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sábado, 13 de septiembre de 2014

La sonrisa de ojos grises






Algunas veces sucede, que la sonrisa y la mirada, no trabajan en equipo. Pues la primera cuando es brillante y a carcajadas, le vende al resto nuestra mejor versión, mientras que la segunda permanece inexpresiva, sin percatarse de la estrategia, dejando al descubierto nuestro más profundo dolor.



Todavía hoy, en los rincones de mi mente frustrada, retumba su dulce voz pronunciando la frase que más estremeció mis carencias: -No me sigas a ninguna parte, tú te mereces algo mejor-. Y se marchó sin despedirse.

Sentados en la cama, aún sin ropa, buscamos nuestras prendas y sin decir nada nos fuimos vistiendo. Me puse de pie y le hice una caricia en la mejilla, ella sonrió relajada, con los ojos cerrados. Traje un poco de agua y los dos bebimos; estábamos todavía agitados, extasiados. Ni bien terminó de vestirse ella se puso de pie y yo la esperaba cerca de la puerta de entrada del apartamento. Se acercó y nos quedamos mirando fijamente a los ojos, ambos con una mueca de infortunio, más la mía era de pena. Abrí la puerta lentamente y mientras ella caminaba sigilosa hacia afuera yo la tomé del brazo y la besé fuertemente; ella también mordió mis labios. Se fue caminando por el pasillo armoniosamente, volteándose de tanto en tanto como quien no quiere retirarse y ser olvidado. Apenas si pudimos despedirnos con palabras, yo le dije -Adiós, espero verte pronto-. Pero lo que realmente se leía en mis ojos cansados e inundados de pena era -Adiós, espero verte mañana mismo, y pasado mañana, y todos los días que me vas a faltar-. Ella me respondió dulcemente y me dijo -Adiós, también espero verte pronto-. Y se perdió entre las sombras de un pasillo lúgubre, que no llegaría a oír mi llanto. Finalmente cerré la puerta y me quedé un momento apoyado sobre la misma. Sujetando mi frente, golpeé la pared dos veces y rompí en llanto como pocas veces recuerdo haberlo hecho. Apagué la única luz que había encendida y entré en el cuarto enjugándome las lágrimas, buscando en la oscuridad mi inocencia. Por momentos sonreía nervioso, como mirándome en el espejo y diciéndome a mi mismo ¿Qué haces?, no es para tanto, deja ya. Pero luego más y más llanto, hasta terminar recostado y envuelto en las sábanas. En apenas unos minutos, y mientras mordía y golpeaba la almohada,  caí rendido al sueño, ese que es propio del efecto de un sollozo incesante.

A Rachel la conocí un viernes a la noche, estando yo en un bar justo enfrente de mi casa. Recuerdo que estaba sentado en la barra y a mi lado había por lo menos tres sitio libres, y luego, un poco más allá algunas personas que bebían y sonreían, como ha de ser. La noche estaba tranquila, y eso hacía que yo pasara un tanto desapercibido. Si bien ir solo a los bares es mi rutina, a veces es un poco aburrido; desolador e incómodo. Bebía de mi cerveza bien fresca, pensativo, y en uno de esos sorbos cuando el vaso está medio vacío, sentí la obligación de voltear la cabeza justo sobre mi hombro izquierdo, mientras quitaba lentamente el vaso de mis labios. Entró y la observé mientras marchaba hacia la barra, como quien quiere ser visto pero no descubierto. Ella me sonrió tímidamente, y yo contesté con una mueca de sorpresa ayudada por una sonrisa también tímida. Así, rápidamente, le saqué una radiografía. Ojos celestes, rubia, piel morena, con una silueta elegante y con una sonrisa que era sencillamente radiante, una hermosura. No destacaba su ropa, más era un look casual, pero yo la vi como si estuviera vestida de gala. Tomó asiento en el último sitio libre que había a mi derecha, o sea que no se sentó a mi lado, sino algunos asientos más allá, como para dejar en claro la distancia. Cada tanto yo la miraba con picardía y veía que estaba sola. Ella miraba el móvil pero sin darle mucha importancia y en una de esas veces que la espié me hizo otra sonrisa tímida. Se me aceleró el corazón y bebí a toda velocidad, tragando fuertemente, como tomando coraje.

La miraba sin sacarle los ojos de encima, pues estaba ideando algo para decirle e invitarla a sentarse junto a mí y conversar. Algo tan tonto y simple como eso. En mi cabeza ensayaba variantes. Podía cambiar de sitio y ser muy obvio, quedando sentados uno inmediatamente al lado del otro, y ahí decir: ¡Hola! ¿Qué haces por aquí?, pero no, me sonaba estúpido. O podía hacerle un gesto como un saludo cuando me mirara y ver si así me decía algo que me diera lugar a entablar una conversación. Pero no, tampoco, muy flojo de ideas estaba ese día. La cosa es que el tiempo pasaba y yo corría el riesgo de que llegue más gente y otro haga lo que de momento llevaba yo media hora debatiendo. No me hubiera perdonado de ninguna manera volver a casa sin haberle dicho ni siquiera -Hola-. Comencé bajando un pie de la silla y medio incliné mi cuerpo hacia ella, pero las palabras no salían, y como no dijera algo iba a quedar muy mal, porque estaba retorcido entre cayéndome o queriendo salir para algún sitio caminando. Me eché unas buenas puteadas para mis adentros y me reté a dejar de vacilar y se lo solté. Con la voz medio endeble le pregunté si hablaba Español, a lo que ella respondió que no y enseguida contra ataqué en inglés, ¿Estás sola? ¿Quieres sentarte aquí a mi lado y tomamos algo?. Mi cuerpo temblaba como si estuviera por ir a la guerra. Mis manos intranquilas no sabían dónde meterse. Se acercó sonriendo y nos presentamos. Rachel era de California y estaba aquí trabajando de au pair. Casualmente vivía en el mismo edificio que yo. Charlamos un rato de los diferentes tipos de cerveza, pues bebía y bastante. Hablamos de las costumbres tanto de aquí como de su tierra, y cada tanto se hacían silencios que yo no lograba llenar más que bebiendo de prisa. Debo decir que yo me sentía realizado, había logrado un quiebre en mis frustradas aventuras de conquista. 

Rachel sonreía cada dos palabras, y yo me derretía mirándole los ojos, así de lejos, como a la distancia de un beso.

Esa noche no terminó allí, la llevé a otros dos sitios y en un momento intercambiamos nuestros números de móvil. Bebimos la última copa y nos fuimos a casa, juntos, pues vivíamos en el mismo edificio así es que seguimos charlando de camino a casa. Ella me comentó que quería ir a bailar al día siguiente, así que le pedí que no se lo piense y que me avisara, pues podríamos ir juntos. Al llegar al edificio abrí el portal y la acompañé hasta el primer piso, allí la despedí y fingiendo no esperar nada más allá de esa noche, le di dos besos prominentes, de esos que casi se rozan las narices al cambiar de mejilla, sujetándola delicadamente por la espalda.

El sábado me levanté reconfortado, me sentía liviano y no podía dejar de pensar en ese breve encuentro del día anterior. Miré en el móvil su número y tenía unas ganas enfermas de escribirle algo, pero ¿Qué iba a decirle?, hubiera cometido un error adolescente. Pero mis dudas surgían, ¿Me va a escribir más tarde para salir juntos?, ¿Me la cruzaré nuevamente en el bar?, en fin, no había lugar para más hipótesis así que comencé el día como pude. Hice mi rutina diaria, incluyendo una caminata por la playa, las compras, las cosas de la casa, pensar en ella, más cosas de la casa, más compras, pensar en ella y así sucesivamente durante todo el día. Hasta que llegó la noche. Luego de cenar algo liviano decidí bajar al bar de enfrente y tomarme algo como para ver si la noche se animaba o prometía algo. La suerte de ser habitué del bar es que al llegar todo es familiar, los empleados me saludan y enseguida tengo un sitio y una bebida a mi disposición. Ese día los empleados del bar me miraban con picardía y preguntaban por Rachel, creyendo que algo habría pasado, así que les di un resumen fugaz, como si realmente no me importara demasiado. Esa noche el bar estaba agitado, mucha gente, pero buena energía. Mientras yo estaba bebiendo en la barra, de tanto en tanto Johana, una de las camareras, pasaba y me daba charla. La realidad es que empecé a frecuentar ese bar por la camarera, pero nunca hemos avanzado mucho, y además creo que no habrá chance, pero es un tema que ya contaré en otra ocasión. Así pasaban las horas y mis tragos, hasta que Johana me invitó a una mesa donde estaban su hermana y unas amigas. Tomé asiento y me presenté, allí echamos unas risas, algunas cervezas, hasta que empecé a sentirme un poco fuera de contexto, pues no encajaba muy bien en las conversaciones. Entonces reparé en que era una hora prudente para contactar a Rachel y ver si quería ir a bailar. A esa hora me parecía conveniente escribirle y hacer la invitación, pues era lo normal luego de habérmelo sugerido ella el día anterior. Así fue entonces que le mandé un mensaje de texto, olvidando que en ese bar no suelo tener señal. Pero la respuesta llegó casi al instante. Casualidad o causalidad, mi mensaje había salido y el suyo había arribado a la perfección. Tal vez quisieron nuestros ángeles que esa noche nos diéramos una oportunidad.

Miré a todos en la mesa, la charla estaba animada, y me pareció un poco brusco marcharme así sin más, pero en el mensaje Rachel me decía que estaba sola en una disco, y yo me ofrecí a salir ya mismo al encuentro. Me excusé al baño, luego al volver pagué mis copas, y de pie, sin vacilar, miré a la mesa y dije -Adiós gente, gracias por todo, me tengo que marchar- y los besé en el aire con las manos. De camino a la disco me surgían dudas, miedos, preguntas. ¿Porqué se fue sola y no me escribió?, ¿A caso quedó con alguien que finalmente no fue?, ¿Será que estoy forzando algo que no debe ser?. No podía evitar pensar que quizá ella no había tenido el valor de decirme que no fuera, y que pudiera haberse resignado, terminando todo esto en un rotundo fracaso. Pero igualmente, y por primera vez en treinta y dos años, fui decidido al encuentro y a tratar de llevarme algo, aunque más no fuera una decepción

Llegué a la disco y entré embalado, sin dudar ni un segundo de lo que iba a hacer. Lo que vi era desolador. Rachel estaba sola, apenas éramos cuatro personas en la disco. Aún así me mostré animado y la saludé contento de verla; ella también parecía estarlo.

- ¿Porqué no me has dicho que venías?, te dije que no me importaba acompañarte.
- Bueno, simplemente busqué alguna disco y me vine, así sin más.- Como siempre, lo decía sonriendo y despreocupada.
- Ok, no te preocupes, ya estamos aquí, pero no creo que haya ambiente hasta dentro de una hora o así.
- No me importa, vine a bailar y eso es lo que haré.

Mientras yo iba por una copa, ella se levantó del asiento y se puso a bailar como loca, estaba en el medio de la pista sola y despreocupada. Allí dibujaba siluetas en el aire, y se acariciaba las curvas gozando como quien está poseído, en trance total. Me acerqué un poco para contemplarla mientras bebía un Gin Tonic muy seco, y la miraba desconsolado, como algo que uno no puede alcanzar. Éramos sin duda muy distintos en ese aspecto. Yo no soy de lucirme en las pistas, apenas si puedo marcar un ritmo, pero ella era la música en persona, y se inventaba los pasos de baile, aunque a veces si quiera fueran al compás. La miré siempre a la distancia, pensando que algo tenía que hacer, porque sino podría correr el riesgo de que alguien con verdaderos dotes para la danza se la llevara y bebiera de su sonrisa, pero no a la distancia de un beso como yo lo hacía, sino más bien besándole sus tímidas carcajadas. Encaré la pista y me puse a bailar, y para entonces ya más gente había llegado, así que mi monotonía en los pasos pasaba un poco desapercibida. Ella se frotaba la cabeza, la giraba, se acariciaba sensualmente y seguía gozando cada nota que sonaba, mientras yo la miraba y le sonreía.

Finalmente la disco se llenó y yo decidí ir por unas copas para animar un poco más la noche, pero al volver a la pista me llevé un susto. Estaba sujetando los dos vasos de plástico y ella dándolo todo con dos tipos que la rodeaban mientras se lucía danzando, como provocándolos. Pensé que ahora podría tener dos problemas, uno sería tener que tomarme dos copas yo solo y el segundo sería sufrir la humillación de verla salir de ahí con alguno de los dos. Pero no, en cambio ella me miró y sonrió incómoda. Tomó un poco de distancia de los hombres que la rodeaban, acercándose hacía mí para que le entregara la copa. Brindamos y seguimos bailando y bebiendo hasta que el sitio ya estaba un poco saturado y ella sugirió ir a otra disco que estaba apenas a unas calles, justo al salir de esta misma. Acepté y nos fuimos entusiasmados, pues la noche no quería terminarse y nosotros todavía menos.

El otro sitio era diminuto, realmente muy pequeño. Al entrar yo la tomé de la cintura con delicadeza y como era de esperar, ella sonrió con dulzura. Fuimos a la barra por unas cervezas y allí volví a sujetarla de la cintura y nuevamente me sonrió; mis ojos deben haber alumbrado la penumbra del lugar, porque ese rostro al sonreír me dejaba lleno de luz. Brindamos y ella sugirió incorporarnos a la pista, así que la guié sujetándola con todas mis intenciones al descubierto. Empezó nuevamente su danza alocada, su ritual sin lugar a la vergüenza, pues el sitio parecía sólo para ella. Yo intentaba acompañar y le sonreía, más no podía hacer, ya he dicho que mis habilidades para el baile son las justas. Pero de repente me animé y me solté un poco más, la canción que sonaba me dio alas para bailar pegados, y sin pensarlo la sujeté de la cadera y nos enredamos las piernas, moviéndonos ambos al compás, cada vez más y más sensuales. Yo logré olvidarme de la gente alrededor, ella llevaba rato en ese estado. Bailamos y sentí que debía besarla, y lo hice justo en su brazo, subiendo suavemente por su hombro, hasta que le besé el cuello con mis labios húmedos y sedientos por comerle la boca. Me sonrió nerviosa, se le notaba en los ojos el deseo, así que le di un poco de aire y al rato volví a repetir la secuencia, pero esta vez al llegar al cuello, con mi otra mano la tomé de la nuca con suavidad y fui subiendo con mis labios ahora temerosos hasta llegar a los suyos, ya entregados a mi asedio; nos besamos sin tregua. Había un final que estaba escrito y yo esa noche supe leerlo. Nos miramos fijamente, jadeando, y ambos entendimos que había llegado el momento.

Salimos rápidamente de la disco, con prisa y a los besos. Repetimos la misma secuencia del día anterior, pero esta vez íbamos abrazados de camino a casa. Llegamos al portal y yo abrí la puerta invitándola a pasar primero. Mientras esperábamos el ascensor no parábamos de besarnos, había mucha pasión en nuestros ojos. Nos metimos en el elevador y no podíamos despegarnos, estoy seguro que empañábamos los espejos para que nuestros reflejos no pudieran descifrarnos. Eran sólo dos pisos, pero duró una eternidad ese viaje. Al llegar intentaba abrir la puerta del apartamento, pero las manos me temblaban, ya no de miedo o timidez, sino del éxtasis y la lujuria. Finalmente entramos y encendí la luz del corredor que lleva a los cuartos de la casa. Ella enseguida se quitó los zapatos y yo me desprendí de los míos; también me quité la camiseta. Volvimos a fundirnos abrazados y nuestra saliva ya era espuma, pues esa rabia veníamos a matar. La puse contra la pared y ella enredó sus piernas en las mías, trepando lentamente hasta sujetarme por la cadera. Luego con los brazos me rodeaba el cuello, mirándome fijamente con malas intenciones. Yo la sujeté fuertemente de la cola, con ambas manos, y la pasión ardió en gemidos. Sus besos en mi cuello se mezclaban con los míos en el lóbulo de su oreja. No esperé un segundo más y tanteando la pared encontré el interruptor de la luz del pasillo. La apagué y a obscuras nos metimos en el cuarto. Caímos derribados en la cama y en menos de lo que podría un enamorado perder la razón, ya no teníamos la ropa puesta. Allí estábamos desnudos, despreocupados y sin complejos, y por alguna razón que quizá sea mística o de algunos de los sentidos, que más bien sería el sexto, esa noche presentí que no estábamos allí teniendo sexo como dos desconocidos. Esa noche habíamos hecho el amor.

Amanecí desnudo, con la mirada perdida en el techo. Mi sonrisa estaba como dibujada, no podía dejar de pensarla. Me volteé y me abracé a la almohada, que todavía tenía su sudor y su perfume. Allí me quedé reposando alegre y despreocupado, con los ojos cerrados, mientras rememoraba cada instante. Mi ánimo había encontrado la calma, ya no había porqué fluctuar, y de la soledad no había rastros en mi habitación, si quiera en los rincones de mi mente. Por ese cuarto había pasado un tornado de amor y sensualidad, todo estaba manchado, impregnado y dado vuelta. Me arrasó, pero al irse dejó esa calma, apaciguando mis demonios y devolviéndome algo que si no se tiene, pues no puede uno saberse vivo, ahora tenía ilusión, o quizá también, una inmensa incomprensión ilusoria.

Pensé en redactar aquí cada uno de los encuentros, más también todos mis momentos de incertidumbre cada vez que Rachel no respondía mis mensajes, cuando andaba perdida por el barrio haciendo amigos nuevos, pero no, no era necesario. 
Como toda historia, ésta también debía tener un final, y yo lo veía muy claro. Nos volvimos a ver exactamente dos veces más, al menos íntimamente, que luego hubo otros encuentros sólo de bar, charla y amigos. El último sábado que la vi ella me había invitado a pasar el día en la playa junto con el pequeño que tenía a su cuidado, de quien sé el nombre pero no soy capaz de escribirlo como es debido. Lo único que me alertó de la invitación fue que vendría también un amigo nuevo que había conocido hacía poco, mientras jugaba con un aro que hacía girar por todo su cuerpo mientras danzaba y daba saltos, que comentario aparte, lo hacía muy bien, con delicadeza y sensualidad. Pues eso me alertó porque en ingles cuando te dicen “My friend” es difícil saber el género, y tuve la cobardía de imaginar que Rachel sería capaz de sumar a la velada a un amigo del sexo masculino, con lo que eso supondría. No quería verme en medio de una competencia feroz por ver quién le robaría durante ese día la mayor cantidad de besos y toda su atención, pero al fin y al cabo qué me importaba si yo ya la había tenido entre mis brazos más de una noche. Igualmente preguntar para aclarar antes de aceptar la invitación me pareció indiscreto, por lo que fingiendo despreocupación acepté. Nos encontramos por la mañana en el portal del edificio y salimos los tres hacia la playa, era un día gris y claramente iba a llover, pero eso no nos detuvo. Al llegar a la playa había poca gente, así que pudimos escoger sitio y tumbarnos. Mientras el pequeño juega y corretea por la arena yo la miro a Rachel con mis ojos cansados, para regalarle luego una sonrisa cómplice, que como siempre, ella contestó con su escultural sonrisa tibia. No me acerqué demasiado, quería que no notara las ganas locas que sentía de abrasarla y hacer de ése día, otra velada romántica. 
La lluvia que amenazaba minutos antes, ya era una realidad, así que recogimos todo y nos fuimos debajo de una sombrilla, que si bien son para el sol, hacía las veces de paraguas a los que sin importar el clima, bajábamos a la playa. Era una llovizna débil y de hecho escampó pronto, pero seguíamos allí sentados en una tumbona enorme, ella sentada en el borde y yo justo detrás, observando su espalda, su cintura, sus curvas. No pude más y alzando mi mano derecha le acaricié el hombro, muy suavemente. Rachel se volteó, me miró e hizo esa sonrisa tierna y nerviosa como la de quien acepta el gesto, pero no lo puede corresponder. Continué bajando y le hice unas caricias en la espalda, que luego se sumaron a unos besos por el cuello, mientras ella seguía mirando el mar, y sugiero que no hablaba porque estaba perturbada, llena de pensamientos y controversias, tratando de entender cómo había ideado todo esto su destino, su suerte y mi más absoluto descaro a la hora de querer a un desconocido, como quien ama a la futura madre de sus hijos. Así como perdí el control de mis manos y los besos, también mi lengua desobedeció mi cerebro y se lanzó antes de que sonaran las alarmas que advertían acerca de no empezar a decir lo que aún no ha de suceder: la despedida. Se lo solté en voz baja, pero bien claro -No te vayas, quédate. Te voy a extrañar-, y reposé mi mejilla sobre su espalda. De alguna manera me daba vergüenza haber sido tan vulnerable. Rachel sonrió como siempre, pero aceptó el gesto -Yo también quisiera quedarme, Barcelona es muy bonito-. Y entendí enseguida que no debía insistir, pues no estábamos esperando la misma cosa. Evidentemente teníamos motivaciones diferentes para extrañar, y a un hombre que sabe leer los gestos, pues le sobran las palabras, mejor era tomar cierta distancia.

Ese día fue muy largo, pero hermoso. Después de almorzar nos fuimos a otra playa un poco más alejada, donde más tarde se uniría su amiga. Vale aclarar que ya no había dudas, su amiga era una chica que practicaba con el aro en el parque que ella solía frecuentar, y la idea era verse por allí para jugar un rato. Llegamos a la playa luego de caminar unos veinte minutos debajo de un sol que ahora sí se hacía presente y ardía sobre nuestras cabezas que fundían pensamientos sin cesar, porque en ese trayecto, se dijeron apenas algunas cosas, algún que otro comentario, pero ambos queríamos pensar y no decir; aunque luego yo también dijera algunas cosas sin pensar. Encontramos enseguida un sitio donde sentarnos, la playa estaba todavía vacía porque el sol apenas había asomado. No hicimos mucho a decir verdad, sino más bien nada. Sencillamente tomar sol, y yo me dediqué un buen rato a cuidar del niño y jugar con él. Fue una experiencia muy enriquecedora, aunque sólo haya durado un día. Estaba yo allí con la mujer de mis sueños, esa que tardaba en llegar y no veía ni en mis mejores sueños, y ademas el pequeño me adoraba y reía contento, hasta logré que se animara a meterse en el mar. Todos estábamos felices, idealmente relajados, no había preocupaciones ni tiempo, sólo disfrutar. Pero yo sabía que esto era sólo un día, y nunca dejé de sentirlo así, lamentablemente. Hubo algunos pasajes de ternura que hicieron que el tiempo se detenga y yo dudara de la realidad. Momentos en que Rachel y yo estuvimos recostados, yo en su falda y luego ella detrás mio abrazándome, contemplando juntos al mar; dicen que no se puede perder lo que uno no posee, pero yo sentía que la iba a perder. Nos encontró finalmente un atardecer fresco y decidimos emprender la vuelta a casa. Recogimos todo lentamente, sobre todo yo que no quería que esto terminara. Volvimos a casa caminando, era un largo trayecto, y yo insistí con la idea de salir esa noche a tomar algo si es que al final ella podía. Me dijo que sí, que me avisaría. Yo le recordé que en mi casa, aguardaba un regalo que había comprado especialmente para ella, se lo dije como con superación, pero me moría por dentro -Te he comprado un pequeño presente, una tontería, pero es un recuerdo para cuando ya no estés aquí-. Su contestación fue la misma sonrisa endeble de siempre, y yo llegué a pensar que no le interesaba en lo más mínimo. Es que hay una diferencia cultural que hasta ahora no he mencionado. Los latinos somos más pasionales, cariñosos, cercanos, pero en cambio los anglosajones no lo son tanto, o sólo en la medida justa, ni más, ni menos. Y fue con esa precisión que Rachel manejó todos nuestros encuentros, nuestra tan corta relación; con esa maldita precisión.

Entré en el apartamento contento. Me sentía satisfecho, pero aguardaba ansioso volver a verla. Sí, a pesar de haber pasado todo un día juntos, yo quería otra noche con Rachel, porque podría ser la última, y el amor cuando está necesitado no puede esperar, sale de casería y mata, mata todo lo que logra besar. Mi ansiedad era en parte justificada porque vernos era una cuestión de lotería, aunque algunas veces también creo que ha sido una cuestión de su voluntad. Por suerte no se hizo esperar, alrededor de una hora después de habernos despedido recibí un mensaje de texto, saldríamos por ahí a beber algo y luego a bailar. Me preparé tranquilo y luego me aseguré de que la casa estuviera en orden. Miré en el primer cajón de la cómoda que estaba en mi habitación para asegurarme que su regalo estaba allí y bien empaquetado. Todo estaba en su sitio y listo para recibirla, si es que finalmente lo lograba.
Nos encontramos más tarde en el portal, como siempre. De allí salimos hacia un bar del barrio pero al llegar, lamentablemente, todo estaba muy tranquilo, no había ambiente, por lo que sólo bebimos una copa y comimos algo ligero. Allí Rachel me mostró unas fotos de cuando modelaba, quedando yo con la boca abierta, era la frutilla del postre, debí imaginarlo, todo su potencial estaba a la vista. Decidimos luego probar suerte en otro sitio antes de ir definitivamente a la disco, pero este segundo bar estaba también un poco aburrido. De todos modos yo comencé a acercarme cariñosamente, tenía que lograr encender la llama nuevamente, pues quería que viniera a casa y darle su regalo, no podía esperar a ver su rostro de sorpresa. Nos fuimos finalmente a la disco, aunque yo advertí que era temprano, pero ambos estábamos cansados y no nos quedaban muchas fuerzas como para una noche muy larga. La disco en la que entramos no estaba vacía, sino que estaba desierta, éramos sólo cuatro allí dentro. Pensé que para ella no sería problema, ya la había visto danzar a solas, y no parecía importarle, pero sin embargo su cara era de decepción, y me comentó que el sitio estaba aburrido. Insistí con esperar un momento como para ver si comenzaba a llegar gente, mientras bebíamos una copa. Pero pasada ya casi una hora allí dentro, seguíamos solos. En ese instante ambos reparamos en que eran las fiestas de Gracia, otro barrio, y la mayoría se había trasladado para este otro sitio. Rachel bebió el último sorbo de su copa y comentó que quería irse a casa, estaba cansada, yo asentí y bebí de prisa, pero no sin antes pedirle que viniera a casa -Ven a casa, al menos para recoger tu regalo-. Aceptó y salimos de allí abrazados, yo la sujeté como quien no quiere dejar escapar su presa. Ella también así lo hizo, por suerte habíamos coincidido en la idea de pasar otra noche íntima, una que ojalá fuera mejor a las anteriores, si es que eso pudiera superarse. Reíamos a carcajadas por el camino, parecíamos despreocupados, y yo la miraba mientras me hablaba, pero no la oía, mi atención estaba puesta en una suerte de desesperación que me había entrado por rogarle que no se fuera. Le hubiera suplicado allí mismo que se quedara para ver todo lo que tenía para darle, sin reparar si quiera en que todavía éramos dos perfectos desconocidos. De esos que se saben muy bien químicamente, pero que aún no han podido ver lo que realmente hay debajo de la mirada del otro.

Llegamos al apartamento como siempre, pero esta vez en el trayecto desde el portal hasta el apartamento no hubo besos apasionados, ni un ascensor de espejos empañados, ni yo me demoré intentando colocar la llave en la cerradura durante dos minutos para abrir la puerta, no, esta vez llegamos apaciguados y conversando. Había una tensa calma que nos envolvía las miradas. Ni bien entramos a la casa ella se metió en mi cuarto y me esperaba sentada sobre la cama mientras yo traía un poco de agua. Cuando entré nos miramos y sonreíamos, me senté a su lado y la bese sutilmente, acariciándole la mejilla, ambos con los ojos cerrados. Cuando abrimos los ojos la miré fijamente y le dije -Espero que no te importe, pero tengo un regalo para ti, una tontería, pero quiero que tengas un recuerdo de mí-. Tomé una pequeña caja del cajón de la cómoda y se la puse en sus manos. Me puse de pie para ir al baño mientras ella intentaba romper el envoltorio. Al regresar al cuarto, todavía no lo había abierto -Adelante, no te demores, ábrelo-. Entonces muy despacio quitó la tapa de la pequeña caja  y allí sonrió sorprendida -No tenías que hacer esto, ¿Porqué?. Es hermoso-. El regalo era una delicada gargantilla de plata con un dije que decía "Love". Era esa mi declaración sin palabras, todo estaba en los hechos; juraría que ella jamás lo quiso ver, siquiera pensar. 
Se la coloqué en su cuello con cuidado y la miré a la misma distancia de siempre, la de un beso. Cerramos los ojos y fundimos nuestras bocas apasionados. Abrazados nos revolcamos por la cama y yo volví a encargarme de apagar la única luz que nos podía delatar. Esa noche me dio clases de lujuria, me mostró en hechos lo que era hacer verbo la carne; me advirtió que nada es para siempre.

Todavía agitados y sudados, intentando recuperar el aliento, ella reposa boca arriba y yo encima mirándola fijamente con los ojos entre abiertos. Junté dos bocanadas de aire y se lo solté:

- Rachel, creo que me estoy enamorando. Me iría contigo ahora mismo con tal de que este cuento no se termine.

Se hizo un silencio atroz, y ella me acarició el rostro. Yo había abierto los ojos para mirarla fijamente, y entonces pude ver que Rachel se había puesto a llorar. En silencio, como quien no quiere pero debe hacerlo. Con una voz temblorosa me dijo:

-No me sigas a ninguna parte, tú te mereces algo mejor.
-Me gustaría saber de tu propia boca porqué tu no eres ese algo que yo hoy veo como lo mejor que la vida me podría haber dado en los último nueve años.- Yo ya no estaba encima de ella, me había puesto de lado y la acariciaba con dulzura como para consolarla.
-Hace alrededor de nueve meses, alguien a quien yo amé con todo mi ser, me dejó abandonada, tirada, me hizo sentir que jamas me habían querido. Quedé Ahogada en una desilusión que todavía hoy hace que tenga miedo de amar o ser amada.
-Tranquila, continua.- Le enjugué las lágrimas de ambas mejillas.
-Ya terminé, esa es la historia, no hay más.
-Digo que continúes llorando. Parece que te hacía falta. Aquí tienes mi hombro para desahogarte. Según presiento, esa misión he venido a cumplir yo en tu vida, aunque más no sea.
-No era la respuesta que esperabas ¿Verdad?.
-Yo no esperaba ninguna respuesta, sólo quería sacarme las ganas de decirte lo que pensaba, más bien lo que sentía.- Debía fingir comprensión, más nunca dejar entrever que mis lágrimas iban trepando a mis ojos mucho más lentamente que las suyas, y mi voz se esforzaba por parecer inquebrantable.
-Lo siento.
-No tienes porqué decir eso, nuestra historia fue auténtica, impensable, sorpresiva. Jamás nos detuvimos a pensar ni mucho menos cuestionar nada, tan solo nos hemos dado cariño, y del bueno.

Luego de un buen rato nos pusimos de pie y ella me agradeció -Gracias, siento que he estado con un hombre. Hoy siento que he crecido, gracias nuevamente-. Y me besó fuertemente.

Desde ese día se me terminó el relato. Esa noche de alguna manera fue la última. Rachel no volvió a escribirme, ni a llamarme y hasta creo que no volvió a recordarme. Tomó distancia del asunto, lo enfrió y lo postergó al olvido de inmediato. Cuando hice un intento por contactarla, ella contestó amablemente, como haría con cualquier otro desconocido. Pero tan inmediatamente como le dijera de vernos, desaparecía, ya no había nadie del otro lado del teléfono por mas que yo insistiera. Ahí me cayó con fuerza la verdad y aplasto mi cabeza, dejándome inmerso en una realidad que no me gustaba. 

Una noche, más precisamente un jueves, nos vimos de casualidad cuando coincidimos en el mismo bar. Ella estaba con unos amigos cenando y yo solo. Me acerqué y la saludé con amabilidad y sorpresa, ella fingió el encanto y el mismo asombro, pero me retiré enseguida a mi sitio y los dejé que siguieran en su asunto. Más tarde me fui a casa y como a las dos horas volví a salir. Me fui al otro bar que frecuento, aquel que tiene la cerveza A.P.I que tanto le gustaba a Rachel, y con la suerte de que al entrar y sentarme en la barra reparé que justo enfrente estaba ella con sus amigos otra vez. No quise acercarme, ya estaba bien, mejor era empezar a despegarme sentimentalmente, pero mientras conversaba con mis amigos ella se acercó a la barra y me invitó a tomar asiento con ellos. Insistí en que no quería molestar, pero igualmente me pidió que me uniera a la mesa. Así lo hice y pasamos algunas horas donde ella y yo no intercambiamos más que vacíos comentarios, palabras sueltas. Hasta sentía ganas de irme a casa, porque no hacíamos más que mirarnos las caras, pero ya no nos veíamos. Más bien ella no quería hacerlo, pero me quedé porque era la última oportunidad   de poder estar cerca, aunque más no sea por un rato. 

Esa noche fue larga. Si bien sus amigos se fueron temprano, más tarde fuimos a una discoteca con una tercer persona que era su jefe. Pero ella me ignoraba como nunca antes. Nos volvimos de madrugada al apartamento y los acompañé al primer piso, donde ellos vivían. Me despedí y les deseé un buen viaje de retorno a casa. Todos nos mostramos encantados por habernos conocido y yo ofrecí mi colaboración siempre que quisieran volver. No esperaba ni quería creer que esa fuera realmente la despedida, pero lo cierto es que lo fue. 

Esa misma madrugada tuve un sueño que jamás se lo pude contar. En ese sueño estábamos ella y yo corriendo rápidamente, como escapando de algo o de alguien. No estábamos juntos, pero ambos corríamos en la misma dirección. Cuando de repente apareció allí delante una piscina en medio de un jardín lleno de flores. El ambiente olía a rosas y jazmines. De un extremo de la piscina me acercaba yo y del otro ella, y cuando llegamos al borde ambos saltamos con fuerza y en el aire nos fundimos en un abrazo, cayendo desplomados al agua, pero sin soltarnos. Nos hundíamos de prisa pero nunca tocábamos el fondo. De algún sitio salió una voz que nos susurró como al oído: -Había escuchado decir que el amor es oro en polvo, pero jamás lo había visto fundirse, mucho menos en un abrazo-. Y entonces todo se puso obscuro. 
Con los ojos entre abiertos y creyéndome todavía en el sueño, recuerdo que miré el techo y vi un gran disco dorado que sobresalía como en relieve, era como una medalla gigante, y en el centro se apreciaba perfectamente la imagen. Eran un hombre y una mujer que estaban de lado, abrazados y sin ropa. Cerré entonces los ojos nuevamente, con fuerza, y deseé con todo mi ser regresarla, aunque tan sólo fuera posible, en otro de mis sueños.


G.L.R 
Barcelona - 13/09/2014

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sábado, 9 de agosto de 2014

La marea verde

Me ha sucedido siempre, y esta vez se ha repetido. Largas caminatas por la noche, perdido entre la gente y las calles mojadas. Mi sombra oculta por momentos, como escapando de todos; también de mi. Aún así disfruto en soledad de todo lo que me rodea. Nadie podría jamás quitarme este tesoro que son mis ojos y más preciada aún es la forma con que miro y analizo todo a mi alrededor. Todo está ahí, en la noche, justo cuando muchos perdemos las inhibiciones y dejamos al desnudo todo lo que durante el día permanece oculto, destruyéndonos por dentro, pidiendo salir. 

Me freno en un cruce de calles y observo, hay una niña vestida con minifalda y tacones que llora desconsolada sentada en un umbral, sujetando con fuerza un vaso de plástico que parece sólo tener hielo. No voy a consolarla, tendrá que aprender sola a no creer en todo lo que ve, en todo lo que otros dicen. Pero justo en frente hay un joven, borracho, también sentado casi en el suelo, fastidioso y maldiciendo algo o alguien, su vaso está roto mientras él insiste en beber lo que aún queda. No derrama ni una lágrima, aunque que quisiera, pues sus gestos lo delatan. Tampoco voy a tenderle una mano, ya despertará mañana queriendo arrepentirse, si es que cabe. 

Sigo mi camino, que no está claro, pero no detengo mi marcha. Otra vez entre callejuelas y sombras, entre mujeres y hombres por el suelo, entre llantos y gritos de alegría, y de repente me encuentro yo en un sitio en el que merece la pena frenar, detenerme. Debería decir que vi luz y entré, pero no, no fue ese el caso. Al pasar por la puerta la luz fue lo de menos, pero el brillo lo fue todo. Un par de ojos verdes mirando hacia mi, invitaban a entrar, he hipnotizado me dejé llevar. Luego la sonrisa me invitó a permanecer adentro y no salir de allí a ninguna parte. Aún sin ganas de beber, bebía y mi cabeza viajaba de lado a lado en la barra con el ir y venir de esos ojos verdes; un poco tristes parecían a decir verdad. Por momentos me sentía estúpido, solo en la barra de un bar mirando de manera obsesiva a esa niña que iba y que venía, pero que también me sonreía. Más estúpido aún me vi, cuando ya pasadas dos horas no había hecho más que beber y observar, que sonreír y gesticular, siempre a la misma persona, ¿Y sabes qué? No le dije palabra alguna. 

En esas dos horas creé en mi cabeza mil conversaciones, donde ella muy interesada preguntaba todo de mi. Yo me veía animado y ella que se mostraba tan atrapada, pues me hacía sentir interesante. En esas charlas la esperé hasta que cerrara el bar, y ya fuera la tomé de la cintura y la besé; ella no se resistió.
Nos perdimos juntos en la noche, entre las sombras y los duendes, las farolas sin luz y las personas sin vida. Corrimos y saltamos por encima de todo lo que se nos cruzó en nuestro camino. Llegamos al parque y rodamos por el pasto como animales, abrazados el uno con el otro, bien fuerte, como sujetando y conteniendo todas nuestras miserias. El viento soplaba fuerte y unas nubes amenazaban con aguar la fiesta, pero allí nos quedamos, desafiando la naturaleza. Y así el aguacero se desplomó sobre nosotros, embarrándonos de amor y locura; permanecimos inmóviles.

Pero la realidad era otra, seguía allí sentado en la barra del bar, había volcado mi cerveza sobre la barra y me mojé todos los pantalones ¡Vaya papelón!. La volví a buscar con la mirada, y ella sonrió, yo también lo hice, pero no intercambiamos palabra alguna. Me sequé como pude y el dueño del bar me invitó a salir, estaban cerrando. Fue aquella la vez que más caro pagué por una fantasía que nunca sucedió más que en mi cabeza. Sencillamente podría haber fabulado en el sofa de mi casa, o en la ducha, o un mero sueño al dormir, pero no, siempre me faltaría ese par de ojos verdes que dieran la motivación a soñar, a no dormir. Son esos ojos y esos labios una condena sin objeción ni quejas, son también un error que algún día quisiera cometer. Me pregunto cuánto falta para hacerte realidad, si ya te he besado y desnudado con la mirada, y tu que no eres tonta, pues te has dejado y en más de una oportunidad. Ya no quiero que hablen nuestras miradas, ya no quiero que me acaricie sólo la brisa que dejas cuando pasas junto a mi en la barra del bar, quiero sencillamente hacer lo que imagino para mis adentros, transformarlo en hechos. Pero no puedo, o tal vez no quiero. Ya no quiero preguntarme cómo será esa voz que escondes tras tus labios, aunque yo la imagine dulce y tierna.

Ayer volví a repetir todo este ritual enfermo de conquista barata, pero tuvimos un avance. Nos hemos mirado ni bien he entrado en el bar y sus ojos brillaban más que de costumbre. Ella me saludó con alegría, me preguntó cómo estaba y por fin, después de tanto imaginarla, escuché su preciada voz; amable y complaciente. Estuve en la barra como de costumbre y bebí sin derramar una sola gota, pues ya no tuve esa necesidad de fabular como antes. Intercambiamos algunas palabras, me dejó entrever algunos detalles de su vida, pero a diferencia de las otras veces me retiré temprano y en partes satisfecho. No sé exactamente porqué, pero la histeria se había calmado. 

Ella sigue allí con su belleza intacta, y yo frecuento el sitio cada vez que puedo. Nos alegramos mutuamente de vernos y no escatimamos en sonrisas, como queriendo demostrarnos que el placer es mutuo. Seguiremos avanzando en esto que es una suerte de relación. Quizá terminaremos siendo amigos, o tal vez seguiré siendo un cliente más, pero en el fondo, debo confesar que me desespera saberlo cuanto antes. Sobre todo antes de que me decida a dejar de intentarlo y empezar a olvidarte, como otro de mis fracasos.


G.L.R
09-08-2014 - Barcelona - España

domingo, 20 de abril de 2014

Una estratégia para mi desconsuelo

Hubo un tiempo, ya hace algunos años, en que tenía una rutina. Todos los Miércoles, y algunos Viernes, debía tomar un bus al salir del trabajo y viajar unos cuarenta minutos. Desafortunadamente, y como era costumbre en mi Buenos Aires querido, el viaje lo hacía en pésimas condiciones. Los buses o colectivos, como solemos llamarlos, suelen ir llenos al punto que no cabe un alfiler, pero aún así, y muy sorprendentemente, sigue subiendo gente en cada parada. Los conductores son audaces pilotos que pueden conducir semejante maquinaria, cargada con personas que van de pie, y en algunos casos sin sujetarse, pues la compresión los mantiene erguidos, y lo hacen a velocidades impensables. Cada curva es un desafío, intentando maniobras para no caerle encima al agraciado o agraciada que va sentado justo delante de uno. Ni hablemos del momento en que uno debe bajarse, y se encuentra a unos tres o cuatro metros de la puerta. Quizá alguien haga sonar el timbre y entonces el bus se detenga, pero los conductores suelen retomar la marcha con precisión quirúrgica, justo cuando el último pasajero en bajar apenas ha puesto un pie en al acera, por lo tanto, quien venga corriendo hacia la puerta, difícilmente lo logre, a menos que recurra a la estrategia de dar voces al chofer y lograr intimidarle, y así sí que frenaría nuevamente. Un patético escenario que se vive a diario, conformes pasan los años, los siglos, y es ya una marca registrada.

En medio de todo lo anteriormente descrito yo saqué un día a relucir toda mi imaginación, y le puse condimento a ese infierno de hacinamiento y barbarie, mientras iba de pie, siguiendo el vaivén del bus, y en un estado de absoluta somnolencia. Me monté mi propia obra y recluté cuidadosamente algunos actores. Empecé por personificar a mis mejores cualidades, sin modestias claro está, pues sino me valoro yo mismo, entonces quién. A cada una de ellas le puse un nombre, eligiendo los que me parecían más bonitos. Serían de hombre o de mujer según la imponencia de cada una; no supe al final si por cortesía o por sumisión, pero las más imponentes llevaron nombre de mujer y las menos resonantes uno de hombre. 

Acto seguido las fui nombrando una a una como para recordar y asimilarlas, y luego fui entablando breves conversaciones, cual loco conversa con su amigo invisible. Las consecuencia de tal fabulación no tardaron en notarse, me sentía rodeado pero no apretujado, de alguna manera había perdido la noción del resto del rebaño que me empujaba de un lado a otro, de los que me pisoteaban, del que empujaba para apresurarse a bajar del bus, etc. Era sólo yo y mi escenificación incongruente. 

Una vez terminadas las charlas individuales y ya habiendo amenizado bastante el ambiente, decidí hacer algunos planteamientos. Les pedí que me ayudaran a identificar a nuestros rivales, esos defectos o males que me aquejaban y buscar así vencerlos. Se armó el bullicio, todos ellos hablaban a la vez. La bondad decía, No siempre tiendes la mano con tanta calidez y lo calculas todo muy fríamente, quedando así expuesto a la maldad o cierta perversidad. Pude escuchar por ahí también cómo la sinceridad comentaba, No siempre aplicas tu lema sobre que una verdad a tiempo es mejor que una mentira a destiempo, además abusas del silencio, aún cuando tienes algo que comentar, eso podría dejarte expuesto a la mentira. Fui tomando nota como podía, a toda prisa y tratando de discernir lo que decían, entonces decidí poner fin al bullicio, Silencio, pongamos orden a todo esto, de a uno a la vez. Todos callaron menos el coraje que quedó hablando solo, Tú siempre confundes el coraje y la valentía con hacer las cosas sin pensar, ir por delante y empujando, pero eso no es coraje, más bien es imprudencia, cierta forma de cobardía que quieres tapar con bravura, pues quedas al final como un bárbaro que no piensa lo que hace, y que no mide lo que destruye cuando intentas salvarte a ti mismo, eso amigo mio, es de alguna manera egoísmo. 

Con esta última reflexión todos nos quedamos boquiabiertos. No por nada al coraje le había puesto nombre de mujer, se llamaba Rocío. intenté balbucear unas palabras como queriendo animar el debate nuevamente, pero fue inútil. 

El haber personificado estas hermosas cualidades que creía tener me había hecho recordar todo lo bueno que uno tiene, pero haberles dado voz me hizo también ver la otra cara de la moneda. El resultado era asombroso. Con mi ejército de buenas cualidades listo para la guerra, lo que quedaba era plantear una estrategia para empujar fuera esos defectos que parecían a veces ganar en número, y que asestaban siempre un solo golpe, pero era mortal. La sonrisa, que era también una de mis hermosas cualidades, cuando se dejaba ver, esbozó una estrategia, De ahora en más, lo que yo haría en tu lugar es cambiar cada insulto recibido por una sonrisa regalada, cada fracaso por más sonrisas y así acabaras contagiándote a ti mismo de optimismo. La guerra apenas había comenzado. El pesimismo se hizo presente, apareció con contundencia para afirmar, Tú no sirves para eso, a quién quieres convencer con una falsa sonrisa, quizá a los demás, pero nunca a ti mismo, olvida ya, sé más realista. Ese último golpe tuvo un efecto devastador en mí, y miré a los otros como esperando una ayuda, que me dieran letra. Entonces el optimismo, junto con la verdad, se unieron y contra atacaron, Tú calla, no sabes nada, basta mirar atrás y ver todo el camino recorrido, los logros obtenidos, la experiencia, la familia, los amigos, los obstáculos derribados y las experiencias vividas, para poder tener optimismo y seguir mirando hacia delante. Así se habla, me dije para mis adentros. Sonreí felizmente y me sentí orgulloso de mis muchachos, pero vino detrás un personaje indeseable.
A dónde crees que vas tú solo, sin nadie más que tu puta sombra siguiéndote detrás, y sólo porque no le queda más remedio, que sino se desprendería también de ti. Dijo la soledad, con ese tono chabacano, con todo ese aire frío, pero con absoluta sinceridad. Y siguió, Vas a decirme también que eres feliz andando solo por el mundo, sin una mujer que te consuele, sin esa compañera de ruta que no te diga qué hacer, pero que siga tus pasos o tú los de ella, y  dejen juntos una huella más firme por donde pasan, o me dirás que disfrutas tus días de soltero cuando en realidad te mueres por dentro, y cambiarías todo tu éxito profesional por una compañía. No esboces ni una palabra, esto está escrito y ya todo se ha dicho, tú serás por siempre un boludo muy triste que da muy buenos consejos, tú además eres alguien en quien algunos encuentran paz y otros un oráculo, y beben de ti lo que sirve para dejarte luego tirado, porque nadie quiere escuchar tu estupidez una y otra vez, ni si quiera tu mismo. 

Se hizo un silencio atroz, mi cara era la de un niño a punto de romper en llanto. Mi ejército de cualidades era ahora un ejército de dudas. Mi ser era todo un gran defecto. Mis intentos por encontrar una manera de equilibrar la balanza, haciendo que todo lo bueno tenga siempre más peso que lo malo, no habían funcionado. Me envolvía una sensación de abandono y sin argumentos con los cuales replicar semejante argumentación por parte de un ser tan bipolar como lo es la soledad. Alguien que sin duda es necesario en ciertas dosis, y que conviene tenerlo de aliado y no de enemigo. Estaría muy bien poder aprender a convivir con ella, pero es alguien que pretende siempre apoderarse de todo tu ser. 

Sentí que todo se oscureció y mi cuerpo se sacudió, rebotando a ambos lados. Me sujeté fuerte de los pasa manos y espabilé. El conductor había hecho una maniobra de las muchas que sucedían a lo largo de ese viaje, pero al estar ya derrotado mentalmente, pues al primer golpe volví en si. No pude continuar mi fábula y darle el final que yo quería. 

El recorrido terminó y al bajar del bus sentía que me había faltado algo, o alguien. Luego de caminar unas calles me di cuenta qué era. En esta fábula, afortunadamente, hubo alguien que no se hizo presente. O sí, pero nadie supo traerlo a cuento. Desde las sombras había comandado todo esto como el gran estratega. Puedo imaginarlo agazapado asestando golpes y escondiéndose nuevamente. Me pregunto qué hubiera pasado en caso de haberle puesto también un nombre, darle voz y darle voto, y combatirlo como a los otros. Quizá hubiera encontrado una alianza posible, se me ocurre a la primera una dosis de valentía, verdad y sonrisa. O tal vez más contundente una dosis de valentía, amor y bondad. No lo sé, lo que sí está claro es que este oso de color oscuro, cara triste pero con ojos desafiantes y unos encantos de adorar, es el mismísimo miedo. Que fíjate si será sabio, que supo permanecer oculto, incluso para mi imaginación, y cuando supe recordarlo ya era tarde. Le bastaron dos contra ataques mortales para sacarme de mis intentos por vencer al gran jefe. Ese dueño de muchos de los otros defectos; un comandante de infortunios. 

Pues hay que tener cuidado, porque esta es la más popular de las desventajas o debilidades que un hombre puede poseer, para convertirse luego, en su propio enemigo.

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sábado, 9 de noviembre de 2013

La mansión de los locos

  • ¡Hola! A ver, permiso. Háganme un lugar que tengo que conversar con él, por favor - Dijo Amalia ni bien llegó a la sala.
  • Sí, ven, ponte junto a mi - Le dijo Silvia, su compañera de toda la vida.
  • ¿A ti te parece que tenga que venir yo para hablar de lo nuestro? ¿Te parece que tenga que hacer semejante recorrido para ponerme patética contando nuestras aventuras y desventuras delante de todos, aquí mismo? - Le decía Amalia a su marido, que siempre le era indiferente.
  • Bueno, tampoco es para que ahora vengas a echar en cara las cosas, cálmate un poco - Le decía Silvia, mientras la tomaba por la espalda, como consolándola.
  • Claro, ahora resulta que yo soy la loca, la que viene aquí solamente a montar un absurdo y desafortunado acto de incomprensión. ¿Mírame a los ojos Alfonso cuando te hablo? - Amalia era la víctima, pero eso no le importaba, quería la atención de Alfonso, que no parecía reparar en su presencia.
  • Bueno nena, ¿Porqué no te sientas y te relajas un poco? - Decía Silvia intentando manejar la situación.
  • Yo no sé porqué se me ponen todos en contra. Alfonso, treinta años de casados y jamas me trajiste ni un ramo de gladiolos. De bombones ni hablemos, creo que no sabes ni cómo se piden. El sexo en nuestra pareja fue lo más parecido a una película de terror de bajo coste. Y podría seguir enumerando Alfonso, pero no, ¿para qué? Si ni siquiera me miras. No entiendo para qué me avisan que me quieres ver, si al final no me hablas.
  • ¿No te parece que ya está bien Amalia? La gente se siente incómoda - Silvia tenía una inagotable paciencia y una gran comprensión, pero todo tiene sus límites.
  • Silvia, te lo digo a vos que me das más bola que él, ¿Sabes qué extraño? Extraño cuando íbamos en auto a recorrer otros lugares, otras provincias. Eran unas vacaciones largas, él conducía contento, a pesar de que a veces lo hacía por más de quinientos kilómetros sin interrupción. Ahí sí que la cosa funcionaba, me sentía amada, contenida, cuidada. Estaba embobada con eso del amor para toda la vida. Si existía tal cosa, estaba claro que me había llegado a mi también y parecía inagotable ¡Vaya ilusa! - El tono de Amalia era de añoranza, sentía un fuerte anhelo por volver el tiempo atrás.
  • Claro, me imagino, debió de ser precioso todo eso. Tienes que quedarte con ese recuerdo y ya, déjalo al pobre en sus cosas y pasa página amor mio - Silvia ponía las cosas en su lugar dulcemente, una vez más, pero no le faltaban ganas de sacudirle y traerla a la realidad de una vez por todas.
  • ¿Me estás pidiendo que me olvide de todo? ¿Y entonces para qué me hizo venir aquí? ¿O a caso te olvidas que me metió los cuernos ni más ni menos que con mi hermana cuando llevábamos tres años de casados?, y yo lo superé, claro que lo hice, si estaba más enamorada que de mi misma, pensando en la estupidez de que a lo mejor él no quería hacerlo. ¡Dime algo Alfonso, por favor!. Toda la vida así, callado y mirando para otro lado, mientras yo la loca de mierda que no hace más que montar escenas y advertirte las cosas. Si por ti fuera no verías un tren que te viene de frente Alfonso. Si has vivido todo este tiempo es gracias a mi, ni tu familia te quiere. ¿Dónde están? ¡No los veo aquí eh! - Amalia se estaba quebrando, desconsolada e inadvertida de que allí la gente se estaba yendo, de hecho habían quedado sólo ella y Silvia.
  • Escúchame, ¿Porqué no vienes conmigo y tomas un poco de aire cariño? Además es hora de irse, déjalo ir a él también en paz.

Se hizo un silencio de unos segundos, esos tan incómodos que parecen horas, y donde uno podría cortar el aire con una tijera. 

  • ¿Me pides que lo deje ir? ¡Ja! Una vez más, como toda la vida, siempre ausente. Sin arreglar nada el tipo sale siempre campante de todas las discusiones. Pero está bien, tienes razón Silvia. Igualmente yo lo amo eh, no vayas a confundirte. Este descargo lo hago porque es injusto que después de tantos años, después de cargar yo con todo al hombro, el señor me deje sola y se largue así sin más. Intentaba buscar una explicación pero es inútil, siempre lo fue - Amalia se veía un poco más relajada, ya se disponía a irse. Aunque antes no pudo con su genio y mientras posaba su mano sobre la de Alfonso dijo: - ¡Este hombre está helado! Silvia, hazme el favor de acercarme una manta, por el amor de dios. Siempre igual, siempre lo mismo.
  • Amalia, por favor, terminemos esto de una vez,  apártate del cajón que deben cerrarlo, el entierro es ahora mismo y la gente está esperando allí fuera - Silvia se puso firme y logró así ponerla en su sitio; Amalia se largó a llorar desconsolada. - Tranquila cariño, ve con los doctores que te han traído y vuelve a la clínica a descansar. No quise ser tan dura, pero tienes que poner los pies sobre la tierra por un rato amor mio.

Amalia  alzó un poco la cabeza, levantó una de sus cejas y la miró fijo a Silvia, ajustando la expresión con una leve mueca que le daba aires de superación, para decirle luego: 

  • ¿Te refieres a mi guardaespaldas y mi asistente? - Amalia fabulaba nuevamente y Silvia suspiraba resignada.
  • Sí, claro, de ellos hablo - Silvia decidió ser cómplice una vez más de semejante disparate.
  • Quizá te confundas, de aquí nos vamos a mi mansión. Si vieras la cantidad de gente que tengo trabajando allí, todos vestidos de blanco y siguiendo mis órdenes como corresponde. La mayoría están un poco mayores ha decir verdad, pero serviciales como a mi me gusta. Lo malo es cuando pasan cosas como lo de Ramona, ¿Te conté? - Dijo Amalia mientras se enjugaba las lágrimas y otra vez hacía una mueca de audacia y superación.
  • No cariño, no me lo has contado, pero ya habrá tiempo para juntarnos a charlar - Le dijo Silvia acariciando su espalda y sintiendo pena por Amalia.
  • Déjame que te cuente, Ramona era una de las más antiguas de mi servidumbre, unos ochenta y cinco años, muy adorable. Y podes creer que no va y se me muere en casa mientras dormíamos todos. No sabes qué tristeza, pero bueno cosas que pasan. Igualmente yo digo no, ir a morirte así sin avisar y encima en verano que te devoran los mosquitos querida, ¡Qué desagradable Silvia!. Imagínate que me levanté, todos estaban alborotados, y para mal de males nadie había ido por el periódico. Vamos que a la pobre yo la quería, pero vaya putada lo que me hizo ¡eh! - Amalia se veía ya recuperada y con ánimos de seguir charlando como si estuviera con sus amigas a la hora del Té. Su bipolaridad estaba potenciada a estas alturas y el sarcasmo ya era natural en ella, no como antes que al menos estaba lúcida para introducirlo inteligentemente.

Silvia se contenía las ganas de sacudirla y darle cachetazos para que espabilara, pero sabía que era inútil. Sabía también del pasado de Amalia, la esclerosis múltiple, las esquizofrenias, pastillas de todos los colores y tamaños que tomó toda su vida, automedicándose. Los innumerables intentos de suicidio desde que tenía apenas dieciséis años y todo ese cóctel derivó en Amalia, terminando la pobre internada en un neuropsiquiatrico, lugar del cual supo sacar rédito, convirtiéndolo en su mansión. Quizá era esto un anhelo de toda su vida, tal vez un deseo incumplido o meramente imaginación. Quizás haya sido Amalia un genio incomprendido, una mente brillante, de esas que acaban siempre mal, como escapando de toda realidad, porque allí en su mundo se vive mejor, un mundo que llevan tan adentro de si mismos que a veces por explorarlo, muchos acaban pasándose para el otro sitio definitivamente, y allí se quedan. 

Silvia la tomó a Amalia de un brazo y las dos salieron del tanatorio, y una vez en la calle ambas se despidieron, pues no había tal entierro sino cremación y Amalia no debía saberlo. La habían convencido de que Alfonso de allí se iría a la casa de Silvia, donde había pasado sus últimos años, desde que habían internado a Amalia.  
  
  • Silvia, por favor, dile a Alfonso que se lo piense y vuelva a casa, tenemos lugar de sobra para hospedarle. Y tu, intenta venir a verme más seguido, prometo no hacerte trabajar. Además, si no te apuras acabaré pronto tan patética como mi querida Ramona - Le dijo Amalia con una leve sonrisa mientras se subía en su limusina blanca y daba órdenes a su chofer, escoltada y ayudada por su asistente y su guardaespaldas.

Silvia la siguió con la mirada perdida, conteniendo el llanto producto de la tristeza que le daba verla así, tan ajena a la realidad. Sacó de su bolsillo la foto de Alfonso y la besó, se la puso en el pecho y la apretó bien fuerte, como queriendo ser correspondida por su compañero de aventuras y travesuras. A su hermana la quiere con el alma, y Silvia sabe que es un ingrediente más en ese cóctel que ha llevado a Amalia a vivir enajenada de todo lo que la rodea.


domingo, 30 de septiembre de 2012

¡Mis serias dudas!




Preciso mantener en silencio mis dudas, no vaya a ser cosa que un viento fuerte las sacuda y terminen por convertirse en miedos, para que después cuando grandes e imponentes me empujen al fracaso.

viernes, 13 de abril de 2012

En busca de la Misericordia





Dos hombres se encuentran en un bar de Flores, no precisamente porque hayan ido al encuentro, sino que sentados en distintas mesas, se encuentran enfrentados, podríamos decir que cara a cara. Quien llegó primero es Tito, que luce sonriente y parece muy amigo de todos aquí dentro, un habitué diríamos, él es joven y muy seguro, de esos hombres de palabra y unas fuertes convicciones, aun así, tiene un gran defecto, su debilidad por las mujeres, siendo éstas no sólo su madre y sus hermanas. A juzgar por su cara, hoy debe haber logrado una nueva conquista, además de su esposa claro, de quien sólo sabemos que es ama de casa. Enfrentado tiene al otro hombre, de quien no tenemos realmente mucha información pero al intentar describirlo podemos decir que se trata de un hombre grandote, ojos azules, de unos cincuenta años, lleva barba tipo candado, unas canas medio disfrazadas y esta un poco pasado de peso, y sí, eso se nota en lo que acaba de ordenar para desayunar, nadie se resiste a las delicias de éste lugar, de la confitería San José hablamos. Cada tanto sus miradas se cruzan, pero con indiferencia, es que al parecer no se conocen, cabe destacar que Tito lo anda mirando con cierta repulsión, el hombre es bastante ordenado y mañoso, amanerado quizá también, así y todo cada vez que ajusticia una media luna no puede evitar el enchastre: Dios, murmura Tito mientras esquiva la mirada hacia la plaza de Flores como evitando la escena.

Entre mensajes de texto y risas cómplices, mientras coquetea con los mozos, a Tito le suena el teléfono, entonces atiende sonriente. Casi al mismo tiempo suena el celular del otro hombre y con una pequeña mueca de placer atiende y murmura: Hola mi amor, se hace un silencio y Tito escucha que el hombre dice: “Como te extraño Ale, no te das una idea, ¿Ya estas sola?, ¿Puedo ir?”. A Tito le corrió un frío por la espalda, enfrente tenía otro cómplice de la maldad y que además de, al parecer, estar haciendo mal uso de la palabra Amor, pronunció el diminutivo que el usa para su mujer, “Ale”. Tito volvió a su conversación y cerró su fugitivo encuentro, sería en la plaza de la Misericordia. El otro hombre unos segundos mas tarde en tono firme dijo también: “Cuando yo asome por Pedernera viniendo desde Santander, en dirección a la calle Avelino Díaz, quiero verte ahí, en la puerta luciendo el vestido rojo que te regalé”. Imposible coincidencia, así cayó Tito desplomado en la silla. Recordó enseguida que esa mañana Ale lucía un hermoso vestido rojo, algo que nunca sucedía, la excusa fue que lo amaba y quiso sorprenderlo hasta con el desayuno en la cama, como el diablo te daría un beso para dejarte morir envenenado más tarde. 
Salió el hombre del Bar, salió Tito detrás, quiso frenarlo éste último pero entendió que sería como pisarse la sábana entre fantasmas. Por una vereda va Tito, por la otra va su cómplice, por así decirlo, ambos son asesinos que van a matar de Amor. Tito es un vencedor vencido y un despiadado que pronto querrá pedir piedad, el otro, a juzgar por su soledad, sólo pecará de justiciero haciendo sentir un poco más mujer a la que nunca Tito supo admirar.

Al llegar a la plaza, Tito se quedó solo, al parecer su nueva conquista no quiso sufrir por alguien que la había puesto en un segundo lugar. Por supuesto que volver a su casa lo seducía, pero ver a su princesa en manos de un verdadero príncipe lo dejaba sin aliento, así es que sentado allí y en soledad, lloró como nunca antes. Volvió otra vez a la plaza Flores, esta vez entró en la iglesia, sería para jurarse a si mismo, y ante dios, que nunca más engañaría a nadie, menos al amor de su vida, si es que al finalizar su castigo, el que paga con soledad, éste se hiciera presente algún día. 


Tito sabe que serán ahora, y definitivamente, más cientos que miles las angustias que quepan en su millar de desilusiones, por así decirlo y para ser matemáticamente correctos.


lunes, 17 de octubre de 2011

Mutua Indiferencia



Estás; no estás; hablas y no gritas; yo sé que estás ahí; también observo y no actúo. Algunas veces das una caricia, a cosas realmente insignificantes; yo también observo y no digo nada. Una risa oscura, que hace doler las entrañas; ya no me divierte; pero también observo y no digo más nada; mientras llueve sobre mojado, van resbalando esas mentiras; que también las veo, sin decirte nada más.