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viernes, 10 de junio de 2016

El sudor en los labios

El sol entra por la ventana y le entibia las piernas. Gabriel parece no tener reflejos, ni vida, ni motivaciones para siquiera mover un músculo. El ventanal empañado le ofrece una visión absurda y surrealista de la calle, aquella que conoce hace más de veinte años, pero que no frecuenta ya. Con el cuerpo inclinado sobre su hombro derecho, por momentos se babea y no repara en ello, pero la enfermera aparece de tanto en tanto para acomodarlo y limpiarle el rostro, porque entre la saliva y las lágrimas se ve un poco más patético. 

Gabriel yace postrado en una silla y nadie sabe en qué piensa cuando se ausenta, perdido en sus memorias, ya sin voz y quizás con llanto. No puede hablar ni mover las extremidades, pues depende siempre de alguien a su cuidado. Durante el día una enfermera le atiende, cuidando que al menos coma, y estando siempre lista para cuando hubiera hacer sus necesidades fisiológicas allí sentado. Por las tardes hace el relevo Miriam, quien fuera su mujer desde hace por lo menos quince años. Ella no tiene paciencia y al llegar demora a la enfermera todo el tiempo que sea necesario con tal de no tener que hacer nada más que llevarlo a la cama para dormir, así sin más, quedándose con algo de tiempo para sus cosas; siempre trasnochando.

Por las mañanas sucede lo mismo. Ella se levanta y hace sus cosas mientras espera que llegue la enfermera y se ocupe de Gabriel. No es capaz ni de llevarlo consigo a la cocina y tomar juntos el desayuno. Ella todo lo hace sola, no cuenta para nada con él. Pareciera culparlo de la vida que ella lleva, sintiéndose también postrada de alguna manera. Siempre encerrada entra la oficina y su casa, sin poder socializar como le gustaría. Muchas noches lo regaña, de camino al cuarto, haciéndole saber que su amargura es culpa de Gabriel. Pero él no puede reaccionar, y sólo deja caer alguna lágrima, que deberá evaporarse sola o ser absorbida, pues no habrá dedo ni mano que en gesto de consuelo se la enjugue. 

Pero hubo una mañana que fue diferente, una de esas que no sucedían hacía por lo menos diez años. En realidad Gabriel ya había notado la diferencia la noche anterior cuando Miriam le pidió a la enfermera que se fuera, para poder ocuparse ella misma de todo. Lo primero que hizo fue ayudarlo a cambiarse la ropa. Lo vistió con lo mejor que tenía él en el guardarropa. Le puso unos zapatos de color negro, que se los lustró para que brillen como nunca antes. Le hizo un peinado para el cual se tomó al menos media hora, pues Gabriel llevaba tiempo sin emprolijarse el pelo. Y luego se vistió ella, mientras Gabriel la esperaba en la cocina, sentado ya a la mesa; los ojos le brillaban y casi sonreía. Miriam se apareció de punta en blanco, con un vestido negro muy pegado al cuerpo, unos zapatos de tacos muy largos y un maquillaje muy sensual. Entró en la cocina lentamente, y lo miraba fijo, mientras se mordía los labios con cierto erotismo. Pasó por detrás de Gabriel y le acarició el rostro, luego se acercó a su oído y le dio un pequeño mordisco, como preparándolo para una noche en la que recordaría, después de tanto tiempo, lo que era una erección. Y Gabriel la tuvo en ese mismo instante, de hecho. 
Sirvió la comida y lo alimentó, compartieron el mismo plato, bocado a bocado y cuando ya no hubo más, ella recogió todo y lo llevó lentamente hacia el cuarto, taconeando paso a paso, generando un climax perfecto.
Lo tiró como pudo sobre la cama, le quitó la ropa y luego hizo ella lo mismo con la suya, pero lentamente, observándolo con sensualidad, mientras él quieto, boca arriba, sudaba y la miraba. Miriam se subió a la cama de un salto, y se sentó encima de su pelvis. Le hizo unas cuantas caricias, mientras le bailaba sensualmente al mover sus caderas. Apagó ella la luz, y Gabriel que llevaba años sin hablar, recordó que tenía aún las cuerdas vocales, pues gimió como hacía tiempo no lograba hacerlo; hasta juraría que pudo moverse.

Amaneció y Miriam se levantó, como siempre, a la misma hora, pero esta vez preparó un desayuno para dos. Se hizo cargo de Gabriel y lo acercó a la cocina para que degustara lo que había preparado. Un desayuno completo, de esos que ni ella sospechaba que era capaz de preparar. Lo alimentó, y sobre todo le dio de beber Té, al menos dos tazas bebió esa mañana, casi seguidas. Por momentos Gabriel se sentía un poco fastidioso, pues suele beber café y apenas una taza le alcanza. También se sentía lleno, pues Miriam lo había alimentado con cosas muy pesadas, y en cantidad. La enfermera ya debía haber llegado, pero no lo hizo. Todo hacía pensar que Miriam había planeado quedarse a solas con él, y al menos demorar a la enfermera unas horas.
Cuando terminaron de desayunar, Miriam lo llevó a Gabriel a su ventanal favorito, lo dejó allí solo junto a una pequeña mesa en la que había una taza de porcelana con café. Sólo eso, no había más. Se preparó para salir, aunque esta vez lo hacía más tarde, y antes de dejar la casa se acercó y lo besó en la frente. Fue un beso frío, que se mezcló con el sudor también fresco de Gabriel. Se alejó lentamente, de camino a la puerta, pero sus pasos no eran coherentes, y antes de llegar a la puerta tropezó y cayó desplomada al suelo. Casi al unísono, se escuchó detrás de Miriam el  ruido de la taza y la mesa golpeando el suelo, por el peso muerto de Gabriel que cayó repentinamente, dando de bruces también en el mismo suelo.

Si normalmente la enfermera llegaba a las nueve de la mañana, ese día lo hizo por lo menos a las once. Al abrir la puerta encontró el peor de los escenarios, donde el suicidio pasional era la mejor hipótesis. Desesperada llamó a la policía, y mientras esperaba, recorrió la casa sin salir del asombro y el miedo. Se sorprendió al ver la cantidad de comida que había, las tazas de Té, las marcas de rush rojo en una copa aún sin lavar y todo un desorden que no era normal. Se acercó a la nevera y vio que había una nota con la letra de Miriam que decía algo así como: Disculpa el desorden, no hice a tiempo de recoger. De todos modos, no volverá a suceder. Un beso, Miriam. 

Y el beso era literal, con la marca de rush en el papel. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Sobrevolando la gota en un frio diluvio

Llevaba tiempo observándola, y no era sólo por el ímpetu de su mirada, ni la bravura que parecía emanar de sus ojos azules. Tampoco me llamaba la atención el andar, siempre apurada y ocupada. Su silueta era esbelta, y de estatura más bien baja. El pelo rubio y rabioso le daba personalidad, porque combinado con todo lo anterior, hacían su mirada aún más felina. Su acento al hablar castellano tenía aún resabios de su Polonia natal. Debo admitir que los labios me tentaban, no eran carnosos, pero tenían sensualidad; también ayudados por todo lo anteriormente descrito. 

Le pude ver y descubrir casi todo lo que no me quizo mostrar, incluida su desconfianza y su miedo a la hora de amar . Pero yo quería saber más. O más bien pretendía adentrarme en sus fibras más íntimas para saber cómo sabía esa especie de diosa del amor mitológica que en mi mente había creado. Pero también es cierto que no daba aires de mujer dulce, o romántica, ni tampoco bien predispuesta a la conquista. Y aún así, yo llevaba tiempo observándola.

El hombre solo, y que además es soltero de larga data, sabe esperar. Mentira, no le queda más remedio que esperar. Y para graficarlo aún más, quien no domina el arte de la conquista, está literalmente condenado a la espera. Yo observaba y esperaba, hasta que en una de esas pocas veces que cruzamos palabra alguna, logré captar su interés. Bueno, o quizá lo fingía muy bien. Era una mujer que en medio de una conversación, podía darse la vuelta y alejarse cuando uno aún estaba  terminando de decir una frase que ella no iba a oír, pero que por costumbre, ya sea buena o mala, necesitamos concluir lo dicho, y entonces continuamos hablando, mientras el otro se aleja indiferente. 

Es cierto también que en esa larga espera hubo olvido, o resignación. No todo fue esperar y no ver. Buscar y no encontrar. Dar y no recibir. Hablar y no ser escuchado, más también ignorado. De hecho ya había empezado mi proceso de indiferencia absoluta, casi diría que el interés ya lo había perdido, cuando de repente la tuve esa noche a la distancia en que el aliento empaña las retinas de dos mal intencionados que están cara a cara, a punto de arrugarse las narices. Ya ves, el amor tiene esa desgraciada suerte de conquista. Quien es ignorado busca incansablemente llamar la atención, mientras que quien es pretendido y cortejado busca, estúpidamente, ser un poco más ignorado.

Fue exactamente un Viernes por la noche cuando coincidí en una fiesta con Augustyna. Había terminado de trabajar y me acerqué a la fiesta sin grandes expectativas, planeando la retirada más temprano que tarde. Esa noche ella era la organizadora del evento, pues era en la misma oficina que solemos coincidir todos los días. Por tanto y en cuanto, aún menos había puesto mi atención en Augustyna. Pero entrada la noche, cuando el alcohol ya nos empezaba a aflojar un poco a todos, y momento en el cual se suponía que me iría, ella tuvo algunos gestos que supe entender como un frío e intrigante intento de conquista, de acercamiento. Así fue que le seguí la corriente, por lo tanto no me fui en ese preciso instante, y seguí agregando algunas copitas más. Embriagado y distendido, me sumé al grupo que bailaba allí fuera en la terraza. La observé a Augustyna que estaba bailando, mi mirada era sugerente, y cuando ella me sonrió, lentamente la tomé de la mano y comenzamos a dibujar unos pasos de baile. No estoy seguro si nos coordinábamos, sinceramente, pero yo sentía que la llevaba y la traía, y ella gozaba. Disfrutaba de bailar abrazados y bien pegados, de mirarnos fijamente, estáticos, esperando que alguno diera el paso y sugiriera algo más. Pero yo no lo hice, no estaba seguro de la expresión en sus ojos y su media sonrisa. Me daba la impresión de que me observaba con desconfianza, me hacía sentir que justamente ese paso, era el que no debía dar. Pero también es cierto que es normal en mí imaginarlo todo al revés.

La canción terminó y ella aplaudió, esbozando un aullido que festejaba lo bien que lo habíamos hecho. Yo sonreí tibiamente y ella comenzó a charlar:

- Oye, qué bien ha estado ¿Verdad?.

- Pues sí, nunca imaginé que las Polacas eran tan sexis bailando - Sonreímos los dos nerviosos, y yo le acaricié la mejilla derecha.

- No sabes lo que me ha pasado - Continuó ella, con cara de preocupación o sorpresa, no estoy seguro. - Había aquí en la fiesta un tipo, un Mexicano, lo había invitado yo, pero de repente vuelvo del baño y resulta que se ha ido, así sin avisar.- Concluyó la frase alzando las manos y los hombros, como desconcertada.

- ¿Y qué más te da? Mucha gente se ha ido, es tarde y es normal, ¿Porqué te importa tanto que se haya ido?.- La miré fijamente, esperando que me dijera la verdad, y así lo hizo, no dudó.

- Pues resulta que a ese tipo lo conocí hace poco, nos caímos muy bien, luego tuvimos sexo, sólo una noche, y fue el mejor sexo en mucho tiempo. Me hacía ilusión que volviera a suceder, pero con esto que ha hecho, pues ya no sé si quiero verlo otra vez. Pensar que me tenía aquí, regalada, para lo que él quisiera, y sin embargo se fue sin saludar si quiera ¿Qué le sucede a los hombres? - La tomé de los hombros; ella aún sonreía.

- No sé qué le sucede a los otros hombres, ni a éste en particular, pero a mi me sucede que llevo un tiempo observándote y creo que tú también a mí. Olvídate ya del Mexicano y vente conmigo, vamos por ahí a divertirnos - Se quedó muda y me miraba fijamente a los ojos. Volteaba la cabeza y me volvía a mirar, parecía que quería decir algo que no le salía, o no sabía cómo suavizarlo.

- Tú tienes algo que me gusta, es cierto, eres todo ternura, delicadeza, pero no lo sé, no lo sé... - Se mordía los labios y bajaba la cabeza. Todo era duda en sus ojos.

- No dudes más y diviértete, nos vamos por ahí y ya habrá tiempo para arrepentimientos, si es que cabe.

- Sí pero... - Hizo una pausa, luego me miró sonriendo.- ¡Venga ya! en media hora nos vamos tú y yo a mi casa - La tomé de ambas mejillas y la besé con calma, tiernamente, y ella se dejó, pero pronto me apartó, como si no quisiera nada romántico. Su frialdad volvió a dejarse entrever.

Como habíamos acordado, en más o menos media hora comenzamos a recoger algunas cosas y nos preparamos para salir. Ella iba y venía de la cocina a la terraza, y en uno de esos viajes me preguntó preocupada por su móvil, Lo perdí, no sé donde está. Me dijo con cara de susto. Tampoco sé desde cuándo no lo tengo encima, es que voy un poco borracha, Tranquila, intenta recordar cuándo fue la última vez que lo usaste, No puedo, tengo problemas para recordar, tengo esto que...bueno en fin que no recuerdo algunas cosas, ¿Problemas de memoria? Algo así como Asperger, Sí exacto, eso tengo, Asperger. Yo no sabía muy bien de qué iba eso, pero el móvil apareció y ella recogió varias cosas que puso apuradamente bajo mi brazo izquierdo y dijo: ¡Vámonos!.
Salimos como si estuviéramos huyendo. Saludamos al resto desde la puerta de salida y mientras bajábamos por el ascensor ella me miraba con los ojos bien abiertos, seria, desconfiada. Por favor, deja de mirarme así y relaja, somos grandes, vamos a disfrutar. Le dije sonriendo, mientras le acariciaba el pelo y ella cerraba levemente los ojos. 

Si bien los dos sabíamos que íbamos de camino a algo inevitable, jamás pude sentirme seguro, es decir con la certeza de que fuéramos a divertirnos como se suponía que lo íbamos a hacer. Tan pronto como salimos a la calle, ella se abalanzó sobre un taxi. Subimos, le indicó la dirección aproximada y luego el viaje no habrá durado más de diez minutos realmente, pero a mí se me hizo más largo. Ni bien arrancó el taxi ella se puso a mirar hacia afuera por la ventanilla y yo que la miraba, casi sin querer molestarla, como quien no quiere arruinar el momento. Me intrigaba saber en qué estaría pensando, pero preguntar, en esos casos, no sirve de nada. Ella seguramente tenía la mirada perdida, pensando en un batido de cosas, pero en nada en particular, mientras que ese mundo que va pasando como un film por el vidrio medio empañado, gira y le da vueltas, aumentando la confusión y regalándola más y más al sueño. 
De repente espabiló, como si nunca hubiera estado inconsciente durante el viaje, Es aquí, frene en esta esquina por favor. Le dijo al taxista, con una voz que apenas lograba pronunciar una palabra después de la otra y que se ayudaba con el gesto de un dedo índice apuntando hacia alguna parte, tal vez esa supuesta esquina. Pagué el viaje y luego descendimos, la intenté ayudar a ponerse de pie, pero apenas si me dejó tomarle la mano y enseguida se repuso y me guió a paso firme hacia el apartamento. Al llegar abrió el portal principal, y luego un segundo portal nos esperaba, rogando no estuviera cerrado con llaves, pues al parecer no tenía idea de cuál era la llave, ni tampoco si realmente la tenía encima. Abrió finalmente y subimos por una diminuta escalera de no más de una veintena de escalones, allí ya estaba la entrada a su apartamento. 
Fiel a su manera apresurada para hacer las cosas, intentó abrir directamente, sin las llaves, e insistió más de una vez mientras me miraba y me hablaba; sólo decía cosas, nada coherente.

- Está cerrado con llaves corazón, recién acabas de llegar a casa, luego de estar todo el día trabajando. No esperes que la puerta se abra así sin más. Usa las llaves.

- ¡Joder! Que mal estoy, ya ni sé lo que hago.

- Pues espero que sí sepas a qué hemos venido. Espero recuerdes muy bien nuestras pretensiones, no sólo hoy, sino mañana por la mañana - Se lo dije con gracia, pero un tanto serio. Me disgustaba la idea de pensar que aún podía suceder que me dijera que se arrepentía, que mejor me largara. 

No contestó a mi exclamación pero ni bien abrió la puerta, me tomó de la cabeza y me dio un beso de esos bien fogosos, como para demostrarme que sobraban las palabras. Alguno de los dos cerró la puerta como pudo mientras nos besábamos de camino al comedor. Una vez allí nos tiramos sobre el sofá, salvajemente. A mi me daba vueltas todo, pero no quería ni podía fallarle. Supuse que a ella le sucedía lo mismo, porque en un momento se excusó para poner un poco de música y de camino al ordenador tropezó con todo lo que había en el suelo, aunque fuera sólo  una pequeña alfombra. Volvió a los tumbos y se me tiró encima. Sentada sobre mí me sujetó de los pelos y me besaba fuertemente, ya absolutamente decidida a sellar la madrugada con lo poco de erotismo que nos quedaba. La sujeté fuertemente por la espalda, sin dejar de besarla apasionadamente. Quité su ropa sin saber cómo lo hacía, tal vez hasta le rompí alguna prenda, y luego ella hizo lo mismo con la mía. Nos logramos fundir absolutamente rotos de placer, jadeando pero sin pausa. También me pareció una eternidad, pero fueron apenas quince o veinte minutos de lujuria, lo sé. La oscuridad nos fue devorando y el reflejo de la luna que entraba por el ventanal del comedor nos dejaba entrever apenas los rostros, las muecas de placer y la saliva que empapaba nuestras bocas, las mejillas, su cuello, y hasta su frente. Nos dejamos caer rendidos al acabar, quedando recostados en el sofá y sin pronunciar palabra alguna. Ella tan solo mirando hacia el ventanal, y yo sólo miraba hacia el techo. Pensativos. Culpables.
Al cabo de un buen rato nos movimos hacia la cama de su cuarto, apenas murmurando, y volvimos a caer rendidos con el peso de la resaca sobre una cama húmeda y deshecha. Le di dos besos en la frente y me volteé hacia el otro lado, dándole la espalda. Y creo que no tardé ni veinte segundos en dormirme.

Dormimos tan solo una hora y media, aproximadamente. Una alarma de su móvil comenzó a sonar y en la oscuridad no podíamos encontrarlo. Cuando así lo hicimos finalmente, al cabo de unos intentos logró apagarla. Al despertarme, y sobre todo sin haber dormido casi nada, se me vino toda la resaca encima. Un dolor intenso en la cabeza y el cuarto que todavía me daba vueltas. Ella se había quedado un momento mirando los mensajes en el móvil, arrodillada en los pies de la cama. Con la poca luz que entraba por la persiana del cuarto podía ver su cuerpo blanco y esbelto. El pelo platinado, a tono con su piel, y unos senos perfectos, sin sujetador. 
Se volvió a recostar junto a mí y comenzó a besarme tiernamente, mimándome con cierta fogosidad, buscando un poco más de aquello que anoche no pudimos disfrutar del todo. Aún así no pude corresponderla y me excusé. Ella me pidió perdón, diciendo que no quería molestarme.

- No, no, por favor, si no es que me molestes - Le dije con calidez y besándola dos veces en la boca. - Es sólo que me encuentro muy mareado, mi cuerpo se está cobrando en resacas todas mis desatenciones.

- ¡Vaya! Sí, menuda resaca la que llevamos los dos.


Yo me volteé boca arriba mirando hacia el techo. Ella que ya se encontraba en la misma posición, sujetaba el móvil con ambas manos y revisaba mensajes de texto. Me ignoraba, y cada tanto sonreía con algunas de las cosas que leía, pero no las compartía. Intenté una o dos veces entablar conversación pero no me prestaba atención, y debía repetir más de una vez lo que había dicho. Mejor era vestirme y emprender la vuelta a casa, aquí ya no quedaba nada. 
Insinué que debía irme, esperando que me retuviera, pero para mi sorpresa, ella, sin dejar de mirar el móvil asintió. Se limitó a decir: ¡Está bien!, yo también tengo cosas que hacer, me espera un día largo.
Y fiel a la mala costumbre y la falta de forma en cuestiones de sexo de ocasión, esperé unos minutos e hice nuevamente la insinuación, recibiendo ahora un rotundo silencio, seguido de un aire de ignorancia que me hacia dudar si en esa cama, debajo de ese edredón, realmente había alguien más recostado junto a mí.

Me puse de pie y fui recogiendo mis prendas en el comedor. Me puse la ropa nuevamente, luego me aseé en el baño y al salir ella ya se encontraba también vestida, recogiendo cosas del cuarto y el comedor. Luego se detuvo en el pasillo que comunicaba el cuarto, la cocina y la puerta de salida, y me aguardaba paciente, en silencio, mientras yo terminaba de prepararme. Su mirada estaba perdida, observando fijamente algún punto de la pared que tenía justo enfrente de sí.

Me acerqué lentamente para no asustarla, y le hice una caricia en el hombro. Me miró nerviosa, con una dudosa sonrisa de placer. La abrasé suavemente y ella tardó unos segundos en sumarse al gesto. La besé luego con dulzura y ella sí que me correspondió con la misma ternura. Sujetándole la cara la miré a los ojos sonriendo, quería decirle que esperaba poder repetir esta velada, aunque esta vez sin resaca, pero las palabras se me quedaron encajadas como debajo de la lengua, o en el pecho, no lo sé. Ella en cambio bajó la mirada, otra vez notablemente nerviosa, más también la noté avergonzada, pero no quería saberlo con exactitud, así que no pregunté, tan sólo me fui.

Había llegado finalmente a la conclusión de que esta historia sin comienzo, aclamaba un final igualmente patético. Había nacido de sus silencios y sus dudas, sólo ayudada con la insinuación de unas tibias sonrisas y miradas, y se veía claro que moriría exactamente de la misma forma. 

Esa historia fugaz que me había inventado una noche atrás, a la cual la arrastré sin dejar que lo pensara demasiado, enfermaba ahora de los mismos síntomas que la creó, para morir luego por lo mismo que la motivó a su creación: La indiferencia.

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G.L.R
Barcelona - 13-12-2014





martes, 24 de junio de 2014

Dubicidio en el mar

Ayer sufrí en carne propia la expresión "Un mar de dudas". Porque yo era la duda, y estaba en el mar. Porque ella dudaba y también nadaba en el mismo mar. Ayer no pudimos encontrar una explicación racional a tanta pasión, seguramente porque eso no se explica, sino más bien se aplica. Cada beso salado y mojado era como un tequila, bien fuerte, pero sin embriagarnos. También ayer aprendí a flotar sin piernas ni brazos, porque cada beso, al cerrar los ojos, me hacía perder la percepción de la gravedad. 

Déjame que te diga que en cada sonrisa nerviosa, tus manos parecían temblar, pero aún así no me soltabas, y entre la ira y la duda me volvías a romper la boca de un beso. Pero me echabas y me sacabas, creyendo que era mejor retroceder. Si te hubieras visto los ojos vidriosos y la expresión de placer en tus labios, ¿Qué locura queríamos cometer?, ¿A caso hubo pecado?. Te voy a decir una cosa más, que sólo yo siento y pienso, cuando dos almas que son libres, chocan y se saludan, pues no habrá dios que les haga entender que su pasión es un delito, o que tocarse es un pecado, y mejor ni hablar del deseo. Esas voces que no son nuestras, siguen su diálogo a la distancia, sobre todo cuando dormimos. Nos susurran, nos provocan, nos miman en sueños eróticos o nos van dando flashes de todo lo que no quisimos ser. 

Ok, ahora bajemos y pongamos los pies sobre la tierra, digámoslo, no fuimos un plan perfecto. La histeria nos acabo ganando. Lo entendí tarde y de madrugada, casi cuando todo había empezado. Me di cuenta que la luna ya se iba, el sol se nos aparecía, mientras tu y yo no sabíamos qué hacer con tantas dudas. Divertido sí que lo fue, pero sigo pensando que de tanto nadar en ese mar de dudas, nos podríamos haber ahogado, todavía hoy, cuando todo ya ha pasado. 

Se suele decir que de la duda no se vuelve. Si te lanzan una bola, o bateas o la dejas pasar. Si un auto viene de frente y tu conduces, o lo esquivas o te estrellas, pero siempre, siempre, se toma una decisión u otra. ¿Sabes qué?, hemos desafiado a la ciencia, porque este “dubicidio” que hemos cometido, sí que tiene retorno, segundas oportunidades, o quizá más de dos. Por lo pronto, y ya para cerrar, voy a dejar que esos astros que ayer se me rieron en la cara, cuando yo subía y volaba de constelación en constelación, pues pongan las cosas en su lugar y traigan a nosotros nuevas oportunidades. Pero eso sí, esta vez sin dudas, sin “dubicidios”. Que sea lo que tenga que ser, pero sobre todas las cosas, que haya pasión y malas intenciones.


Ahora que estoy terminando, tengo mis serias dudas de si algo de lo que he contado más arriba ha existido realmente. Es lo que tienen los baños de luna en el mar. Te sumerges y te iluminas pero nunca sabes si al sacar la cabeza del agua, estarás en el mismo sitio, a la misma hora y con la misma gente. Yo por mi parte he amanecido despierto, y eso para mi, es un claro signo de desorientación y barbarie. Sobre todo porque inevitablemente, terminé solo y dormido en mi cama.

jueves, 3 de enero de 2013

Un sueño inocente





Se helaron mis huesos con esa voz oculta en un silencio ausente que me hizo admirar perpetuo e inocente tu más estúpida mueca de dolor. Dragones y furia, máscaras de seres góticos y un ambiente tristemente oscuro. El más allá es una fábula mía, nunca tuya. El hoy será en sí mismo una mentira porque el mañana sabe que nunca llegará. El ayer no quiso mostrarse, se perdió en la bruma, se agotó de no existir. Basta ya, déjame solo de repente; aún taciturno sé llegar a casa. Te recomendaría alejarte cuando estupendamente debajo de la cama vomito mis secretos; también me rompo en pedazos. Aún así no me sueltes la mano, y espérate al mejor momento para recoger mis vísceras.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Ojos ciegos


Algunas veces, se aferra el Corazón a lo perdido, porque no quiere asumir que dos ojos que no ven miran aún mejor...