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sábado, 18 de junio de 2016

Perdidos en el vacío


La historia iba de ojos blancos en un fondo negro. No había más. Dieron un paso hacia adelante cada uno, y quedaron en evidencia, pues no había rostros, sólo dos miradas que no se veían. El fondo era un universo sin estrellas, una infinita galaxia que los sostenía ingrávidos. No había voces, pero se pensaban; pues no había figuras ni tacto que pusieran en relieve o personificaran al otro, y eso al ser humano lo angustia, es pura desazón. Y por ese desconcierto se les dio por pensar: ¿Será que estamos desnudos?.

Poco a poco se fueron acercando más y más, y se precibían al menos la respiración. Saberse ahora seres vivos les dio esperanza. De repente uno soltó un gemido sin voz, que fue sólo una respiración acelerada. El otro se contagió, y no supieron qué más hacer. Luz ya no había, por lo que instintivamente dejaron caer los párpados. La oscuridad los ocultó todavia más. De hecho desaparecieron. Y devorados, en medio de la nada, él sintió una profunda pena. Alguien lo abrasaba por detrás, oía una voz femenina que lo invitaba a relajarse. Pero nunca debía abrir los ojos. Sólo sabe que dio vueltas, que le hicieron el amor incontables veces, que lo insultaban mientras le mordían la oreja, y que salirse no quería. Pero la incertidumbre le dolía por alguna parte, y el deseo de no existir lo agotaba.

Ella le dio un beso y le mordió los labios. Luego lo empujó fuertemente y se reía, mientras le pedía que se fuera, que saliera de su vista, pues el juego había terminado. Él, aún indefenso y oculto, no pudo con tanta histeria, y apretó con fuerza los párpados como queriendo desaparecer. Deseando que de una vez por todas el sol saliera, para volver de nuevo a su rutina, donde tampoco existe, pero se sabe al menos de memoria, cómo lidiar con su soledad.

domingo, 22 de marzo de 2015

El custodio de la miseria

Por el año 2001, Buenos Aires olía muy mal, todo era desgano y desesperanza, como en el resto de Argentina. Victor era por entonces un hombre conocido en el conurbano bonaerense, más precisamente en la ciudad de San Miguel. Vivía en una esquina, donde construyó una casa humilde, pero al menos de material. Detalle no menor en un barrio donde muchas eran sólo de chapas y retazos de madera o lo que pudiera servir para conformar una estructura lo más parecida posible a un hogar. La casa de Victor está muy bien ubicada, el frente da a una de las avenidas principales, de doble mano. Uno de los lados de la casa da a una calle de tierra que se adentra en uno de los barrios más olvidados, no hay salida, tanto si se sube o se baja por esa calle, sólo se ve pobreza y resignación. 

Natalia es una de las dos hijas que tiene Victor. Las hermanas son gemelas y la segunda se llama Romina, quien pasa gran parte de sus días en una silla, sentada. Patricia, su mujer, lleva la casa adelante como corresponde, es decir, está detrás de todos para que nadie se quede quieto y todos colaboren con los quehaceres del hogar. Natalia odia este ritmo al que es sometida, sobre todo porque siempre le toca extraer agua en diferentes cubos, desde la bomba que está en el patio. Primero uno para la cocina y se le agregaban unas gotas de lejía, ya que por esos días el cólera acechaba todavía estas tierras, y el agua era de pozo. Otro cubo iba a parar al baño, que se usaba para el inodoro, y otro más para llenar la ducha, ya que era un viejo sistema eléctrico que cargaba unos cinco litros, luego se enchufaba y se lo dejaba calentar por una media hora y había un pequeño grifo para ir dosificando el agua, pues si se la dejaba correr no llegabas ni a enjabonarte. Si era verano, por las tardes se usaba otro cubo para salpicar un poco el patio, pues era de tierra y con el calor y el polvo se hacía insufrible. Era una tarea muy precisa, no había que mojar y hacer barro, sino salpicar bastante para que la tierra estuviera un poco más firme; yo he tenido que hacerlo y he inundado varias veces el patio, llevándome unos cachetazos de Victor en la nuca. La vida aquí se hacía dura.

Este hombre serio que es Victor, y que ahora viste siempre de entre casa, ha sabido llevar un uniforme azul, accesorios para golpear o incluso dar muerte, a todo aquel que se resistiera a la autoridad, además de un sombrero bastante particular, pues es un policía retirado de la federal. Este tipo de policía tiene su jurisdicción en todo el país, pero patrullan la capital federal, lugar al que viajaba casi todos los días en tren. La casa de los Fernandez, así se apellida Victor, obtenía favores y cierto cuidado de la policía bonaerense, pues más de una vez Victor ha colaborado con ellos en algún atraco o persecución por el barrio. Y más de una vez le han baleado la casa por la noche para darle un buen susto y para que dejara de meterse donde no lo llamaban. 

Para ganarse la vida, pues la jubilación de Victor no alcanzaba, habían montado una compra y venta de todo tipo de cosas usadas, muebles, maderas, ventanas, puertas, y todo lo que pudiera ser comercializado. Pero además Victor había empezado a codearse con el intendente del partido político de turno en esa parte del conurbano. Básicamente oficiando de custodio para ciertos eventos de campaña o lugares estratégicos que eran debidamente cuidados. Uno de estos sitios fue una clínica privada, que a día de hoy no se sabe qué intereses tenía allí el intendente de turno, pero le tocaba algunos días por la mañana presentarse a Victor y cuidar la zona de administración, por orden directa del intendente. Aparentemente se manejaba allí mucho dinero, y en efectivo. Para él era rutina, una cosa muy relajada y menos expuesto que otro tipo de custodias a las que estaba acostumbrado, esas que eran en la calle a la intemperie, de pie más de seis horas y en lugares realmente difíciles. 

Era invierno, mes de Junio, pero no podría precisar el día, pues el suceso lo he enterrado lo suficiente como para no saber detalles. Victor se levantó cerca de las siete de la mañana y a las ocho y media se presentó en la clínica, como cada día, pero hoy requería más atención, era principio de mes y había pago a proveedores, por lo tanto se movía mucha gente y dinero durante la mañana. Victor vestía muy casual, pues la idea era que pareciera un cliente más de la clínica, mientras él observaba todo sin ser sospechado. Acostumbraba a llevar una pistola nueve milímetros, que es la reglamentaria de la policía, y nada más, no reforzaba con ninguna otra en ningún otro sitio, y ésta única la llevaba en la cintura. Alrededor de las once de la mañana Victor se alejó un momento de la administración y bajó un piso para tomarse un café, era lo habitual. Allí estuvo unos minutos hasta que vio gente bajar por las escaleras un tanto desesperados, a los gritos. Buscó en el montón a alguno de los empleados y pudo alcanzar a Irene:

- ¿Qué pasa Irene?

- Acaban de entrar dos tipos armados, con escopetas, fueron directo a la administración y agarraron a José, el tesorero.

- Quedate acá que voy a subir, ¿Llamaron a la policía?

- ¡No Victor! olvidate, no subas que no tenés nada que hacer ahí, vamos todos afuera y esperemos a la policía. - No terminó de decir esto Irene cuando sonó un disparo.

- Llevate la gente de acá urgente.- Le dijo Victor mientras se iba hacia la escalera con el arma empuñada en la mano derecha.

Subió lentamente, agazapado, y logró llegar al piso. Una vez allí se acercó a la recepción y se refugió, podía escuchar los gritos de los ladrones, pero no había violencia, sólo discutían. José hablaba apurado:

- ¡Apuren muchachos!, ¿Hablaron con el jefe? - 

- Sí, sí, olvidate, está todo arreglado, la zona está liberada. - Repetían los dos cacos casi al unísono. Luego uno de ellos se puso nervioso cuando calculó a ojo el dinero. - ¡Nos están acostando, esto no es lo que arreglamos, acá hay menos plata, esto no llega ni al millón de pesos.

- ¡Llevate lo que hay que después arreglamos!, salgo yo primero y digo que estaba escondido. - Replicó José mientras salía por el pasillo que lo llevaba hasta la recepción y la zona de ascensores.

Allí se encontró con Victor que le hizo una señal de silencio, pero José se puso pálido y de la desesperación al ser descubierto, lo delató:

- ¡Vamos para afuera, llegó la policía! - Gritó José bien fuerte para espantar a los cacos.

Victor se puso de pie y corrió con el arma en posición de tiro por el pasillo que lo llevaba a las oficinas, ni bien vio que se asomaba uno de los cacos disparó varias veces para intimidarlos y cuando se acercó a la puerta uno de ellos le disparó justo en el pecho. El arma era una Itaca, una escopeta de mucho calibre que destruye todo lo que tenga delante, y a tan corta distancia mucho más. Victor cayó al suelo como un saco y sangraba de todos lados, pues lo había perforado de lado a lado; la muerte fue instantánea. 

Victor era mi tío, hermano de mi madre. La noticia nos llegó unas horas después de lo sucedido, a través de Patricia, que estaba acongojada, pero no sorprendida. La mujer de un hombre de la fuerza sabe que esto puede suceder algún día. Afortunadamente todo quedó filmado. <>, le dijo Patricia a mi madre por teléfono y ésta estalló en llanto.

- ¿Y las nenas cómo están? - Preguntaba desesperada mi madre.

- Nati está entera, hasta se está encargando de todos los trámites, es de fierro. Romi pregunta por el papá, pero está tranquila. Habrá que avisarle a la vieja, ¡Pobre!.

- Sí, yo me encargo de mamá, consigo un auto y se lo digo en persona, está en Castelar. - Respondió mi madre acongojada, pero más calmada.

No quise ir a su funeral, pues no soportaba la situación, así es que me quedé con mi hija recién nacida, en casa. Desde que pasó todo esto no volví a saber más nada de ellos, pues perdimos el contacto y no era fácil localizar a mi tía y a mis primas; los echo de menos. Extraño mucho a Romina, con quien siempre tuvimos mucha conexión, a pesar de que ella prácticamente no hablaba, sólo balbuceaba o gritaba o hacía señas, tampoco caminaba, padecía un maldito síndrome de down que la obligaba a estar siempre sentada, en aparente calma, en supuesta compañía de todos nosotros. 

Jamás se hizo justicia, más nunca se sabrá la verdad. Fue una pelea entre bandos políticos y mi tío un tonto que pecó de héroe donde menos le convenía.

sábado, 9 de agosto de 2014

La marea verde

Me ha sucedido siempre, y esta vez se ha repetido. Largas caminatas por la noche, perdido entre la gente y las calles mojadas. Mi sombra oculta por momentos, como escapando de todos; también de mi. Aún así disfruto en soledad de todo lo que me rodea. Nadie podría jamás quitarme este tesoro que son mis ojos y más preciada aún es la forma con que miro y analizo todo a mi alrededor. Todo está ahí, en la noche, justo cuando muchos perdemos las inhibiciones y dejamos al desnudo todo lo que durante el día permanece oculto, destruyéndonos por dentro, pidiendo salir. 

Me freno en un cruce de calles y observo, hay una niña vestida con minifalda y tacones que llora desconsolada sentada en un umbral, sujetando con fuerza un vaso de plástico que parece sólo tener hielo. No voy a consolarla, tendrá que aprender sola a no creer en todo lo que ve, en todo lo que otros dicen. Pero justo en frente hay un joven, borracho, también sentado casi en el suelo, fastidioso y maldiciendo algo o alguien, su vaso está roto mientras él insiste en beber lo que aún queda. No derrama ni una lágrima, aunque que quisiera, pues sus gestos lo delatan. Tampoco voy a tenderle una mano, ya despertará mañana queriendo arrepentirse, si es que cabe. 

Sigo mi camino, que no está claro, pero no detengo mi marcha. Otra vez entre callejuelas y sombras, entre mujeres y hombres por el suelo, entre llantos y gritos de alegría, y de repente me encuentro yo en un sitio en el que merece la pena frenar, detenerme. Debería decir que vi luz y entré, pero no, no fue ese el caso. Al pasar por la puerta la luz fue lo de menos, pero el brillo lo fue todo. Un par de ojos verdes mirando hacia mi, invitaban a entrar, he hipnotizado me dejé llevar. Luego la sonrisa me invitó a permanecer adentro y no salir de allí a ninguna parte. Aún sin ganas de beber, bebía y mi cabeza viajaba de lado a lado en la barra con el ir y venir de esos ojos verdes; un poco tristes parecían a decir verdad. Por momentos me sentía estúpido, solo en la barra de un bar mirando de manera obsesiva a esa niña que iba y que venía, pero que también me sonreía. Más estúpido aún me vi, cuando ya pasadas dos horas no había hecho más que beber y observar, que sonreír y gesticular, siempre a la misma persona, ¿Y sabes qué? No le dije palabra alguna. 

En esas dos horas creé en mi cabeza mil conversaciones, donde ella muy interesada preguntaba todo de mi. Yo me veía animado y ella que se mostraba tan atrapada, pues me hacía sentir interesante. En esas charlas la esperé hasta que cerrara el bar, y ya fuera la tomé de la cintura y la besé; ella no se resistió.
Nos perdimos juntos en la noche, entre las sombras y los duendes, las farolas sin luz y las personas sin vida. Corrimos y saltamos por encima de todo lo que se nos cruzó en nuestro camino. Llegamos al parque y rodamos por el pasto como animales, abrazados el uno con el otro, bien fuerte, como sujetando y conteniendo todas nuestras miserias. El viento soplaba fuerte y unas nubes amenazaban con aguar la fiesta, pero allí nos quedamos, desafiando la naturaleza. Y así el aguacero se desplomó sobre nosotros, embarrándonos de amor y locura; permanecimos inmóviles.

Pero la realidad era otra, seguía allí sentado en la barra del bar, había volcado mi cerveza sobre la barra y me mojé todos los pantalones ¡Vaya papelón!. La volví a buscar con la mirada, y ella sonrió, yo también lo hice, pero no intercambiamos palabra alguna. Me sequé como pude y el dueño del bar me invitó a salir, estaban cerrando. Fue aquella la vez que más caro pagué por una fantasía que nunca sucedió más que en mi cabeza. Sencillamente podría haber fabulado en el sofa de mi casa, o en la ducha, o un mero sueño al dormir, pero no, siempre me faltaría ese par de ojos verdes que dieran la motivación a soñar, a no dormir. Son esos ojos y esos labios una condena sin objeción ni quejas, son también un error que algún día quisiera cometer. Me pregunto cuánto falta para hacerte realidad, si ya te he besado y desnudado con la mirada, y tu que no eres tonta, pues te has dejado y en más de una oportunidad. Ya no quiero que hablen nuestras miradas, ya no quiero que me acaricie sólo la brisa que dejas cuando pasas junto a mi en la barra del bar, quiero sencillamente hacer lo que imagino para mis adentros, transformarlo en hechos. Pero no puedo, o tal vez no quiero. Ya no quiero preguntarme cómo será esa voz que escondes tras tus labios, aunque yo la imagine dulce y tierna.

Ayer volví a repetir todo este ritual enfermo de conquista barata, pero tuvimos un avance. Nos hemos mirado ni bien he entrado en el bar y sus ojos brillaban más que de costumbre. Ella me saludó con alegría, me preguntó cómo estaba y por fin, después de tanto imaginarla, escuché su preciada voz; amable y complaciente. Estuve en la barra como de costumbre y bebí sin derramar una sola gota, pues ya no tuve esa necesidad de fabular como antes. Intercambiamos algunas palabras, me dejó entrever algunos detalles de su vida, pero a diferencia de las otras veces me retiré temprano y en partes satisfecho. No sé exactamente porqué, pero la histeria se había calmado. 

Ella sigue allí con su belleza intacta, y yo frecuento el sitio cada vez que puedo. Nos alegramos mutuamente de vernos y no escatimamos en sonrisas, como queriendo demostrarnos que el placer es mutuo. Seguiremos avanzando en esto que es una suerte de relación. Quizá terminaremos siendo amigos, o tal vez seguiré siendo un cliente más, pero en el fondo, debo confesar que me desespera saberlo cuanto antes. Sobre todo antes de que me decida a dejar de intentarlo y empezar a olvidarte, como otro de mis fracasos.


G.L.R
09-08-2014 - Barcelona - España

martes, 24 de junio de 2014

Dubicidio en el mar

Ayer sufrí en carne propia la expresión "Un mar de dudas". Porque yo era la duda, y estaba en el mar. Porque ella dudaba y también nadaba en el mismo mar. Ayer no pudimos encontrar una explicación racional a tanta pasión, seguramente porque eso no se explica, sino más bien se aplica. Cada beso salado y mojado era como un tequila, bien fuerte, pero sin embriagarnos. También ayer aprendí a flotar sin piernas ni brazos, porque cada beso, al cerrar los ojos, me hacía perder la percepción de la gravedad. 

Déjame que te diga que en cada sonrisa nerviosa, tus manos parecían temblar, pero aún así no me soltabas, y entre la ira y la duda me volvías a romper la boca de un beso. Pero me echabas y me sacabas, creyendo que era mejor retroceder. Si te hubieras visto los ojos vidriosos y la expresión de placer en tus labios, ¿Qué locura queríamos cometer?, ¿A caso hubo pecado?. Te voy a decir una cosa más, que sólo yo siento y pienso, cuando dos almas que son libres, chocan y se saludan, pues no habrá dios que les haga entender que su pasión es un delito, o que tocarse es un pecado, y mejor ni hablar del deseo. Esas voces que no son nuestras, siguen su diálogo a la distancia, sobre todo cuando dormimos. Nos susurran, nos provocan, nos miman en sueños eróticos o nos van dando flashes de todo lo que no quisimos ser. 

Ok, ahora bajemos y pongamos los pies sobre la tierra, digámoslo, no fuimos un plan perfecto. La histeria nos acabo ganando. Lo entendí tarde y de madrugada, casi cuando todo había empezado. Me di cuenta que la luna ya se iba, el sol se nos aparecía, mientras tu y yo no sabíamos qué hacer con tantas dudas. Divertido sí que lo fue, pero sigo pensando que de tanto nadar en ese mar de dudas, nos podríamos haber ahogado, todavía hoy, cuando todo ya ha pasado. 

Se suele decir que de la duda no se vuelve. Si te lanzan una bola, o bateas o la dejas pasar. Si un auto viene de frente y tu conduces, o lo esquivas o te estrellas, pero siempre, siempre, se toma una decisión u otra. ¿Sabes qué?, hemos desafiado a la ciencia, porque este “dubicidio” que hemos cometido, sí que tiene retorno, segundas oportunidades, o quizá más de dos. Por lo pronto, y ya para cerrar, voy a dejar que esos astros que ayer se me rieron en la cara, cuando yo subía y volaba de constelación en constelación, pues pongan las cosas en su lugar y traigan a nosotros nuevas oportunidades. Pero eso sí, esta vez sin dudas, sin “dubicidios”. Que sea lo que tenga que ser, pero sobre todas las cosas, que haya pasión y malas intenciones.


Ahora que estoy terminando, tengo mis serias dudas de si algo de lo que he contado más arriba ha existido realmente. Es lo que tienen los baños de luna en el mar. Te sumerges y te iluminas pero nunca sabes si al sacar la cabeza del agua, estarás en el mismo sitio, a la misma hora y con la misma gente. Yo por mi parte he amanecido despierto, y eso para mi, es un claro signo de desorientación y barbarie. Sobre todo porque inevitablemente, terminé solo y dormido en mi cama.

domingo, 25 de mayo de 2014

El tequila que no bebimos


Las velas estaban servidas, y las copas encendidas en una total oscuridad que nos tenía enceguecidos. A puro tacto se derramaba todo, no sólo el vino. Mis pasos de baile se quedaban en intentos, el foco no era la música sino su melodía. Cuando la vi distraída, la bailé toda, cayendo desplomados sobre un sofá negro que se camuflaba de nosotros; par de tontos desconfiados. 

Las copas siguen allí, no las he lavado, pues hay recuerdos que son indelebles.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La mansión de los locos

  • ¡Hola! A ver, permiso. Háganme un lugar que tengo que conversar con él, por favor - Dijo Amalia ni bien llegó a la sala.
  • Sí, ven, ponte junto a mi - Le dijo Silvia, su compañera de toda la vida.
  • ¿A ti te parece que tenga que venir yo para hablar de lo nuestro? ¿Te parece que tenga que hacer semejante recorrido para ponerme patética contando nuestras aventuras y desventuras delante de todos, aquí mismo? - Le decía Amalia a su marido, que siempre le era indiferente.
  • Bueno, tampoco es para que ahora vengas a echar en cara las cosas, cálmate un poco - Le decía Silvia, mientras la tomaba por la espalda, como consolándola.
  • Claro, ahora resulta que yo soy la loca, la que viene aquí solamente a montar un absurdo y desafortunado acto de incomprensión. ¿Mírame a los ojos Alfonso cuando te hablo? - Amalia era la víctima, pero eso no le importaba, quería la atención de Alfonso, que no parecía reparar en su presencia.
  • Bueno nena, ¿Porqué no te sientas y te relajas un poco? - Decía Silvia intentando manejar la situación.
  • Yo no sé porqué se me ponen todos en contra. Alfonso, treinta años de casados y jamas me trajiste ni un ramo de gladiolos. De bombones ni hablemos, creo que no sabes ni cómo se piden. El sexo en nuestra pareja fue lo más parecido a una película de terror de bajo coste. Y podría seguir enumerando Alfonso, pero no, ¿para qué? Si ni siquiera me miras. No entiendo para qué me avisan que me quieres ver, si al final no me hablas.
  • ¿No te parece que ya está bien Amalia? La gente se siente incómoda - Silvia tenía una inagotable paciencia y una gran comprensión, pero todo tiene sus límites.
  • Silvia, te lo digo a vos que me das más bola que él, ¿Sabes qué extraño? Extraño cuando íbamos en auto a recorrer otros lugares, otras provincias. Eran unas vacaciones largas, él conducía contento, a pesar de que a veces lo hacía por más de quinientos kilómetros sin interrupción. Ahí sí que la cosa funcionaba, me sentía amada, contenida, cuidada. Estaba embobada con eso del amor para toda la vida. Si existía tal cosa, estaba claro que me había llegado a mi también y parecía inagotable ¡Vaya ilusa! - El tono de Amalia era de añoranza, sentía un fuerte anhelo por volver el tiempo atrás.
  • Claro, me imagino, debió de ser precioso todo eso. Tienes que quedarte con ese recuerdo y ya, déjalo al pobre en sus cosas y pasa página amor mio - Silvia ponía las cosas en su lugar dulcemente, una vez más, pero no le faltaban ganas de sacudirle y traerla a la realidad de una vez por todas.
  • ¿Me estás pidiendo que me olvide de todo? ¿Y entonces para qué me hizo venir aquí? ¿O a caso te olvidas que me metió los cuernos ni más ni menos que con mi hermana cuando llevábamos tres años de casados?, y yo lo superé, claro que lo hice, si estaba más enamorada que de mi misma, pensando en la estupidez de que a lo mejor él no quería hacerlo. ¡Dime algo Alfonso, por favor!. Toda la vida así, callado y mirando para otro lado, mientras yo la loca de mierda que no hace más que montar escenas y advertirte las cosas. Si por ti fuera no verías un tren que te viene de frente Alfonso. Si has vivido todo este tiempo es gracias a mi, ni tu familia te quiere. ¿Dónde están? ¡No los veo aquí eh! - Amalia se estaba quebrando, desconsolada e inadvertida de que allí la gente se estaba yendo, de hecho habían quedado sólo ella y Silvia.
  • Escúchame, ¿Porqué no vienes conmigo y tomas un poco de aire cariño? Además es hora de irse, déjalo ir a él también en paz.

Se hizo un silencio de unos segundos, esos tan incómodos que parecen horas, y donde uno podría cortar el aire con una tijera. 

  • ¿Me pides que lo deje ir? ¡Ja! Una vez más, como toda la vida, siempre ausente. Sin arreglar nada el tipo sale siempre campante de todas las discusiones. Pero está bien, tienes razón Silvia. Igualmente yo lo amo eh, no vayas a confundirte. Este descargo lo hago porque es injusto que después de tantos años, después de cargar yo con todo al hombro, el señor me deje sola y se largue así sin más. Intentaba buscar una explicación pero es inútil, siempre lo fue - Amalia se veía un poco más relajada, ya se disponía a irse. Aunque antes no pudo con su genio y mientras posaba su mano sobre la de Alfonso dijo: - ¡Este hombre está helado! Silvia, hazme el favor de acercarme una manta, por el amor de dios. Siempre igual, siempre lo mismo.
  • Amalia, por favor, terminemos esto de una vez,  apártate del cajón que deben cerrarlo, el entierro es ahora mismo y la gente está esperando allí fuera - Silvia se puso firme y logró así ponerla en su sitio; Amalia se largó a llorar desconsolada. - Tranquila cariño, ve con los doctores que te han traído y vuelve a la clínica a descansar. No quise ser tan dura, pero tienes que poner los pies sobre la tierra por un rato amor mio.

Amalia  alzó un poco la cabeza, levantó una de sus cejas y la miró fijo a Silvia, ajustando la expresión con una leve mueca que le daba aires de superación, para decirle luego: 

  • ¿Te refieres a mi guardaespaldas y mi asistente? - Amalia fabulaba nuevamente y Silvia suspiraba resignada.
  • Sí, claro, de ellos hablo - Silvia decidió ser cómplice una vez más de semejante disparate.
  • Quizá te confundas, de aquí nos vamos a mi mansión. Si vieras la cantidad de gente que tengo trabajando allí, todos vestidos de blanco y siguiendo mis órdenes como corresponde. La mayoría están un poco mayores ha decir verdad, pero serviciales como a mi me gusta. Lo malo es cuando pasan cosas como lo de Ramona, ¿Te conté? - Dijo Amalia mientras se enjugaba las lágrimas y otra vez hacía una mueca de audacia y superación.
  • No cariño, no me lo has contado, pero ya habrá tiempo para juntarnos a charlar - Le dijo Silvia acariciando su espalda y sintiendo pena por Amalia.
  • Déjame que te cuente, Ramona era una de las más antiguas de mi servidumbre, unos ochenta y cinco años, muy adorable. Y podes creer que no va y se me muere en casa mientras dormíamos todos. No sabes qué tristeza, pero bueno cosas que pasan. Igualmente yo digo no, ir a morirte así sin avisar y encima en verano que te devoran los mosquitos querida, ¡Qué desagradable Silvia!. Imagínate que me levanté, todos estaban alborotados, y para mal de males nadie había ido por el periódico. Vamos que a la pobre yo la quería, pero vaya putada lo que me hizo ¡eh! - Amalia se veía ya recuperada y con ánimos de seguir charlando como si estuviera con sus amigas a la hora del Té. Su bipolaridad estaba potenciada a estas alturas y el sarcasmo ya era natural en ella, no como antes que al menos estaba lúcida para introducirlo inteligentemente.

Silvia se contenía las ganas de sacudirla y darle cachetazos para que espabilara, pero sabía que era inútil. Sabía también del pasado de Amalia, la esclerosis múltiple, las esquizofrenias, pastillas de todos los colores y tamaños que tomó toda su vida, automedicándose. Los innumerables intentos de suicidio desde que tenía apenas dieciséis años y todo ese cóctel derivó en Amalia, terminando la pobre internada en un neuropsiquiatrico, lugar del cual supo sacar rédito, convirtiéndolo en su mansión. Quizá era esto un anhelo de toda su vida, tal vez un deseo incumplido o meramente imaginación. Quizás haya sido Amalia un genio incomprendido, una mente brillante, de esas que acaban siempre mal, como escapando de toda realidad, porque allí en su mundo se vive mejor, un mundo que llevan tan adentro de si mismos que a veces por explorarlo, muchos acaban pasándose para el otro sitio definitivamente, y allí se quedan. 

Silvia la tomó a Amalia de un brazo y las dos salieron del tanatorio, y una vez en la calle ambas se despidieron, pues no había tal entierro sino cremación y Amalia no debía saberlo. La habían convencido de que Alfonso de allí se iría a la casa de Silvia, donde había pasado sus últimos años, desde que habían internado a Amalia.  
  
  • Silvia, por favor, dile a Alfonso que se lo piense y vuelva a casa, tenemos lugar de sobra para hospedarle. Y tu, intenta venir a verme más seguido, prometo no hacerte trabajar. Además, si no te apuras acabaré pronto tan patética como mi querida Ramona - Le dijo Amalia con una leve sonrisa mientras se subía en su limusina blanca y daba órdenes a su chofer, escoltada y ayudada por su asistente y su guardaespaldas.

Silvia la siguió con la mirada perdida, conteniendo el llanto producto de la tristeza que le daba verla así, tan ajena a la realidad. Sacó de su bolsillo la foto de Alfonso y la besó, se la puso en el pecho y la apretó bien fuerte, como queriendo ser correspondida por su compañero de aventuras y travesuras. A su hermana la quiere con el alma, y Silvia sabe que es un ingrediente más en ese cóctel que ha llevado a Amalia a vivir enajenada de todo lo que la rodea.


domingo, 8 de septiembre de 2013

La miel en sus ojos

No había ojos más temibles, ni corazón más sincero. Tal contradicción en semejante criatura me hacía pensar que ciertas cosas son como son, sólo porque deben cumplir un propósito.

Me subí al metro en la estación Prosperidad, él subió en la estación Esperanza. Llevaba una caja de cartón entre los brazos y la sostuvo hasta que pudo sentarse. Se percibía un aire extraño en el vagón, pero yo iba distraído. Aún así noté cierto revuelo, la gente se movía, murmuraba, comentaban, había gente que se sonrojaba, otros miraban con desprecio, y otros tantos cambiaban de sitio irrespetuosamente.

Como decía, yo iba distraído escuchando música, pero lo que veía me hizo detener y prestar atención. Alcé un momento la vista y lo miré, él no vaciló y como si supiera lo que iba a hacer, también me miró, fijo y sin pestañar, mientras se podía ver como seguía trabajando lo que tenía entre las manos. Fue un cruce de miradas que para mi al menos, duró una eternidad, aunque fueron solo segundos. Cuando le sonreí él hizo lo mismo, respondiendo fielmente a la cortesía. Su manejo en el arte de las expresiones era exquisito, en cuestión de milésimas de segundo respondió a mi sonrisa cambiando las facciones, paso de parecer un asesino serial a un dulce pasajero que regalaba sonrisas. En cuanto le quité la vista se puso inmediatamente a trabajar otra vez, mientras murmuraba palabras indescifrables.

Enfrente suyo tenía dos señoras mayores de edad que amagaban con bajar, tal vez dudando de cuál era la estación correcta, y él las miraba, les sonreía y les decía "Esperen, no se vayan, aún no he terminado" Y ellas respondían con una mueca, casi una sonrisa, absolutamente desconcertadas. Entre las piernas tenía la caja y sobre ella montones de tiras de papel que iba entrelazando y armando una figura. Tijera en mano, un poco de pegamento y todo un arte para poder trabajar mientras el metro se movía, y con el vagón lleno de gente. Se apuró y lo logró, las señoras se ponían de pie cuando él las interceptó en la puerta y les dijo "Tengan un buen día, este regalo es para ustedes" Les entregó una rosa de papel a cada una y ellas entre la sorpresa y el apuro aceptaron el regalo, aunque una de las señoras no lo miró a los ojos y sólo dijo Gracias, la otra en cambio sí lo miro y le hizo una sonrisa tierna. Él insistió en ser correspondido y tomó del brazo a la señora que no lo había mirado a los ojos, ante la sorpresa y el miedo de todos, entonces le volvió a decir "Es un regalo para usted, que tenga un buen día". La señora no tuvo más remedio y mirándolo fijo agradeció, y hasta se la vio sonreír. Él volvió a tomar asiento y ya en posición correcta siguió trabajando, esta vez ya más relajado, pues por momentos miraba al rededor y saludaba a la gente, conversaba y preguntaba "¿Quieres una flor?" Pero la gente no sabía qué decir, el ofrecimiento era puramente tierno, pero la mirada daba cierto escalofrío.

Todo sucedía entre estación y estación, parecía apurarse para acabar su trabajo antes de la siguiente y en el trayecto seleccionaba con la mirada al beneficiado. Parte del cortejo era explicar que eso era una flor, que podía hacerse de varios colores combinados y preguntaba siempre si estaba quedando bien. Había una madre y sus dos niños sentados a su lado y él muy amablemente saludó a los pequeños y les explico cómo hacer una rosa de papel, pero ellos no entendían y no le prestaron mucha atención. Él creyó que lo estaba haciendo mal y entonces comenzó a arruinar parte del trabajo que ya casi tenía terminado y tomó nuevos retazos de papel para empezar nuevamente, pero alguien lo detuvo. Una chica que iba de pie le puso una mano sobre su brazo y le pidió que no continuara rompiendo lo que ya tenía casi hecho, y le pidió que se la regalara tal cual estaba. Primero se negó y con una sonrisa forzada le dijo que él no podía hacer eso, y que entonces debía ella esperar a la siguiente rosa, pero ella le dijo:

- Necesito esa en particular, pues colecciono rosas de papel y esa en particular estaba especialmente terminada como para ser parte de mi museo.

- ¿Tienes un museo y quieres poner allí mi rosa?

- Sí, claro, tengo allí muchas más que me han regalado, pero sólo las más especiales como la tuya van a parar allí.

- Pero yo soy el único que hace rosas en el metro y las regala.

- Exacto, y es por eso que quiero que me la regales, así, tal cual está.

- Perfecto, aquí la tienes. Con cuidado, el pegamento todavía está fresco.

Se quedó más que contento, no entraba en su camisa de lo ancho que estaba. Otra vez me miró y lucia una sonrisa espléndida, no podía contener su alegría, me dijo "Tengo que continuar, tengo que mejorar la calidad y un día hasta les voy a poner perfume, ¿Tú que crees?" Asentí con respeto y muy sonriente, no era para menos.

El tren se detuvo un largo rato en una de las estaciones y él pudo trabajar con más tiempo, así que decidió añadir y mezclar papeles de diferentes colores, parecía que planeaba algo grande. Estaba muy concentrado y en parte apurado por acabar antes de la siguiente estación. Cuando pudo tomarse un respiro hizo una observación de todo el vagón y su cara se transformaba, lo empecé a notar preocupado y desolado, como buscando algo o alguien que parecía no estar allí. Se puso de pie y se asomó afuera, primero desde una puerta y luego desde la otra. Para mi sorpresa se me acercó y me dijo:

- ¿No la has visto? Estaba aquí sentada y me sonreía.

- Disculpa pero no la he visto.

- Oh! Era hermosa, todavía siento su perfume, está aquí, tiene que estar aquí.

- ¿Cómo era? Yo no recuerdo que hubiera ninguna mujer allí sentada.

- Sí, había una, sólo sé que era una mujer. No, no, era la mujer – Poniendo énfasis en resaltar que era la más importante de todas.

- Pues no creo poder ayudarte.

- Tú no entiendes, esa flor gigante y llena de colores era para ella, ahora no sé que voy a hacer. No se pudo haber ido, ¿Porqué lo hizo? – Se lo notaba acongojado y desconsolado, así que decidí interceder.

- No te hagas problema, ¿Has terminado la flor?

- Sí, sólo me falta pegar unos extremos y ya estaría.

- Perfecto, hazlo y dámela a mi, yo voy a buscarla y te prometo que se la voy a entregar de tu parte.

- Pero no vas a poder encontrarla, ni siquiera la conoces.

- No, pero creo recordar que la persona que tú dices suele viajar siempre en este metro, así es que la volveré a cruzar.

- No, deja, en ese caso se la daré yo, tengo miedo que se enamore de ti y no te crea que la rosa la he hecho yo.

- Eso no va a suceder, pero si así lo quieres está bien. Sólo ten paciencia y entonces llegará tu momento.

- Gracias, muchas gracias!

Logré calmarlo, y tomó asiento nuevamente. Se puso a trabajar sin descanso hasta la otra estación, que para mi sorpresa era la última, allí bajaba. Antes de arribar se puso de pie y saludó a todos los que lo rodeaban, mientras sacaba de sus bolsillos unas pequeñas rosas blancas que regalaba a mujeres y niños. Casi todos aceptaban el obsequio pero otros sólo tenían miedo y lo ignoraban, pero él igualmente les dejaba una flor. Tomó la caja y desde que estuvo de pie hasta que el metro frenó en la estación, me estuvo mirando fijo y sonriente. Para mi era incómodo, pero no podía parecer descortes, así que respondía con muecas de gracia. Cuando el metro hubo detenerse, desde la puerta se despidió de mi. Me dijo con ojos tristes "Al regresar, no te detengas en esta estación, sigue a donde quiera que vayas". Dado que para él era su trabajo, seguramente lo cruzaría al volver, por la tarde, y como no tenía necesidad de parar en esa estación, pues sólo asentí conforme.

Cuando observé atentamente, había dejado un camino de rosas desperdigadas desde su asiento hasta la puerta, rosas que al parecer nadie quiso guardar y simplemente las arrojaron al suelo, o tal vez él había armado semejante puesta en escena. Lo cierto era que la gente no quería ni pisarlas.

Era una manera extraña de empezar el día, pero el metro de Madrid tiene estas cosas. La gente de todo tipo, todos zombis a esas horas yendo a la oficina. Esa rutina agobiante que sufrimos pero que no queremos cambiar, pues es al menos algo seguro. En particular con este muchacho me sucedió que no pude salir de mi letargo y ser más participativo en su juego, en su inocente manera de querer regalar algo a esta gente que nada parece importarle, mucho menos un loco amable que desubicado saluda con una sonrisa y encima te desea un buen día. Yo quería sentarme junto a él y contagiarme de tanta inocencia, pero a veces me sucede que pierdo el silencio, pero no encuentro las palabras, y entonces de nada sirve la intención.

Por la tarde me llegó la hora de volver a casa y todavía recordaba lo que había sucedido esa mañana, me resonaban en la cabeza sus palabras, su advertencia de no bajarme en esa estación, que no me detenga y siga mi camino. Tomé el metro a la misma hora de casi todos los días, también atestado de gente como casi todos los días. Pero ya acostumbrado no prestaba atención a nada ni nadie, sólo iba escuchando mi música o algunas veces leyendo algún libro. Un presentimiento me invadía y el metro se acercaba a la estación Arturo Soria donde él se había bajado, donde yo no debía detenerme y por curiosidad quería hacerlo, a decir verdad. Traté de no enroscarme demasiado en el tema pero llegando a la estación, justo en la anterior mejor dicho, una voz anunciaba en el megáfono que el metro con destino a Argüelles no se detendría en la estación Arturo Soria, y así lo repitió al menos tres veces. Dadas las circunstancias, fuera el motivo que fuera, ya no iba a poder bajarme allí, así que volví a mi distracción.

Al otro día por la mañana, mientras desayunaba escucho una noticia sobre el metro de Madrid. La estación Arturo Soria seguía interrumpida y comentaban que allí se encontraba la policía trabajando. Al parecer habían encontrado algo en las vías. Pude leer más tarde que una persona denunció que desde la estación se podía observar algo que parecía ser un cuerpo, y que la silueta era la de alguien ahorcado. El escalofriante relato alertó a la policía y habían suspendido el servicio. Uno de los policías relataba, aunque con cara de asombro y muecas de imperfecta sonrisa, que se adentraron en las vías, lo más rápido posible y que cuando llegaron al lugar se quedaron todos completamente helados. Eso efectivamente parecía un cuerpo y en efecto lo era, por lo que dieron aviso a los forenses para que se acercaran lo más rápido posible y removieran el cuerpo de allí. Éstos arribaron con prisa y al acercarse notaron un charco justo debajo del cuerpo, no parecía agua, era más bien pegajoso. Comenzaron los trabajos para removerlo de allí y uno de los forenses describía en la nota que entre la oscuridad se podía ver un rostro mojado, y algo todavía más inusual, lleno de abejas que rondaban por ahí dificultando el trabajo. Uno de los médicos no tardó en darse cuenta, lo que tenía el cuerpo mojado, era miel, bajando desde su cabeza, rodando por sus mejillas, el pecho y continuaba sin detenerse hasta los pies descalzos, chorreando luego por sus dedos gordos del pie.

Estaban todos atónitos ante semejante escenario inusual, pero cuanto antes tenían que removerlo y comenzar con las pericias. Entre todos lo sujetaron, uno hizo maniobras para remover la soga del cuello y en uno de esos esfuerzos sintió que algo se desprendió, era la cabeza. Mientras esta caía al suelo con la mirada de todos absolutamente asustados, lo que vino luego era todavía más desconcertante, pues no comenzó a salir sangre, sino pequeñas flores de papel que volaban por los aires como expulsadas a presión. El cuerpo entonces perdió peso y se les escurrió de entre las manos, la cabeza que había rodado por el suelo no era más que una máscara indescifrable y la miel hacía surcos entre las vías y se perdía.

Nadie allí pudo mover un músculo por unos minutos, entre el miedo y la sensación de sentirse estúpidos. Se preguntaban unos a otros si a caso nadie se dio cuenta que eso no era real, pero el otros insistían en que sí lo era, absolutamente, pero ya no había más que hacer y se fueron retirando uno a uno de la escena. El último alzó una de las flores del suelo, la miraba curiosamente y pudo ver una leyenda que asomaba, así que deshizo la flor intentando descubrir la frase completa. Allí dentro la encontró, aunque un poco borrosa por la melaza y el polvo, se llegaba a descifrar lo siguiente:

Un día mi corazón, repleto de dulzura aún sin contemplar, sabrá reventar de furia y mi cuerpo roto y cansado ya no tendrá sangre, sólo dulzura. Intacta y cultivada, aún sin haber sido saboreada, si quiera correspondida. Explotaré de amor y mi risa se irá en un llanto, que tampoco nadie va a escuchar.

Él supo ver su mágico destino, se encontraron mutuamente y se correspondieron, porque esto era quizá cierto, y absolutamente irreversible. Yo tomé nota, y saqué también mis propias conclusiones. Si no ha nacido quien vea en tus ojos la dulzura que desborda, entonces traga tu saliva cuidadosamente, relámete y prepara tu corazón para una tormenta intensa. Día a día, otra tras hora, empalagado hasta las muelas, con todo lo que te rodea indiferente, mientras tú evitas inmolarte pero nadie sabrá nunca bien porqué.


domingo, 7 de julio de 2013

El loco y sus estrellas


Se siente fuera de sí, la Fe no lo convence, no sueña con nada, no analiza el ayer ni ve las sombras de un mañana; el hoy es ese bastardo que cuenta todavía menos. Salió corriendo al parque para tumbarse sobre el pasto al caer la tarde, ya con la última resolana, y entonces se encontró con una lluvia inesperada que lejos de negarla decidió quedarse allí tirado, tieso y encogiendo todo su cuerpo. Ahí se quedó sin esperar a nada ni nadie. Tiene los ojos cerrados, pues no quiere ni mirar cómo ni dónde está, sólo perderse en algún pensamiento que no lo frustre. Se empieza a ir, se aleja con el pensamiento que lo lleva hasta donde más le gustaría estar, allí está el mar tibio y la playa desierta para que pueda correr de punta a punta. Se revuelca por la arena y sonríe a carcajadas, se divierte, se deja arrastrar por la marea y vuelve así otra vez a tierra firme. No sabe si el tiempo que pierde lo mal gasta o simplemente no hay tiempo, la risa es intemporal pero no así la juventud. 

Ahora está de pie. Pasa su lengua por los labios para quitar la sal y la arena. Mira fijo el mar que lo tiene justo delante suyo, se frota las manos, sacude los pies mientras sonríe vagamente. Sale de repente corriendo enfurecido derecho al agua y con todas sus fuerzas se adentra y no se detiene, las olas no lo frenan y ha llegado lejos gracias a la marea baja, hasta que cae y desaparece de la superficie, se ve su mano girando en círculos, ese remolino lo ha tragado y se lo lleva hacia el fondo. Seguramente esté gritando, pidiendo ayuda desesperado, pero los pájaros vuelan rasante y lo miran sin importarles en  absoluto, los peces se alejan en cardumen porque ninguno quiere pasar por allí. Y sigue cayendo, ahora la caída es libre, a toda velocidad. Él abre los ojos, como así también comienza a pensar en el ayer, rememorando algunas cosas que había querido olvidar, el hoy también lo trajo a cuento, y era todavía más bastardo, el mañana en cambio ya era un deseo, un anhelo de poder moldearlo. El futuro supo ahora ganar terreno, pero sigue cayendo cada vez más rápido y no se ve el suelo, sólo luces y un bullicio que no para, al principio era lejano pero ahora es ensordecedor. Ve más y más luces, más y más bullicio, cierra nuevamente los ojos con todas sus fuerzas, pues el impacto era inminente, sintió una explosión en sus oídos y una fuerte luz que lo cegaba, aún con los ojos sellados por la fuerza y el miedo. La caída libre lo despojó de todo, ya ni ropa tenía puesta.

El primer golpe del impacto fue detrás de su cabeza, justo en la nuca, y rebotó por la espalda hasta la cintura y las piernas que lo sacudieron como un muñeco de trapo. Siente un fuerte ardor en los brazos y las piernas están inmóviles, mientras trata de moverse desesperadamente; no hay caso, los ojos están sellados, apenas entra luz y de la boca cae su baba en intentos de balbucear insultos que quedan en gemidos sin llanto. El presente es el villano, lo es hoy tanto como lo fue ayer y lo será mañana, porque en esa camilla lo tiene sujeto, cual loco envenenado que maniatado intenta escapar, preso de su elocuencia. Otra vez está ahí y no puede soltarse, otra vez se volvió loco por algo que es su derrota más larga, la inseguridad en si mismo. Volverá a salir si a caso, cuando este rato a la sombra lo devuelva de nuevo a su cordura, que no es tal cosa ni hay que exagerarla, pero le sirve para perderse en el montón, entre las gentes de este mundo, que si bien lo habita, no le suena para nada familiar.

El loco no mira atrás ni mira adelante, mira siempre hacia arriba, porque anhela las estrellas y se pregunta quién es ese que desinteresadamente los ilumina sin descanso, mientras que aquí debajo, en tierra firme, los estrellados cerrojan puertas, en cuartos sin luces y camas que devoran sueños.

G.L.R
08-07-2013
Cork, Irlanda





jueves, 3 de enero de 2013

Un sueño inocente





Se helaron mis huesos con esa voz oculta en un silencio ausente que me hizo admirar perpetuo e inocente tu más estúpida mueca de dolor. Dragones y furia, máscaras de seres góticos y un ambiente tristemente oscuro. El más allá es una fábula mía, nunca tuya. El hoy será en sí mismo una mentira porque el mañana sabe que nunca llegará. El ayer no quiso mostrarse, se perdió en la bruma, se agotó de no existir. Basta ya, déjame solo de repente; aún taciturno sé llegar a casa. Te recomendaría alejarte cuando estupendamente debajo de la cama vomito mis secretos; también me rompo en pedazos. Aún así no me sueltes la mano, y espérate al mejor momento para recoger mis vísceras.