeza de que fuéramos a divertirnos como se suponía que lo íbamos a hacer. Tan pronto como salimos a la calle, ella se abalanzó sobre un taxi. Subimos, le indicó la dirección aproximada y luego el viaje no habrá durado más de diez minutos realmente, pero a mí se me hizo más largo. Ni bien arrancó el taxi ella se puso a mirar hacia afuera por la ventanilla y yo que la miraba, casi sin querer molestarla, como quien no quiere arruinar el momento. Me intrigaba saber en qué estaría pensando, pero preguntar, en esos casos, no sirve de nada. Ella seguramente tenía la mirada perdida, pensando en un batido de cosas, pero en nada en particular, mientras que ese mundo que va pasando como un film por el vidrio medio empañado, gira y le da vueltas, aumentando la confusión y regalándola más y más al sueño. 
De repente espabiló, como si nunca hubiera estado inconsciente durante el viaje, Es aquí, frene en esta esquina por favor. Le dijo al taxista, con una voz que apenas lograba pronunciar una palabra después de la otra y que se ayudaba con el gesto de un dedo índice apuntando hacia alguna parte, tal vez esa supuesta esquina. Pagué el viaje y luego descendimos, la intenté ayudar a ponerse de pie, pero apenas si me dejó tomarle la mano y enseguida se repuso y me guió a paso firme hacia el apartamento. Al llegar abrió el portal principal, y luego un segundo portal nos esperaba, rogando no estuviera cerrado con llaves, pues al parecer no tenía idea de cuál era la llave, ni tampoco si realmente la tenía encima. Abrió finalmente y subimos por una diminuta escalera de no más de una veintena de escalones, allí ya estaba la entrada a su apartamento. 
Fiel a su manera apresurada para hacer las cosas, intentó abrir directamente, sin las llaves, e insistió más de una vez mientras me miraba y me hablaba; sólo decía cosas, nada coherente.

- Está cerrado con llaves corazón, recién acabas de llegar a casa, luego de estar todo el día trabajando. No esperes que la puerta se abra así sin más. Usa las llaves.

- ¡Joder! Que mal estoy, ya ni sé lo que hago.

- Pues espero que sí sepas a qué hemos venido. Espero recuerdes muy bien nuestras pretensiones, no sólo hoy, sino mañana por la mañana - Se lo dije con gracia, pero un tanto serio. Me disgustaba la idea de pensar que aún podía suceder que me dijera que se arrepentía, que mejor me largara. 

No contestó a mi exclamación pero ni bien abrió la puerta, me tomó de la cabeza y me dio un beso de esos bien fogosos, como para demostrarme que sobraban las palabras. Alguno de los dos cerró la puerta como pudo mientras nos besábamos de camino al comedor. Una vez allí nos tiramos sobre el sofá, salvajemente. A mi me daba vueltas todo, pero no quería ni podía fallarle. Supuse que a ella le sucedía lo mismo, porque en un momento se excusó para poner un poco de música y de camino al ordenador tropezó con todo lo que había en el suelo, aunque fuera sólo  una pequeña alfombra. Volvió a los tumbos y se me tiró encima. Sentada sobre mí me sujetó de los pelos y me besaba fuertemente, ya absolutamente decidida a sellar la madrugada con lo poco de erotismo que nos quedaba. La sujeté fuertemente por la espalda, sin dejar de besarla apasionadamente. Quité su ropa sin saber cómo lo hacía, tal vez hasta le rompí alguna prenda, y luego ella hizo lo mismo con la mía. Nos logramos fundir absolutamente rotos de placer, jadeando pero sin pausa. También me pareció una eternidad, pero fueron apenas quince o veinte minutos de lujuria, lo sé. La oscuridad nos fue devorando y el reflejo de la luna que entraba por el ventanal del comedor nos dejaba entrever apenas los rostros, las muecas de placer y la saliva que empapaba nuestras bocas, las mejillas, su cuello, y hasta su frente. Nos dejamos caer rendidos al acabar, quedando recostados en el sofá y sin pronunciar palabra alguna. Ella tan solo mirando hacia el ventanal, y yo sólo miraba hacia el techo. Pensativos. Culpables.
Al cabo de un buen rato nos movimos hacia la cama de su cuarto, apenas murmurando, y volvimos a caer rendidos con el peso de la resaca sobre una cama húmeda y deshecha. Le di dos besos en la frente y me volteé hacia el otro lado, dándole la espalda. Y creo que no tardé ni veinte segundos en dormirme.

Dormimos tan solo una hora y media, aproximadamente. Una alarma de su móvil comenzó a sonar y en la oscuridad no podíamos encontrarlo. Cuando así lo hicimos finalmente, al cabo de unos intentos logró apagarla. Al despertarme, y sobre todo sin haber dormido casi nada, se me vino toda la resaca encima. Un dolor intenso en la cabeza y el cuarto que todavía me daba vueltas. Ella se había quedado un momento mirando los mensajes en el móvil, arrodillada en los pies de la cama. Con la poca luz que entraba por la persiana del cuarto podía ver su cuerpo blanco y esbelto. El pelo platinado, a tono con su piel, y unos senos perfectos, sin sujetador. 
Se volvió a recostar junto a mí y comenzó a besarme tiernamente, mimándome con cierta fogosidad, buscando un poco más de aquello que anoche no pudimos disfrutar del todo. Aún así no pude corresponderla y me excusé. Ella me pidió perdón, diciendo que no quería molestarme.

- No, no, por favor, si no es que me molestes - Le dije con calidez y besándola dos veces en la boca. - Es sólo que me encuentro muy mareado, mi cuerpo se está cobrando en resacas todas mis desatenciones.

- ¡Vaya! Sí, menuda resaca la que llevamos los dos.


Yo me volteé boca arriba mirando hacia el techo. Ella que ya se encontraba en la misma posición, sujetaba el móvil con ambas manos y revisaba mensajes de texto. Me ignoraba, y cada tanto sonreía con algunas de las cosas que leía, pero no las compartía. Intenté una o dos veces entablar conversación pero no me prestaba atención, y debía repetir más de una vez lo que había dicho. Mejor era vestirme y emprender la vuelta a casa, aquí ya no quedaba nada. 
Insinué que debía irme, esperando que me retuviera, pero para mi sorpresa, ella, sin dejar de mirar el móvil asintió. Se limitó a decir: ¡Está bien!, yo también tengo cosas que hacer, me espera un día largo.
Y fiel a la mala costumbre y la falta de forma en cuestiones de sexo de ocasión, esperé unos minutos e hice nuevamente la insinuación, recibiendo ahora un rotundo silencio, seguido de un aire de ignorancia que me hacia dudar si en esa cama, debajo de ese edredón, realmente había alguien más recostado junto a mí.

Me puse de pie y fui recogiendo mis prendas en el comedor. Me puse la ropa nuevamente, luego me aseé en el baño y al salir ella ya se encontraba también vestida, recogiendo cosas del cuarto y el comedor. Luego se detuvo en el pasillo que comunicaba el cuarto, la cocina y la puerta de salida, y me aguardaba paciente, en silencio, mientras yo terminaba de prepararme. Su mirada estaba perdida, observando fijamente algún punto de la pared que tenía justo enfrente de sí.

Me acerqué lentamente para no asustarla, y le hice una caricia en el hombro. Me miró nerviosa, con una dudosa sonrisa de placer. La abrasé suavemente y ella tardó unos segundos en sumarse al gesto. La besé luego con dulzura y ella sí que me correspondió con la misma ternura. Sujetándole la cara la miré a los ojos sonriendo, quería decirle que esperaba poder repetir esta velada, aunque esta vez sin resaca, pero las palabras se me quedaron encajadas como debajo de la lengua, o en el pecho, no lo sé. Ella en cambio bajó la mirada, otra vez notablemente nerviosa, más también la noté avergonzada, pero no quería saberlo con exactitud, así que no pregunté, tan sólo me fui.

Había llegado finalmente a la conclusión de que esta historia sin comienzo, aclamaba un final igualmente patético. Había nacido de sus silencios y sus dudas, sólo ayudada con la insinuación de unas tibias sonrisas y miradas, y se veía claro que moriría exactamente de la misma forma. 

Esa historia fugaz que me había inventado una noche atrás, a la cual la arrastré sin dejar que lo pensara demasiado, enfermaba ahora de los mismos síntomas que la creó, para morir luego por lo mismo que la motivó a su creación: La indiferencia.

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G.L.R
Barcelona - 13-12-2014





sábado, 9 de agosto de 2014

La marea verde

Me ha sucedido siempre, y esta vez se ha repetido. Largas caminatas por la noche, perdido entre la gente y las calles mojadas. Mi sombra oculta por momentos, como escapando de todos; también de mi. Aún así disfruto en soledad de todo lo que me rodea. Nadie podría jamás quitarme este tesoro que son mis ojos y más preciada aún es la forma con que miro y analizo todo a mi alrededor. Todo está ahí, en la noche, justo cuando muchos perdemos las inhibiciones y dejamos al desnudo todo lo que durante el día permanece oculto, destruyéndonos por dentro, pidiendo salir. 

Me freno en un cruce de calles y observo, hay una niña vestida con minifalda y tacones que llora desconsolada sentada en un umbral, sujetando con fuerza un vaso de plástico que parece sólo tener hielo. No voy a consolarla, tendrá que aprender sola a no creer en todo lo que ve, en todo lo que otros dicen. Pero justo en frente hay un joven, borracho, también sentado casi en el suelo, fastidioso y maldiciendo algo o alguien, su vaso está roto mientras él insiste en beber lo que aún queda. No derrama ni una lágrima, aunque que quisiera, pues sus gestos lo delatan. Tampoco voy a tenderle una mano, ya despertará mañana queriendo arrepentirse, si es que cabe. 

Sigo mi camino, que no está claro, pero no detengo mi marcha. Otra vez entre callejuelas y sombras, entre mujeres y hombres por el suelo, entre llantos y gritos de alegría, y de repente me encuentro yo en un sitio en el que merece la pena frenar, detenerme. Debería decir que vi luz y entré, pero no, no fue ese el caso. Al pasar por la puerta la luz fue lo de menos, pero el brillo lo fue todo. Un par de ojos verdes mirando hacia mi, invitaban a entrar, he hipnotizado me dejé llevar. Luego la sonrisa me invitó a permanecer adentro y no salir de allí a ninguna parte. Aún sin ganas de beber, bebía y mi cabeza viajaba de lado a lado en la barra con el ir y venir de esos ojos verdes; un poco tristes parecían a decir verdad. Por momentos me sentía estúpido, solo en la barra de un bar mirando de manera obsesiva a esa niña que iba y que venía, pero que también me sonreía. Más estúpido aún me vi, cuando ya pasadas dos horas no había hecho más que beber y observar, que sonreír y gesticular, siempre a la misma persona, ¿Y sabes qué? No le dije palabra alguna. 

En esas dos horas creé en mi cabeza mil conversaciones, donde ella muy interesada preguntaba todo de mi. Yo me veía animado y ella que se mostraba tan atrapada, pues me hacía sentir interesante. En esas charlas la esperé hasta que cerrara el bar, y ya fuera la tomé de la cintura y la besé; ella no se resistió.
Nos perdimos juntos en la noche, entre las sombras y los duendes, las farolas sin luz y las personas sin vida. Corrimos y saltamos por encima de todo lo que se nos cruzó en nuestro camino. Llegamos al parque y rodamos por el pasto como animales, abrazados el uno con el otro, bien fuerte, como sujetando y conteniendo todas nuestras miserias. El viento soplaba fuerte y unas nubes amenazaban con aguar la fiesta, pero allí nos quedamos, desafiando la naturaleza. Y así el aguacero se desplomó sobre nosotros, embarrándonos de amor y locura; permanecimos inmóviles.

Pero la realidad era otra, seguía allí sentado en la barra del bar, había volcado mi cerveza sobre la barra y me mojé todos los pantalones ¡Vaya papelón!. La volví a buscar con la mirada, y ella sonrió, yo también lo hice, pero no intercambiamos palabra alguna. Me sequé como pude y el dueño del bar me invitó a salir, estaban cerrando. Fue aquella la vez que más caro pagué por una fantasía que nunca sucedió más que en mi cabeza. Sencillamente podría haber fabulado en el sofa de mi casa, o en la ducha, o un mero sueño al dormir, pero no, siempre me faltaría ese par de ojos verdes que dieran la motivación a soñar, a no dormir. Son esos ojos y esos labios una condena sin objeción ni quejas, son también un error que algún día quisiera cometer. Me pregunto cuánto falta para hacerte realidad, si ya te he besado y desnudado con la mirada, y tu que no eres tonta, pues te has dejado y en más de una oportunidad. Ya no quiero que hablen nuestras miradas, ya no quiero que me acaricie sólo la brisa que dejas cuando pasas junto a mi en la barra del bar, quiero sencillamente hacer lo que imagino para mis adentros, transformarlo en hechos. Pero no puedo, o tal vez no quiero. Ya no quiero preguntarme cómo será esa voz que escondes tras tus labios, aunque yo la imagine dulce y tierna.

Ayer volví a repetir todo este ritual enfermo de conquista barata, pero tuvimos un avance. Nos hemos mirado ni bien he entrado en el bar y sus ojos brillaban más que de costumbre. Ella me saludó con alegría, me preguntó cómo estaba y por fin, después de tanto imaginarla, escuché su preciada voz; amable y complaciente. Estuve en la barra como de costumbre y bebí sin derramar una sola gota, pues ya no tuve esa necesidad de fabular como antes. Intercambiamos algunas palabras, me dejó entrever algunos detalles de su vida, pero a diferencia de las otras veces me retiré temprano y en partes satisfecho. No sé exactamente porqué, pero la histeria se había calmado. 

Ella sigue allí con su belleza intacta, y yo frecuento el sitio cada vez que puedo. Nos alegramos mutuamente de vernos y no escatimamos en sonrisas, como queriendo demostrarnos que el placer es mutuo. Seguiremos avanzando en esto que es una suerte de relación. Quizá terminaremos siendo amigos, o tal vez seguiré siendo un cliente más, pero en el fondo, debo confesar que me desespera saberlo cuanto antes. Sobre todo antes de que me decida a dejar de intentarlo y empezar a olvidarte, como otro de mis fracasos.


G.L.R
09-08-2014 - Barcelona - España

martes, 24 de junio de 2014

Dubicidio en el mar

Ayer sufrí en carne propia la expresión "Un mar de dudas". Porque yo era la duda, y estaba en el mar. Porque ella dudaba y también nadaba en el mismo mar. Ayer no pudimos encontrar una explicación racional a tanta pasión, seguramente porque eso no se explica, sino más bien se aplica. Cada beso salado y mojado era como un tequila, bien fuerte, pero sin embriagarnos. También ayer aprendí a flotar sin piernas ni brazos, porque cada beso, al cerrar los ojos, me hacía perder la percepción de la gravedad. 

Déjame que te diga que en cada sonrisa nerviosa, tus manos parecían temblar, pero aún así no me soltabas, y entre la ira y la duda me volvías a romper la boca de un beso. Pero me echabas y me sacabas, creyendo que era mejor retroceder. Si te hubieras visto los ojos vidriosos y la expresión de placer en tus labios, ¿Qué locura queríamos cometer?, ¿A caso hubo pecado?. Te voy a decir una cosa más, que sólo yo siento y pienso, cuando dos almas que son libres, chocan y se saludan, pues no habrá dios que les haga entender que su pasión es un delito, o que tocarse es un pecado, y mejor ni hablar del deseo. Esas voces que no son nuestras, siguen su diálogo a la distancia, sobre todo cuando dormimos. Nos susurran, nos provocan, nos miman en sueños eróticos o nos van dando flashes de todo lo que no quisimos ser. 

Ok, ahora bajemos y pongamos los pies sobre la tierra, digámoslo, no fuimos un plan perfecto. La histeria nos acabo ganando. Lo entendí tarde y de madrugada, casi cuando todo había empezado. Me di cuenta que la luna ya se iba, el sol se nos aparecía, mientras tu y yo no sabíamos qué hacer con tantas dudas. Divertido sí que lo fue, pero sigo pensando que de tanto nadar en ese mar de dudas, nos podríamos haber ahogado, todavía hoy, cuando todo ya ha pasado. 

Se suele decir que de la duda no se vuelve. Si te lanzan una bola, o bateas o la dejas pasar. Si un auto viene de frente y tu conduces, o lo esquivas o te estrellas, pero siempre, siempre, se toma una decisión u otra. ¿Sabes qué?, hemos desafiado a la ciencia, porque este “dubicidio” que hemos cometido, sí que tiene retorno, segundas oportunidades, o quizá más de dos. Por lo pronto, y ya para cerrar, voy a dejar que esos astros que ayer se me rieron en la cara, cuando yo subía y volaba de constelación en constelación, pues pongan las cosas en su lugar y traigan a nosotros nuevas oportunidades. Pero eso sí, esta vez sin dudas, sin “dubicidios”. Que sea lo que tenga que ser, pero sobre todas las cosas, que haya pasión y malas intenciones.


Ahora que estoy terminando, tengo mis serias dudas de si algo de lo que he contado más arriba ha existido realmente. Es lo que tienen los baños de luna en el mar. Te sumerges y te iluminas pero nunca sabes si al sacar la cabeza del agua, estarás en el mismo sitio, a la misma hora y con la misma gente. Yo por mi parte he amanecido despierto, y eso para mi, es un claro signo de desorientación y barbarie. Sobre todo porque inevitablemente, terminé solo y dormido en mi cama.

domingo, 20 de abril de 2014

Una estratégia para mi desconsuelo

Hubo un tiempo, ya hace algunos años, en que tenía una rutina. Todos los Miércoles, y algunos Viernes, debía tomar un bus al salir del trabajo y viajar unos cuarenta minutos. Desafortunadamente, y como era costumbre en mi Buenos Aires querido, el viaje lo hacía en pésimas condiciones. Los buses o colectivos, como solemos llamarlos, suelen ir llenos al punto que no cabe un alfiler, pero aún así, y muy sorprendentemente, sigue subiendo gente en cada parada. Los conductores son audaces pilotos que pueden conducir semejante maquinaria, cargada con personas que van de pie, y en algunos casos sin sujetarse, pues la compresión los mantiene erguidos, y lo hacen a velocidades impensables. Cada curva es un desafío, intentando maniobras para no caerle encima al agraciado o agraciada que va sentado justo delante de uno. Ni hablemos del momento en que uno debe bajarse, y se encuentra a unos tres o cuatro metros de la puerta. Quizá alguien haga sonar el timbre y entonces el bus se detenga, pero los conductores suelen retomar la marcha con precisión quirúrgica, justo cuando el último pasajero en bajar apenas ha puesto un pie en al acera, por lo tanto, quien venga corriendo hacia la puerta, difícilmente lo logre, a menos que recurra a la estrategia de dar voces al chofer y lograr intimidarle, y así sí que frenaría nuevamente. Un patético escenario que se vive a diario, conformes pasan los años, los siglos, y es ya una marca registrada.

En medio de todo lo anteriormente descrito yo saqué un día a relucir toda mi imaginación, y le puse condimento a ese infierno de hacinamiento y barbarie, mientras iba de pie, siguiendo el vaivén del bus, y en un estado de absoluta somnolencia. Me monté mi propia obra y recluté cuidadosamente algunos actores. Empecé por personificar a mis mejores cualidades, sin modestias claro está, pues sino me valoro yo mismo, entonces quién. A cada una de ellas le puse un nombre, eligiendo los que me parecían más bonitos. Serían de hombre o de mujer según la imponencia de cada una; no supe al final si por cortesía o por sumisión, pero las más imponentes llevaron nombre de mujer y las menos resonantes uno de hombre. 

Acto seguido las fui nombrando una a una como para recordar y asimilarlas, y luego fui entablando breves conversaciones, cual loco conversa con su amigo invisible. Las consecuencia de tal fabulación no tardaron en notarse, me sentía rodeado pero no apretujado, de alguna manera había perdido la noción del resto del rebaño que me empujaba de un lado a otro, de los que me pisoteaban, del que empujaba para apresurarse a bajar del bus, etc. Era sólo yo y mi escenificación incongruente. 

Una vez terminadas las charlas individuales y ya habiendo amenizado bastante el ambiente, decidí hacer algunos planteamientos. Les pedí que me ayudaran a identificar a nuestros rivales, esos defectos o males que me aquejaban y buscar así vencerlos. Se armó el bullicio, todos ellos hablaban a la vez. La bondad decía, No siempre tiendes la mano con tanta calidez y lo calculas todo muy fríamente, quedando así expuesto a la maldad o cierta perversidad. Pude escuchar por ahí también cómo la sinceridad comentaba, No siempre aplicas tu lema sobre que una verdad a tiempo es mejor que una mentira a destiempo, además abusas del silencio, aún cuando tienes algo que comentar, eso podría dejarte expuesto a la mentira. Fui tomando nota como podía, a toda prisa y tratando de discernir lo que decían, entonces decidí poner fin al bullicio, Silencio, pongamos orden a todo esto, de a uno a la vez. Todos callaron menos el coraje que quedó hablando solo, Tú siempre confundes el coraje y la valentía con hacer las cosas sin pensar, ir por delante y empujando, pero eso no es coraje, más bien es imprudencia, cierta forma de cobardía que quieres tapar con bravura, pues quedas al final como un bárbaro que no piensa lo que hace, y que no mide lo que destruye cuando intentas salvarte a ti mismo, eso amigo mio, es de alguna manera egoísmo. 

Con esta última reflexión todos nos quedamos boquiabiertos. No por nada al coraje le había puesto nombre de mujer, se llamaba Rocío. intenté balbucear unas palabras como queriendo animar el debate nuevamente, pero fue inútil. 

El haber personificado estas hermosas cualidades que creía tener me había hecho recordar todo lo bueno que uno tiene, pero haberles dado voz me hizo también ver la otra cara de la moneda. El resultado era asombroso. Con mi ejército de buenas cualidades listo para la guerra, lo que quedaba era plantear una estrategia para empujar fuera esos defectos que parecían a veces ganar en número, y que asestaban siempre un solo golpe, pero era mortal. La sonrisa, que era también una de mis hermosas cualidades, cuando se dejaba ver, esbozó una estrategia, De ahora en más, lo que yo haría en tu lugar es cambiar cada insulto recibido por una sonrisa regalada, cada fracaso por más sonrisas y así acabaras contagiándote a ti mismo de optimismo. La guerra apenas había comenzado. El pesimismo se hizo presente, apareció con contundencia para afirmar, Tú no sirves para eso, a quién quieres convencer con una falsa sonrisa, quizá a los demás, pero nunca a ti mismo, olvida ya, sé más realista. Ese último golpe tuvo un efecto devastador en mí, y miré a los otros como esperando una ayuda, que me dieran letra. Entonces el optimismo, junto con la verdad, se unieron y contra atacaron, Tú calla, no sabes nada, basta mirar atrás y ver todo el camino recorrido, los logros obtenidos, la experiencia, la familia, los amigos, los obstáculos derribados y las experiencias vividas, para poder tener optimismo y seguir mirando hacia delante. Así se habla, me dije para mis adentros. Sonreí felizmente y me sentí orgulloso de mis muchachos, pero vino detrás un personaje indeseable.
A dónde crees que vas tú solo, sin nadie más que tu puta sombra siguiéndote detrás, y sólo porque no le queda más remedio, que sino se desprendería también de ti. Dijo la soledad, con ese tono chabacano, con todo ese aire frío, pero con absoluta sinceridad. Y siguió, Vas a decirme también que eres feliz andando solo por el mundo, sin una mujer que te consuele, sin esa compañera de ruta que no te diga qué hacer, pero que siga tus pasos o tú los de ella, y  dejen juntos una huella más firme por donde pasan, o me dirás que disfrutas tus días de soltero cuando en realidad te mueres por dentro, y cambiarías todo tu éxito profesional por una compañía. No esboces ni una palabra, esto está escrito y ya todo se ha dicho, tú serás por siempre un boludo muy triste que da muy buenos consejos, tú además eres alguien en quien algunos encuentran paz y otros un oráculo, y beben de ti lo que sirve para dejarte luego tirado, porque nadie quiere escuchar tu estupidez una y otra vez, ni si quiera tu mismo. 

Se hizo un silencio atroz, mi cara era la de un niño a punto de romper en llanto. Mi ejército de cualidades era ahora un ejército de dudas. Mi ser era todo un gran defecto. Mis intentos por encontrar una manera de equilibrar la balanza, haciendo que todo lo bueno tenga siempre más peso que lo malo, no habían funcionado. Me envolvía una sensación de abandono y sin argumentos con los cuales replicar semejante argumentación por parte de un ser tan bipolar como lo es la soledad. Alguien que sin duda es necesario en ciertas dosis, y que conviene tenerlo de aliado y no de enemigo. Estaría muy bien poder aprender a convivir con ella, pero es alguien que pretende siempre apoderarse de todo tu ser. 

Sentí que todo se oscureció y mi cuerpo se sacudió, rebotando a ambos lados. Me sujeté fuerte de los pasa manos y espabilé. El conductor había hecho una maniobra de las muchas que sucedían a lo largo de ese viaje, pero al estar ya derrotado mentalmente, pues al primer golpe volví en si. No pude continuar mi fábula y darle el final que yo quería. 

El recorrido terminó y al bajar del bus sentía que me había faltado algo, o alguien. Luego de caminar unas calles me di cuenta qué era. En esta fábula, afortunadamente, hubo alguien que no se hizo presente. O sí, pero nadie supo traerlo a cuento. Desde las sombras había comandado todo esto como el gran estratega. Puedo imaginarlo agazapado asestando golpes y escondiéndose nuevamente. Me pregunto qué hubiera pasado en caso de haberle puesto también un nombre, darle voz y darle voto, y combatirlo como a los otros. Quizá hubiera encontrado una alianza posible, se me ocurre a la primera una dosis de valentía, verdad y sonrisa. O tal vez más contundente una dosis de valentía, amor y bondad. No lo sé, lo que sí está claro es que este oso de color oscuro, cara triste pero con ojos desafiantes y unos encantos de adorar, es el mismísimo miedo. Que fíjate si será sabio, que supo permanecer oculto, incluso para mi imaginación, y cuando supe recordarlo ya era tarde. Le bastaron dos contra ataques mortales para sacarme de mis intentos por vencer al gran jefe. Ese dueño de muchos de los otros defectos; un comandante de infortunios. 

Pues hay que tener cuidado, porque esta es la más popular de las desventajas o debilidades que un hombre puede poseer, para convertirse luego, en su propio enemigo.

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domingo, 8 de septiembre de 2013

La miel en sus ojos

No había ojos más temibles, ni corazón más sincero. Tal contradicción en semejante criatura me hacía pensar que ciertas cosas son como son, sólo porque deben cumplir un propósito.

Me subí al metro en la estación Prosperidad, él subió en la estación Esperanza. Llevaba una caja de cartón entre los brazos y la sostuvo hasta que pudo sentarse. Se percibía un aire extraño en el vagón, pero yo iba distraído. Aún así noté cierto revuelo, la gente se movía, murmuraba, comentaban, había gente que se sonrojaba, otros miraban con desprecio, y otros tantos cambiaban de sitio irrespetuosamente.

Como decía, yo iba distraído escuchando música, pero lo que veía me hizo detener y prestar atención. Alcé un momento la vista y lo miré, él no vaciló y como si supiera lo que iba a hacer, también me miró, fijo y sin pestañar, mientras se podía ver como seguía trabajando lo que tenía entre las manos. Fue un cruce de miradas que para mi al menos, duró una eternidad, aunque fueron solo segundos. Cuando le sonreí él hizo lo mismo, respondiendo fielmente a la cortesía. Su manejo en el arte de las expresiones era exquisito, en cuestión de milésimas de segundo respondió a mi sonrisa cambiando las facciones, paso de parecer un asesino serial a un dulce pasajero que regalaba sonrisas. En cuanto le quité la vista se puso inmediatamente a trabajar otra vez, mientras murmuraba palabras indescifrables.

Enfrente suyo tenía dos señoras mayores de edad que amagaban con bajar, tal vez dudando de cuál era la estación correcta, y él las miraba, les sonreía y les decía "Esperen, no se vayan, aún no he terminado" Y ellas respondían con una mueca, casi una sonrisa, absolutamente desconcertadas. Entre las piernas tenía la caja y sobre ella montones de tiras de papel que iba entrelazando y armando una figura. Tijera en mano, un poco de pegamento y todo un arte para poder trabajar mientras el metro se movía, y con el vagón lleno de gente. Se apuró y lo logró, las señoras se ponían de pie cuando él las interceptó en la puerta y les dijo "Tengan un buen día, este regalo es para ustedes" Les entregó una rosa de papel a cada una y ellas entre la sorpresa y el apuro aceptaron el regalo, aunque una de las señoras no lo miró a los ojos y sólo dijo Gracias, la otra en cambio sí lo miro y le hizo una sonrisa tierna. Él insistió en ser correspondido y tomó del brazo a la señora que no lo había mirado a los ojos, ante la sorpresa y el miedo de todos, entonces le volvió a decir "Es un regalo para usted, que tenga un buen día". La señora no tuvo más remedio y mirándolo fijo agradeció, y hasta se la vio sonreír. Él volvió a tomar asiento y ya en posición correcta siguió trabajando, esta vez ya más relajado, pues por momentos miraba al rededor y saludaba a la gente, conversaba y preguntaba "¿Quieres una flor?" Pero la gente no sabía qué decir, el ofrecimiento era puramente tierno, pero la mirada daba cierto escalofrío.

Todo sucedía entre estación y estación, parecía apurarse para acabar su trabajo antes de la siguiente y en el trayecto seleccionaba con la mirada al beneficiado. Parte del cortejo era explicar que eso era una flor, que podía hacerse de varios colores combinados y preguntaba siempre si estaba quedando bien. Había una madre y sus dos niños sentados a su lado y él muy amablemente saludó a los pequeños y les explico cómo hacer una rosa de papel, pero ellos no entendían y no le prestaron mucha atención. Él creyó que lo estaba haciendo mal y entonces comenzó a arruinar parte del trabajo que ya casi tenía terminado y tomó nuevos retazos de papel para empezar nuevamente, pero alguien lo detuvo. Una chica que iba de pie le puso una mano sobre su brazo y le pidió que no continuara rompiendo lo que ya tenía casi hecho, y le pidió que se la regalara tal cual estaba. Primero se negó y con una sonrisa forzada le dijo que él no podía hacer eso, y que entonces debía ella esperar a la siguiente rosa, pero ella le dijo:

- Necesito esa en particular, pues colecciono rosas de papel y esa en particular estaba especialmente terminada como para ser parte de mi museo.

- ¿Tienes un museo y quieres poner allí mi rosa?

- Sí, claro, tengo allí muchas más que me han regalado, pero sólo las más especiales como la tuya van a parar allí.

- Pero yo soy el único que hace rosas en el metro y las regala.

- Exacto, y es por eso que quiero que me la regales, así, tal cual está.

- Perfecto, aquí la tienes. Con cuidado, el pegamento todavía está fresco.

Se quedó más que contento, no entraba en su camisa de lo ancho que estaba. Otra vez me miró y lucia una sonrisa espléndida, no podía contener su alegría, me dijo "Tengo que continuar, tengo que mejorar la calidad y un día hasta les voy a poner perfume, ¿Tú que crees?" Asentí con respeto y muy sonriente, no era para menos.

El tren se detuvo un largo rato en una de las estaciones y él pudo trabajar con más tiempo, así que decidió añadir y mezclar papeles de diferentes colores, parecía que planeaba algo grande. Estaba muy concentrado y en parte apurado por acabar antes de la siguiente estación. Cuando pudo tomarse un respiro hizo una observación de todo el vagón y su cara se transformaba, lo empecé a notar preocupado y desolado, como buscando algo o alguien que parecía no estar allí. Se puso de pie y se asomó afuera, primero desde una puerta y luego desde la otra. Para mi sorpresa se me acercó y me dijo:

- ¿No la has visto? Estaba aquí sentada y me sonreía.

- Disculpa pero no la he visto.

- Oh! Era hermosa, todavía siento su perfume, está aquí, tiene que estar aquí.

- ¿Cómo era? Yo no recuerdo que hubiera ninguna mujer allí sentada.

- Sí, había una, sólo sé que era una mujer. No, no, era la mujer – Poniendo énfasis en resaltar que era la más importante de todas.

- Pues no creo poder ayudarte.

- Tú no entiendes, esa flor gigante y llena de colores era para ella, ahora no sé que voy a hacer. No se pudo haber ido, ¿Porqué lo hizo? – Se lo notaba acongojado y desconsolado, así que decidí interceder.

- No te hagas problema, ¿Has terminado la flor?

- Sí, sólo me falta pegar unos extremos y ya estaría.

- Perfecto, hazlo y dámela a mi, yo voy a buscarla y te prometo que se la voy a entregar de tu parte.

- Pero no vas a poder encontrarla, ni siquiera la conoces.

- No, pero creo recordar que la persona que tú dices suele viajar siempre en este metro, así es que la volveré a cruzar.

- No, deja, en ese caso se la daré yo, tengo miedo que se enamore de ti y no te crea que la rosa la he hecho yo.

- Eso no va a suceder, pero si así lo quieres está bien. Sólo ten paciencia y entonces llegará tu momento.

- Gracias, muchas gracias!

Logré calmarlo, y tomó asiento nuevamente. Se puso a trabajar sin descanso hasta la otra estación, que para mi sorpresa era la última, allí bajaba. Antes de arribar se puso de pie y saludó a todos los que lo rodeaban, mientras sacaba de sus bolsillos unas pequeñas rosas blancas que regalaba a mujeres y niños. Casi todos aceptaban el obsequio pero otros sólo tenían miedo y lo ignoraban, pero él igualmente les dejaba una flor. Tomó la caja y desde que estuvo de pie hasta que el metro frenó en la estación, me estuvo mirando fijo y sonriente. Para mi era incómodo, pero no podía parecer descortes, así que respondía con muecas de gracia. Cuando el metro hubo detenerse, desde la puerta se despidió de mi. Me dijo con ojos tristes "Al regresar, no te detengas en esta estación, sigue a donde quiera que vayas". Dado que para él era su trabajo, seguramente lo cruzaría al volver, por la tarde, y como no tenía necesidad de parar en esa estación, pues sólo asentí conforme.

Cuando observé atentamente, había dejado un camino de rosas desperdigadas desde su asiento hasta la puerta, rosas que al parecer nadie quiso guardar y simplemente las arrojaron al suelo, o tal vez él había armado semejante puesta en escena. Lo cierto era que la gente no quería ni pisarlas.

Era una manera extraña de empezar el día, pero el metro de Madrid tiene estas cosas. La gente de todo tipo, todos zombis a esas horas yendo a la oficina. Esa rutina agobiante que sufrimos pero que no queremos cambiar, pues es al menos algo seguro. En particular con este muchacho me sucedió que no pude salir de mi letargo y ser más participativo en su juego, en su inocente manera de querer regalar algo a esta gente que nada parece importarle, mucho menos un loco amable que desubicado saluda con una sonrisa y encima te desea un buen día. Yo quería sentarme junto a él y contagiarme de tanta inocencia, pero a veces me sucede que pierdo el silencio, pero no encuentro las palabras, y entonces de nada sirve la intención.

Por la tarde me llegó la hora de volver a casa y todavía recordaba lo que había sucedido esa mañana, me resonaban en la cabeza sus palabras, su advertencia de no bajarme en esa estación, que no me detenga y siga mi camino. Tomé el metro a la misma hora de casi todos los días, también atestado de gente como casi todos los días. Pero ya acostumbrado no prestaba atención a nada ni nadie, sólo iba escuchando mi música o algunas veces leyendo algún libro. Un presentimiento me invadía y el metro se acercaba a la estación Arturo Soria donde él se había bajado, donde yo no debía detenerme y por curiosidad quería hacerlo, a decir verdad. Traté de no enroscarme demasiado en el tema pero llegando a la estación, justo en la anterior mejor dicho, una voz anunciaba en el megáfono que el metro con destino a Argüelles no se detendría en la estación Arturo Soria, y así lo repitió al menos tres veces. Dadas las circunstancias, fuera el motivo que fuera, ya no iba a poder bajarme allí, así que volví a mi distracción.

Al otro día por la mañana, mientras desayunaba escucho una noticia sobre el metro de Madrid. La estación Arturo Soria seguía interrumpida y comentaban que allí se encontraba la policía trabajando. Al parecer habían encontrado algo en las vías. Pude leer más tarde que una persona denunció que desde la estación se podía observar algo que parecía ser un cuerpo, y que la silueta era la de alguien ahorcado. El escalofriante relato alertó a la policía y habían suspendido el servicio. Uno de los policías relataba, aunque con cara de asombro y muecas de imperfecta sonrisa, que se adentraron en las vías, lo más rápido posible y que cuando llegaron al lugar se quedaron todos completamente helados. Eso efectivamente parecía un cuerpo y en efecto lo era, por lo que dieron aviso a los forenses para que se acercaran lo más rápido posible y removieran el cuerpo de allí. Éstos arribaron con prisa y al acercarse notaron un charco justo debajo del cuerpo, no parecía agua, era más bien pegajoso. Comenzaron los trabajos para removerlo de allí y uno de los forenses describía en la nota que entre la oscuridad se podía ver un rostro mojado, y algo todavía más inusual, lleno de abejas que rondaban por ahí dificultando el trabajo. Uno de los médicos no tardó en darse cuenta, lo que tenía el cuerpo mojado, era miel, bajando desde su cabeza, rodando por sus mejillas, el pecho y continuaba sin detenerse hasta los pies descalzos, chorreando luego por sus dedos gordos del pie.

Estaban todos atónitos ante semejante escenario inusual, pero cuanto antes tenían que removerlo y comenzar con las pericias. Entre todos lo sujetaron, uno hizo maniobras para remover la soga del cuello y en uno de esos esfuerzos sintió que algo se desprendió, era la cabeza. Mientras esta caía al suelo con la mirada de todos absolutamente asustados, lo que vino luego era todavía más desconcertante, pues no comenzó a salir sangre, sino pequeñas flores de papel que volaban por los aires como expulsadas a presión. El cuerpo entonces perdió peso y se les escurrió de entre las manos, la cabeza que había rodado por el suelo no era más que una máscara indescifrable y la miel hacía surcos entre las vías y se perdía.

Nadie allí pudo mover un músculo por unos minutos, entre el miedo y la sensación de sentirse estúpidos. Se preguntaban unos a otros si a caso nadie se dio cuenta que eso no era real, pero el otros insistían en que sí lo era, absolutamente, pero ya no había más que hacer y se fueron retirando uno a uno de la escena. El último alzó una de las flores del suelo, la miraba curiosamente y pudo ver una leyenda que asomaba, así que deshizo la flor intentando descubrir la frase completa. Allí dentro la encontró, aunque un poco borrosa por la melaza y el polvo, se llegaba a descifrar lo siguiente:

Un día mi corazón, repleto de dulzura aún sin contemplar, sabrá reventar de furia y mi cuerpo roto y cansado ya no tendrá sangre, sólo dulzura. Intacta y cultivada, aún sin haber sido saboreada, si quiera correspondida. Explotaré de amor y mi risa se irá en un llanto, que tampoco nadie va a escuchar.

Él supo ver su mágico destino, se encontraron mutuamente y se correspondieron, porque esto era quizá cierto, y absolutamente irreversible. Yo tomé nota, y saqué también mis propias conclusiones. Si no ha nacido quien vea en tus ojos la dulzura que desborda, entonces traga tu saliva cuidadosamente, relámete y prepara tu corazón para una tormenta intensa. Día a día, otra tras hora, empalagado hasta las muelas, con todo lo que te rodea indiferente, mientras tú evitas inmolarte pero nadie sabrá nunca bien porqué.


domingo, 7 de julio de 2013

El loco y sus estrellas


Se siente fuera de sí, la Fe no lo convence, no sueña con nada, no analiza el ayer ni ve las sombras de un mañana; el hoy es ese bastardo que cuenta todavía menos. Salió corriendo al parque para tumbarse sobre el pasto al caer la tarde, ya con la última resolana, y entonces se encontró con una lluvia inesperada que lejos de negarla decidió quedarse allí tirado, tieso y encogiendo todo su cuerpo. Ahí se quedó sin esperar a nada ni nadie. Tiene los ojos cerrados, pues no quiere ni mirar cómo ni dónde está, sólo perderse en algún pensamiento que no lo frustre. Se empieza a ir, se aleja con el pensamiento que lo lleva hasta donde más le gustaría estar, allí está el mar tibio y la playa desierta para que pueda correr de punta a punta. Se revuelca por la arena y sonríe a carcajadas, se divierte, se deja arrastrar por la marea y vuelve así otra vez a tierra firme. No sabe si el tiempo que pierde lo mal gasta o simplemente no hay tiempo, la risa es intemporal pero no así la juventud. 

Ahora está de pie. Pasa su lengua por los labios para quitar la sal y la arena. Mira fijo el mar que lo tiene justo delante suyo, se frota las manos, sacude los pies mientras sonríe vagamente. Sale de repente corriendo enfurecido derecho al agua y con todas sus fuerzas se adentra y no se detiene, las olas no lo frenan y ha llegado lejos gracias a la marea baja, hasta que cae y desaparece de la superficie, se ve su mano girando en círculos, ese remolino lo ha tragado y se lo lleva hacia el fondo. Seguramente esté gritando, pidiendo ayuda desesperado, pero los pájaros vuelan rasante y lo miran sin importarles en  absoluto, los peces se alejan en cardumen porque ninguno quiere pasar por allí. Y sigue cayendo, ahora la caída es libre, a toda velocidad. Él abre los ojos, como así también comienza a pensar en el ayer, rememorando algunas cosas que había querido olvidar, el hoy también lo trajo a cuento, y era todavía más bastardo, el mañana en cambio ya era un deseo, un anhelo de poder moldearlo. El futuro supo ahora ganar terreno, pero sigue cayendo cada vez más rápido y no se ve el suelo, sólo luces y un bullicio que no para, al principio era lejano pero ahora es ensordecedor. Ve más y más luces, más y más bullicio, cierra nuevamente los ojos con todas sus fuerzas, pues el impacto era inminente, sintió una explosión en sus oídos y una fuerte luz que lo cegaba, aún con los ojos sellados por la fuerza y el miedo. La caída libre lo despojó de todo, ya ni ropa tenía puesta.

El primer golpe del impacto fue detrás de su cabeza, justo en la nuca, y rebotó por la espalda hasta la cintura y las piernas que lo sacudieron como un muñeco de trapo. Siente un fuerte ardor en los brazos y las piernas están inmóviles, mientras trata de moverse desesperadamente; no hay caso, los ojos están sellados, apenas entra luz y de la boca cae su baba en intentos de balbucear insultos que quedan en gemidos sin llanto. El presente es el villano, lo es hoy tanto como lo fue ayer y lo será mañana, porque en esa camilla lo tiene sujeto, cual loco envenenado que maniatado intenta escapar, preso de su elocuencia. Otra vez está ahí y no puede soltarse, otra vez se volvió loco por algo que es su derrota más larga, la inseguridad en si mismo. Volverá a salir si a caso, cuando este rato a la sombra lo devuelva de nuevo a su cordura, que no es tal cosa ni hay que exagerarla, pero le sirve para perderse en el montón, entre las gentes de este mundo, que si bien lo habita, no le suena para nada familiar.

El loco no mira atrás ni mira adelante, mira siempre hacia arriba, porque anhela las estrellas y se pregunta quién es ese que desinteresadamente los ilumina sin descanso, mientras que aquí debajo, en tierra firme, los estrellados cerrojan puertas, en cuartos sin luces y camas que devoran sueños.

G.L.R
08-07-2013
Cork, Irlanda





domingo, 12 de mayo de 2013

Encerrado en la conciencia



Llegó del trabajo como todos los días a la misma hora, pero a diferencia de los días anteriores, este se lo percibía molesto. Tenía un fastidio incesante, una amargura estúpida, injustificada. No quiso pensarlo en voz alta, pero era también un inconformismo irracional. Al entrar atinó a patear la puerta, pero al menos pudo razonar que de todos modos no iba a lograr abrirla. Dejó las cosas tiradas por el living, se fue a la cocina, luego al baño, se asomó al patio, entró de nuevo en la casa y ahora se quedó en la cocina tomando algo. Mira fijo a la ventana, y se amada pensativo, parece que va a estallar en un ataque de ira. Inhala y exhala fuertemente, como despojándose de todo el mal humor, pero como no ha llegado a ninguna conclusión, se vuelve al living y se pone a reposar en el sofá mirando el techo. De a poco se le fue relajando el cuerpo, alcanzo el sueño y quedando despatarrado entre almohadones. Su cabeza sigue deslumbrando hipótesis, buscando razones para tanto fastidio pero luego de unos minutos también se llama a silencio y se deja adentrar en el ensueño.
Lleva un buen rato dormido. Parece que no sueña nada, está tieso, pero en el rostro muestra preocupación. Se le mueven los párpados levemente, es como si parpadeara. 

La noche ya lo tiene todo cubierto mientras que él apenas lo percibe, reposa todavía allí pero medio enroscado, casi en posición fetal. Justo detrás de su cabeza está la puerta que lo lleva a la habitación; está cerrada tal cual la dejo antes de irse esta mañana. Hay un ruido que no cesa y no sabe de dónde viene, lo despierta poco a poco hasta comprobar que no era un sueño, ese ruido estaba dentro de la casa. Se sentó en el sofá sin entender absolutamente nada, estaba tratando de enfocar y entender dónde estaba. En el living la oscuridad era total, solo entraba el reflejo de la luna así que ni bien pudo reponerse un poco encendió la luz y recorrió parte de la casa, igual que cuando llegó esta tarde, primero el baño, luego el patio y terminó en la cocina bebiendo algo. 
El ruido seguía allí, venía de algún sitio dentro de la casa y solo quedaba mirar la habitación, pero no quiso ir. Se quedó vacilando un rato más y ya era claro que lo que podía percibirse era un llanto. Juntó coraje, y convencido de que nada había por allí, se acerco a la habitación. Miró fijo la puerta e intentó rápidamente abrirla, pero esta no se abrió, y el llanto se hizo eco más fuerte. Volvió a intentarlo con una expresión de sorpresa en su rostro, pero esta no se abrió nuevamente, estaba trabada desde adentro. Una vez más el eco del llanto retumbó entre las paredes de la habitación. 
Empezó a sudar, las manos estaban empapadas de transpiración, su corazón golpeaba en su pecho queriendo salir urgentemente de allí, pero ambos se quedaron en el lugar, él temblaba como una hoja. 
En un acto de desesperación miró por la cerradura y cuando pudo hacer foco se apartó de la puerta espantado. Rompió en llanto y se refugió debajo de la mesa como un niño, se tiraba del pelo y pellizcaba sus brazos para ver si se trataba de un sueño, confirmando que todo parecía estar sucediendo ahí y ahora. 
Recuperado del primer susto se acerco de nuevo a la puerta y observó por la cerradura tragando saliva lentamente; o lo que le quedaba en la boca que estaba seca y repleta de adrenalina. Hizo foco con un ojo y luego con el otro, porque no quería convencerse de lo que veía, era perturbador y si se trataba de un sueño mejor sería relajarse y esperar a despertar. La luz de la habitación estaba encendida, el cuarto absolutamente vacío y en uno de los rincones, de frente a la puerta, había un hombre que lo miraba fijo con ojos llorosos y la mirada perdida. Giraba la cabeza hacia la derecha, luego a la izquierda pero no le sacaba la mirada de encima. Estaba agazapado en un rincón, indefenso, abrazando sus piernas flexionadas, con ambos brazos. 
Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido fuera de un sueño, pero cada vez que intentaba comprobarlo todo a su alrededor era real. Dio varios golpes a la puerta intentando que le abran, volvía a mirar por la cerradura pero ese hombre estaba inmóvil. Luego empezó a gritar y del otro lado el llanto se hizo más y más fuerte también. Lo que estaba allí dentro era exactamente igual a él, un clon, su propio reflejo, y al darse cuenta del ruido que estaban haciendo quiso calmarse y también al otro detrás de la puerta. Si algún vecino llamaba a la policía lo que encontrarían sería difícil de explicar, así que hizo intentos inútiles por hablarle y calmarlo. De repente, el hombre dentro de la habitación se puso de pie y comenzó a caminar de una pared hacia la otra, sus manos en posición de rezo y la cabeza haciendo un movimiento de negación constantemente. Estaba completamente desnudo y tenía un aspecto bastante desmejorado, iba acelerando el paso y la histeria, pero al menos ahora sonreía entre lágrimas. De tanto en tanto se volteaba y lo miraba, le sonreía forzosamente, con cara de pena y ojos derramados. 

Se acercó entonces hasta la puerta y lo perdió de vista, solo lo sentía respirar, estaba cerca. Se escuchaba un ruido como si estuviera revolviendo un bolso y sacando cosas, y al cabo de unos minutos apareció caminando de nuevo hacia el frente, donde podía verlo. La sorpresa no fue grata y la histeria volvió a adueñarse de la situación, el hombre frente a él tenía un arma y apuntaba justo a su cien, gritos y llantos nuevamente empezaron a emerger. Golpeaba la puerta como loco, desesperado y le pedía que no lo hiciera, pero el otro hombre lo miraba fijamente y sonreía temblando. 
Luego de un buen rato de sufrir y gritar, su doble bajó el arma y se acercó a la puerta, de nuevo lo perdió de vista. Escuchó que arrancaba una hoja y se la pasó por debajo de la puerta, en la misma se podía leer <<Nos veremos en el pasado, ahí donde el presente nos parecía mejor y el futuro nos quedaba más a mano; o al menos tú te permitías soñarlo>>. Revoleó el papel a un costado y entre golpes y gritos le pidió que no lo hiciera, pero era inútil, el arma estaba ya en su boca y se veían los músculos tensarse en cada intento de disparo. Era realmente desesperante la idea de verse a si mismo morir tan tristemente, ejecutado por sus propias manos, yaciendo en el suelo su propio cuerpo, pero que no era realmente él. Y además ¿Qué diría cuando vinieran a sacarlos de ahí?, ¿Cómo iba a explicar que aún no sabia nada acerca de ese hombre?.
Se dejó caer al suelo y ya sin chances se subió al sofá, resignado a su destino; el de dentro de la habitación y el de aquí fuera. 
La luz de la luna le daba en el rostro, una brisa tibia entraba por algún sitio, pero lejos de mantener la calma, estos dos corazones gemelos se gritaban como locos, latido a latido y cada vez más fuerte. Cerró fuerte los ojos esperando el disparo, parecía que estaba al caer, pero antes otra nota se dejó entrever por debajo de la puerta y al recogerla decía <<No es preciso mantener en silencio tus dudas, temiendo que un viento fuerte las sacuda y acaben convirtiéndose en miedos, para que después cuando ya grandes e imponentes te empujen al fracaso. Tampoco se trata solo de ser visto, sino de ser descubierto. Yo a ti te descubrí y en tus esfuerzos por solo haberme visto se van endiosando tus dudas, que más que dudas son certezas y que al verse ignoradas todavía menos tienden a desaparecer>>.
Volvió al sofá y se recostó, todavía más resignado, quiso volver a la puerta e intentarlo, pero no tenía más resto, estaba desahuciado. Respiró hondo y dejó caer sus brazos, los ojos los mantuvo cerrados y tratando de pensar en otra cosa, mientras las lágrimas de confusión iban cayendo una a una por su mejilla, pasando por su garganta y perdiéndose antes de llegar al pecho. Allí se quedó inmóvil y la casa estaba en calma, no había ruidos, no se oían llantos ni nada, solo quedaba esperar el tiro de gracia, solo esperar. 
Los minutos fueron pasando y entre tanta calma se fue quedando dormido. Afortunadamente el sueño se hizo profundo, y otra vez yacía en el sofá desmayado. Ahora tampoco parecía estar soñando, solo dormía y sus párpados le temblaban un poco. Se le habían pegado las pestañas con las lágrimas secas, pero eso no lo perturbaba para nada. La brisa que entraba en la casa se hizo cada vez más intensa, la corriente de aire le volaba el flequillo, pero tampoco lo incomodaba, a pesar de que estaba un poco fresco y ya debía ser la medianoche. 

Lleva dormido unas horas, quizás dos o tres, y todo sigue igual, en calma, hasta que un fuerte estruendo lo despierta. Saltó del sofá confundido otra vez, desesperado recorrió la casa nuevamente, el mismo trayecto, los mismo sitios. Cuando recuperó la calma se dio cuenta que la puerta del patio trasero estaba abierta de par en par, la ventana del living también, lo mismo la puerta de la calle, el televisor encendido y emitiendo solo llovizna. Pudo percibir la correntada y el frío que ya empezaba a molestarle, pero todavía faltaba entrar en la habitación. Se acercó y parado frente a la puerta puso cara de sorpresa, frunciendo el ceño, buscando una explicación, pero que tampoco hacía falta. Dejó esbozar una sonrisa nerviosa y se acercó un poco más a la puerta, faltaba comprobar ahora si era posible abrirla. Sujetó fuerte el picaporte, lo deslizó hacia abajo suavemente y como quien lo hace a la cuenta de tres, empujó de golpe hacia adelante, con todo el peso de su cuerpo, entonces la puerta se abrió y por el envión que llevaba fue a parar sobre la cama. 
Hizo una inspección ocular muy rápida y todo estaba en su lugar, tal cual lo había dejado antes de irse a trabajar el día anterior, de nuevo se le escapó una sonrisa cómplice, luego el llanto y  una carcajada insólita después, que dejó escapar varias veces. Se levantó, cerró todas las ventanas y puertas, apagó el televisor que ya molestaba y decidió darse una ducha antes de dormir definitivamente. Afortunadamente había omitido un detalle, ninguna de las puertas, excepto la de la calle y el patio, tenían cerradura, tan solo un picaporte. El alma le volvió al cuerpo. 

Terminó de ducharse, luego se metió en la habitación y al entrar, sobre la cama, encontró dos papeles en los que nada podía leerse, la tinta estaba corrida como si hubieran salpicado la hoja con agua. Buscó en la mesa de luz algo para escribir y decidió recordar las frases, entonces en cada uno de ellos volvió a escribirlas, tal cual las recordaba; todavía le hacían eco en la cabeza. 

Por la mañana se despertó tarde y con prisa, pero no olvidó manotear ligeramente las notas. Quiso leerlas antes de salir, pero al desenvolverlas otra vez lo mismo, era imposible su lectura, ya no había texto sobre el papel, solo manchas. Al parecer  esas frases solo perduraban en su inconsciente.  

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G.L.R
Madrid - 03/06/2012